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Esperanzas de vida.

El otro día mirando unas tablas estadísticas descubrí cual era el país del mundo con mayor esperanza de vida al nacer, que resultó ser Andorra, con 83,5 años por habitante. El país con menor esperanza (de vida y de más cosas) resultó ser Mozambique con 31,3 años por habitante. España está en el número catorce de la lista con 79,2 años por habitante.

Resulta pues, que por el hecho de ser español se viven un par de vidas de un Mozambiqueño. Esto hace que creamos que tenemos tiempo para todo, que creamos que podemos cambiar el rumbo de nuestras vidas cuando nos dé la gana y, los más grave, que el periodo de “formación” se alargue hasta límites inauditos para el Mozambiqueño.

En nuestra cultura no es extraño que un “mozalbete” de treinta y tantos ande haciendo masters y aprendiendo idiomas para ser más eficaz “el día de mañana” .

Si entender que no hay otro “día de mañana” que el de hoy. Eso, si tenemos la suerte de llegar hasta la noche.

Villamayor

Villamayor. Día templado y soleado de otoño. Ayer bebí un poco más de la cuenta. Comí con Broto, que expone la semana que viene en Barcelona, y, por la noche, cena con unos cuantos buenos amigos. Larga y divertida sobremesa. A las cuatro y media de la mañana vuelta a casa.

Me ha despertado el teléfono. Se me había olvidado que había quedado con el director del Diario del Alto Aragón para que me hiciese una entrevista que acompañará una lámina de un cuadro mío que regalan esta semana. He intentado fingir que estaba despejado y despierto desde hacía rato, pero creo que no lo he conseguido. En fin, no me acuerdo muy bien de lo que le he contado, esta semana lo leeré.

Ahora, a las dos y diez, se supone que debería estar trabajando. Pero este estado de semigracia que da la resaca más el paracetamol es peligrosísimo para la pintura. Se tiende a pensar que todo está quedando bien y te dejas llevar por la languidez, y se suele hacer un desaguisado, que , luego cuesta mucho reparar. Por esto, en este estado, prefiero darles a ustedes la paliza y contarles mi vida. Ya perdonarán.

Hoy es un día de los que habría que aprovechar para vagar sin rumbo por los Monegros. La luz cae límpida y dorada a través de la recién fregada atmósfera que la lluvia de estos días ha dejado.

Vagar escuchando música de Tom Waits y con alguien querido que guarda silencio a tu lado.

París

Viaje en furgoneta a París. Ayer volví. Afortunadamente me ha acompañado Ana y me ha quitado la mitad de los kilómetros, que a esta edad ya me empiezan a pesar, y ha soportado el mal carácter que solemos tener los simpáticos en la intimidad.

 

Hemos estado allí cuatro días. Yo, intentando resolver unas cuestiones aritméticas con mi galerista. Como era de esperar, nada ha salido como preveía. La aritmética para los galeristas es una ciencia abstrusa. Vender y cobrar, para ellos, son dos verbos que se conjugan en tiempos muy distintos.

 

A pesar de todo, es un tipo simpático, y a su manera la cosa va funcionando. Me ha propuesto un par de proyectos al otro lado del atlántico y me ha manifestado su amor incondicional, para después añadir que ya me pagará más adelante que ahora le viene mal. Vamos, lo mismo que llevo oyendo en los últimos veinte años, ¡Ay!, el mercado del arte, si yo les contara...

 

Estos días en París, mientras ardían los coches en “la banlieu” (con la absoluta despreocupación de los parisinos del centro, para ellos la única revolución “cool” fue la del 68) he comprado un montón de libros y he visitado la exposición que en el “Gran Palais” ha montado Jean Clair sobre la Melancolia. Cómo era previsible: Impresionante.

Jean Clair es uno de los tipos más listos y más sensatos de todo el elenco que teoriza actualmente sobre cuestiones artísticas. Fue el comisario de la Bienal de Venecia del centenario, y de la mítica exposición “El alma en el cuerpo” de la que esta es una especie de continuación.

 

 Jean Clair es un niño, que hace “collages” con las obras auténticas, a escala 1-1, para expresar una idea. Todo esta cuidadosamente medido: el montaje, la iluminación, el catálogo, la disposición...Es una especie de cueva del horror de las ferias por donde se transita, y te van sorprendiendo los objetos, los textos, los cuadros, y de donde se sale más sabio y más emocionado de los que se entra. Si tienen ocasión no se la pierdan.

 

A nuestra vuelta, antes de cruzar la frontera, llamé a mi nuevo amigo Pio Caro, al que conocí al tiempo que me enseñaba Roma la semana anterior. Resultó que estaba en Bera, en la mítica casa que los Baroja poseen allí y nos invitó a comer, y luego a visitar la casa. En la comida nos presentó a Miguel Sánchez Ostiz, poeta, ensayista y novelista Navarro, que anda preparando algo sobre los Baroja. Miguel y yo, simpatizamos enseguida y tras hablar de tres o cuatro amigos comunes, nos pusimos al asunto, es decir un chuletón que probaba la existencia de Dios Padre. La conversación transcurrió fluida, como transcurre entre viejos camaradas, aunque en este caso, éramos recién conocidos.

