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La vuelta

La vuelta

He andado unos días por Escocia, por Edimburgo y Glasgow, y acabo de volver.
He entrado en el estudio y todo está como lo dejé, todo está terriblemente en el mismo sitio, como si hubiera salido a tomar un café, la semana escasa de inactividad parece que ha sido un lustro.
Los pinceles manchados de pintura, ya seca. Los papeles por el suelo...Ya no se puede continuar donde lo dejé, hay que empezar de cero. Además de un viaje se vuelve siempre siendo un poco otro, y ya no se piensa exactamente lo mismo que antes de partir.
¡A limpiar pinceles y a comenzar otro asunto!

Texto para María Buil

Texto para María Buil

Me llama María Buil, excelente pintora y ciudadana, residente ahora en Paris.(ay, que tiempos), para que le escriba un texto que glose una serie de cuadros que anda haciendo de ovejas muertas y abiertas en canal. Las está pintando en Lanaja, donde su padre tiene ganado y, amorosamente, le ha preparado un estudio. También le mata y prepara las ovejas viejas o enfermas para que las pinte. Y allí anda ella entre vísceras y óleos.
Por supuesto, como siempre, el texto es para ayer.

Esto es lo que le he hecho:

La pintura, la de verdad, nació para retratar, para pintar carne. La bella y untuosa materia de los cuadros de Rembrandt o de Ticiano, que figura rostros, o piernas, o vientres, o sexos, es más pintura en sí misma, que la que figura, árboles, o ríos, o piedras. La pintura es una actividad humana que algunos hombres ejercitan, y lo hacen, a menudo, para exorcizar la muerte, la propia muerte y la de los que aman.
El primer hombre lo fue porque tuvo miedo y memoria. Miedo a la naturaleza y memoria para contar a sus descendientes cómo se defendió de ella. Algunos, algo más tarde, se entretuvieron en garabatear en las paredes de las cuevas cómo se cazaba y cómo eran las presas. La diferencia entre el animal y ellos, era que ellos podían pintar al animal, figurarlo, exorcizarlo, imitarlo y el animal no. Con esta sutil diferencia comenzó todo.
La carne inerme, muerta y roja aún, es una poderosa imagen en sí misma. Traducida a pintura ha sido un tema recurrente desde Bacon a Leonardo. Los cristianos adoran a un ser sanguinolento y moribundo colgado de un madero que les recuerda lo fútil de todo lo que en el mundo es. El sacrificio, de un ser humano o no, es un rito recurrente en una gran parte de las religiones. No es de extrañar que a los artistas de todos los tiempos les haya interesado representarlo, figurarlo de algún modo.
María Buil es una pintora que vive en el inicio del tercer milenio y que está empeñada en hacer cuadros atemporales. Por esto pinta cadáveres de ovejas abiertos en canal y crucificados. Del mismo modo que lo podía haber hecho cualquier pintor de los últimos cinco siglos. Lo hace porque cree que el progreso no es una cuestión exactamente artística, por mucho que se empeñe la historiografía del arte mas al uso. Lo hace porque quiere que se repita el mismo milagro que hizo que existieran en su día los mejores cuadros. Lo hace del natural, ante el cadáver, porque sabe que sólo así será posible la transmutación del aceite y el pigmento en carne prutescible, como la nuestra.

Crónica

Hoy es domingo, ya saben “el séptimo descansó”.
Aunque ayer escribí que no iba manifestarme porque estaba trabajando y me despistaba, hoy estoy relativamente de buen humor y me apetece epistolar. Ando superando, poco a poco, el bloqueo en público del día de la presentación del libro de Mena.
La verdad es que estuve desastroso. Pensé, equivocadamente, que lo mejor sería improvisar. Intente hacer un chiste de entrada; dije que el autor había escrito diez libros pero que yo no los había leído...Como la voz me salió entrecortada, y a nadie le hizo la más mínima gracia, intente enmendarme. Probé con otra gracia, dije que lo que probaba que los criminales siempre vuelven al lugar del crimen era nuestra presencia allí, la mía y la de Mena, ya que yo acababa de exponer en la sala contigua del Palacio de Montemuzo, donde nos encontrábamos y Mena iba con frecuencia a consultar la hemeroteca que también alberga el palacio, peor. No tenía la tarde graciosa. Notaba ya el rubor en las mejillas y sabía que los asistentes lo notaban. La cosa ya no tenía arreglo. Con voz sólo audible por el cuello de mi camisa, comencé a balbucear un par de cuestiones que se trataban en el libro. Parecía cómo si estuviese hablando otra persona, cada frase que pronunciaba era peor que la anterior. El desastre ya era completo. Como última instancia saqué un papel en el que llevaba escrito lo del blog del día diez de este mes y lo leí a toda velocidad con el deseo de acabar cuanto antes.
No sé que me ocurrió. Desde mi primera juventud no me había pasado nada parecido. Estaba convencido de que a estas alturas ya no podía volver a ocurrir, pero estaba equivocado. Además la mayoría de los asistentes eran viejos conocidos míos y se suponía que estaba en familia y arropado.
Eso de hablar en público y a pecho descubierto es en sí mismo un oficio, o un don, que desgraciadamente, ha dejado de adornarme. Para mi consuelo me apetece pensar, que era el único don que tenía Hitler y mira la que lío.
Como no hay mal que por bien no venga esto ha sido una estupenda cura de humildad y encima me ha puesto a trabajar.

Aviso

Aviso

El pintor, de vez en cuando, debe callarse. Eso de la palabra, además de ser muy engañoso, es la antítesis de la pintura. Como estoy trabajando, que ya venía siendo hora..., la mudez va a ser, mientras, mi compañera.

