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Cosmopolitas

Cosmopolitas

  

Recuerdo como admiraba en mi juventud a un muchacho algo mayor que yo que había pasado el verano entre Londres y Amsterdam. Volvió cargado de discos y libros. Trajo algo de hachis y fumábamos nuestros primeros porros escuchando embobados las descripciones de un mundo extraño y fantástico. Era alguien especial ya nunca más volvió a ser el de antes de irse. Vistió a partir de entonces a la manera Londinense y todas las chicas querían estar con él, y nosotros lo veíamos lógico, era el héroe recién llegado.

 

Ahora resulta que todo el mundo está viajado. Mis sobrinos han estado ya en medio mundo y cogen aviones y cruzan el Atlántico con la misma naturalidad con que yo cogía los autobuses de la Oscense para ir a Huesca a ver a mis abuelos.

 

Y claro, así no hay manera de tirase el pegote de venir de vuelta y de haber estado por lo largo y ancho de este mundo (como decía el Capitan Tan. Los menores de cuarenta y tantos que no saben quien es, que se fastidien por jóvenes).

 

Resulta que antes te tirabas un par de meses en el “extranjero”, como se decía, genéricamente, entonces, y volvías con el marchamo suficiente para tirar toda una vida de hombre cosmopolita. Tápies, sin ir más lejos, se fue con una beca de tres meses a París, visitó a Picasso, se hizo una foto, y comprendió, y digirió, todo lo que el mundo del arte de entonces era susceptible de ser comprendido y digerido, volvió a practicarlo a Barcelona y hasta hoy. Era el año cincuenta de la España recién franquista de la que no salía nadie, y se comprende.

 

Pero hoy, ya has podido aventurarte en ir al sitio mas recóndito, que el funcionario con el que tomas café ya ha estado con unos “moscosos” que le quedaban y con los puntos de la Travel. Y así no hay manera de volver y contar nada. ¡Si hasta en la cima del Everest se hace cola!, como contaba en una cena hace unos años un buen amigo montañero, ya fallecido, ante la incredulidad de los presentes. Y es que no puede ser, todos no podemos ser Marco Polo.

 

 Hay que organizarse: los unos a ser “paletos” y los otros, muchos menos, a ser “enteraos”, que si no la cosa no funciona. Como los herbívoros y los carnívoros en el reino animal, quinientas gacelas por león, que si no la cosa  del equilibrio ecológico se va al garete.

 

Qué hubieran contado hoy: Gil de Biedma de las Filipinas, o Gómez Carrillo del Cairo, o Chaves Nogales de Moscú, o Pla de Roma, o Camba de Berlín, si todo el mundo ha estado ya, y los que no las visitan con el Google Earth desde casa.

  

El monte

El monte

Lo que aquí llaman “el monte”, o “el secano”, para diferenciarlo de “la huerta” (que es, evidentemente, lo que se riega) en el resto de España lo llaman: el desierto de los Monegros.

 

La tierra es blanca y pedregosa. Cuando no se ara crecen matojos de tomillo, o de romero, o de esparto. De vez en cuando hay algún intento de reforestación con pinos que agónicamente resisten succionando la poca sustancia que del yeso, dónde penetran sus sedientas raíces, se puede sacar. Están plantados equidistantes, en formación, como en los ridículos implantes capilares, al estilo de pelo de muñeca. Alguna caseta derruida, viejas parideras construidas con la irregular piedra de yeso que en su versión más noble se llama alabastro. El viento arranca unos arbustos, que aquí llaman “capitanas” , que ruedan secos y en grupos, y que de lejos parecen manadas de bisontes.

 

Hay trincheras, y algún bunker de hormigón, y cuevas para el refugio de los mozos de reemplazo del treinta y seis, y para los que vinieron a gastar su juventud y sus anhelos; y a regar con su mierda, su sangre y su orín una tierra tan baldía como la guerra en la que les habían metido. Se encuentran botellas, latas oxidadas y algún casquillo de bala, que dan fe de que allí se estuvo, y se paso miedo, y sueño, y frio, y calor, y se lloró, y se rió con la etílica  e histérica risa de los que están desesperados, de los engañados, de los que no quieren que amanezca.

 

El silencio es ensordecedor, insoportable, agónico. El paso del tiempo se siente en la carne, todo lo que no es esencial no existe. Por el día no hay posibilidad de cobijo, ni de sombra, ni de saciar cualesquiera cosa que no sea la infinitud de la nada, o del vacío, o del silencio. La sed de lo verde, de lo pintoresco, de lo idílico, aquí es absoluta. Por eso no existen las “buenas maneras”, ni la elegancia ,ni  lo educado...ni ninguna de las manifestaciones cosmopolitas de la enfermedad del alma que llamamos sensibilidad.

 

 Aquí se nota mucho que te estas muriendo todo el rato. Que todo es inútil, tan inútil como arar, como aran, cada año los irregulares e insensatos campos de sal y yeso, en dónde plantan trigo que crece ridículo y enclenque, y que casi nunca cosechan, y que paga Bruselas. Y cada año se vuelve a arañar el erial, y se dan vueltas, y vueltas con el polvoriento tractor sabiendo que no sirve, ni servirá de nada.

 

Cuando anochece Zaragoza refulge al fondo, en lo hondo, y sirve, como la estrella polar a los marinos,  como guía para volver a casa.

 

Texto de Ismael Grasa

Texto de Ismael Grasa

Este texto lo ha escrito Ismael Grasa para una exposición que haré en el Palacio de la Aljafería.

   VISTAS DE CIUDAD  

           He estado con Pepe Cerdá en una cuantas ciudades: Zaragoza, París, Madrid, Burdeos, Poitiers, Edimburgo... En todas, salvo Edimburgo, hemos ido en coche. Buena parte del tiempo que he pasado en mi vida con Pepe Cerdá ha sido dentro de un coche. En los paisajes que pinta Cerdá aparecen a veces coches y gasolineras. Los paisajes nocturnos de ciudad, la perspectiva de la urbe iluminada en medio de la naturaleza oscura, suele ser una vista de coche. Y a veces una vista con connotaciones sexuales, porque es la vista de las parejas que se apartan para pasar un rato en el mullido de los asientos. Todas las ciudades, de noche, son un poco la Torre Eiffel iluminada. Son la afirmación de la vida frente a todos los toques de queda del mundo. 

            Conocí a Pepe Cerdá en una fiesta, lo que no es casual en una persona como él. Pepe es un pintor clásico en el sentido de ser un pintor de mucha vida social, de tener una curiosidad incansable por las personas. Era una fiesta en Zaragoza, en casa de María José Bruned. Pepe estaba con su compañera, Ana Bendicho. En un momento de la noche, ya tarde, Pepe me ofreció su coche para volver a casa. Los tres teníamos en común que llevábamos poco tiempo reinstalándonos en Zaragoza. Pepe tenía entonces un coche del cual ya se ha desprendido, un Senator de segunda mano. Los asientos del vehículo era grandes y cómodos, aquello olía a escape de gasolina y a cuero. Realmente yo no estaba muy lejos de mi casa, pero Pepe entendía que debía llevarme en coche. Me puse cómodo en la parte de atrás, estuvimos comentando la fiesta y recuerdo que me fijé en que había manchas en el cuero y un desorden de objetos que me resultaba confortable. Era un coche de pintor, de alguien que está en contacto con las cosas. Aquella noche ese interior me pareció lujoso, pensé en otras formas de vida distintas de las que yo llevaba. A la vez había en ese desorden algo elemental que me resultaba atractivo. Cuando miro los paisajes nocturnos de Pepe me sigue viniendo a la cabeza aquella noche en el Senator.

 

            En cierto modo, Pepe está a medio camino de la ciudad y de otra parte. Sí, se le ve en las fiestas, en las inauguraciones; muchos de sus días consisten en salir de casa por la mañana y enlazar encuentros con amigos y conocidos con el aperitivo y luego la comida y la sobremesa, y con las copas de media tarde y poco después la cena en algún restaurante, para continuar luego durante la noche. En esas ocasiones, cuando me encuentro con él y le ofrezco un gin-tonic, utiliza una de sus frases: “No, gracias. Hoy ya me he emborrachado tres veces”. Aunque lo normal es que acepte la copa y siga alargando su jornada. Entonces dice otra de sus frases: “Soy un héroe”. Y, ciertamente, hace falta una resistencia física y una determinación grande para esto. Una madrugada, saliendo ya de día de casa del escritor Javier Barreiro, Pepe se ofreció para acercarme a casa y yo le pedí que me llevase directamente a Urgencias. De esto hace un par de años y desde entonces me he ido recuperando mientras Pepe ha pasado por una de sus etapas más brillantes y felices como pintor. Una felicidad y una madurez que tiene que ver con elegir el paisaje como asunto pictórico. Cada uno sabe el camino que ha de recorrer. En cierto sentido, Pepe Cerdá ha dado un rodeo muy largo para llegar a pintar un árbol. Un árbol que estaba ahí, junto a la gasolinera de Villamayor.