Después visita a la casa de Itzea. Todo está como estuvo. El comedor con su chimenea y la lámpara levitando sobre la mesa. Los salones con estupendos cuadros colgados de sus paredes. Muchos de ellos de Ricardo Baroja. Y las bibliotecas. ¡Ay! las bibliotecas. A mí no hay nada que más me guste que las ferreterías y las tiendas de libros, entro a menudo en estos establecimientos para que se pare el tiempo y mi cabeza.

 

 Pues imagínense lo que puede uno sentir en la mismísima Biblioteca de Don Pio Baroja, y en la del piso de arriba, la de Don Julio Caro Baroja. No puedo describir aquí lo que eso es. Puedo sólo decirles que es uno de los sitios más sobrecogedores de los que yo conozco. Decenas de miles de bellísimos libros se alinean en los estantes de las dos últimas plantas, algunos cuadros, algunas estatuas les acompañan. Pero la presencia de los libros es impresionante. Diríase que los muros están sustentados por los libros y no al revés.

Mañana más. O pasao. O al otro.

Roma

Roma

Estos últimos días he estado en Roma.

Cómo todas las grandes ciudades se nutre del turismo, ya saben, el viejo adagio: “al ave de paso cañazo”. Ahora los cañazos los dan Prada, Gucci y compañía. Los turistas pasean por la Piazza Navona con las bolsas impresas con los escudos de las marcas de las tiendas. Y es que ahora las ciudades turísticas son, antes que nada, centros comerciales con parques temáticos alrededor. Lo que ocurre con el de Roma es que és, además, el que dio origen a casi todo lo que somos en este primer mundo y entre las bolsas de ropa recién comprada se puede ver alguna escultura de Bernini ( ya saben, la empresa que se inventó el Barroco), algún cuadro de Caravaggio y algún templo del imperio.

Entre las tiendas de lujo de la  Via Condotti sobrevive el único establecimiento sensato de cuando aquello era una ciudad donde se vivía, el Gran Café Greco, en donde tienen enmarcado un manuscrito de mi admirado Pla, que tantos ratos pasó allí. Otra cosa que sobrevive es la sede social de la única religión verdadera: el Vaticano. Tras darse una vuelta por sus instalaciones no cabe ninguna duda de que los herejes están equivocados.

Pero lo que ha merecido realmente la pena de este viaje ha sido la observación en directo del cuadro más importante (a mi juicio) de toda la historia de la pintura. Me refiero al retrato de Inocencio X pintado por Velázquez  y que se conserva en la Galleria de los Doria Pamphili.

Esta pintura evidencia que las obras de arte no reflejan el mundo, las obras de arte, las de verdad, son una realidad independiente en sí mismas. Si me diese por ponerme ñoño, diría que experimente el síndrome de Stendhal ( una indisposición física que se experimenta ante la belleza), pero cómo soy aragonés, y  estas cosas no nos pasan, diré que se me pusieron los pelos como escarpias.

Nunca la pintura fue tan pintura, ni tan cosa, ni tan hombre. Las reproducciones que había visto (centenares) no se acercan ni a rozar lo que esta pintura és. Por mucho que se empeñen Bill Gates y Walter Benjamín, en decir que la reproductividad técnica ha sustituido a la observación directa en nuestros días, el que no vea al “Inocencio X” en directo no puede decir que lo “conoce” en el más amplio sentido de la palabra.

Volveré a Roma todas las veces que pueda, para volver a ver a la pintura manifestárse con toda su potencia, que es lo único que me viene interesando en estos últimos tiempos.

S.O.S.

Son las cuatro y cuarto. Vuelvo a casa, cansado y vivo.  He estado impostando mi personaje desde la modestia, que es la más falsa de las imposturas, ante un par de recién conocidos. Hace ya tanto tiempo que lo hago; que ya no sé si soy el que hace, el que dice, el que piensa, o el que imposta. Lo único que parece claro (cómo dijo aquél francés) es que yo soy otro.

¡Pero es que ya no me acuerdo de quien era!; y el que soy, no soy.

¿Si alguien se acuerda de quien soy yo? , ¿ Sería tan amable de recordármelo?.

Agradecimiento

Va una perogrullada: del mismo modo que no hay sádico sin masoquista, ni artista sin ego desproporcionado; no hay texto sin lector.

Desde este punto de vista este blog es tan mío como de los que lo visitan. Especialmente de los que se toman la molestia de escribir algún comentario.