Degas

Degas

“Un cuadro requiere tanto engaño, mentira y falsedad como la perpetración de un crimen. Se pinta a base de embustes y luego se añade un “toque” natural.
El artista no dibuja lo que ve, sino lo que tiene que hacer ver a los demás. Un pintor sólo podrá llegar a ser bueno una vez que consiga dejar de ser consciente de lo que hace”
Edgar Degas

Que tremendamente difícil es pintar cuando la mano no quiere dejarse ir. Y que insultantemente fácil es cuando a ella le da la gana, cuando uno ya no está.
No hay peor compañera de viaje para un pintor que su inteligencia, siempre tan cobarde, tan precavida. El trabajo fundamental de un pintor es esperar trabajando a que la mano desobedezca a la cabeza, que vaya un instante antes que su pensamiento. Esto, dicho así, parece una cuestión baladí, pero los que han pasado por este trance saben de lo terrible que es intentar hacer algo que no se sabe como se hace y que cuanto más se intenta más se destruye y que cuando ello quiere, inesperadamente, florece. Pero para que esto ocurra se ha de estar solo, tenso y expectante en el taller el tiempo que haga falta y sin darle demasiada importancia.
Por esto Dalí, que no dijo jamás una tontería, a pesar de la opinión generalizada, afirmó:

-Yo soy un mal pintor porque soy demasiado inteligente. Para ser un buen pintor es mejor ser un poco tonto”

Miguel Mena. El escritor con el ego domesticado.

Miguel Mena. El escritor con el ego domesticado.

Un hombre que camina es un hombre que cavila. Nótese que digo cavila, no digo piensa, ni digo reflexiona, ni digo reza. Entre estas palabras, aparentemente sinónimos, existe ,más o menos, la misma distancia que entre los términos platicar y conversar. El cavilante, además de andarín, es, casi por definición, un platicante, con los otros y consigo mismo, es decir: del mismo modo que el verdadero caminante camina sin rumbo, el cavilante que platica no busca llegar a un fin en la conversación, no quiere imponer su criterio; al contrario, lo que quiere es sorprenderse con lo que dice, al tiempo que lo dice. Ese es el juego, dejar que las ideas den vueltas por la cabeza sin destino ni fin. Es, precisamente por esto, por lo que que la cabeza es redonda, para que los pensamientos puedan cambiar libremente de dirección.
Miguel Mena es, además de todo esto, un periodista, es decir, un escritor con el ego domesticado, que es el mejor modo de tenerlo. Pero un periodista de los de verdad, de los de antes, con perdón; un periodista como Camba, como Chavez Nogales, como Gómez Carrillo; y sobre todo como Pla, y como su maestro Pio Baroja.
Un periodista de los tiempos en los que la imagen gráfica no estaba desarrollada y era el prosita el encargado de llevar al lector al sitio desde el que empezar a contar. Del mismo modo que Gomez Carrillo te hace pasar calor en el Cairo, o Pla te mece en el traqueteo del autobús, Mena te hace caminar y te hace ver las cosas mil veces miradas pero nunca vistas en nuestra ciudad y su entorno. Aquí es donde se acerca más a Pla, puesto que el “viaje” de Mena no es por parajes exóticos, o recién conocidos. Es justo lo contrario, él viaja por el recorrido mil veces transitado. Cuenta que gusta de tomar café en la cafetería del Hotel Ibis, justo enfrente del Pilar, al lado del puente de Piedra, donde puede sentirse como un recién llegado y mirar su ciudad con los mejores ojos. Con los ojos del extranjero.
Cuando el escritor con el ego domesticado habla de Daniel, su hijo, ha de domesticar también al padre, para, que de este modo ocurra lo único que ha de ocurrir y es: narrar las cosas, los hechos y los sentimientos desde el único modo posible y al tiempo, paradójicamente, de un modo inusual en la literatura más al uso: desde la máxima objetividad. Así simple y llanamente, como lo hacen los periodistas, los buenos periodistas. Sin impostar el discurso, sin opinar. Mantener la distancia en este caso, es especialmente meritorio, nada más fácil, y más humano, que excederse y caer en la tentación de cargar las tintas, cuando se habla de padres o de hijos.
Este “modo de mirar” es el verdadero protagonista del libro de Miguel Mena titulado “1863 pasos” y que, aparentemente, es un libro de viajes.
Narra tres marchas:
La primera siguiendo la línea férrea del antiguo ferrocarril de Utrillas. De la estación de Zaragoza, ahora disfrazada impúdicamente de centro comercial, que tiene algo de animal disecado y convertido en objeto, como las guitarras hechas con caparazones de armadillos que suelen traer los turistas como trofeo tras un viaje a Sudamérica, a la estación de Utrillas, dignamente en ruinas y en desuso. En este viaje invita a hablar a las personas que tienen memoria de lo que fue y alterna sus cavilaciones con los testimonios de los testigos.
La segunda, narra un personal pulso con el Moncayo. Este viaje, y el siguiente, los inicia desde el portal de su casa, como dios manda, y vuelve a entreverar sus cavilaciones con sucedidos, con exquisita distancia, aún cuando “el sucedido” se trate de la enfermedad de su hijo. Es, un poco, como un cuaderno de bitácora, donde los hechos por dramáticos que sean, han de narrarse con prosa llana y eficaz, y ese es precisamente su mérito y por eso sirven para el siguiente navegante, hasta la culminación en la cumbre del Moncayo.
La tercera nos cuenta recorrido que da título al libro, los 1863 pasos que ha de dar cada día desde su casa al trabajo. Este relato es excepcional, en el lo que se nos propone es descubrir la cotidianidad. Es, en definitiva, un manual para que miremos el mundo, desde el único sitio posible: el nuestro, pero con ojos asombrados.
En el relato va del pasado al presente con una gran agilidad, nos sitúa en el año 1971 al comenzar a atravesar el puente de Piedra, en el centro del puente estamos en 1808 y en la última arcada en el 2002. Lo consigue hilvanado magistralmente tres hechos de importancia: la caída del autobús cargado de emigrantes al pozo San Lázaro ( y mientras nos narra esto nos subnarra lo de Dominguito de Val y su propia infancia, con cura pederasta incluido, en los Marianistas) ; la ejecución de tres héroes de la guerra de la independencia y la perdida, con el intento de rescate, de las gafas de su hijo Daniel. Todo esto en los apenas trescientos metros del puente. Y lo inaudito es la facilidad con lo que todo esto, aparentemente inconexo, nos va entrando. Es como si paseásemos a su lado y fuésemos hablando con él de todo y nada. Que es como se habla, y como se piensa normalmente, aunque esto no se vea reflejado ni en las tesis doctórales, ni en los textos literarios más al uso.
Este es el mayor de los logros del libro. La más absoluta falta de impostación y de palabrería, que hace que su compleja estructura, lejos de dificultar, haga fluir la narración con naturalidad, del mismo modo que se digieren las paellas de los felices domingos de verano, rodeados de los mejores amigos.