 

            Pero decía que Pepe está también, a un mismo tiempo, fuera de la ciudad. Pepe es el salvaje que ve la ciudad. Sus retratos de la ciudad desde sus colinas, desde fuera de ella, son los retratos de un furtivo, a la vez que ama aquello que mira, esas luces nocturnas. Pepe habla a veces de los animales de granja, que reciben su ración de pienso diario, y de los jabalíes de monte. Se refiere a los que cobran un sueldo “sólo porque el sol se levante”, como él dice, y los que han de ingeniárselas para obtener el dinero antes de que caiga el sol. Esta imagen, el “jabalí de monte”, la utiliza Pepe para hablar de sí mismo. Hay que probar a ver los cuadros de esta exposición desde los ojos de un jabalí orgulloso y algo asustado, como no podría ser de otra manera.

 

            Ahora bien, es un jabalí que no puede vivir sin esa ciudad a la que mira. Y un jabalí que escribe y lee bien. Cerdá ha escrito magníficamente sobre la pintura, como lo hicieron Dalí, Solana o Ramón Gaya. A Pepe le gusta leer a Pla, a Chaves Nogales, a Montaigne... La novela le interesa menos. Dice que no entiende la poesía, lo que demuestra que es poeta. Pasa por temporadas en que compra libros compulsivamente. Entonces se encierra en su taller a construir estanterías para guardarlos y hace ruido y traslada tablas grandes de un sitio a otro. Vuelve de la librería y pone en marcha las sierras. A Pepe Cerdá se le nota mucho que está viviendo.

 

            Pensando en las vistas que pinta Pepe, se me ocurre que ha sido un pintor que ha tenido varias casas en altos, con perspectivas naturales a la ciudad. Vivió dos años en la casa de Velázquez de Madrid, que está en los altos de Moncloa y desde la que se tiene una vista de la urbe como paisaje. Ha sido un pintor más de casa que de piso. A Pepe le gusta vivir en casas, en propiedades con árboles, y a la vez estar en la ciudad. Esto, naturalmente, es un privilegio. Lo que parece evitar Pepe es la medianía, la conformidad. En París ha tenido una casa de dos plantas o bien una buhardilla tan minúscula que apenas alcanzaba para extender el sofá cama. En esa buhardilla acabé yo uno de mis libros. De noche apagaba las luces para mirar a las chicas de las ventanas de las casas de enfrente, como supongo que de vez en cuando haría Pepe.

 

            La casa donde vive Pepe Cerdá está en Villamayor, que se encuentra en un alto respecto a la ciudad de Zaragoza. Se trata de una linde, más allá de Villamayor ya se extienden las carreteras rectas de los secanos de los Monegros. Pepe, cuando tiene invitados extranjeros, les sube a su coche y les lleva a ver, a cinco minutos de su casa, toda esa nada del desierto, las sabinas solitarias. La verdad es que impresiona mucho. Y entonces da la vuelta al volante, aún con los ojos quemados por ese horizonte guerracivilista, y les lleva a alguna de las vistas que desde los alrededores de Villamayor se tienen de Zaragoza. En unos minutos de coche está todo, la vida, las fiestas y la nada. No da tiempo ni a fumar un cigarrillo. Buena parte de los paisajes que viene pintando están en esa síntesis espacial.

 

            Pepe, mirando la panorámica de Zaragoza desde los alrededores de Villamayor, explica que ahí se quedó Durruti con su columna, sin llegar a entrar en la ciudad. El perro que tienen Pepe y Ana se llama Durruti, y es un perro de la calle que aparece y desaparece según le va. A veces se ensucia con la pintura aún fresca de los cuadros, que Pepe retoca sobre la marcha. Algunas noches, cuando hay invitados en la cocina, Durruti golpea desde el corral los cristales de la puerta para que le dejen entrar. Está raspando sus uñas un buen rato y parece que fuera hubiese tormenta.

 

            Sólo llegué a ver desde fuera la casa de Pepe de París, la de varias plantas. Pepe conducía su furgoneta una vez que entramos en París. Entonces se desvió y siguió la dirección a su antigua vivienda. Se paró en la acera y nos la señaló al escritor Félix Romeo y a mí, que éramos quienes le acompañábamos. Como nos pareció ver que había gente dentro, Pepe salió de la furgoneta y llamó al timbre. Estuvo un rato ahí, junto a esa valla. Luego volvió, ironizó sobre su propia nostalgia y luego pasamos horas circulando por París, porque ni Félix ni yo habíamos visto nunca esa ciudad desde un coche.

 

            En Edimburgo Pepe Cerdá no disponía de coche. Tuvo que hacer cola para subirse a un avión y para andar luego por una ciudad sin tener un vehículo propio, una ciudad en la que además no podía fumar en los restaurantes. Todas estas cosas le predisponían para el mal humor. Aparte de esto, Pepe Cerdá, que bromea sobre sí mismo diciendo que no tiene “afición” a pintar, no paró de comprar juegos de acuarelas, cuadernillos y pequeños utensilios de pintor. Visitamos varios museos y Pepe hablaba de pintura, de su idea de que en arte no hay progreso, ni tiene por qué ser mejor lo posterior que lo anterior. Pepe ha escrito y explicado estas ideas suficientemente, no las voy a repetir. Junto a Pepe creo haber aprendido unas cuantas cosas sobre pintura. Luego nos subimos a la azotea del centro comercial John Lewis, desde donde se tiene una panorámica de Edimburgo. Mientras nos íbamos sirviendo platos del autoservicio Pepe pintó algunas acuarelas en postales para enviar a los amigos. Utilizaba un pequeño estuche de pinturas que acababa de robar.

 

            ¿De qué trata la pintura de Pepe Cerdá? No sé, de lo que trata cualquier buen pintor: del mundo, de la pintura, del paso del tiempo. Un buen pintor, se supone, es aquel que hace cuadros buenos. Cuadros donde esté su tristeza, su ternura, su piedad por el mundo, su sexualidad. Y donde se produzca una correspondencia entre los trazos del unte de pintura y un resultado con cierta capacidad de conmover. Y entonces uno hace un cuadro y luego otro y luego otro, acercándose a algo que nunca se alcanza, etcétera. Y, mientras tanto, sucede todo este encender de luces de ciudad, estas perspectivas que Pepe Cerdá ha pintado esta vez.

  

Ismael Grasa

             

 

 

Abundando en el error

Abundando en el error

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Todos los artistas que en el mundo han sido han evolucionado hacía la síntesis.

 

Que en el fondo es un modo, como otro, de ahorrarse trabajo, cosa muy necesaria para abastecer convenientemente a un mercado creciente.

 

Normalmente, en el caso de los pintores, empiezan haciendo bodegones al natural, copian algún cuadro clásico, le hacen un retrato a su madre y luego a su novia, se autorretratan, con la cara de ser muy importante que se tiene a los veinte años, y a partir de aquí, a la síntesis, que es de lo que se trata. Sin son lo suficientemente cultos abandonan el “arte retiniano y olfativo”(como llamaba el “listo” de Duchamp a la pintura) para dedicarse a los modos correctos de hacer arte hoy: el videoarte, la nueva objetividad, la instalación, o cualesquiera ocurrencia que quede chula en los nuevos espacios que se diseñan y construyen para exponer en nuestros días.

 

Pues yo al contrario. Empecé siendo un artista joven, enterao y prometedor. Por eso gané dos premios nacionales de arte joven, por eso me metieron en la muestra de arte joven en los ochenta, por eso me dieron la beca de la Casa de Velázquez, por que mi trabajo, aparentemente, caminaba inexorablemente hacía la síntesis conceptual y académica. Como debía ser. Ahora resulta, que veinte años más tarde, ando pintando paisajes de mi pueblo y de mi ciudad. Y que cada vez me cuestan más. Y que cada vez son menos sintéticos. Y mira que me advierten, sin ir más lejos en mi última exposición una crítica local ya me dio el aviso de que por ahí no van los tiros. Y yo erre que erre, abundando en mi error.