Este nuevo modo de decir, sin editor, sin presentaciones, sin contrato, sin ganancia, es especialmente adecuado a mi modo de ser, que si por algo se ha caracterizado ha sido por huir sistemáticamente del compromiso. He intentado dejar de decir aquí en tres o cuatro ocasiones, ya que este gesto (el de escribir, a no se sabe quién, ni porqué ), no resiste el más mínimo análisis. Pero una vez liberado de la obligación, del compromiso, otra vez libre, sin saber muy bien porqué, me veo tecleando al vacío. Sabiendo que cuando cuelgue lo escrito, alguien lo leerá y alguien lo comentará. Cómo en una especie de culto a la banalidad.

En este año de blog, he hecho unos cuantos amigos cibernéticos. A algunos les he conocido, como a Teresa, que se explica que da gloria leerla y que fotografía como mira. A otros ya les conocía, como a Mariano Gistaín, o a Felix Jaulín, que les conozco de siempre. Pero a los más, ni les conozco, ni seguramente les conoceré nunca, y esto es precisamente lo más interesante. Se tarta de textos, sin soporte ni contexto (permítaseme despreciar el contexto cibernético por su levedad, aunque sé de su importancia) relacionándose entre sí, por sí mismos. Cierto es, que de mí, algo se puede saber por Internet y que al menos uno de los interlocutores puede albergar cierto prejuicio, pero creo que a estas alturas de interlocución (un año ya) puede despreciarse. Se trata de ideas que se comparten sin apenas intención, cómo jugando, sin gravedad. Y esto me gusta mucho.

Hoy quería agradecer a todos los que se toman la molestia de entrar que lo hagan. Y primordialmente a los que comentan, y entre estos, especialmente, a mi desconocido (io) como paradigma del perfecto apostillador.

Aprovecho para pedir disculpas por mi penosa ortografía, pero es que a estas edades ya no hay tiempo de aprender nada que no se sepa desde siempre, y por no estar a la altura de mis comentaristas.

Gracias a todos.

Concurso de ideas

A Don Salvador de Madariaga cuando pasaba los últimos años de su vida en París, alguien le dijo:

 

-¿Pero, Don Salvador, que hace usted aquí?, ¿Cómo no vuelve a Madrid, a su ciudad, dónde todo sería más confortable?

 

Y él respondió:

  -¿A Madrid?, ¿Para hablar con quién?. 

Aún así volvió tras la muerte de Franco para ocupar su sillón en la Academia de la Lengua y pronunciar su discurso de entrada: “De la belleza en la ciencia”. Hecho esto salió otra vez, la última, para morir en Locarno, Suiza, que es donde se muere más limpiamente. 

A mí, salvando todas las distancias con Don Salvador, me suelen decir lo contrario:

-¿Pero que haces aquí?. Vete. Vuélvete a París, o a Berlín, o a donde sea. ¿No ves que aquí no hay futuro?. 

Lo curioso es que el que me lo suele decir no se ha ido nunca a ningún sitio. (exceptuando las vacaciones y moscosos). Y que le tuvo tanto miedo a la vida que se apresuró a aprobar unas oposicioncitas que le ataran a su ciudad y asegurasen su futuro. Y una vez resueltas las cuestiones del nutriente, se dedicó a leerse los libros que recomiendan en Babelia, y a ser un “consumidor cultural”, y a visitar “doctamente” las exposiciones que a bien tengan proponerle desde la administración para la que él trabaja.

Por supuesto que me dice lo que me dice con la mejor de sus voluntades, para hacerme el favor de animarme a hacer lo que se debe de hacer. Lo que según su criterio, inducido por la literatura cultural, ha de hacer todo creador que se precie; que es: jugarse la vida y tirarse sin red una y otra vez, hasta que se estampe, delante de sus espectadores para así entrar en el parnaso de los grandes artistas. Cómo Basquiat, cómo Haring, cómo Nebreda. Vamos, que cómo él había creído en mí, yo no le puedo defraudar ahora y me tengo que ir a buscarme la vida, otra vez, a un sitio extranjero y lejano para poder visitarme cuando lleve a sus niños a Eurodisney y traerme cómo todos, un chorizo de su pueblo.

Hace tiempo que busco una respuesta a la pregunta recurrente de porqué no me largo de una vez. Por eso he citado la respuesta de Don Salvador. Busco una respuesta que no sea hiriente (que de esas ya tengo muchas), ya que el que me la plantea lo hace por mi bien. Pero que sea lo suficientemente clara cómo para hacerle reflexionar al torpe bienintencionado y que deje de plantear estas cuestiones tan impertinentes.

Por esto me permito pedirles alguna ídea para elaborar la respuesta más correcta posible a esta recurrente pregunta.

Clientes

Ayer no fui lo suficientemente claro.

Lo que quería expresar es el nuevo modo de toma de decisiones en las estructuras del fin del capitalismo.