Funeral

Funeral

Lo del funeral del Papa ha excedido con mucho lo esperable, o por lo menos lo que yo recordaba de los dos últimos funerales que de Papas vi hace ya más de un cuarto de siglo: el de Pablo sexto y el de Juan Pablo primero. Recuerdo, más o menos lo de la fumata, pero del funeral propiamente dicho, nada de nada.
He de reconocer que, como espectáculo, me ha gustado, el féretro simple y de ciprés, el viento pasando las hojas de la Biblia puesta encima, los cardenales de los ritos orientales, la cadencia de la liturgia, el puesto principal y la actitud de los Reyes de España, distendida al tiempo que grave cuando tocaba. Rodeados de una nutridísima representación de líderes políticos de medio mundo y de una impresionante masa de fieles desplazados desde todos los lados, la mayoría de estos jovencísimos.
Esto no se puede explicar solamente por el tratamiento informativo de la enfermedad y muerte del Papa. Cierto es que ha sido importante, al menos en España, pero si lo ha sido es porque las audiencias así lo han demandado, y si lo han demandado es porque así ha sido diagnosticado por los cazadores de tendencias que marcan la dirección de nuestras modas. Se ha de reconocer una vuelta a ciertos valores de la una parte importante de la juventud del mundo desarrollado. Así es, aunque a los de mi generación nos parezca inaudito o incomprensible, hay algunas cuestiones que parecían superadas, o como mínimo obsoletas, que están resurgiendo con gran fuerza. Es como una vuelta tecnificada a los modos de ver medievales.
Los que somos hijos de los Hippies y contemporáneos de los Punks, al único que vimos morir en directo al unísono fue a Sid Vicious, y desde luego lo que estaba fuera de nuestra imaginación es que nuestros hijos pasasen veinte horas en cola y otras tantas de autobús para pasar un segundo ante el cadáver del Papa.
Cosas de esta tardoposmodernidad que no hace sino sorprenderme día a día.

AIRE DE TORMENTA

AIRE DE TORMENTA

Parece que viene aire de tormenta. Mi abuela decía que la brisa que antecede a las tormentas es muy mala, que a no sé quién se le quedó paralizada media cara por exponerse a ella. A mi, sin embargo siempre me ha parecido muy agradable y de momento no tengo nada paralizado (toco madera mientras afirmo esto). Los momentos que anteceden a las tormentas son muy especiales, los animales se ponen nerviosos, la naturaleza toda se muestra expectante ante algo que la excede. Supongo que de ahí venía la afirmación de mi abuela.

Eso que ahora creemos domesticado y que llamamos electricidad a veces se manifiesta por si mismo en todo su esplendor y hace acallar toda nuestra soberbia. Ahora ya no ocurre tanto, pero antes casi indefectiblemente con cada tormenta había un “apagón”. La televisión, la radio, la nevera dejaban de funcionar y se sacaba la palmatoria con la vela y el tiempo se detenía. Mi abuela rezaba, los truenos nos hacían enmudecer y mi padre decía: “enseguida se pasa”. Ver los enseres domésticos a la luz de una vela los tornaba fantasmagóricos, las sombras de nuestras cabezas se proyectaban sobre la blancura de la cocina (es curioso siempre nos juntábamos en la cocina) y tensos y expectantes esperábamos que la “luz” volviera. Cuando súbitamente todo empezaba a funcionar simultáneamente, la nevera con su sonido característico, la radio y la tele y todos los ruidos que cotidianamente nos acompañan y que no oímos, era como volver a escuchas el latido del corazón de la madre desde el útero.

La dependencia de la electricidad no ha hecho sino aumentar en estos últimos años. Hoy un apagón tiene consecuencias desastrosas, toda la información no guardada del ordenador, todos los alimentos ultra congelados del arcón congelador… En definitiva todo lo que creemos poseer y que guardamos celosamente, (como en los graneros antiguos, como el almacén de proteínas que eran los animales de granja, paradigma del hombre neolítico), depende de que el fluido eléctrico no se interrumpa.