 

Y ahora en mi estudio tengo quince cuadros, que expongo en París la semana que viene, que retratan mi ciudad, como en el siglo diecinueve, en lugar de retratar el momento Berlinés actual, que es lo que hacen mis colegas enteraos.

 

 Decididamente, lo mío no tiene remedio.

Adicción

Adicción

He de confesarles una oscura adicción. Creo que no soy el único, a juzgar por la tremebunda presencia con que este tipo de droga se nos ofrece.

 

Soy adicto a las ferreterías y a consumir todo lo que allí se ofrezca. El problema es que ahora las herramientas electro portátiles están acechando también en los supermercados. Y claro, uno que no es de piedra, baja a por media docena de yogures y allí esta el taladro percutor, o la lijadora, o la caladora. Y uno se entretiene acariciándola, y mira el precio, y son treinta y cinco euros de nada, si total te tomas tres cañas con los amigos y cuesta más la ronda, y al carrito con los yogures que va la caladora. Y ya tengo tres, y taladros a batería ocho, y eléctricos cuatro, y lijadoras cinco, y compresores tres...Amás de todo tipo de tortillería y herramientas de mano, y ya no sé dónde guardarlas.

 

Si me quedo en casa, haciendo un esfuerzo y luchando con la tentación ferretera. Abro el buzón, y ahí esta el catálogo del Makro, con todo tipo de ofertas de maquinetas. Por no hablar de las ofertas del Lidel de los jueves, que las echan hasta por la tele.

 

Comprendo que los Chinos y los antiguos países del Este tengan que desarrollarse y que fabriquen este tipo de productos a precios tan baratos. Pero es que ofrecerles este tipo de juguetes a los hijos del tardofranquismo que nos hemos pasado la niñez pidiéndole el taladro al vecino, que a su vez lo había sacado de la fábrica, y con la nariz pegada a los escaparates de la Droga Alfonso, es abusar. No tenemos ninguna defensa contra semejante oferta de objetos tan largamente deseados.

 Si alguien conoce algún terapeuta especializado en este tipo de adicción, no dejen de darme sus señas.

Usufructo y propiedad

Antes pensaba que sólo había dos momentos para enriquecerse con dignidad en una vida. Estos eran: cuando se nace y cuando se contrae matrimonio.

Ahora acabo de descubrir otro, que consistía en haberle hecho caso a mi Madre cuando me decía machaconamente en mi juventud:

 

-Hijo mío, da la entrada de un piso que luego lo pagas sin enterarte.

 

Y yo venga a pagar alquileres por medio mundo. Y es que es mucho más caro ser pobre que ser rico.

 

Por ejemplo: si mi padre hubiera tenido posibles cuando llegué a París me hubiera comprado por veinte millones de pesetas una casita con jardín al lado de la Porte d¨Italie, que hubiese vendido, cuando me fui, fácilmente por cien. En lugar de esto la alquilé, falsificando todas las referencias que me pidió el propietario,  y pagué en concepto de renta más de doce millones de pesetas y como me fui sin pagar el último mes soy perseguido como un moroso para el resto de mis días.

 

Vamos que si haciéndole caso a mi Madre me hubiese ido comprando, con hipotecas evidentemente, todas las casas en las que he vivido, hubiera ido multiplicando exponencialmente el dinero y ahora podría ser un ciudadano como dios manda, es decir con capacidad de crédito.

 

Les cuento esto porqué últimamente ando preguntando precios de casas y no salgo de mi asombro. Hablan de cientos de millones sin temblarles la voz y por auténticas ruinas. Lo inaudito, es que el que da las cifras multimillonarias se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar por un salario más que justito, y lo va a seguir haciendo, ya que lo que quiere es comprar un par de pisos en el Actur para los chicos y se va a quedar como estaba. Vamos que es como el chiste de aquel que falsificaba billetes de seiscientas pesetas, y cuando salía a pasarlos siempre se los cambiaban por dos de trescientas.

 La cosa es que a estas alturas de la vida, errada ya la tercera vía para enriquecerme, la de mi Madre, no me veo con fuerzas para generar la burrada de dinero que piden por cualquier cosa,  y deberé concienciarme de que el usufructo es más interesante que la propiedad.

Teorías que no falten.

Arte y comunicación

Arte y comunicación

:

Hace un tiempo me llamó un señor que había tenido una idea. El señor trabajaba en el Corte Inglés y la idea que había tenido era la de que una serie de artistas plásticos pintasen unos leones de poliéster, copia fidedigna de los que Francisco Rallo había modelado para adornar el Puente de Piedra de nuestra ciudad. Se trataba de festejar los veinticinco años del primer comercio que el Corte Inglés había abierto en Zaragoza.  Los leones una vez decorados se expondrían en el Paseo de la Independencia.

 

Hasta aquí nada que objetar, cada uno es libre de tener las ideas que le dé la gana. El problema es que después de contarme la cosa, me dijo que yo había sido seleccionado para pintar uno de ellos. Empezamos mal, pensé para mí, quien le habrá contado a este señor que yo soy susceptible de ser “seleccionado” por el Corte Inglés. La cosa continuó peor, me dijo que era muy interesante para mí por la promoción de mi obra y porque iban a editar un catálogo muy chulo. Deduje que de dinero no iba a hablar, así que me adelanté:

 

-         No sabe Usted lo bien que me viene su llamada. Resulta que tengo que remodelar mi cocina. Así que usted me manda a alguien del departamento de decoración para que tome medidas y me haga la obra. Así ustedes se pueden beneficiar de la promoción que les supone haber hecho la cocina de un artista.

-         Me parece que no nos vamos a entender. Me dijo él.

-         Creo que no. Le repliqué.

 

Y así quedo la cosa.

 

Una semana más tarde me volvió a llamar para anunciarme que había conseguido seiscientos euros (en cheques del Corte Inglés, eso sí) para pagarme en caso de que aceptase pintar el dichoso león. Amablemente decliné la invitación que me hacía, le expliqué que el precio de mi trabajo lo pongo yo, y que quizás no pensaba gastarme seiscientos euros en el Corte Inglés en las próximas fechas.

 

Toda esta historia me hizo recordar una frase oída una y mil veces a mi padre cuando pintábamos aparatos de feria. Cuando estábamos terminando, casi siempre el feriante tenía que rotular algo en el camión o en la taquilla. La conversación discurría más o menos así:

  

                  -Oiga Cerdá, a usted que no le cuesta nada, póngame el nombre y el teléfono en la puerta del camión.

 

Mi padre con su habano entre los labios y poniendo la cara y la voz de tener mucha paciencia, cuando en realidad no tenía ninguna, le replicaba.

 

                

                  -Tiene usted razón. A mí no me cuesta nada. Pero a usted le va a costar cuatro mil duros.

  

Estaba claro que no podía traicionar todas aquellas enseñanzas paternas para festejar los veinticinco años del Corte Inglés. Espero que me comprendan.

Imaginación y tesón

Los científicos lo son, esencialmente, por su capacidad para enunciar predicciones que luego resulten ciertas. Para enunciarlas han de echar mano de la imaginación, han de soñarlas; luego enunciarlas, y más tarde, probarlas. La imaginación, es pues, la herramienta primera del científico.

Hablamos sólo de unos pocos, poquísimos, de los que se llaman a sí mismos científicos y que, en realidad, y en el mejor de los casos, los más, se dedican a divulgar ciencia, casi siempre ya obsoleta o a ocupar rimbombantes puestos en la administración.

Pero a lo que vamos.

Los artistas lo son, esencialmente, por su capacidad de ejecutar artefactos que luego se consideren obras de Arte. Para ejecutarlos, han de echar mano del método y la autodisciplina. El tesón, sería pues, la primera herramienta del artista.

Artistas y artefactos.

Artistas y artefactos.

:

Una obra de arte lo es; ¿por como está hecha?; o ¿porqué esta hecha?; o ¿por quién esta hecha?; o ¿por lo qué es en sí misma?; o ¿por la capacidad de significar a través del tiempo?.

 

Me resisto a mirar el fenómeno artístico desde la sociología, dónde siempre se encuentran respuestas, al fin y al cabo las ciencias humanas son un invento francés y los franceses siempre tienen respuesta para todo. Lo que quiero es intentar definirme, para mi uso personal, el misterio en sí de la obra de arte.