Hasta hace no mucho la estructura, empresarial o política, copiaba a la militar. Esta funcionaba, más o menos, así: después de una decisión política -declarar una guerra por ejemplo- se ponía en marcha la maquinaria, los estrategas diseñaban el plan de ataque, o defensa; los tácticos lo ponían en marcha y estudiaban la logística y por último los ejecutores, la tropa lo llevaba a cabo. En este caso lo que yo llamo “cliente”, o interlocutor, o sujeto final del proceso, es el enemigo.

Ahora, que, en el primer mundo, vivimos en la sociedad del analgésico y del derecho al confort y a la felicidad, el nuevo marketing predica lo contrario- aquello de “Señor consumidor” de aquel directivo vasco de Opel que se fue a Wolsvagen, ¿se acuerdan?-. Se trata de invertir la estructura, ha de ser el consumidor el que le haga saber al vendedor sus gustos, para que este lo traslade al representante y este, a su vez a fábrica para que los más íntimos caprichos y anhelos del cliente se conviertan en realidad y en negocio.

Esto que parece hasta cierto punto lógico cuando hablamos de bienes de consumo, ha ido contaminando el resto de las estructuras.

Así es en la escuela y en la Universidad donde los alumnos evalúan la capacidad de enseñar y los conocimientos del profesor. Aprender ha pasado de ser una obligación a ser un derecho.

 Así es en la frontera de Melilla donde los asaltantes denuncian, a través de un despliegue de medios audiovisuales enviado y pagado por el país al que pretenden entrar ilegalmente, la agresividad de los guardias desarmados que la custodian.

Así es en los informativos de televisión en los que más de la mitad del tiempo de emisión se usa para que se expliquen torpemente los futbolistas y sus entrenadores, independientemente de lo que esté pasando en el mundo.

Este nuevo modo de toma de decisiones por parte del cliente- el enemigo en el ejemplo militar- quizás haya probado su eficacia en el mundo del comercio, de lo que yo no estoy tan seguro es que sea igualmente eficaz a la hora de decidir cuestiones de calado.

Poder

Creo que una de las causas de que esta época sea tan tontorrona y tan vulgar es porque el poder, el verdadero poder, no lo ejerce ni la multinacional, ni el gobierno, ni el tirano,  ni el déspota, ni el santo, ni el poeta, ni el filósofo, ni el esteta, ni nadie que lo haya ejercido con anterioridad.

Lo ejerce el nuevo y abstracto poderoso, tonto y ciego, que ahora llamamos: CLIENTE.

Nada que contar

Escribir sin nada que contar. Sin intención. Del mismo modo que se respira.

Escribir sin impostar la voz, y sin ganas, y, por supuesto, de lo que se ignora.

Escribir para descubrir lo cretino que se es.

Estos serían, realmente, los únicos modos de ser de la escritura que me gusta leer.

Los demás modos;  los de los salvadores de la patria, los de los impartidores de doctrina, los de los transmisores de falsos sentimientos, los de los onanistas del sentido, los de los libros de texto, los de los entretenedores, los de los teóricos, los de los historiadores, los de los que creen decir la verdad, cada día los soporto peor. Por esto cuando releo algo de lo escrito en este blog me averguenzo.

Árbol

Árbol

A veces me pregunto si los árboles tienen memoria. Bueno, los árboles y las cosas todas. ¿No tienen memoria las gomas y todas las cosas elásticas para volver a la forma que tenían?. ¿No tienen memoria todos los vegetales para ser lo que fueron cada primavera?.

Los ejemplos pueden ser numerosísimos y sin embargo el hombre vive en la creencia de que él, y solo él, de un modo “racional”, y los animales de un modo “irracional” están capacitados para recordar.

La culpa y la memoria, la una no puede existir sin la otra, son inherentes a la humanidad, y en especial al judeocristianismo. Son la memoria y la culpa parte importante de la energía que nos hace cargarnos de razón. Y solo con razón podemos obrar y solo obrando podemos ser.

Yo quiero creer que los árboles sí tienen memoria y que de algún modo se acuerdan. Saben el año que fue seco, el que fue lluvioso, de la poda salvaje...Se enteran de si hace frío o calor y seguro que de muchas mas cosas.

Lo que parece ser que no tienen es lenguaje. Nosotros creemos poder comunicarnos por medio de las palabras. Pero yo no estoy muy seguro de que el lenguaje pueda explicar el mundo, ni siquiera creo que se pueda explicar a si mismo. Algunos antropólogos dicen que el hombre empezó a hablar en el momento que tuvo necesidad de mentir. La pintura y todas las artes en general son esencialmente mentiras. Me explico: las cosas representadas no son las cosas mismas, lo artístico es una ilusión humana representada a través de la forma o del sonido (supongo que los primeros sonidos que imitó el hombre de la naturaleza fue con el objeto de engañar a los animales y cazarlos), las trampas para el ojo, la pintura de camuflaje, la impostación por creer hacer arte o por poseerlo, etc.

