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De la ventana, del muro y de la pintura.

De la ventana, del muro y de la pintura.

He estado viendo algunos cuadros de Tapiés y me han venido unas cuantas ideas a la cabeza.

 

Se podría convenir que la obra de Tapiés en  lugar de “figurar” la realidad; “es” la realidad. Para figurar la realidad y para ventana imaginaria, en nuestra época, ya tenemos la televisión. Por eso los cuadros, y los objetos artísticos en general han de ser una realidad en sí misma. Pero una realidad evocadora e inquietante, porque para realidad en “sí misma” ya tenemos el aparato receptor de televisión o la fregona. Además  de todos los cuadros del mundo que son en sí mismos, cómo mínimo, un objeto real.

 

Pero a lo que vamos: para mí los cuadros de Tapiés no son cuadros abstractos, viene a ser cómo si hiciese realismo pero a escala uno-uno. Su aportación consiste en “tapiar”(por algo se llama Tapias) la ventana imaginaria que se abrió para el arte en el Renacimiento. Esa ventana se abrió para representar el mundo; para mirar otra cosa distinta, y generalmente “ideal”, de lo que se veía desde la ventana “real” de la casa. La ventana renacentista, usada en pintura durante cuatro siglos, es sustituida (en su caso y en el de muchos otros) por el muro, por lo plano, por lo sin perspectiva, y por lo tanto sin engaño, sin trampa para el ojo, sin ensoñación posible. Es cómo si se nos dijese: “-esto es lo que hay”

 

No obstante; una vez tapiada la ventana  araña sobre el mortero recién puesto, o pone la mano, o el pie, como en el paseo de la fama de Holliwood ; o escribe unas cifras, o marca con una cruz, como los árboles que han de ser abatidos, en definitiva: deja la marca de cantero, tal y como lo hacían los constructores de catedrales o garabatea algún signo que evoque lo rupestre; lo primigenio, lo auténtico. Se trata de conseguir, de que se note, que notemos, que el que  ha tapiado la ventana es él. Que podamos reconocerle como autor y que la obra nos evoque lo que nos tenga que evocar, como es común a toda obra con pretensiones artísticas.

 Dice que le interesa mucho el arte Zen (aunque, que yo sepa, nunca ha estado en un monasterio budista pasando una temporadita). Pero esto es un asunto espiritual del que no se debe dudar; de lo que no cabe duda es de que lo que le interesa, y mucho, son los "zéntimos". 

Al contrario de la opinión más generalizada, la de que es una artista revolucionario y  rompedor, para mí  es un artista absolutamente clásico y rancio.

 

Me explico:

 Los medios empleados para su expresión han sido siempre los tradicionales: grabado, litografía, dibujo sobre papel, lienzo, óleo, tinta, arcilla, yeso, etc. Cuando incluye algún objeto en su obra este deberá estar suficientemente ajado para que subliminilmante se  asocie con una reliquia arqueológica y museable. 

Los objetos resultantes de su trabajo, ya sean cuadros o esculturas, son perfectamente ornamentales, decorativos, y se emplean para lo mismo que las obras de los artistas clásicos: conmemorar, prestigiar la casa del poderoso, adornar, ect.

 El conjunto de su obra consiste en objetos perfectamente almacenables, conservables, transportables y por lo tanto: comercializables. Se publica un catálogo razonado de toda su obra fotografiada en varios tomos, para que quede claro lo que es y lo que no es, o lo que es lo mismo, lo que vale y lo que no vale. Un poco como los catálogos de sellos que emplean los filatélicos.No es, sociológicamente hablando, una artista muy distinto de lo que sería su antípoda, de lo que fue Sorolla en su época. Ambos son artistas deseados y adorados por la burguesía de sus respectivas épocas; Ambos tienen su museo personal y ambos han conocido el éxito fuera de sus fronteras. De lo cual me alegro.Hay una cosa que les diferencia y es la cara que pone el uno y el otro cuando les fotografían. El uno pone cara de cabreo, cómo si le debiésemos algo por el intenso sufrimiento que ha padecido por nosotros, y el otro posa sonriente y feliz disfrutando del éxito con sus amigos y su familia. A mí la teatralidad de las fotos del primero siempre me ha parecido muy cómica, esa cara de indio tomando bicarbonato, no se justifica a no ser por un estreñimiento crónico. Es una actitud muy eclesiástica, y por lo tanto muy eficaz para convencer, a los que no se lo toman a cachondeo como un servidor. A los hechos me remito.Y es que hoy los tiempos, aunque adelanten que es una barbaridad, son los de siempre. 