 

Iría, pues, la primera afirmación:

 

"Un artista es un hombre que idea y ejecuta objetos que nadie le ha encargado por el gozo estético que le produce el proceso y el resultado."

 

Son el jubilado o el preso que construyen maquetas con cerillas, el herrero que recorta en chapa figuras de animales para decorar su bodega.

 

Va la segunda:

 

Además. "El artista habrá de tener un ego sobredimensionado, capaz de hacerle creer que el sentido de su vida sea construir sus artefactos."

 

De este tipo los manicomios están llenos.

 

Va la tercera:

 

"El artista hará creer a sus contemporáneos, primero a sus más cercanos y luego a todos los demás, que su modo de ver y hacer, es el mejor y el más adecuado a la época."

 

Estos son Hitler, Mao, Stalin y un sin fin de pensadores y políticos autoritarios tan comunes en nuestra historia.

 

Va la cuarta:

 

"La obra de arte será valiosa por sí misma, y así se reconocerá por todos los espectadores sensibles."

 

Esto le viene muy bien al sistema financiero que podrá vehicular ingentes cantidades de dinero a través de estas sin dejar demasiado rastro contable. Por no hablar de la cotización variable, y no muy difícil de manipular, por las estructuras económicas mundiales que actualmente operan en el mundo.

 

Va la quinta:

 

"El hombre dejó de ser homínido, cuando construyo útiles; y fue verdaderamente humano cuando ejecutó objetos inservibles y bellos. Estos llenan ahora nuestros museos y gracias a ellos nos podemos hacer una idea de lo que somos y hemos sido."

 

Ahora esto es el sustento de la industria cultural que ocupa a decenas de miles de personas en el primer mundo. Los iconos más valiosos se prestan entre países, se comisarían exposiciones, se litiga por ellos, etc... Nunca, en toda la historia de la humanidad tanta gente ha vivido gracias a la ordenación administrativa y política de estos vestigios.

  

Historia de una fuente

Historia de una fuente

Hoy en el libro de fotos que venden con “El Pais” sale una imagen de la “Fuente del milenio”, la escultura que Jaume Plensa hizo en Chicago hace un par de años.

Conozco muy bien el proceso de encargo y ejecución de esta pieza ya que soy amigo de Jaume desde hace un tiempo ya más que respetable.

Como es una perfecta parábola de lo que es hoy el mundo del arte voy a pasar a contársela.

 

Un millonario de Chicago propietario de un buen número de empresas deseaba dejar a su ciudad un conjunto de edificaciones y esculturas que urbanizase un parque que iba a llamar el Parque del milenio. Quería trabajar con los mejores, pero no sabía quienes eran. Para resolver esto echo mano, como siempre hacen los poderosos, de “los especialistas”, que le asesorarían sobre las personas más capaces de acometer el proyecto. Hasta aquí normal, lo que iba a diferenciar la selección es que este señor no terminaba de fiarse de los expertos, tan influenciables como él por un sin fin de circunstancias. Para protegerse de esto lo que hizo fue encargar una lista de diez artistas capaces de acometer el proyecto a otros tantos especialistas de todo el mundo. Luego empleando la ley del común denominador convocó a los que más veces se repetían en los distintos inventarios de los próceres de las artes.

Jaume junto con otros tres escultores fue seleccionado, por este sistema, para realizar el proyecto de la fuente del parque. Presupuesto: tres millones de dólares. Así fue convocado para la presentación de la maqueta un día determinado. Jaume se presento en el despacho del millonario con las manos en los bolsillos sin maqueta, ni proyecto, ni dibujo y le dijo:

 

-Nunca he hecho una obra que no haya soñado antes. Y ni con usted, ni con Chicago, ni con fuente alguna he soñado. Le agradezco, no obstante, la atención que ha tenido conmigo al pensar en mí.

 

Y se largó.

 

El millonario no consideró las maquetas de los otros escultores y se empeñó en que fuese Jaume el autor de la fuente.

 

Unos meses más tarde, Jaume soñó la fuente.

Se trataría de sendos paralelepípedos enfrentados,  como de veinte metros de altura, chorreando agua por todas sus caras. Bajo el agua, en las caras enfrentadas, una filmación de rostros de gentes de Chicago pondrían los labios en forma de culo de gallina, y en ese preciso instante, soltarían un “buchito de agua”, que dada la proporción seria, más o menos un metro cúbico de líquido elemento. Todo esto estaría emplazado sobre una gran superficie de piedra negra sobre la que habría unos milímetros de agua, de modo que se pudiese pasear sobre ella y diese el efecto de caminar sobre las aguas, como Dios nuestro Señor en el mar Rojo.

 

Al millonario le entusiasmó la idea y volvió a convocar a los especialistas, esta vez a técnicos en construcción, para ver como se podría ejecutar. Le explicaron que en Chicago se hiela el Lago Michigan y que el líquido que exudaría la pieza habría de ser prácticamente anticongelante. Que los aparatos de video para la reproducción de imágenes de semejante tamaño y definición, amás de funcionar permanentemente bajo el agua, estaban por inventar. Por no hablar del sin fin de demandas esperables interpuestas por los ciudadanos al recibir el súbito e inesperado manigerazo de agua de los colosales rostros.

 

Así y todo continuó adelante y hoy existe.

 

Ha costado al final más de doce millones de dólares. Ha sido elegida la mejor escultura pública del año en el mundo. La fama de Jaume ha aumentado exponencialmente, aunque a él no le importe mucho.

 

Y hoy domingo 28 de Mayo de 2006 sale entre las imágenes mas significativas del tomo número diez de la Memoria gráfica de la historia y la sociedad españolas del siglo XX, que venden con el País.

   

Hola

Estoy pintando, y pintando mucho, como hace tiempo, por eso no escribo en el blog.

Preparo, bueno ya casi está, una exposición que se inaugurará el quince de junio en París, en la Galería Les Singuliers.

Para pintar, para pintar de verdad, es necesario no pensar mucho. Pensar, claro está, del verbo cavilar o reflexionar. Eso de pensar “sin objeto”es precisamente de lo que se nutre la literatura, pero la pintura es otra cosa.

En las cosas motrices y las que se hacen con las manos hay que estar en lo que se está; que es realmente placentero, pero de tanto marear la perdiz ya se me estaba olvidando el gusto de hacer por hacer. Caminar por caminar es lo que hacen los peregrinos y vivir por vivir es lo que hacen las gentes sabias.

La reflexión sin acción es origen de muchas psicopatías, aunque también es cierto que la laboriosidad por sí misma no es ninguna virtud y es refugio de muchos imbéciles, incapaces de pararse un momento, mirarse al espejo y preguntarse que coño están haciendo con su vida.

Yo nunca he conocido una persona realmente inteligente y trabajadora. Y es que la energía que nutre la inteligencia (que consiste precisamente en cavilar para ahorrase trabajo) es la pereza, que es la madre de la teoría.

Lección de Howard Pyle

Lección de Howard Pyle

Hoy he encontrado un viejo libro de técnicas de dibujo y pintura editado en Buenos Aires en los años cincuenta. Es uno de las decenas de libros que de este tipo tenía mi padre. Yo aprendí con ellos. Me recuerdo hojeándolos una y mil veces, copiando las láminas y leyendo los sabios y simples consejos que suelen contener. Un poco como en los recetarios de cocina clásicos, como el de la sección femenina, por ejemplo.
Reproduzco una lección de Howard Pyle* a sus alumnos.
Todo un ejemplo de síntesis y eficacia, explicando, no obstante, una cuestión bastante compleja.
 
 
 
  
 
 
 

Color y forma.

 
Luz:.
 

Todos los objetos de la naturaleza son visibles merced a la luz que brilla sobre ellos. Gracias a ella vemos los colores y las texturas de los diversos objetos que nos rodean.

 

De ello debe deducirse qué el color y la textura son propiedades relativas a la luz, y no a  la sombra. Porque la sombra es oscuridad y en la umbría no hay ni forma ni color definidos.

 

 De ahí que la textura y el color pertenezcan manifiestamente a la luz.

 

Sombra.

 

Así como el objeto iluminado por el sol puede ser más o menos opaco, de la misma forma, cuando la luz del sol es oscurecida por ese objeto, la sombra resultante puede ser más o menos oscura y opaca, puesto que está iluminada tan sólo por la luz reflejada a su interior por los objetos circundantes.

 

Es gracias a la sombra por la que todos los objetos de la naturaleza tienen forma y contornos. Si no hubiera sombra, todo sería un plano resplandor de luz, color y texturas. Cómo un estampado. Pero cuando la sombra aparece, el objeto toma forma y contorno.