En definitiva lo que quiero decir es que la cultura es lo contrario a la naturaleza. Y que nosotros, los culpables de la “creación” de la cultura somos cada vez menos naturaleza. Y todo esto lo digo, lo escribo, porque tengo que llenar la parte de debajo de una acuarela, que representa un árbol, que representa a su vez una acuarela (y así hasta el infinito) con garabatos, que se convierten en signos y estos en lenguaje escrito y este en ideas con el único objeto de que este espacio no se quede vacío.

No sé muy bien si el árbol ilustra al texto o el texto al árbol.

De lo único que estoy seguro es de la banalidad de todo esto.

Cumpleaños

Ayer fue mi cumpleaños. Curenta y cuatro. Cuatro...cuatro. Cómo los todo terreno, con sobrepeso y más lentos que los turismos, pero con más agarre.

Lo malo de la madurez, como ha dicho Luis Pita en su blog maniasmias, es que nos pilla demasiado jóvenes. Yo añadiría, que es aún peor, que nos pilla inexpertos, al tiempo que nos creemos lo contrario, “a nosotros nos la van a pegar, con lo que llevamos andao”. Y nos las meten por la escuadra una detrás de otra, como no puede ser de otra manera. Y es que eso de la experiencia, o mejor dicho el escarmiento, no sirve para nada. Cuando la “experiencia” que nos hace en teoría “doctos” ocurrió, nos ocurrió precisamente por el arrojo, y la fe en el futuro de todos los jóvenes sanos. Y es que eso de vivir consiste precisamente en errar.

Ahora que somos precavidos, gracias a nuestros errores, nos sigue pasando de todo y metemos la pata con más ahínco que antes. Lo que ocurre es que hemos aprendido a ocultar, o responsabilizar de nuestros errores a otros y a apuntarnos a nosotros nuestros tímidos éxitos.

Intentar mantener intacta la capacidad de errar sería una de las tareas más importantes de la vida. El problema es que la estructura suele castigar terriblemente a los que se niegan a madurar y es mejor no hacer ostentación de ser lo que se es: un mono bronquítico, desnudo y aterrado. Y se te obliga a aparentar lo contrario: sabiduría, fe en uno y seguridad en tus actos y afirmaciones.

Del público e íntimo misterio de la creación.

Del público e íntimo misterio de la creación.

La fotografía ha sido empleada para alimentar los inconfesables deseos de voyeur que todos tenemos.

Uno de los primeros géneros que se desarrolla es el erótico o mejor dicho el pornográfico (ocurre lo mismo con el cine y más recientemente con la red). En este sentido el desentrañar el lugar y el momento mágico de la creación, es decir, el artista en su taller y si es posible trabajando, ha sido una de sus primeras ocupaciones. Todos hemos visto a Monet pintando los nenúfares, a Julio Romero de Torres con Valle Inclán pintando un desnudo, a Matisse dibujando, etc. Y del mismo modo que con la pornografía el cine se ocupa prontamente de esta cuestión.
Picasso vuelve a ser el gran referente, el último artista clásico, en su caso se puede hablar de un género en exclusiva: el de Picasso trabajando o en la intimidad. Picasso ha sido filmado desde el otro lado del lienzo, dibujando con luz, modelando, comiendo, riendo. El interés en su caso es antropológico, por fin se tenía a un genio indiscutible e indiscutido al que estudiar, medir, observar, en definitiva democratizar. Y por si fuera poco él se prestaba gustoso a esto.

Algo parecido y por las mismas razones y en los mismos años, le pasa al Che Guevara y a Kennedy. Hay algo común en las imágenes del Che leyendo en sierra maestra, en las de Kennedy jugando con sus hijos en el despacho oval y en las de picasso pintando en la Californie. Las tres son desenfadadas quitando solemnidad al hecho de crear, gobernar el mundo o hacer la revolución. La publicidad ya se ha adueñado del mundo. El medio ya es el mensaje. El Concilio Vaticano Segundo permite no hacer las misas en Latín. La liturgia ha muerto y el espíritu desenfadado de la coca-cola gobierna el mundo.

El ejemplo ha sido seguido por casi todos los artistas medianamente conocidos: Pollok, con su action painting, Warhol, en su factoría, Soulages, en fin prácticamente todos los que conozco. Hay incluso fotógrafos especializados en este genero: Jean Marie del Moral, David Douglas Duncan,...Libros dedicados a los talleres de distintos artistas, etc. Incluso es muy común en artistas que empiezan el filmar videos de los talleres y fotos de ambiente de taller, que a menudo se reproducen en los catálogos. Yo mismo lo he hecho unas cuantas veces. En fin, que es un género admitido por todos.

Pero en lo que yo quiero poner el acento es en esa tramposa ostentación de alejamiento del mundo que pretende emanar casi todas las imágenes que de artistas se han filmado o fotografiado y que creo no es ajena al pudor atávico a dejar de parecer lo que los demás esperan que sea un artista.