Ahora, como decía mi abuela, con un apagón fruto de una tormenta, no solo se te paraliza la cara, sino el alma y la memoria. Grandioso modo de ser el de la electricidad en libertad.

Taller de pintura.

Hace un tiempo me propusieron dar un taller de pintura y esto es lo que contesté.

Taller de pintura en los tiempos de las games boys

La pintura es una cosa que ciertos hombres se ocupan en hacer desde el principio mismo de la humanidad. El primer hombre lo fue porque tuvo miedo y memoria. Miedo a la naturaleza y memoria para contar a sus descendientes cómo se defendió de ella. Algunos, algo más tarde, se entretuvieron en garabatear en las paredes de las cuevas cómo se cazaba y cómo eran las presas. La diferencia entre el animal y ellos, era que ellos podían pintar al animal, figurarlo, exorcizarlo, imitarlo y el animal no.
Lo que pretendo decir es que la pintura es inherente al hombre desde el principio. Del mismo modo que lo es el miedo congénito a existir, cuna de la religión; la necesidad de fantasear para eludir su circunstancia y tantas y tantas fantasías que pueblan nuestra existencia.
Desde la aparición de otros medios de representar imágenes por medio de la óptica, de la que se servia la pintura desde el renacimiento, y traspasadas a soporte por medio de impresiones sobre soportes embadurnados de productos químicos sensibles a la luz, primero, y a soportes digitales después, se habla de la muerte de la pintura, por lo menos la realista, o por lo menos de su ineficacia para decir verdad. A mí me parece que dada su cualidad primigenia tiene el sitio entre nosotros más que ganado independientemente que pongamos el culo en un burro o en un mercedes para desplazarnos.
Casi todas las academias de pintura que visito tienen algo de rancio y no solo por el aceite de linaza. Es como esos hombres y mujeres que a partir de una cierta edad se siguen arreglando pero ya sin esperanza de seducir. Hay una especie de abandono, de intimo convencimiento de que ya no hay sitio. Esto, a menudo, se suele confundir con lo que los franceses llaman charme, pero no hay nada que tenga menos encanto que la sumisión a una situación que se da por perdida de antemano.
Por lo tanto mas que un programa lo que te propongo son unos cuantos puntos de los que partir (si es que acepto tu proposición).

1-El ejercicio de la pintura no es un entretenimiento ni una terapia, es un camino de conocimiento, un acercamiento al origen.

2-Pintar es traducir lo que nuestro cerebro cree ver, y después comprender, a pintura. Y no al revés, es decir intentar traducir la pintura a realidad. Un error muy común.

3-Al ponerte delante de un soporte e intentar contar lo que se ve (hacia adentro o hacia fuera) te pones en la tesitura primigenia y por lo tanto en inmediata comunicación con los que lo han hecho desde el principio de los tiempos. Por esto el más eficaz método de aprendizaje es intentar hacerlo por ti mismo y después comparar el resultado con la obra de maestros que te han precedido y copiarles las soluciones.

4-No hay ningún plazo que cumplir, ningún curso que aprobar. Cuando se quiere ir
algún sitio, mucho más importante que la decisión en el paso, la velocidad o las etapas, es el rumbo. Mi intención será pues ayudarles a decidir el rumbo.

5- No tengo ni idea, aunque si capacidad para mentirme y mentirte, de qué modo exacto llevar a cabo los puntos anteriores. Eso que se llama programa o memoria de actividades tan necesario en la administración como inútil en la vida no ha sido una de mis preocupaciones. Comprendo que te haga falta, pero yo ya no tengo ganas de mentir.

Me debato entre las ganas de contar lo que sé y la aceptación de los cursos que me propones. Nunca me ha contratado nadie y supongo que en el fondo es pudor.
Yo nunca he sabido dónde iba a estar todos los miércoles con un año de antelación y mucho menos cuánto me iban a pagar. Perdóname que comparta contigo mis dudas cuando lo que a ti te hacen falta son certezas. Yo soy un animal, como todos los hombres, cansadizo e inconstante.

Pepe Cerdá

Arte y vida

Arte y vida

En esta cultura del analgésico en la que vivimos todo lo que no es saludable debe esconderse, no sea que nos comencemos a plantear la futilidad de todo esto y empecemos a gastarnos los planes de pensiones.
Por esto ha sido excepcional la visión de la agonía en directo del último gran príncipe, el Príncipe de la iglesia, nuestro Papa.
La foto, desde el punto de vista plástico, es impresionante, a la altura del Inocencio X de Velázquez, de los mejores Francis Bacon, del mejor Munch, y además lo que vemos es real, no figurado, como en el caso del arte.
Esta imagen es uno de los mejores retratos, de la muerte y del príncipe, que se han hecho jamás. Algo parecido, como imagen, a la capilla sixtina del arte conceptual, las imágenes del atentado contra las torres gemelas. Ambas, además de trágicas y de gran belleza plástica, estaban ocurriendo cuando las vimos. Ello hace que su potencia, ya por sí misma colosal, se amplifique conceptualmente.
Esto hace plantearme, una vez más, la vigencia de la pintura como vehículo capaz de transmitir emociones, vistas o soñadas; concretas o inconcretas. Y al tiempo no puedo apartar la vista de esta foto.