 

Si los bordes de un objetos son redondeados, los bordes de la sombra se suavizan; si los bordes de un objetos son pronunciados, la sombra es parejamente bien definida. De manera que mediante la blandura o dureza de las sombras se manifiesta la redondez o la dureza del objeto.

 

De esto se deduce que el fin de la sombra es producir forma y contornos, y que por si no posee la capacidad de dar sensación de color o textura, que cómo hemos dicho más arriba son competencia de la luz.

 

He tratado de enunciar estos conceptos del modo más simple posible,  porque constituyen el fundamento de todo arte pictórico. Porque en la correspondiente separación de la luz y la oscuridad  se manifiestan, o se hacen visibles, todas las imágenes.

 

De manera que la  primera función de toda instrucción artística debería ser enseñar al alumno a analizar y separar los claros de los oscuros. No pintando, sino mentalmente.

 

Lo primero que necesita un alumno en sus comienzos es, no un sistema de reglas y métodos arbitrarios para limitar la forma del objeto, sino que se le inculque el hábito de analizar luces y sombras y de representarlas adecuadamente.

 
 
 
 
Medios tonos.
 

1. Los medios tonos que dan la impresión de textura y color deben ser relegados al dominio de la luz, y deben representarse más brillantes que de lo que la apariencia son..

 

2.. Los medios tonos que dan la impresión de forma deben ser relegados al dominio de la sombra, y deberán ser mucho más oscuros de lo que son en apariencia.

 

Este es el secreto de la simplicidad en el arte la ecuación podría ser representada de esta manera:.

 

Luz.

(Textura, y color )

Se compone de: a/ color local

                           b/ brillo ( si la superficie es susceptible de reflejar la luz)

                           c/ medio tono (tono de transición del color local al color de la sombra)

                                                              

Sombra

(forma y solidez)

 Se compone de: d/ medio tono (color de transición)

                            e/ luz reflejada ( proyectada por los objetos circundantes)

                            f/ sombra propia (la que se encuentra en la parte no iluminada del

                                                        propio objeto)

                            g/ sombra proyectada (la que el objeto proyecta sobre el plano en el

                                                                  que se encuentra, o sobre otros objetos )

 

Éste es, como he dicho, el fundamento de la técnica pictórica. Hasta que el alumno no sea capaz de separar mentalmente estas dos cualidades de luz y sombra, no se debe ir más allá de la instrucción elemental, por muy adelantado y habilidoso que parezca su trabajo.

 
 
 
 
*Howard Pyle
(EEUU, 1853-1911)
 
 
Ilustrador y escritor norteamericano nacido en Wilmington. Fue alumno de la Art Student League de Nueva York, dando sus primeros pasos como ilustrador en Scribner's y en Saint-Nicholas, y también escribiendo e ilustrando él mismo novelas para jóvenes de temas en torno a la Edad Media. Introdujo una nueva era en la ilustración americana, empleando nuevos procedimientos de fotograbado y de impresión en color. Fue profesor en el Drexel Institute en 1894, antes de abrir una escuela con su nombre. Sus libros ilustrados más importantes fueron Las aventuras de Robin Hood (1883), El moderno Aladín (1892), Story of King Arthur and his Knights (1903), Historia de Lancelot y la Tabla Redonda (1905) y Libro de Piratas (1921).

Cultura e ideología.

La apropiación de la cultura por parte de la izquierda ha sido uno de los dogmas que más han calado en el mundo desde hace más de setenta años.

 

De un modo natural, se entiende que los "intelectuales" y los"artistas" han de ser necesariamente de "izquierdas". Del mismo modo que se entiende que las ranas son anfibias y que el sol sale por el este.Si no lo son, no pueden ser verdaderamente ni una cosa ni la otra. Al creador que ose poner en duda el arquetipo paradigmático: cultura= izquierda le caerán inmediatamente los adjetivos de "Facha" o "Reaccionario" y su obra o sus reflexiones se miraran a partir de ese momento con desdén y ninguneandolas, si son mediocres o , si no lo son y están bien construidas y son capaces de comunicar, como, prácticamente, apólogas del holocausto. Así, sin pasar por la casilla de salida.

 

Esa es su estrategia. Resulta que no se puede dudar de las bondades de la izquierda sin ser eyectado, automáticamente a las huestes de la extrema derecha. Por lo que la mayoría opta por el disimulo, y por (como decía mi madre) no darse a entender. No sea que en el próximo reparto de prebendas o subvenciones se quede uno fuera de juego.

 

La cantidad de viejos militantes del partido comunista (convenientemente mutados a lo que convenga) que todavía ejercen de próceres de la cultura tanto en la universidad, como en la administración es tremenda. Están acostumbrados a trabajar en red y la conspiración es su método. Suelen ser despóticos, autoritarios y parciales. Pero, eso sí, en silencio y sonrientes. Fabricando consensos, sin que nada delate sus modos de operar. Son muchos años en la clandestinidad y bajo la férrea disciplina del Partido y eso imprime carácter Los suyos tienen, necesariamente, más y mejores razónes que los demás. Dudarlo es sinónimo de herejía. Y la deserción se castiga con la máxima pena.

 

La derecha con su histórico complejo de culpa al respecto, lleva décadas haciéndose perdonar los atropellos cometidos en el pasado ( La izquierda parece no tener nada que hacerse perdonar .Como todo el mundo sabe ni Stalin ni Mao cometieron tamaños atropellos con los que les daba por pensar por su cuenta).

 

La derecha, digo, prefiere no abanderar ninguna manifestación cultural ya que cuando lo hace le llueven capones desde todos los ángulos. Y es que a torpes, en este aspecto, no hay quien les gane. Entre el franquismo sociológico, que aún nutre sus filas, y las sotanas, no veas la que lían cuando organizan alguna exposición de monja pintora, de Botero o de rifa benéfica. Y así no vamos a ningún sitio.

 

Por esto, avergonzado de sus productos plásticos, hasta el mismísimo tardofranquismo llevaba al grupo "El Paso" a la Bienal de Venecia y le devolvía el pasaporte a Isidoro para que asistiese al congreso de Suresnes, a ver si España cambiaba de una puta vez, dentro de un orden eso sí, y se acababan las brillantinas y las mantillas.

 

El problema es que treinta años más tarde no han terminado de desaparecer ni las sotanas, ni los comisarios políticos culturales. Están entreverados y debilitados, envejecidos e inermes,( comparados con el pasado reciente) pero la inercia de las conductas parece que les hace inmortales. Y a nada que les dejan mandar, brotan como lo hacen las semillas de las plantas del desierto cuando caen cuatro gotas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tiempo pasa

Ya está, ya pasó.

 

La inauguración de una exposición en la ciudad en la que se vive, y lo que más importante, se ha vivido..., es mucho más que una exposición.

Sería una mezcla entre: una fiesta de cumpleaños, un poco tontorrona y solemne (como de puesta de largo);  un acto socio-artístico en el que los que saben mirar se rascan la barbilla y ceñudos se alejan absortos para ver los cuadros ajenos al ajetreo circundante y un reencuentro del tipo de  “ veinticinco años después”, con los compañeros de la mili, del instituto, de la piscina, de los boy scout...

Todo esto ocurre en apenas un par de horas en las que se ha de saludar a cuatrocientas o quinientas personas que se saben tu nombre, porque lo pone en la puerta y uno, en décimas de segundo tiene que relacionar la sonriente cara que se acerca con aquella joven tan guapa que salía con aquél compañero de mili, y recordar su nombre, y así todo el rato. Luego están los que se sienten importantes y te explican sus impresiones al respecto de las obras sesudamente, como si a uno le importara y  como si fuese el momento.

En cualquier caso es mucho más agradable que las inauguraciones en Suiza o en Holanda, donde raramente se pasa de la veintena de asistentes, coleccionistas todos eso sí. Y dónde se ha de mantener sesudas conversaciones sobre el estado del arte y mi posición ante él; y en idiomas, bueno en mi caso en idioma; en francés que es lo único que medio chapurreo. Esto me produce mucho estrés y un buen dolor de cabeza, pero forma parte del oficio.