Me explico:
Seguramente lo más alejado de un ambiente intimo es un plató en el que se filman películas pornográficas. Es necesaria la absoluta especialización de los actores para que aquello sea medianamente creíble. Y en esencia no esta pasando lo que nosotros estamos viendo sino una teatralización de lo que queremos ver. Nada es natural ni las posturas, mas dirigidas a que nosotros veamos que a que los amantes gocen, ni las situaciones, ni nada. Pero a los espectadores les vale porque lo que quieren ver filmado es su propia fantasía.

Algo ocurre de esto en las filmaciones que de artistas se han hecho y yo he visto. El artista interpreta lo que cree que debe transmitir. Es decir: concentración, catarsis, ensimismamiento y soledad.

A mí me han filmado en alguna ocasión para algún programa cultural y no se pueden ni imaginar la que se monta: Los focos, el de sonido, el regidor, el entrevistador, el chofer un amigo que anda por ahí. Un lío de cables y de cacharros por el taller y de pronto dicen: ¡Filmando! Y uno tiene que aparentar que esta solo y ensimismado. Es decir uno tiene que mentir para hacer creíble su personaje, para ser lo que los demás esperan que se sea. Lo normal es que se note un poco, o más bien un mucho el corte de la situación y que aquello sea un fiasco.

Pero en algunos casos esto no ocurre, estoy pensando en Picasso, en Barceló o en Antonio López. Son tan creíbles cuando se les ve en este trance..

Cuando Barceló se retira a Malí para encontrarse consigo mismo y alejarse de la incomoda civilización, como hizo Simón del desierto y tantos y tantos profetas,. pinta en una canoa mientras navega por el río. Lo curioso es que este intimo e idílico hecho se puede ver por la televisión. Eso quiere decir que a su alrededor hay grupos electrógenos unidades móviles etc, etc, etc,.Y él como si nada a lo suyo. Nada puede ni debe romper su ensimismamiento creativo.

Antonio López ha producido la película que sobre él hizo Erice y cuyo protagonista es un membrillo. El modo en el que el intenta captar la luz que se posa sobre la fruta es el argumento. Y el devenir de los días sobre su casa y su familia el fondo. Todo es tan real. ¿Real? ¿Es real lo que esta fotografiado o filmado? ¿Se puede llevar una vida normal mientras todo un equipo de cine filma todo lo que haces?.

No. No es real, ni normal lo que se filma, por el mero hecho de la injerencia que significa el ser filmado. Sin embargo es muy susceptible de ser creído. Esa es la cuestión. Como dice. Baudrillard se puede hablar de un asesinato generalizado de la realidad

Hay otros mundos que no están en este...

El sábado por la noche estuve en la fiesta que con motivo de su boda daban Laura y Jaume Plensa en su casa de Barcelona.

Laura y Jaume son amigos míos desde hace quince años. Nos conocimos en París donde Jaume ya era un artista conocido, pero todavía no tenía la dimensión internacional que ahora tiene. Laura y Jaume, ahora casados, ya eran una pareja entonces, bueno la palabra pareja se queda corta, eran un equipo. Jaume, como todos los grandes hombres, ha sido siempre varios, es decir él y su equipo, y capitaneando al equipo, discreta, amable y exacta, siempre ha estado Laura.

Laura ha resuelto todo lo que no fuese estrictamente artístico. Toda la organización, la logística, la supervisión, el almacenaje y la agenda ha sido cosa de Laura. Vamos que forma parte de un grupo humano perfectamente diferenciado que conocemos los que nos dedicamos a esto, que es: la señora del artista. Pero con una importante diferencia:
Laura es amable, discretísima (casi invisible) y muy elegante. Lo normal es que la señora del artista sea lo contrario: agresiva y muy visible. Un poco cómo una culeca defendiendo a su polluelo.

La fiesta fue en el jardín dónde reunió a un centenar de personas. Allí estaban sus galeristas de medio mundo, su familia y sus amigos. A mí ya se me había olvidado cómo son las fiestas civilizadas, después de siete años de asistir a las de Zaragoza. Que no es que estén mal, que a mí también me gustan, pero de vez en cuando no está mal asistir a una un poco más tranquilita. Nadie levanto la voz, nadie estuvo desafortunado o fuera de tono. Todo estuvo perfecto y agradable. Estuve con amigos que hace tiempo que no veía como Charlotte y Serge Bensimón que cuando te abrazan se te pasa todo.

En el estudio contiguo a su casa estaban los dibujos con los que va a ilustrar a Shakespeare en una edición de lujo que sacará la editorial Galaxia Gutemberg (cómo la que editó con Barceló para la divina comedia) y unas cuantas esculturas que yo no conocía. Entre ellas unas balanzas de precisión en cuyos platillos estaban grabadas distintas palabras. Esto hacía que estuviesen desequilibradas. Evidenciando que cuanto más larga es la palabra menos pesa, cómo ya es sabido.