Saeta

Saeta

Parapámpa prapámpa, para parapara pámpa; parapámpa parapámpa para para para pampa; paraboum, paraboum, boum boum. De pronto baja el estruendo..Baramban baarabambam. Taaaaatiiitaiiiiiiii, Y ahora solo un murmullo. Parapan parapan, parapam. Los cofrades se mecen dulcemente, un pie otro pie, pero en el sitio. El cristo también es mecido por los costaleros. Algo va a pasar.
De pronto desde un balcón cercano a la imagen tallada del cristo un hombre calvo desgañita una saeta. Son las tres de la mañana. Calle del Sepulcro número veintiséis. Dos centenares de personas mudas observan con los oídos. El tiempo se ha detenido. El silencio sobre el que fluye la saeta es estremecedor. Los capirotes apuntan a la luna llena, meciéndola, parapanpam, parapampan, parapampam.....
Así es y así ha sido desde siempre, y así será.

Picasso

Picasso

A mí Picasso me tiene hecho un lío, y mira que me interesa, desde donde escribo puedo ver los libros que tengo sobre él en mi biblioteca: los dos tomos de Richardson, el de Norman Mailer, la correspondencia con Apollinaire, el de las fotos de Douglas Duncan; los de sus chicas: el de Genevieve Laporte, el de Fernande Olivier, el Francoise Gilot; las películas: la de Clouzot, el documental de la Reunión des Musées Nationaux; más otros quince libros de muy variada condición sobre su obra y vida.
Los he leído todos con vivísimo interés, he escudriñado su obra, he estado centenares de veces en su museo en París, he visto lo que hay en las decenas de museos que he visitado por el mundo y aún no tengo una idea clara sobre él.
Creo que uno de los problemas para la comprensión de este hombre es que siempre se habla de él mezclando todos los aspectos de su dilatada vida y así no hay manera.
Por aclararnos, perdón aclararme, habría que hacer cinco compartimentos: primero Picasso pintor; segundo Picasso como protagonista de su época; Picaso como icono moderno; Picasso como genio y Picasso como hombre.
Que Picasso es un pintor, un buen pintor, creo que no hay nadie que lo pueda discutir. Pero también son muy buenos pintores, tan buenos como él, un gran cantidad de sus coetáneos y algunos de ellos gozan de fama y reconocimiento, pero en absoluto llegan a la casi deidad del que nos ocupa . Por lo que podemos deducir que el hecho de que Picasso fuese un buen pintor fue una condición necesaria, pero no suficiente, para que alcanzase la desorbitada fama de la que gozó y goza. Habrá que buscar pues en otro sitio.
Se habla de su magnetismo. Yo no sé si han escuchado la voz de Picasso, hay muy pocas grabaciones, yo tengo un fragmento de una entrevista para la televisión que le hicieron por los cincuenta, en la que luce un horroroso anillo en el pulgar, en la que responde con vaguedades a las preguntas tópicas del entrevistador en un francés macarrónico. Desde luego que a mí no me parece precisamente un gurú en estas imágenes. Además me parece sospechoso que de una figura de su importancia y longevidad, muere en Abril de 1973, no se conserve prácticamente ninguna entrevista filmada o grabada, no se conservan porque no se hicieron y no se hicieron porque Picasso se negó sistemáticamente a ello. Y creo que se negó porque sabía que en nada le favorecía la distancia corta, tan corta como los medios modernos posibilitaban. ¿Dónde está pues ese magnetismo, esa capacidad para influir en los demás?.
Picasso se rodeo muy pronto de personas que dijesen por él. Estas son Max Jacob. Apollinaire, Cocteau, los hermanos Stein, y muchos otros. La relación con ellos era simbiótica, ellos necesitaban el “niño salvaje” rousseauniano, que Picasso interpretaba a las mil maravillas, entonces su francés era prácticamente incomprensible, y Picasso necesitaba de ellos para amplificar su figura en aquel París enorme e inabarcable, hacía perfectamente de mono pintor y divertía a los Stein cuando lo enfrentaban con el otro artista de la casa; el fino y culto: Matisse. Esto hizo que muy pronto fuese tema de conversación en los cenáculos cultos parisinos, y así, dando que hablar, se fue construyendo su figura, y Kahnweiler, paralelamente, fue vendiendo sus cuadros. Hasta aquí, no deja de ser una carrera de éxito, más o menos normal, también Velázquez entró con enchufe en la corte de Felipe IV, normal para un pintor. ¿Pero para icono del siglo veinte, es esto suficiente?.
Después, vino el cubismo, la primera guerra mundial, Braque y Apollinaire son movilizados y él se va con Manolo Hugué a una casa de campo del sur de Francia. Después da un braguetazo y deja la bohemia del Bateau Lavoir para convertirse en un autentico burgués, que es el modo correcto de vivir, dicho sea de paso. Periodo clásico. Segunda guerra mundial. No se mueve de París, donde es visitado con frecuencia en su estudio de la rue des Grands Agustins por toda la oligarquía nazi. Ernst Junger es el que se ocupa de que no le falte de nada. Después se hace comunista. Y luego se retira a vegetar al sur de Francia hasta que fallece. Yo no termino de ver en esta biografía al hombre que resuma en sí mismo al siglo veinte, ya me perdonarán. En cuanto a lo de genio, no termino de encontrar su descubrimiento fundamental para la especie humana, ni su modo de mirar me ha abierto otros mundos. Como hombre es uno más, con sus miserias y sus virtudes, pero no hay nada que pueda ser reseñado como acto heroico o singular. Es en definitiva la carrera de un pintor como hay miles.
Será que no lo he estudiado lo suficiente.