Viaje a otro mundo

Ayer estuve en Francia, en Urdós, en el Valle del Aspe, en la Francia colindante con Aragón, nuestros vecinos de arriba.

Es incomprensible para mí el poder que siguen ejerciendo las fronteras y la televisión trabajando al unísono para conseguir que una raya imaginaria separe dos mundos de un modo tan tajante, tan definitivo.

Ahora se pasa por un túnel, el del Somport, y queda muy cinematográfico, como de túnel del tiempo. Se deja España plagada de promociones urbanísticas que recrean lo que el imaginario Madrileño, o el arquitecto de turno, o la normativa de la comarca, entiende por poblados pirenaicos: con su piedra “caravista” versión “Exin-castillos”, con sus contraventanas de PVC, con sus parkings  y el letrero de la urbanización en forja artística...Se penetra en el túnel, claustrofóbico y monótono,  y se renace en otro mundo, en otro país, en otra lengua, en otro tiempo. Sí, en otro tiempo, o por lo menos en la impresión de tiempo detenido que produce que en los pueblos del otro lado nada haya cambiado desde que yo los conozco, y va ya para treinta años desde que pasé, excitado y expectante, la frontera por vez primera.

Ascensión a los muros.

Ascensión a los muros.

Hoy he tenido el privilegio de subir a los andamios que han colocado para la restauración de la cúpula pintada al fresco por Goya en la basílica del Pilar de Zaragoza.

Ver de cerca las enormes figuras pintadas hace más de doscientos años por Don Francisco me ha producido encontradas sensaciones.

 

Por un lado la de estar cometiendo algo incorrecto, obsceno. Estas imágenes no fueron pintadas para ser vistas tan de cerca ni con la violenta iluminación de los focos halógenos empleados por los restauradores. Del mismo modo que no es aconsejable el ver con un microscopio los ácaros que habitan en las pestañas de la más bella de las mujeres. Es una cuestión de escala y de distancia, como casi todas las cuestiones que en el mundo son. Goya jamás vio su trabajo, y mucho menos mientras lo hacía, tan alumbrado. O lo que és lo mismo: él no pintó, puesto que no vio (y los que pintan son los ojos, y no las manos) lo que yo he estado viendo hoy. Le imagino pintando aterido de frío y al tentón, y a la luz de velas centelleantes o de temblorosas lámparas de aceite. Psicológicamente disminuido por las críticas de su cuñado y del Cabildo.

 

Se nota mucho que tenía muchas ganas de terminar cuanto antes, de salir huyendo. Se nota también que no era un especialista decorador al fresco y que pintaba “como podía”, con el arrojo de sus treinta y seis años vividos con coraje, sin que nada se le pusiese por delante. Yo no he visto la tan publicitada “soltura”en la ejecución, más bien he visto rabia, la rabia de resolver “por cojones” algo que se le torcía. “Soltura “es la feliz y exacta levedad de los dibujos de Rembrandt, pero en este caso se trata de lo contrario: son feroces restregones con escobas, como alaridos, contra el húmedo muro. Se comete el error al ver estas pinturas de relacionarlas con la accion painting del expresionimo abstracto americano, o del expresionismo a secas, o el desdibuje Picasiano, o de cualesquiera modo de pintar que se le pueda relacionar aunque este se haya impuesto cientos de años después de cuando él pintó la cúpula. Esto hace que lo presenten como un visionario capaz de adelantarse a su época, cosa que les gusta mucho a los historiadores, pero pensar esto me parece una tontería que no explica en absoluto la cuestión. Él lo que quería era tener éxito, y para esto tenía que pintar como Velázquez y que los frescos le saliesen como a Tiépolo, pero no le salía ni una cosa ni otra.