Al día siguiente al atardecer y ya en Villamayor, salí a dar un paseo por el pueblo. Sin rumbo. Villamayor es un pueblo como hay miles en España, ni bonito, ni feo. Con una plaza aceptable, una torre de iglesia realmente notable, de estilo Mudéjar y un par de destartaladas casas con una cierta nobleza. El resto son de ladrillo vidriado, o enfoscadas y las más recientemente remodeladas de ladrillo envejecido y rejuntadas con cemento blanco, imitando el mortero de cal. Su dosis justa de adosaos, a las afueras, y ya está. Por la calle, a la hora de mi paseo, las ocho de la tarde, ni un alma.

Antes de vivir aquí, cuando pasaba con el coche por pueblos parecidos a este me decía: -¿Cómo será la vida en estos sitios?, -¿Qué se hará cuando no se trabaja?.

 Ahora ya lo sé, se hace lo mismo que en el resto de los sitios, ir al bar y beber y jugar a la máquina tragaperras. Con la diferencia de que la sorpresa aquí es improbable. Todos los días están exactamente las mismas personas y cuentan, con pequeñísimos matices, las mismas cosas.

Por eso no quería ir al bar, ya había bebido bastante la noche anterior, pero tampoco quería quedarme en casa. Y allí me encontraba deambulando por dónde nadie deambula jamás. Y de pronto entendí porqué. Sentí de ese modo que se siente lo cierto, es decir físicamente, en la carne, la espantosa sensación del implacable paso del tiempo, que se siente en los pueblos como en ningún otro sitio, por eso nadie pasea, nadie lo puede soportar. Sin saber muy bien como, un instante más tarde, estaba en el bar pidiendo un Gin Tonic.

Conversación de bar.

Hace un par de semanas, mientras tomaba café en el bar de la plaza de Villamayor, pude escuchar esta conversación entre dos parroquianos:

 

-Este año he notado que A.R.C.O. está mucho más consolidado que otros años anteriores.

 

- Sí, y parece ser que la presencia de la fotografía es mayoritaria...

 
 

La conversación la mantenían entre el que ha triunfado en la vida del pueblo (con la cosa del ladrillo) y que, como signo de distinción, porta en el cinturón una ostentosa funda de cuero para el móvil y uno de sus adláteres de un pueblo vecino. Ambos vestidos con una teba; azul marino el uno; verde cazador el otro. Como si de dos Rodrigos Ratos Monegrinos se tratase. Pero las manos, el cuello, el sonrosado rubor de sus caras y sus ostentosos, caros y vulgares relojes Rolex les delataban, sin duda, como recién ricos.

 

Yo, interesadísimo, mientras, aparentemente, leía el periódico, continué “haciendo oreja”.

 

-Me invitaron a la inauguración profesional (pronunció especialmente bien estas dos palabras), y no veas como estaba aquello. No faltaba nadie. Vi a Florentino, que saludo a Pelaez, mi socio en Madrid, que me acompañaba y que me había conseguido las invitaciones, ya sabes, el que nos deja el palco del Bernabeu...

 

-Sí, sí, que majo es, y que normal para la pasta que tiene. Aún me acuerdo de cuando cenamos en Lucio con él... Eso es lo que tiene Madrid. Aquí cualquier pelanas se cree alguien.

 

-Sí, ese... No veas como controla Madrid. Le saludaba todo el mundo. Me presento a Juana, la Galerista y me vendió una foto de un chaval que promete mucho. Aún la llevo en el maletero del coche, porque en casa no la voy a poner, que mi mujer se mosquea y más si se entera de la pasta que me ha costao...

 

¡Esto era ya el recopostiófono. !. ¡Resulta que hasta en el bar de Villamayor se puede oír una “opinión formada” de la cosa esa de A.R.C.O.!.

 

Mientras salía del bar y sorteaba un gigantesco tractor Jon Deere con un apero ultramoderno intenté desenmarañar las razones por las que una Feria de Arte contemporáneo puede ser un tema de conversación en el bar de Villamayor.

 

Si el interés por el arte contemporáneo hubiese calado realmente tan hondo, como se podría deducir de la conversación, en la sociedad lo habría notado y eso no ha ocurrido, ni lo he notado en mí, ni en mis amigos artistas y galeristas, de los que me fío. No eso no había pasado.

 

Lo que sí que ha calado como fenómeno social es la inauguración de A.R.C.O. a la que se desplazan algunos miles de ciudadanos de provincias con sus mejores galas y en sus mejores vehículos automóviles de tracción mecánica. Y claro, luego para fardar de que han sido invitados a la multitudinaria (y paradójicamente, restringidísima) inauguración profesional tienen que escupir alguna docta opinión formada que han oído por ahí.

Entendiendo que las opiniones suficientemente conocidas acaban convirtiéndose en verdades irrefutables.

 

Las consignas a transmitir parecen ser estas:

 

A/ Feria de Arte Consolidada (sic); (yo no sé muy bien en que consiste eso de consolidada)

 

B/ Modo realmente moderno de ser del Arte: Impresión digital de fotografías que no sean especialmente líricas.

C/ Éxito de ventas. Sin especificar el origen institucional de la mayoría de ellas. Ya sea porque compra directamente el Estado o porque se induce, desde este, a que las grandes empresas, lo hagan. En determinadas galerías, claro está. La relación entre número de visitantes y ventas es la más baja de todas las ferias del mundo, pero esto no se dice.

 

Así están las cosas.

 
Me consuela pensar en aquella anécdota que se cuenta de Rokefeller cuando su limpiabotas le pidió consejo para invertir en bolsa. Él inmediatamente, reacciono, sacando todo el dinero que tenía en bolsa y una semana más tarde se produjo el Crak del veintinueve.

Puntos de vista

 

Hola..

 Hace tiempo que no escribo, he estado pintando intensamente y  cuando esto ocurre ya no queda sitio para nada más.

He preparado una exposición que se inaugurará el 25 de este mes en la Sala Luzán de Zaragoza a la que están todos invitados. La exposición se titulará “Puntos de vista” y acabo de redactar un borrador del texto que, posiblemente, incluya en el catálogo.

Échenle un vistazo y díganme lo que les parece.

Gracias a todos.

Pepe.

Puntos de vista

 

¡Cuarenta y tres!. ¡Se dice pronto...!

 Sí, esta es la cuadragésimo tercera exposición individual que realizo. Ahora que el número de exposiciones casi alcanza el de mi edad,  creo que ya he dejado de ser eso que se ha venido en llamar (casi como categoría o fenotipo) un pintor joven. ¡Justo cuando que empezaba a hacerme ilusión!. Así es la vida... 

Una de las cuestiones que caracterizan a nuestros tiempos es la prolongación de la adolescencia hasta límites casi cómicos. Nuestros padres, que eran ya adultos y hombres hechos y derechos a los dieciséis años, ven atónitos como se alarga la “preparación” de sus hijos hasta - en el mejor de los casos - la treintena, y cómo el acceso a la madurez se dilata cada día más.

 Algo de esto ha pasado en el mundo del arte. En las becas destinadas a los artistas jóvenes es habitual encontrar una cláusula que indica que se pueden presentar los que tengan menos de cuarenta años. Por lo que se puede deducir que es a partir de esa edad cuando el artista ya puede considerarse maduro. Casi siempre que leo estas cláusulas  pienso en la edad en que fallecieron pintores como Fortuny o Rafael. La cosa no deja de tener gracia, pero así están las cosas ahora.  

Esta es, pues, la primera exposición que desde la madurez presento en mi ciudad, en Zaragoza. Entiendo que la madurez es, antes que nada, un proceso de simplificación, de verle “las orejas al lobo”, de tener íntima constancia de que el tiempo (el de uno) es finito; que la inagotable eternidad que significaba el futuro en la adolescencia se ha convertido en fugaz tiempo presente. Y que, por lo tanto, las cosas que uno desea hacer, han de hacerse inmediatamente.

 Hace ya mucho tiempo que deseaba pintar las fugaces imágenes que veía cuando paseaba, o viajaba en coche, esas hacen que el tiempo se detenga un instante. Pero no encontraba ni el momento, ni la justificación para hacerlo. Las pintaba, pero mentalmente. Me entretenía en imaginar la mezcla de los colores necesarios para conseguir los tonos que imitasen lo que estaba viendo. Pero eso era todo. Ya que para mí, hasta hace un tiempo, era imprescindible tener una razón, saber porqué, antes de comenzar a hacer. Y nunca encontré la razón para hacerlo.  

Hoy sigo sin encontrarla, pero ya me da igual. Sólo deseaba hacerlo, y lo he hecho.

 Dicho esto, cómo los catálogos quedan muy feos sin un texto, un poco más largo, de presentación, van algunas reflexiones al respecto. 