Dar que hablar

Dar que hablar

El Hamlet posmoderno debiera decir: “Dar, o no dar que hablar..., he ahí el dilema...”. En eso consiste el ser o la existencia desde el punto de vista del marketing, o mercadotecnia, o mejor, de la gramática parda, que es como se ha llamado de toda la vida.
Sólo se “existe” realmente (luego, paradójicamente, virtualmente, que es como se es ahora en este loco mundo) cuando los demás hablan de uno o de la marca que enmascare su producto.
Vendo luego existo. Lo que pasa es que en esto de las Artes la cosa no está tan clara. Uno de los insultos más terribles es que te digan que haces pintura o literatura, comercial. Lo paradójico es que lo único que sustenta el arte en este neoliberalismo es, precisamente, el mercado. Y que es, esencialmente, la pintura “no comercial” la que más altos precios alcanza. Algún día reflexionaré sobre esto, pero ahora a lo que vamos.
En mi mundo es muy común escuchar:

-¿Qué es de fulano?, hace tiempo que no se oye nada de el...

Esta frase, si no tiene respuesta inmediata y repetida en los cenáculos adecuados puede acabar con la carrera del más pintado.

Goebbels y Dalí, cada uno en su estilo, fueron dos depurados maestros del arte de dar que hablar, pero desde entonces ha llovido mucho. Ahora el modo más eficaz para que hablen de uno es el silencio. El silencio ensordecedor, claro está, el otro silencio, el del olvido, es la peor de las maldiciones. En esto Picasso fue también un pionero, nada más sobredimensionado que el mutismo de Picasso, pero claro, con tanto hagiógrafo para que se va a molestar el en piar, además cuando se manifestó fue para cagarla (su dibujo de felicitación a Stalin, su tonta obra de teatro”el deseo agarrado por la cola”, incrédulos consulten: “Habla Picasso”, Parmelin, Ed. Gustavo Gili, 1968).
Cuanto más callado está uno pues mejor. Callado pero dando que hablar, insisto. Callado de este modo está Manolo Blahnik, mientras sus zapatos son objeto de culto fetichista en todo el mundo; callado está Salinger mientras se reedita una y otra vez su “Guardian entre el centeno” ( libro al que yo no le termino de encontrar la gracia, en su estilo me gusta más Martín Vigil). Callado estuvo Duchamp...y callados están los sabios en general.
Pintor pinta y calla.

Bodas de plata

Hace ya veinticinco años que me gano la vida con una brocha y un bote de pintura. Este año cumplo pues mis bodas de plata en el oficio.
Al principio, con mi padre, rotulando furgonetas, luego decorando aparatos de fería, (si, yo pintaba la cueva del horror y todo eso). En Zaragoza, entonces, había, y hay, varias fábricas de aparatos de feria y había, y hay, trabajo más o menos constante para los decoradores.
Mientras, Franco se moría, se producía la transición, y con ella un nuevo modo de ver las artes desde el estado. Fue la primera vez que en España se empezó a emplear profusamente un término: (que es en sí mismo un oxímoron) el de “Arte Joven”. Así se pasó de la sequía a la gran remojada; del “concurso juvenil”” a la “Muestra de Arte Joven”. Y yo con mi mono, mi brocha, mi Titanlux y mis monstruos subido en el andamio. Por entonces me empecé a presentar a concursos y alguno lo gané, y gracias a eso me llevaron a Cabueñes donde se hacían encuentros de artistas, y recibíamos charlas sobre arte impartidas por los especialistas del momento. Después a Madrid, (donde yo ya pasaba temporadas pintando aparatos de feria en una fábrica de allí); Casa de Velázquez, el paraíso, una mezcla entre una reserva india y una nave espacial, que gravitaba parsimoniosamente alrededor del frenesí Madrileño de aquella época. Dos años en la institución Francesa y a París a buscarme la vida. A París al principio de los noventa, con Sadam Hussein recién entrado en Kuwait, con el mercado del arte hundido y desarmado, ocho años en París, y cuatro más de medio pensionista, con un pie allí y otro aquí, ¡Así tenía las ingles...!. Y ahora en Villamayor, no sé por cuanto tiempo.
Mientras: cuarenta y cinco exposiciones individuales, más de cien colectivas, no sé cuantos libros ilustrados ni cuantos carteles, ni cuantos aparatos de feria, vamos lo que es una vida de autónomo, normal y corriente.

Dos autores

Dos autores

Que envidia me dan Ignacio Martinez de Pisón y Carlos García Alix. Son los autores de dos fantásticos libros “Enterrar a los muertos” y “Madrid-Moscú”, respectivamente.
Para agravar las cosas Carlos es un magnífico pintor.
Ambos han buceado con tesón y acierto en la historia del partido comunista durante la guerra civil y en su, evidente, pero aún con muchas sombras, relación con la Unión Soviética.
A Carlos lo conocí en Madrid hace cuatro o cinco años. Ambos andábamos haciendo cuadros con una temática formal parecida. Yo acababa de inaugurar mi exposición titulada los “últimos modernos” en la que pretendía evidenciar la relación entre modernidad y compromiso político en los primeros años del siglo veinte. En esta retrataba a Ascaso, Durruti, José Antonio Primo de Ribera, Zapata, Madero, el Cardenal Soldevilla, etc. Conseguí que unos exaltados rompieran las cristaleras de la sala de exposiciones. Carlos andaba entonces construyendo magníficos cuadros sobre el Madrid de la guerra civil y sobre los secretos héroes y villanos que la poblaban. Que se expusieron poco después en la Galería Siboney de Santander. Hablé con él en un A.R.C.O., puede que el de 2001, y su erudición al respecto era apabullante, el trabajo de búsqueda de documentación impresionante. Afortunadamente, además de docenas de estupendos cuadros esto ha dado como resultado el libro que les cuento.
A Ignacio le conozco de toda la vida, bueno desde nuestra casi olvidada primera juventud, y acaba de construir una fantástica historia sobre la suerte de Julio Robles, que era amigo y traductor Dos Pasos. Libro que, dicho sea de paso, se presenta el viernes en la Librería Antígona de Zaragoza, y que al poco de editarse va ya por la segunda edición. Como no podía ser de otra manera Ignacio y Carlos se encontraron, merced a la complicidad de Andrés Trapiello, y la erudición sobre estos temas de Carlos ha sido pieza clave para la construcción del relato de Ignacio y así lo narra en el mismo.
Me dan envidia por su capacidad para profundizar en los temas, por su tesón para construir con ellos, que yo jamás he tenido ni tendré. Mi capacidad de concentración es bastante limitada y mariposeo de asunto en asunto desordenadamente. Vaya pues mi enhorabuena a ambos por su magníficos trabajos.