 

Otra cosa que se nota es que los bocetos a los que debe ceñirse no son exactamente suyos. Me explico: su cuñado Bayeu era el director de la decoración de la basílica y no es extraño pensar que impusiera, no sólo la iconografía, sino la “manera” de tratar pictóricamente la cuestión. Yo, incluso tiendo a pensar, que los acaramelados bocetos de Goya que se conservan en la sacristía del templo se parecen demasiado a los del propio Bayeu que se exponen al lado, y que no es descabellado que el propio Bayeu corrigiese algunos defectos de su chapucero cuñado, por el bien del encargo. Pero yo soy muy mal pensado. No obstante esto explicaría la “mala gana”genial, pero “mala gana”, con la que están ampliados y traducidos a pintura mural.

 

No usa el esgrafiado para pasar los dibujos al muro, como solía ser habitual, sino que el dibujo esta calcado con la ayuda de un punzón que al pasarlo sobre el dibujo araña el muro todavía sin fraguar. No están ni la mitad de las figuras calcadas de esta forma lo que permite suponer que la mayoría se acometieron directamente, sin dibujo previo. Que calcó solo las principales, para hacerse una idea de la escala y que luego intercaló las restantes. Realizó la obra en cuarenta jornadas, o lo que es lo mismo, pintó “al fresco” sólo cuarenta días, comprendidos entre diciembre de 1780 y marzo del 1781 que es el tiempo en el que ejecutó la obra, aunque “repintó” en “seco” (cosa no muy ortodoxa en la época) muchas de las figuras. El tiempo que empleó en la realización de la  obra es extraordinariamente breve para una obra de estas características, lo que nos permite suponer una condición física y psíquica fuera de lo normal.

Aún le quedaban muchos años de vida y de pintura para demostrar de lo que era capaz, pero eso él no lo sabía entonces.

De la patria, la fe y la pintura.

De la patria, la fe y la pintura.

Jacques-Louis David no fue solamente un pintor, fue fundamentalmente un patriota revolucionario, y por lo tanto un ingenuo con el ego desproporcionado.

Un patriota es alguien que se ha creído lo que le han contado con respecto al país en el que vive y que está por definición agraviado permanentemente por la existencia de los ”enemigos de su patria”. Estos son cambiantes, en función de los pactos que hagan sus superiores con sus vecinos, o quienesquiera que les apetezca pactar o cabrearse, según les dé.

Un patriota, también, es por definición hombre de tropa, alguien a quien hay que decirle lo que debe de hacer, por el bien de su patria, claro está. David sería, como artista, y como ciudadano, exactamente lo contrario de su contemporáneo Goya. Cosa que queda patente para un espectador medianamente sensible que observe la obra de uno y de otro.

El que le empezó a decir a David lo que debía pensar y hacer fue su amigo Robespiere que le nombró diputado de la Convención. Como diputado votó la muerte del rey y de la reina, de esta última se conserva un apunte del natural de su mano mientras era llevada a la guillotina. En este periodo, henchido de halagos, patriotismo y cargado de razón, pintó su mejor obra: el asesinato de Marat.

Tras la caída, y condena a muerte, de Robespiere es encarcelado hasta 1795. A la salida de la cárcel abre un taller y se reconcilia con su señora, a la que había abandonado para ocuparse mejor de sus tareas revolucionarias (esto es prueba de que había vuelto a ser un hombre vulgar). Vive unos años asqueado y humillado por ser solamente un pintor. Pinta, excelentes, retratos de burgueses, como el de su cuñado Sériziat  y su hermana con su sobrina.