Considero que la pintura es un modo (cómo otro cualquiera) de ser hombre, que algunos ejercitamos y que el fin último de los artistas visuales es imponer (en el mejor de los sentidos y amablemente) a los otros, su modo de ver a través de sus obras. 

 Esta exposición es un conjunto de “puntos de vista” elegidos en mis paseos por los alrededores de la casa en la que vivo, en Villamayor, o en cortas excursiones por mi región. Los cuadros son deliberadamente grandes, para que abarquen el campo visual del espectador, para intentar reproducir la impresión que las imágenes que figuran me produjeron en su día.

 Las imágenes que representan fueron elegidas atendiendo únicamente a la irracional emoción que me produjeron al ser observadas. Después, al traducirlas a pintura, mi única preocupación ha sido intentar mantener la tensión necesaria para transmitir lo inexplicable, lo intransmisible.  

Es casi seguro que he fracasado en este intento: lo asumo de antemano. En cualquier caso esto es tan asunto del espectador cómo mío y aún es pronto para saberlo. Para mí, en todo lo humano son tan importantes la intención, el posicionamiento y el rumbo elegido, cómo el resultado. Es más, no puedo ver este, sin la perspectiva que me dan aquellos.

 Los cuadros de esta exposición representan paisajes y están pintados por mí en el año 2005. Esta aparente perogrullada es, no obstante, toda una declaración de principios. Quiere significar que, si bien la vigencia de la pintura lleva poniéndose sistemáticamente en duda durante los últimos cincuenta años, sigo creyendo que es un método eficaz para la transmisión de emociones, experiencias y conceptos.

 Pintar en la tercera -¿o en la cuarta?- revolución industrial, conviviendo con las nuevas tecnologías aplicadas a la imagen, con el desarrollo del cine y de la fotografía, es, cuando menos, un acto de afirmación individual. Volver a contar con medios atávicos lo de siempre, una y otra vez, me parece un acto legítimo, moderno y consecuente. 

 El hombre no ha cambiado tanto como nos quieren hacer creer las nuevas tecnologías. No dejamos de ser, en esencia, un mono con traje, aunque aporreemos las teclas de un ordenador o nos creamos muy importantes por poner el culo en un Mercedes.

Creo que el hombre de hoy debería de estar más -o por lo menos tan- orgulloso de su memoria que de su porvenir, al contrario de lo que se empeñan machaconamente en recordarnos desde todos los sitios. No acato la idea de que sólo lo nuevo es mejor y de que el arte, o participa de lo nuevo, o no es arte.

 Pintar paisajes significa, por otra parte, atender a dos grandes cuestiones que se han hecho últimamente antagónicas: lo pintoresco y lo sublime.   

Cuando se circula en coche por un paraje que al Estado le parece bello, lo indica con una señal informativa de tráfico que significa, precisamente, paraje pintoresco. Suele haber allí un espacio para aparcar el coche y poder deleitarse con la observación, al tiempo que se estiran las piernas y se vacían los ceniceros y las vejigas.

El icono de esta señal, curiosamente, es una antigua máquina fotográfica de las de fuelle. Esto, en sí mismo, comprende cómo mínimo tres faltas de ortografía semióticas: la de la época (el modelo de cámara es obsoleto y sin significado); la de la moda (ahora son digitales) y la de la moral (lo pintoresco es lo susceptible de ser pintado, no fotografíado, bien sea por su tipismo o por su belleza). Pero en lo que a mí respecta, lo más subliminalmente dañino para el concepto, es que lo pintoresco es rancio y anticuado. Pintorescos son, pues, los paisajes que el M.O.P.U. decida que lo sean y todos los temas -paisajes o no- que ilustraban los calendarios de la Unión de Explosivos Riotinto.

Lo pintoresco tiene así una connotación reaccionaria (como de coros y danzas), en definitiva: de mal gusto.

 Pintorescos eran los cuadros de encima del sofá de escay que solían regalar las tiendas de muebles, cuando se compraba la librería de embero y mueble-bar.  

En aquella época, de lo sublime se ocupaban quienes pintaban los cuadros informalistas y abstractos que hoy están en los museos, explicando el sentir verdaderamente artístico de la época.

 Hoy día, cuando compramos muebles, también nos ofrecen cuadros para decorar las paredes. Pero éstos, aún siendo tan malos como los de ayer, ya no representan  paisajes ni cacerías de ciervos: no representan nada. Suelen ser cuadros abstractos, que hoy nos parecen tan decorativos cómo les parecieron a nuestros padres aquellos. Se que la moda y la decoración son dos enfermedades del arte, y que nada tendrían que ver con él, pero en estos tiempos que corren el viaje de los gustos desde la élite hasta la plebe es cada vez más vertiginoso. 

Hay, pues, una opinión generalizada (o un gusto común; tan común, que llega a las tiendas de muebles), y es esta: los cuadros que representan paisajes son una horterada pasada de moda.

 Durante los últimos meses de 2005 he intentado acercarme a la cuestión de lo sublime pintando cuadros que representan paisajes. Lo que no deja de ser una insensatez si lo que se pretende es ser un artista visual (como nos llaman ahora) enterao de la tendencia,   de lo que se debe discutir plásticamente para ser visible a los ojos de los próceres de las artes. Lo que tendría que haber hecho, para conseguirlo, es unas fotos enormes, y de máxima definición, pegadas sobre una plancha de aluminio. Así me podrían haber incluido en alguna colectiva de eso que vienen llamando últimamente “nueva objetividad”, pero no me ha dado la gana. 

Y es que yo, nunca he sido un hombre sensato. Es más: creo que la sensatez es enemiga de la vida y del arte.

 Eso es todo. 


 

Pepe Cerdá

 
 
 
 
 
 
 

Eric Blair

Eric Blair

 

 

  Eric Blair quería ser otro desde siempre. Vivió, luego amó, del único modo posible, cabalgando a lomos de su fantasía y luego para explicárselo, más a sí que al mundo, lo escribió. Ese es el truco de todos los artistas, estar preocupados por grandes cuestiones abstractas: la libertad, la justicia, la belleza, la muerte, lo divino...y así poder mandar al diablo las domésticas ocupaciones diarias. Se trata de elegir entre dos personajes arquetípicos : Michael Landon, el de la casa de la pradera o Indiana Jones. Todos los adolescentes eligen el segundo, pero enseguida se les pasa. A los que no se les pasa se convierten en sacerdotes, mendigos, psicópatas, revolucionarios, delincuentes, artistas o escritores. Cuando Eric Blair fue todo esto se convirtió en Georges Orwell.

Eric Blair era un larguirucho adolescente que estudiaba en el prestigioso colegio de Eton merced a una beca. Es decir ocupaba un puesto entre la élite no por cuna sino por méritos. Sus compañeros, aunque a sus ojos fueran unos borricos, estaban llamados a ocupar los puestos más altos de la sociedad británica. Él a lo más que podía aspirar es a servir como funcionario a esa estructura, como su padre, como lo que él mas detestaba. Había visto desde niño ese modo, aparentemente amable, de humillar que ejercen los poderosos con sus empleados cercanos. Lo había experimentado en Eton desde el primer día que entró. Por eso no fue después a Oxford o a Cambridge, para no alargar la agonía, y aceleró su destino largándose de policía imperial a Birmania, es decir de perro guardián de los intereses de sus odiados compañeros. Llega prontamente a lo más abyecto de sí, a protagonizar el personaje que más detesta, a lo mismo que fue su padre, al nivel de asqueo necesario para poder ser lo que él desea de verdad: Un medigo.

 

Como hombre de rectas convicciones necesitaba tener razón para actuar, a eso fue a Birmania a construirse una razón a su medida, una ecuación cuya solución exacta fuera lo que él deseaba ser.

 

Tras esto se va de mendigo a París y allí se cree encontrar, por fin, entre sus iguales. ¿Iguales?. No, esa es su mentira y su maldición. El que va a luchar, y arriesgar su vida, por la igualdad, si algo era, era alguien neta y fatalmente distinto. Física y psíquicamente distinto. Los mendigos de París y Londres, son solo figurantes de una Epopeya prediseñada por él. La razón, igual que en Birmania, que le va a permitir construir su mejor novela: “Sin blanca en París y Londres”. Que firma, por fin, con el nombre que niega el de su padre y que le permite abolir su clase de mediocres funcionarios.

