Hay un tipo de mujer que se da en esta ciudad en una proporción mayor que en otras. Se trata de lo que yo denominaría: la rubia mechada zaragozana. El estándar de raza vendría dado por una mezcla entre Lara Dibildos y Genma Ruiz Cuadrado, que aún a pesar de no ser zaragozanas no desentonarían entre estas que les cuento. Suelen portar todos los complementos que a bien tengan recomendarles las revistas especializadas, caminan un poco más estiradas de la cuenta, y procuran quedar en un segundo plano cuando van acompañadas de sus propios. Cuando no tienen pareja acuden en manada a los sitios que ellas entienden que están de moda, y que tienen un cierto nivel, y bailan en corro con pasitos cortos, como si estuvieran matando hormigas, y con el bolso bien pegado al sobaco. A menudo, si van de compras, van acompañadas de sus madres, del mismo grupo zootécnico y con los mismos abalorios y mechas que sus hijas, fuertemente cogidas del brazo camino, generalmente, de Zara o el Corte Inglés. Si les acompaña el padre suele ir unos pasos más atrás con un jersey de cuello pico marrón y con la radio pegada a la oreja, aunque esto es cada vez menos frecuente.
Este tipo de mujer casadera era muy apreciada por los cadetes uniformados de otra época. Pero por increíble que parezca, a pesar de los años pasados, no terminan de desaparecer. El otro día sentado en un café de las cercanías del Corte Inglés vi, sorprendido, pasar a una buena cantidad de ellas. Solas, con novio, con marido, con madre, en manada...Yo pensaba que el inexorable proceso de cosmopolitización a causa de la inmigración, el aprovechamiento de los moscosos en viajes y el C.O.U., o como se llame, en el extranjero; habría cambiado el panorama. Pero no. No parecen estar precisamente en vías de extinción. Esto no se ve en ninguna de las ciudades en los que yo me aburro tomando cafés en establecimientos con cristalera a la calle, y van siendo unas cuantas al año; puede atisbarse una de ciento a viento, pero jamás en la proporción que aquí se ven.
A su pesar, no son nada elegantes, no van bien vestidas, no importa donde se compren la ropa o los zapatos, siempre la fastidian con el complemento inadecuado, con la largura inadecuada y , sobre todo, con las mechas y el peinado inadecuado. Y con lo que es más grave, y el fondo de la cuestión, con su actitud. La actitud falsamente sumisa y expectante a que algo ajeno a ellas ocurra. Sus ojos aterrados las delatan. Saben que el tiempo es su peor enemigo y quieren que lo que tenga que ocurrir ocurra ya. De esto tiene la culpa el encaste, es decir sus madres, que les han inculcado desde la cuna la podredumbre de esperar, de esperar pacientes a lo que es, por increíble que parezca, su meta vital: pillar al hombre que las fecunde y que se quede con ellas a esperar lo que tenga que venir, preferiblemente en chalet adosado en Montecanal, eso sí.
Lo inaudito es que ahora son casi todas tituladas universitarias, capaces en sus trabajos, y antes de disfrazarse, más o menos normales. Pero como en las series de superhéroes cuando su madre se transmuta en ellas y les ordena, desde el subconsciente: -a pillar que se te pasa el arroz, se transfiguran y en grupos se desparraman por la ciudad.
Habría que crear algún tipo de asistencia social para la cura, de este tipo tan obsoleto, tan sin sentido a estas alturas, de mujer. Habría que defenderlas del maltrato sordo y terrible, el que ejercen las madres, las malas madres, sobre sus propias hijas.