En 1797 conoce a Napoleón y su espíritu patriótico resurge con el ahínco con el que resurge el ego de los humillados. Vuelve a tener un señor del que recibir instrucciones de lo que se debe hacer, que es, ni más ni menos, que la imagen del imperio y de su emperador. Napoleón le encarga enormes telas, tan enormes como su imperio, y él se empecina en el trabajo con la desesperada fe de los elegidos. Pinta, entre otros, el cuadro de la coronación del emperador. El retrato de cómo un hombre simple, un militar corso, se erige a sí mismo en emperador, en presencia del mismísimo Papa. El cuadro, colosal (seis metros y medio por casi diez) viene a ser el paradigma del nuevo régimen y su factura es tan complicada para la época como una superproducción de Holliwood hoy.

Después de la caída de Napoleón huye a Bruselas dónde pasa los últimos años de su vida. Allí ejecuta una copia de la coronación de Napoleón al mismo tamaño que el original, encargo de unos hombres de negocios americanos, para ser enseñada ciudad por ciudad previo pago de entrada, un poco como anticipo de lo que luego va a ser la industria cinematográfica ( tras su vuelta de Estados Unidos en 1832 como consecuencia de la compra del cuadro por el estado francés a la sociedad americana que era propietaria se conservó, hasta hoy, en el palacio de Versailles). Imagino la humillación que tuvo que sentir el vencido pintor al repetir el cuadro paradigmatico del imperio para ser enseñado pueblo por pueblo como una barraca de feria.

En Bruselas pinta también su última gran obra, la única de grandes dimensiones que hace en su vida sin encargo previo. A la edad de setenta y seis años acomete una pintura de dos metros y medio por tres que representa a Marte desarmado por Venus y las Gracias. Tarda tres años en concluirla y moriría inmediatamente después. Es por lo tanto su último cuadro. Un cuadro malo y hortera, que seguro agrió sus últimos años. Supongo que se doblegó a lo que él entendía que era el gusto burgués de la época para que fuese fácilmente vendido tras su finalización y dejar algo de dinero a sus descendientes. El dinero es lo que más preocupa, y con razón, a los ancianos, sean estos artistas o no. Afortunadamente para él falleció el veintinueve de Diciembre de 1825 y se ahorro el disgusto de ver como no era vendido en la subasta de Abril del veintiséis en París. Y como era comprado por la irrisoria cifra de 6000 francos por la baronesa Meunier.

Y es que David, como buen patriota, como los perros de caza, necesitaba recibir pautas de comportamiento (u órdenes, o si se prefiere, que és más revolucionario: consignas). Las necesitaba en la vida y en la pintura. Su Arte sólo podía florecer al lado del poder, al tiempo que sólo él era capaz de encarnar, de traducir a pintura , la magneficiencia del poder cercano para él, en el caso de Robespiere o Napoleón, y creído a pies juntillas por él cómo lo mejor para la patria.. Nunca hubo tan buen vasallo sirviendo tan sinceramente a tan noble empresa, pero duró lo que duró, y pintó su último cuadro sin cliente, y sin saber a quien servir, en Bruselas.

Acuses de recibo

Me van llegando algunas notas que acusan el recibo de mi libro: Pintor, pinta y calla (libro que refleja, más o menos, lo escrito en este blog). Casi todas son de escritores de los que me gustan, de los que escriben  de un modo ameno y sin pedanteria. Todas son muy cariñosas y elogiosas (supongo que a los que les parece un bodrio no se van a tomar la molestia de decírmelo por escrito) y en todas hay alguna alusión al hecho de que les parece sorprendente que un pintor se dedique a reflexionar sobre cuestiones que no le atañen directamente.

Supongo que comprenderían  que un pintor escribiera sobre sí mismo, o sobre su obra, o de cómo se siente de la “piel pa dentro”, o que contase su vida de un modo surrealistoide, o que intentase establecer un nuevo manifiesto artístico para demostrar su originalidad y genialidad.