 

Para escribir la novela necesita de cierto grado de detestable confort. Para lo cual acepta dar clases en Hayes, al oeste de Londres. Más tarde conoce a Eileen, la única de sus novias que había asistido a la universidad, se casan y comienzan a vivir juntos en una casita con huerto. Colabora en revistas, trabaja en una librería, escribe otras novelas (claramente inferiores en calidad a “Sin blanca en Paris...). Se aburre. Comienza a sentir que de allí va a ser difícil escapar. Esposa, casa, libros publicados, humildes medios de subsistencia: La casa de la pradera.

En 1936 estalla la guerra civil española. Dice entonces: “Alguien tiene que parar el fascismo” y ese “alguien” es sin duda él. Todo lo demás debe esperar. Se alista en las milicias del p.o.u.m. Y tras una corta y deficiente preparación es enviado al frente de Aragón, cerca de Alcubierre. A defender de los fascistas una pelada loma monegrina. Ninguno de los dos ejércitos tiene los medios necesarios para atacar al otro. Sus enemigos están en otra loma idéntica a seiscientos metros. Pasando el mismo frío, pisando las mismas cagadas, buscando la misma leña inexistente para calentarse. El describe la vegetación monegrina y llama pequeños abetos a las matas de romero y tomillo que hay a su alrededor. Y le sorprende que uno de sus centinelas entone sentidos cantes y que el centinela fascista le responda con otros en la noche. Tiene a un “fascista” a tiro pero no le dispara porque estaba defecando. Un caballero no puede disparar a nadie en ese trance aunque sea el enemigo. Descubre que la guerra es cutre y sucia. Más tarde, en un permiso en Barcelona, descubre la mayor de las miserias, la mayor de las traiciones, la mayor de las abyecciones. La segunda semana trágica de Barcelona. Ve como los estalinistas del partido comunista exterminan, torturan y encarcelan a los anarquistas y a los del p.o.u.m., recién llegados del frente. Y eso lo tiene que presenciar él, que no es capaz, por estética, de disparar sobre alguien que defeca. Descubre que los de la otra loma, la de enfrente, son los adversarios, que los enemigos más terribles están a la espalda, en la retaguardia. Aquellos a los que describe en sus primeros días en Barcelona como en idílica fiesta proletaria, donde todos son iguales y respetuosos entre sí. Unos meses más tarde se ha vuelto a estructurar y ya hay policías y mandos. Con uniformes limpios, con armas relucientes y nuevas que no van a servir para luchar contra el enemigo sino como fetiche evidenciador de su clase. Y desde esa autoridad administrativa van a asesinar a sus compañeros. Inexplicablemente tras este ajetreado permiso vuelve al frente. Decepcionado, pero vuelve. Le destinan a los alrededores de Almudévar en el frente de Huesca. Ahí recibe a su señora y se hace la famosa foto con sus compañeros. Allí entra, por fin, en combate con sus enemigos ya que hasta entonces solo ha combatido verdaderamente contra sus “amigos”del partido comunista en Barcelona. Es herido en el cuello, hospitalizado en Lérida. Y tiene que salir de España clandestinamente ya que es buscado para encarcelarlo por haber pertenecido al p.o.u.m.

 

El estado de indignación y de verdad en que esta escrito “Homenaje a Cataluña” es impresionante. Él que es un profundo moralista no tiene ningún resorte para digerir la indignidad, la ignominia. Mas que escrito esta vomitado. Mientras lo esta escribiendo sus compañeros siguen encarcelados, torturados o combaten. Su herida aún le mantiene el dedo índice paralizado. No tiene ninguna vocación de adornarse literariamente solo quiere contar urgentemente y con claridad la verdad. Su juego le ha llevado demasiado lejos, ha traspasado la línea de no retorno y el resto de su vida y de su obra (en su caso nombrar a ambas es una redundancia ) estarán marcadas por este periodo. La mayoría de los hombres construyen un personaje en la adolescencia con el único objeto de ligar, defenderse de los otros, vengar viejas afrentas familiares o personales para descubrir en su madurez que no son otra cosa que aquel personaje que tan frívolamente crearon. Por decirlo en palabras de Eugenio, el humorista catalán, “Era uno tan feo, tan feo, que se fue a comprar una careta y le vendieron sólo la goma”.

 

Eric Blair por fin había muerto. Ahora ya solo quedaba Orwell, sin padre, sin madre. Habitando en el maltrecho cuerpo que Eric Blair había intentado auto-destruir y que aún le tenía que servir para escribir unas cuantas novelas fundamentales.

Torremolinos 1965

Torremolinos 1965

Torremolinos 1965. Mi padre, mi madre, mi hermana y yo.

Mi padre tenía entonces cuarenta y dos años, dos menos que yo ahora, y ya había vivido una guerra como niño y una posguerra como soldado (a punto de ir a la División Azul). Había sido: impresor, taxista, camionero, rotulista, dibujante publicitario, empresario y, en la época de la foto, pintor de cuadros para decorar los apartamentos del "boum" turístico del la incipiente costa del sol.

Mi madre era la mayor de nueve hermanos que en la guerra anduvieron de refugiados en la galera de mi abuelo con  los enseres a cuestas. Después, en la autarquía, vino a aprender a leer y las cuatro reglas a Zaragoza, donde conoció a mi padre y se casó. Tras unos años de penurias, cómo casi todos en aquellos tiempos, siguió a mi padre a Torremolinos, cargando con sus hijos.

La foto retrata el rencuentro familiar.

Mi padre se había ido un par de años antes tras fracasar una empresa de estampación de serigrafías, que había montado con un socio.

Era la primera vez que todos nosotros estábamos de vacaciones.

Tibieza de carácter

Soy de Huesca. Esto quiere decir que soy genéticamente “más mirao que un luto”. Detrás del personaje atrabiliario y bocazas que cultivo hay, manejando la marioneta, un aterrado y tímido ser de los que vuelven la cara cuando les venden fruta podrida para que no se violente el verdulero estafador.

Por esto me es muy difícil decir que no. En lugar de negarme, lo que hago con respecto a lo que me desagrada o no me apetece, es posponerlo una y otra vez. Por lo que si el demandante es lo suficientemente tenaz y agota mis excusas, termino haciendo lo que no quiero hacer.

Nada me desagrada más que las revistas de decoración y las entonadas casas de las personas que las compran y siguen sus preceptos. Considero la “decoración” una enfermedad del arte y el hecho de que haya una “intención ornamental” en los objetos que pueblan una casa me fastidia. Que haga “juego”: el cazo con la olla, la tapa del retrete con el papel higiénico, los lomos de los libros con la estantería y los cuadros con las colchas, es algo que no soporto.

Y sin embargo, mientras escribo esto, estoy esperando a unos periodistas que vienen con la intención de hacer un reportaje sobre mi casa. Les he avisado que mi casa es una acumulación de objetos encontrados a lo largo de mi vida y dispuestos azarosamente. Dicen que da igual. Les he puesto mil excusas en los últimos meses con la esperanza de que se cansaran.. Han seguido insistiendo.

Todo menos decirles que no, que no me apetece que mi casa salga fotografiada para nutrir el afán cotilla de los demás. Y ahora después de tantas excusas ya no hay remedio.

La tibieza de mi carácter ha vuelto a vencer.

¡Que le vamos a hacer!

De pastores y vagabundos

La arrogancia con la que escriben los que “están en el secreto del arte” me irrita cada día más. La suma de afirmaciones irrefutables que pueblan sus textos sólo pueden ser fruto de la estupidez o del pequeño y ruin anhelo de hacerse un sitio entre los que en cada generación han impartido la doctrina artística.

De lo que no se han dado cuenta es de que ya no le importa a nadie un bledo lo que dicen, ni siquiera a ellos mismos; que ya son otros tiempos; que ahora la “militancia” es un concepto caduco.

Lo que sí que sigue habiendo, y cada día más, son puestos de trabajo para el que acredite ser un prócer de las artes. Hay que cubrir: las direcciones de todas las fundaciones y museos; los técnicos culturales (curioso oxímoron ) de todas las administraciones; los departamentos de arte contemporáneo de todas las facultades de letras...etc.

Yo, desde este punto de vista, sí que les comprendo, todo el mundo tiene derecho a buscarse un sitio bajo el sol. Ahora lo que ya no les arrogo es el derecho de decirme a mí el camino que debo seguir según la jurisprudencia artística que ellos acaban de aprobar. Entiendo que un pastor sin ovejas es un vagabundo y lamento ser incapaz de balar al ritmo que ellos orquestan, pero es que ya empiezo a estar mayor para estas tonterías.