Memoria explicativa

Últimamente ando un poco preocupado por el interés que demuestran entidades e instituciones por la futurología artística. Me explico: recibo un montón de bases de convocatoria de becas, e incluso he sido jurado en alguna ocasión de alguna de ellas, y no deja de sorprenderme una cláusula que incluyen cada vez con más frecuencia.
Esta dice, mas o menos, lo siguiente: “El artista deberá redactar una memoria explicativa donde exponga con exactitud el trabajo que pretende realizar durante el disfrute de la beca”.
La cosa tiene bemoles, ahora resulta que hay que saber “con exactitud” lo que se va a hacer en los siguientes dos años y además explicarlo. Ni que decir tiene, que no hacerlo, o hacerlo con vaguedades o en un tono de cachondeo significa el ser descalificado por no presentar todos los documentos requeridos. Me imagino a Picasso contando que pintará a seres famélicos en tonos rosas, luego en azules y después investigará sobre las relaciones entre la geometría y la realidad y que todo esto dará como resultado un cuadro titulado “Las señoritas de Avignon”. O a Marcel Duchamp relatando que tras pintar el “Desnudo bajando las escaleras” se propondrá abandonar la pintura retiniana y olfativa para investigar las cualidades plásticas de los objetos por sí mismos.
Por lo menos esta curiosa obsesión por que nos expliquemos ha dado como resultado un nuevo género literario. No se pueden ni imaginar las paráfrasis, los silogismos, las perogrulladas, los oximorones que pueblan la mayoría de los escritos que se redactan con el curioso fin de no levantar sospechas de que te vayas a largar con la pasta, de que eres un buen chico, serio y aplicado. Intentar imaginar lo que vas a hacer, y además con exactitud, es siempre lo más costoso de la documentación requerida sobre todo porque siempre es una estreñida redacción compuesta por una sarta de mentiras creíbles.
Lo que mas mosquea es la falta de confianza. El dinero que se ofrece, siempre exiguo e insuficiente para vivir con dignidad, ya se lo ha ahorrado en impuestos la entidad que lo procura. Y si es la administración siempre es un nimio porcentaje de su presupuesto y justifica el sueldo de unos cuantos funcionarios durante una buena temporada. Es decir: es dinero ya gastado, aun así y todo se curan en salud pidiendo un par de obras del artista agraciado, no vaya a ser que se revalorice. Vamos, que no quieren correr riesgos, precisamente con los que su trabajo consiste en asumir, precisamente, riesgos constantemente.
El trabajo artístico consiste en no mentir ni mentirse, por esto es doblemente grave que se obligue a cientos de artistas o aspirantes a artistas a el penoso trance que nos ocupa.
Lo único que justifica al artista es su obra, si este cree que es necesario explicarla por escrito, pues cosa suya. Pero exigirlo desde el poder que da tener la sartén por el mango me parece, cuanto menos, una falta de respeto.
¡Un poquito de alegría! y si alguien, que ha presentado un trabajo que ha convencido al jurado, decide tocarse la barriga un par de años pues tampoco pasa nada. No intenten fiscalizar lo intangible, cosa, créanme, del todo imposible.

Funeral

Funeral

Ayer en la Iglesia de San Atilano de Tarazona estábamos un grupo heterogéneo y heterodoxo tomando unos vinos en vasos de plástico blanco. Hacía mucho frío. La iglesia estaba desnuda, sin altar, sin cuadros, sin bancos. Sólo el púlpito abrazando a una columna la vestía, el púlpito y un olvidado cartel de la última exposición que se celebró, una de Manolo Martelés.
La iglesia de San Atilano es la sede de la fundación Ángel Maturén de Tarazona y el coro y unas dependencias anejas; su estudio. Una iglesia vacía y desacralizada era el marco de un funeral civil que se estaba celebrando tras el otro, el reglamentario, con su caja, sus flores, sus lloros y su iglesia con sagrario. Allí como pasmarotes estábamos los asistentes, mayoritariamente colegas, sin saber muy bien que hacer, sin saber muy bien que decir. Alguien sugirió que había que hacer una foto y el grupo con los vasos blancos en la mano resaltando sobre los oscuros abrigos se alineo bajo el ábside vacío para posar ante el fotógrafo. El fotógrafo se encaramó al púlpito y comenzó a disparar su cámara y a dar órdenes a un tiempo.

-más a la derecha..no tanto.
-Ignacio, ponte en primera fila que no se te ve.
-Pepe, ponte detrás, que me tapas a Lucía.
- Ahora...

Estuvo a punto de decir que sonriéramos, pero se mordió los labios en el último instante. Tras unos minutos terminó el posado y ya nos pudimos ir a tomar algo. En el bar abrí el periódico del día. Allí estaba Ángel, a página completa, en su estudio y con su perro. Debajo de la foto su obituario y rodeándola, un artículo que glosaba su trayectoria vital y artística. Punto final.