Pero lo que parece ser no esperaban es que en el libro se hable del mundo, o por lo menos de cómo se ve el mundo desde el sitio desde el que yo lo miro.

Parece ser que a un auténtico artista nada más que él mismo y su arte debe importarle. Que no ha de tener ni un instante libre, que ha de dedicar sus energías a su obra y a la promoción de sí mismo. Y tienen razón así son la mayoría de los libros escritos por artistas que yo tengo. Suelen ser memorias, en las que aprovechan para ajustar cuentas con unos y con otros; o pajas mentales sobre lo que debe ser el arte (que suele coincidir con lo que ellos hacen); o escritos poéticos de taller o (en el mejor de los casos) recetarios de técnicas artísticas.

 Pero hay uno que se desmarca de todos los libros que escritos por pintores tengo en mi biblioteca, y es este: “La España negra” de Don José Gutiérrez Solana. Es un libro sensacional, único, en el que cuenta lo que ve en algunos viajes que realiza por este país hace un siglo. Memorable su descripción de Calatayud. Y es que un pintor, y más Solana, a lo que está acostumbrado es a mirar, y a intentar traducir esa mirada a pintura o dibujo. Para lo cual es imprescindible ver su armazón invisible, la estructura de la realidad. Una vez visto este esqueleto es posible mudarlo a palabras. Eso es lo que hace Solana que escribe como si tallase con un hacha. Eficaz, directo y crudo. Y por supuesto no escribe ni un párrafo sobre sí mismo.

Yo he procurado hacer lo propio. No escribo sobre mí por pudor, por elegancia, porque me desconozco y porque me importo un bledo. Por esto no sé, ni sabré lo que es la poesía.

Crísis de fe.

Ayer como no tenía nada mejor que hacer( perdón, mejor dicho, tenía tanto que hacer que decidí no hacer nada de lo que urgentemente se me demandaba. En estas pequeñas cosas consiste la libertad, aunque luego se pague caro.) anduve hojeando un libro que me compré hace tiempo, cuando estaba en Madrid. Lo sé porque aún tiene la pegatina de la librería del antiguo museo de arte contemporáneo de la ciudad universitaria de Moncloa, en cuya cafetería contigua desayunaba casi todos los días.

Recuerdo que entonces lo leí con vivísimo interés. No puse en duda nada de lo que allí se decía y creo que incluso lo leí un par de veces. El libro, que es magnífico, se trata de “Las vanguardias artísticas del siglo XX” de Mario De  Micheli. En él se cuenta la historia oficial del arte del siglo XX y de las circunstancias que la produjeron en el siglo XIX: lo de la comuna de París, lo de Baudelaire, , el drama histórico de Van Goh, lo de hacerse salvajes, etc.

En la segunda parte se reproducen íntegros los “Documentos”, es decir los manifiestos: del Dadaísmo, del Surrealismo, La pintura cubista, el Futurismo etc, etc

Estuve entreteniéndome especialmente en el primer manifiesto surrealista del Doctor Bretón, y la verdad, no sé si porque me he hecho mayor, si porque ya no me creo nada, o porque que tengo las entendederas irritadas; pero se me caía de las manos. ¡Como es posible que aquel grupo de señoritos parisinos reunidos en la Closerie des Lilas pudieran protagonizar ese supuesto cambio radical en el modo de mirar el arte!

Es inaudito que aún se siga enseñando la historia del arte equiparando “movimientos” como el “Dada”, o el “Surrealismo” a la misma altura que el Romanticismo o el Barroco. Esto es una barbaridad que no resiste el más mínimo análisis.

