De la ventana, del muro y de la pintura.
He estado viendo algunos cuadros de Tapiés y me han venido unas cuantas ideas a la cabeza.
Se podría convenir que la obra de Tapiés en lugar de “figurar” la realidad; “es” la realidad. Para figurar la realidad y para ventana imaginaria, en nuestra época, ya tenemos la televisión. Por eso los cuadros, y los objetos artísticos en general han de ser una realidad en sí misma. Pero una realidad evocadora e inquietante, porque para realidad en “sí misma” ya tenemos el aparato receptor de televisión o la fregona. Además de todos los cuadros del mundo que son en sí mismos, cómo mínimo, un objeto real.
Pero a lo que vamos: para mí los cuadros de Tapiés no son cuadros abstractos, viene a ser cómo si hiciese realismo pero a escala uno-uno. Su aportación consiste en “tapiar”(por algo se llama Tapias) la ventana imaginaria que se abrió para el arte en el Renacimiento. Esa ventana se abrió para representar el mundo; para mirar otra cosa distinta, y generalmente “ideal”, de lo que se veía desde la ventana “real” de la casa. La ventana renacentista, usada en pintura durante cuatro siglos, es sustituida (en su caso y en el de muchos otros) por el muro, por lo plano, por lo sin perspectiva, y por lo tanto sin engaño, sin trampa para el ojo, sin ensoñación posible. Es cómo si se nos dijese: “-esto es lo que hay”
No obstante; una vez tapiada la ventana araña sobre el mortero recién puesto, o pone la mano, o el pie, como en el paseo de la fama de Holliwood ; o escribe unas cifras, o marca con una cruz, como los árboles que han de ser abatidos, en definitiva: deja la marca de cantero, tal y como lo hacían los constructores de catedrales o garabatea algún signo que evoque lo rupestre; lo primigenio, lo auténtico. Se trata de conseguir, de que se note, que notemos, que el que ha tapiado la ventana es él. Que podamos reconocerle como autor y que la obra nos evoque lo que nos tenga que evocar, como es común a toda obra con pretensiones artísticas.
Dice que le interesa mucho el arte Zen (aunque, que yo sepa, nunca ha estado en un monasterio budista pasando una temporadita). Pero esto es un asunto espiritual del que no se debe dudar; de lo que no cabe duda es de que lo que le interesa, y mucho, son los "zéntimos".Al contrario de la opinión más generalizada, la de que es una artista revolucionario y rompedor, para mí es un artista absolutamente clásico y rancio.
Me explico:
Los medios empleados para su expresión han sido siempre los tradicionales: grabado, litografía, dibujo sobre papel, lienzo, óleo, tinta, arcilla, yeso, etc. Cuando incluye algún objeto en su obra este deberá estar suficientemente ajado para que subliminilmante se asocie con una reliquia arqueológica y museable.Los objetos resultantes de su trabajo, ya sean cuadros o esculturas, son perfectamente ornamentales, decorativos, y se emplean para lo mismo que las obras de los artistas clásicos: conmemorar, prestigiar la casa del poderoso, adornar, ect.
El conjunto de su obra consiste en objetos perfectamente almacenables, conservables, transportables y por lo tanto: comercializables. Se publica un catálogo razonado de toda su obra fotografiada en varios tomos, para que quede claro lo que es y lo que no es, o lo que es lo mismo, lo que vale y lo que no vale. Un poco como los catálogos de sellos que emplean los filatélicos.No es, sociológicamente hablando, una artista muy distinto de lo que sería su antípoda, de lo que fue Sorolla en su época. Ambos son artistas deseados y adorados por la burguesía de sus respectivas épocas; Ambos tienen su museo personal y ambos han conocido el éxito fuera de sus fronteras. De lo cual me alegro.Hay una cosa que les diferencia y es la cara que pone el uno y el otro cuando les fotografían. El uno pone cara de cabreo, cómo si le debiésemos algo por el intenso sufrimiento que ha padecido por nosotros, y el otro posa sonriente y feliz disfrutando del éxito con sus amigos y su familia. A mí la teatralidad de las fotos del primero siempre me ha parecido muy cómica, esa cara de indio tomando bicarbonato, no se justifica a no ser por un estreñimiento crónico. Es una actitud muy eclesiástica, y por lo tanto muy eficaz para convencer, a los que no se lo toman a cachondeo como un servidor. A los hechos me remito.Y es que hoy los tiempos, aunque adelanten que es una barbaridad, son los de siempre.