Otra cosa que había olvidado es que existen en el mundo personas que respetan sincera y reverencialmente el arte y lo artístico. Llevo ya un tiempo acostumbrándome a la falsa franqueza, que esconde la mala educación y la mala leche, con la que aquí se suelen manifestar los que se creen en la confianza de hacerlo, que son casi todo el mundo, cuando se encuentran ante lo que no comprenden y dan por supuesto que eso ha de ser un engaño,( ¡ a ellos se la van a pegar!, con lo listos que son). Por esto ver otra vez a personas sensibles, cultas y elegantes, mirando lo artístico desde el sitio que ha de mirarse, fue muy agradable. Me parece que necesito una temporada por ahí para que se me pase este empacho de socarronería que es uno de los canceres de nuestra región y que te atrapa sin darte cuenta. Y es que si sumamos a la autocrítica feroz que para con nosotros solemos tener los de aquí, la que se nos hace constantemente desde el ambiente, y cuanto más cercano más, resulta ser demasiada carga cuando se trata de dejarse ir por vericuetos en dónde la levedad es el único equipaje posible.

No digo que lo contrario sea mejor, ya que también es muy peligroso para la creación el halago permanente, pero es que las dosis de "leña" de aquí son difícilmente soportables y viene bien una caricia de vez en cuando.

Pintura y madurez

Cuando niño, veía a mi padre extender la pintura sobre el papel y el tiempo se detenía. Lo único que estaba ocurriendo en el mundo era aquello. Era magia. Sólo los mayores estaban ungidos en aquel don.

Luego, cuando uniformaron los criterios. Cuando escolar, me enseñaron a ser “idéntico” a los otros (es decir a tener “identidad”). Descubrí, desilusionado, que aquel “don”, de extender pintura no era inherente a los mayores. En realidad los mayores que se entretenían extendiendo pintura no eran, exactamente adultos.

Un poco más tarde, sin determinación, sin tomar decisión, me ví a mí mismo extendiendo pintura y experimenté lo cierto, lo de no ser adulto, lo de vivir de la caridad del prójimo, lo de no ser eficaz, lo de no tener ingresos medidos y regulares, cuan pienso compuesto en granja de cerdos. Y los demás, los idénticos, los que tenían identidad, tenían además coche, novia, trabajo, hijos y futuro. Y el conjunto de todas estas cosas: crédito. Y nosotros los de los garabatos, los saltimbanquis de su olvidada niñez, nos veíamos obligados a representar con humilde arrogancia el personaje que ellos deseaban ver.
Y de cuando en cuando, para relajarse, nos visitaban, se quitaban la corbata y nos confesaban que ellos en realidad, no son idénticos, que no tienen identidad, que nos quieren y tras tirar unas monedas, al marchar se llevaban uno de nuestros garabatos.

Y otra vez solo, como el condenado, a garabatear, a extender pintura, frenéticamente, para olvidar que nada se es, cuando no se tiene capacidad de tener crédito.

Y así pasa la vida y cuando la tele, el plasma, el móvil y el ordenador, aquí estoy yo: extendiendo pintura.

Cadencia y obligación

Mi padre siempre fue un hombre libre. Es decir; que nunca firmó un contrato de trabajo, que no vendió su tiempo de antemano, algo a lo que: por cuna, clase y época, parecía abocado. Se limito a mercadear con el producto de su trabajo y pagó como precio la precaria inseguridad de no saber con qué contar, de no tener jamás crédito.
Mi padre aprendió a leer y escribir en la mili, y a partir de entonces no paró de hacer una cosa y la otra. No le tenía ningún apego a los libros y después de haberlos leído los regalaba o los tiraba, como si no quisiese cargar con nada, y aún así conservo varios centenares de su biblioteca.
Mi padre fue siempre un hombre avispado y melancólico, y sabía que sólo la levedad podía hacerlo posible.
Cuando empecé a ayudarle a pintar aparatos de feria me decía:
-“Hijo mío no hagas nunca dos veces bien la misma cosa, que te convertirán en un obrero y te joderán”.
Después añadía:
-”Nunca firmes un contrato. No vendas nunca tu tiempo, no dejes que los demás te lo administren, la vida es demasiado corta como para pasarla trabajando por cuenta ajena..”
Ahora, que hace ya casi un año que escribo en este blog, y me estoy empezando a cansar, vuelvo a recordar sus sabios consejos. He heredado de él la inconstancia como arma defensiva hacia el sistema y la ironía, el cinísmo y el descreimiento como método. No he firmado jamás un contrato, ni he tenido un puesto de trabajo. Por esto creo que hace días que no escribo en el blog, que estaba convirtiéndose en una extraña obligación no renumerada.
Cuando tenga algo que decir lo diré, del modo que ello quiera salir. Pero no con la cadencia con lo que lo he venido diciendo.
Gracias a todos los que han tenido la paciencia de leerme.