Parece ser que antes de ser formulado por el Doctor Bretón, ningún artista de la historia de la humanidad había atendido al mundo de lo “no racional” y que a partir de ser formulado por este ingenioso galeno el modo en el que se debía ser “surrealista” sólo lo serían verdaderamente los admitidos en su grupo. Luego, incluso, se les expedía carné y lo que hiciese falta. Es en el fondo la idea cristiana de los elegidos, de los apóstoles. Pero tan descarada que no termino de comprender como pudo funcionar. Incluso uno de ellos (el hijo pródigo, el expulsado, nuestro Salvador Dalí ) se fue (como el apóstol Santiago hasta Finisterre, hacía dónde se pone el sol) a predicar al otro lado del Atlántico con notable éxito.De aquellas lluvias vinieron los lodos de ahora, pero creo que ya no hay quien enmiende esto. Hay demasiados libros de texto explicándolo. Si algún alumno de bachillerato pone en duda la importancia capital de este movimiento en un exámen de historia del arte, será suspendido y no podrá pasar curso, y no podrá ser ni ingeniero, ni médico. Es tan verdad como el metro de platino iridiado, diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre..Hay demasiadas salas de museo ordenadas de este modo lineal y absurdo, del modo con el que se explica la inexorable continuidad de las vanguardias artísticas.Demasiados ensayos y libros de divulgación, como para andar tocando las narices.

Y lo mío es peor, dedicándome a lo que me dedico, ya no consigo leer, sobre estos temas, con la sed y la fe que leía entonces, y es una pena, porque sólo con fe (fe en el amor, en el arte, en la vida) se disfruta verdaderamente. Sólo desde la fe uno se puede apasionar y por lo tanto vivir verdaderamente. Y servir para dar un paso decidido hacía adelante en la dirección marcada: en la de la fe en el progreso.  Este hereje espíritu crítico que me contamina va a terminar conmigo. !Pero es que las ruedas de molino se me indigestan!, que le voy a hacer...

Voy a intentar enmendarme y a dejar de poner en duda los dogmas que así no hay manera de hacer nada.

El especialista y el diletante.

Ayer, en una especie de fiesta que siguió a la inauguración de un pintor amigo, estuve charlando con un historiador de arte. Me dijo que me leía en este blog de vez en cuando y que le divertía. Pero que no estaba tan de acuerdo con las afirmaciones que suelto tan alegremente sobre las últimas obras de algunos maestros. Le pedí perdón por la intromisión, pero creo que se me notó mucho que mi arrepentimiento no era sincero. Le dije que no pretendo aportar nada a la historiografía del arte que los historiadores tan doctamente gestionan; que tan solo pretendía explicar lo que a mí me parecía.

Le dije, también, que yo no soy historiador. Soy solamente un pintor que lleva muchos años intentando desentrañar el misterio de la obra de arte, con escasos resultados hasta el momento. Para eso he leído desordenadamente lo que ha ido cayendo en mis manos al respecto. Soy un obseso de los libros de técnicas pictóricas antiguas, de anatomía o de dibujo. También de cualesquiera libro que dé noticia de cualquier artista pretérito o contemporáneo. O de aquellos que reflexionan sobre el arte en general o en particular, siempre y cuando se expresen en castellano o francés legible y ameno para un bachiller medio, cosa que no siempre ocurre entre los especialistas que se ocupan de la cuestión, que a menudo emplean una jerga ininteligible. Pero todo esto lo leo sin orden ni concierto y sin la sistemática necesaria para hacer un trabajo serio al respecto. Tampoco lo pretendo, sólo quiero explicarme a mí la cuestión, pero sin darle excesiva importancia, como un juego.

Me replicó, que la historia del arte no es un juego, que no se puede decir nada que no pueda probarse fehacientemente y que tenía que aclarar en este blog, que lo que yo escribía era ficción y sólo ficción.

Cómo ya me estaba empezando a cargar y no tenía ganas de reñir, le agradecí su interés y me largué.

Yo confío en la inteligencia de los lectores para discernir entre los hechos objetivos y probados, y las especulaciones que yo pueda hacer. ¡Faltaría más!.