Cuatro días estupendos

Cuatro días estupendos

El jueves cené con Maria Dolores Pradera.
Es difícil encontrar alguien con su majestad, sí, ella es antes que nada un ser majestuoso y maravillosamente bello. Félix, Cristina y Luis, sobretodo Luis, ya eran amigos suyos desde hace tiempo y sabedores de que a Ana le fascina, organizaron una cena para que la pudiésemos conocer más de cerca. Yo no soy nada mitómano, pero lo de esta mujer supera lo esperable y salí fascinado. Fascinado sobre todo por exquisita sencillez, por su modo de contar, por su empeño fluido para que todo fuese agradable y por su elegancia, su apabullante y discreta elegancia.
Al día siguiente, viernes, acudimos todos al concierto que dio en la sala Mozart del Auditorio, y aquello ya fue apoteósico, como estaban medidos todos los gestos en su desmesura, una autentica lección de arte y , sobretodo, de vida. Después nos recibió en su camerino, rota y feliz. Su hijo Fernando le acompañaba, discreto y presente.
El sábado el gran Pepe Bofarull inauguraba una exposición en el Museo del Grabado de Fuendetodos y allí que nos fuimos. Bofarull nos ha enseñado a todos los pintores de Aragón y a muchos de España, a hacer serigrafías. Nos ha enseñado como se hacen, pero afortunadamente no nos ha dejado hacerlas, las ha hecho él, que las hace infinitamente mejor que nadie y por eso ahora se pueden exponer. Exposición magnífica, como no podía ser de otra manera con asistencia de toda la profesión en pleno. Y es que a pesar de lo “raritos” que somos los pintores él consigue llevarse bien con todo el mundo. Bueno, sería más exacto decir que llevarse mal con el “Bofa” es sencilla y llanamente imposible.
Por la noche fiesta en casa de Jerónimo, bueno mejor dicho en casa de su madre Paquita Ors. Allí junto a Jerónimo, Esther y Paquita oficiaba también de anfitrión Francisco Ors hermano de Paquita y autor de aquella pieza formidable: “Contradanza” que marco un nuevo modo de hacer y decir a principios de los ochenta.
Yo a Jerónimo le quiero y, además, sé que soy correspondido. Es uno de mis seres imprescindibles en esta mi, su, Zaragoza. Pero rodeado de los suyos y recibiendo, forman un todo indisoluble e irrepetible. Allí estaban la mayoría de las personas que conforman mi imprescindible universo afectivo y fue, como no podía ser de otra manera, apoteósico.
A todos estos eventos he sido acompañado por mi amigo José Antonio de Gabriel que ha pasado unos días conmigo. A José Antonio lo conocí en París a principios de los noventa y aún a pesar de su ajetreada vida, es observador internacional, nos las apañamos para vernos con la agradable cadencia necesaria. ¡Que plena está la casa con un amigo!.
Verdaderamente tengo mucha suerte y muchos, y magníficos, amigos y quiero desde aquí darles las gracias a todos por tratarme con el afecto que lo hacen. Mi único miedo es no estar a su altura que, créanme, es enorme.

Maturén

Hoy ha muerto Ángel Esteban Maturén.
Maturén era un pintor. Sólo un pintor.
En eso vivió.
En eso murió.
Me voy al entierro.
Es en Tarazona.

Contra mi costumbre

Ayer, contra mi costumbre, respondí a un comentario. Suelo comentar artículos de otros blogs, pero no contesto los del mío, por no establecer debates eternos. Pero lo de ayer fue distinto.
Lo hice porque un anónimo ser escribiente se tomo la libertad de insultar a mis amigos. Yo asumo que se me diga lo que sea, forma parte del juego de escribir un blog. Además soy de espaldas anchas y absolutamente impermeable a los insultos y a las críticas, a las que estoy más que acostumbrado. Más que molestarme me alimentan.
Otra cosa distinta es que insulten a otros a través de mi blog. Resulta que ayer cometí la indiscreción de nombrar a algunos de mis amigos con los que había compartido los últimos días, circunstancia que aprovechó este apostillador secreto para verter un par de observaciones sobre ellos. Observaciones que me dolieron, por injustas y porque sólo pueden ser fruto del desconocimiento, o del malentendido, o de la mala fe.
Para mí la amistad es una religión, con sus misterios, sus dogmas, sus liturgias y todo lo que haga falta. Amo a mis amigos, soy en mis amigos, que afortunadamente son bastantes más de lo que habitualmente se tiene por ahí. Uno de los dogmas de la amistad es no permitir el linchamiento gratuito y malediciente de un amigo ausente y menos en la casa de uno, y esta es mi casa virtual, o mi “sitio” de internet, como prefieran.
Mis amigos son cambiantes y crecientes, y el único modo que tengo de saber cómo se ve el mundo con otros ojos.
Mis amigos son escritores, o cineastas, o escultores, o serígrafos, o criadores de cerdos, o feriantes, o curas, o arquitectos, o jetas, o semióticos, o agricultores, o herreros o lo que les dé la gana, faltaría más, y todos ellos me ayudan a transitar por esta senda del vivir.
Ayer le pedí las señas al fantasma cibernético que porta como careta el seudónimo “io”, aún las espero, para saber con quien hablo, para que me explique de donde saca esas conclusiones tan graciosas y para que me diga desde su, supongo, cosmopolitismo donde tiene la vara de medir “progres-casposos-saragosanos” y si la encuentra que se la aplique él primero, preferiblemente por el interior, sugiero que por el esfínter, para ver cuanto mide.