Boceto

Boceto

A veces camino por los pelados montes de Villamayor. Cuando se hace de noche Zaragoza incandescente se ve al fondo. Ayer hice un pequeño boceto con témpera.

Del ser y del clima

¡Vaya!, parece que no tengo excusa. Las temperaturas de este Agosto, por el momento, están siendo ideales para el ejercicio de mi profesión en el taller. Espero que duren un poquito más. Ahora el problema, como siempre, soy sólo yo.
Los humanos, como todos los seres, somos poco más que animales climáticos y circunstanciales. Por esto la “independencia de criterios” no es más que una falaz impostura, como casi todo lo cognitivo, que no obstante es la esencia misma de lo que llamamos humanidad. No somos ni parecidos, con frío o con calor, ricos o pobres, sanos o enfermos, en un país o en otro, con o sin pareja...Somos tan multidependientes que soñamos ser independientes. Y los de peor calaña somos los que tenemos una cultureta libresca, que ya no sabemos que es lo qué pensamos o qué es lo que hemos leído, qué es lo que hemos visto y qué es lo que hemos soñado...
Y así no hay manera...
Me subo al taller, a ver si se me pasa la tontería...

Espacios de la teoría.

Hay sólo tres maneras para que la onerosa búsqueda de nutrientes no sea demasiado gravosa, para así dedicarle el tiempo que se merece al “espacio de la teoría” (que, entre nosotros, no es otro que el sofá).
Estas tres son: por nacimiento, por matrimonio y (esta mucho más moderna y habitual) por oposición. Habría una cuarta, que un servidor ya ha ensayado,( pero que por estética se ha de abandonar, antes de una cierta edad que uno ya supera) que es la romántica indigencia.
Como la vida nos pone inexorablemente a cada uno en su lugar, cuando se sueña recurrentemente con algo, esto termina, a menudo, por convertirse en realidad, que es la peor de las maldiciones. Así, algún lustro más tarde de aquella impostura adolescente, que con el único objeto de no madurar ejercitábamos, aquella de ser artistas, te lleva directamente a la fila de autónomos para darte de alta y a la de Hacienda a por la licencia fiscal de “artista pintor”, que existe, se lo prometo. Y a partir de ese momento, las búsquedas y anhelos insensatos que uno tenga, amás de convertirse en realidad habrán de rentar lo suficiente para que todo sea aritméticamente creíble.
A partir de este instante, mantener la primigenia, docta, y sana ingenuidad que es el verdadero motor de la creación, se convierte en una cuestión prioritaria, ya todo lo que rodea administrativamente al ejercicio de una profesión es chusco, malintencionado, trabajoso y aburridísimo.
Mi estimado y desconocido amigo io, ayer planteaba como estrategia, la excentricidad para apartarse de la corriente y desde el escondrijo construir cosas absolutamente inútiles. Desgraciadamente he de decirle que son precisamente las cosas absolutamente inútiles y realizadas por un autor, con el único objeto de evidenciar la sinrazón del sistema, las que elige el dinero para ser transportado y conservado. Cuanto más autentica y revolucionaria sea la postura del hacedor, con más ahinco vehiculará el sistema cantidades de dinero cada vez más astronómicas. Hace poco hablamos de David Nebreda, que podría ser el paradigma de esto que expongo, y que seguro, a estas alturas tiene licencia fiscal de coprófago, que ya la habrán sacado.

Concentración y dispersión

Por fin se han largado.
Al extranjero, a la playa, al crucero, al monte, a hacer puñetas.
El teléfono deja de sonar como antes, que maravilla.
El trabajo creativo se nutre de la concentración, de parar el mundo y de que nada, salvo tus locas obsesiones, exista. Sin embargo, para existir para el mundo, para que los demás se enteren de que existes y esto se traduzca en un poco de nutriente para continuar, es obligatorio estar disperso.
Cómo estar concentrado y disperso a la vez es una de las paradojas más difíciles de resolver de este oficio. Se supone que de la protección del vulnerable genio en el taller se han de ocupar los “representantes”. Pero mi experiencia me dice que son precisamente, los marchantes y galeristas los que más “nervioso” le ponen a uno. Haría falta pues otra figura interpuesta entre el representante y el representado. Este puesto lo suele ejercer un tipo humano perfectamente diferenciado que es: la señora, o pareja, del artista, que es la que se ocupa cotidianamente de impedir que el mundo perturbe el sagrado misterio de la creación. El problema para mí, es que jamás he sentido la más mínima atracción por las marimandonas, las de “déjame a mí, que tú de esto no entiendes...”y claro así me va.
Y aquí, anda uno, de hombre orquesta, y pagando de antemano el tiempo necesario para esperar pacientemente y en alerta, que lo que tenga que salir, salga.
Espero que este Agosto sea benévolo y que las temperaturas del taller hagan posible la espera.