Lo que no me termino de explicar como ellos pueden llegar a las conclusiones que llegan leyendo tan solo documentos, facturas, fichas policiales y partidas de bautismo. Cómo pueden pontificar sobre pintura sin haber dado un brochazo en su vida, sin saber de la dificultad que entraña traducir el mundo a grasa coloreada.

Último retrato

Último retrato

Goya se muere en Burdeos. Son las dos de la mañana del dieciséis de abril de 1828, Brugada (pintor de marinas valenciano, amigo de Goya y autor del inventario de la quinta del sordo), José Pío de Molina (alcalde de Madrid en 1820 y 1821, lo volvió a ser en 1823. Cayó en desgracia, por serlo en el trienio constitucional) y Leocadia Zorrilla (última compañera del pintor) están junto a él.

Goya no tenía un verdadero estudio en Burdeos. El pequeño apartamento de la calle Fossés-de-l´Intendance número 39, apenas servía como vivienda para él, Leocadia y Rosario (  hija de Leocadia y casi con toda seguridad, suya). Aún así allí hacía las miniaturas sobre marfil, los pequeños cuadros de toros y los dibujos de lo que veía y le sorprendía, tanto en sueños como en sus fatigosos paseos. Un enorme tumor en el peroné dificultaba su marcha, pero no le detenía, su titánica voluntad había  podido, hasta el momento, con todo.

Imagino el desordenado cuarto en el que agoniza, iluminado por velas que producían un efecto fantasmagórico en los cachivaches que amueblaban la estancia. Imagino su última mirada alrededor desde el lecho. Su último inventario del desvencijado sitio desde el que se despedía del mundo. Él que había soñado tantas veces envejecer en su quinta, rodeado de frutales, y pájaros, y sirvientes; disfrutando de un más que merecido y apacible retiro, agonizaba ahora en otro país.

En el caballete está el inacabado retrato de Pío de Molina. Es impresionante la maestría de este retrato, resumen de sus setenta años de oficio, aprendiendo hasta el último momento. Mide sesenta por cincuenta centímetros pero es una enorme lección de pintura. A los ochenta y dos años cuando escribir una carta le fatigaba enormemente, es sobrecogedor imaginar la energía necesaria para acometer el retrato de su amigo Pío. Por eso la economía de medios es total, no hay ni una pincelada de más, ni de menos. La estructura del cráneo se adivina perfectamente, representada como sólo los mejores la saben representar.

Imagino la última mirada de Goya a su amigo que le sujetaba la cabeza aquella noche. Imagino como alternativamente le miro a él y al cuadro como cuando lo estaba pintando y como descubrió algunos pequeños detalles mejorables en el retrato.

Y como supo de una vez por todas, que nunca podría retocarlo.

Entonces cerró para siempre los ojos y se fue.

Penúltimo cuadro

Penúltimo cuadro

Se supone que el último cuadro de Dalí es el titulado “La cola de la golondrina”. Este cuadro está pintado, según rezan los libros, en mayo de 1983, pero yo no me lo creo. Las temblorosas manos del maestro por aquellas fechas no le permitían trazar unas líneas tan seguras como las que se muestran en el cuadro. El cuadro me parece más bien obra de un escenográfo o rotulista, como lo era Isidor Bea su fiel ayudante. Otra prueba de que no es de Dalí, a mi parecer, es que se fotografío, ( o mejor dicho: le hicieron fotografiarse) delante de el cuadro, con su barretina y los bigotes blancos y pochos. Es como cuando se hace fotografiar pintando el techo del museo de Figueras con su tiento y una ridícula paleta de pintor, absolutamente inútil para una obra de tales dimensiones, que, además, no está pintada con óleo. Se podría convenir una regla general: cada vez que Dalí se fotografía pintando una de sus obras es que no la ha pintado él. Sobre todo en la última época. Son cosas del particular marketing Daliniano Pero no me hagan mucho caso que yo no tengo ni idea de pintura y doctores tiene la iglesia para pontificar al respecto. Además seguro que alguien  ha comprao el supuesto último cuadro del genio por una pasta y termina demandándome.

El que me parece a mí que es el último cuadro de Dalí es uno muy poco daliniano. Tan poco que no puede ser de mano de su ayudante y que ,a mi humilde parecer, sólo puede ser de su mano, la única capaz de saltarse sus propias reglas paranoicocríticas.

Este cuadro es una representación naturalista de un camión de mudanzas desde el interior. Vamos a la impresión de un testigo directo.

Ignacio Goméz de Liaño en su diario titulado “El camino de Dalí” (Siruela, 2004) cuenta como el domingo 20 de febrero de 1983 visitó al pintor en su estudio-comedor del castillo de Pubol y como le mostró sus últimos cuadros.

Cito textualmente:

“ Pero lo  importante es el cuadro  que me ponen delante, pues Dalí quiere que identifique lo que se ve en él. Por Antonio (Pixot) sabía que se trataba probablemente del interior de un camión de mudanzas, lo que me trajo a la memoría aquello de André Breton en Secretos del arte mágico del surrealismo .

-Exijo que me lleven al cementerio en un camión de mudanzas.

Miré el cuadro y, en efecto, me pareció que podía ser un camión de mudanzas, pintado de una manera rembrandtiana, pero con pinceladas más ligeras y con menos materia. Los tres personajes que distinguí en seguida, me hicieron pensar en esos camiones de la gente del circo o la farándula...”

Ignacio Gómez de Liaño prosigue un rato con su interpretación del cuadro hasta que el propio Dalí, ya con bigotes canos y un tubo por la nariz por el que se alimenta, le replica pausadamente:

“-Usted ha hecho una interpretación romántica, al ver el cuadro como una camión de teatro. De hecho, representa algo más a ras de tierra, algo que hay que buscar en la pura cotidianidad. Lo que se ve en ese interior no es mas que una escena cotidiana de un camión de mudanzas, en el que se mezclan los objetos más triviales con otros lujosos....”

 

Creo que lo que Dalí le quiere explicar al joven e inteligente ( y por lo tanto pedante) Liaño es que la vida es en esencia cotidianidad. Esto es lo que tiene más claro el anciano que se niega a alimentarse desde la muerte de su compañera Gala, que ha decidido dejarse morir, que ya no quiere ser el personaje impostado que le había arrebatado la vida, la suya.. Y que desde esa posición, la de hombre corriente, le dice al inteligente y ambicioso jovenzuelo, que no se haga pajas mentales, que no relacione su obra con las tonterías dichas por el Doctor Bretón al que ya mando a freír espárragos hace décadas. Que desde la muerte inminente se ve la vida de otro modo, que vivir no es otra cosa que aburrirse plácidamente y en actividad. Como lo hacen los repartidores de los camiones de mudanzas que ven el mundo enmarcado por la oscuridad de la caja de su camión, con la cadencia monótona con la que viven las cosas todas. Día a día, paso a paso, respiración y expiración, tic, tac. Como si en un  cine proyectasen siempre, con nimias variaciones, la misma película..

La factura del cuadro denota que está hecho de un tirón, como algo que se apunta para no olvidar. No tiene ni un solo tic surrealista. Ya le importa un bledo su personaje, ya no quiere alimentarlo. Solo quiere anotar antes de irse cómo unos brochazos pueden convertirse en imagen, y cómo esta puede representar un hecho banal, trivial, cotidiano e importantísimo.

Último cuadro

Último cuadro

Leo en el libro de John Richardson titulado “El aprendiz de brujo” (Alianza Editorial, 2001) una cosa muy interesante.

John Richardson era la pareja de Douglas Cooper, coleccionista y experto en el periodo cubista de Picasso. Ambos eran vecinos de los Picasso, tenían una casa cerca de la última villa del pintor en el sur de Francia, y se visitaban con frecuencia. Formaban, como Albertí, Max Jacob, Dominguín u Otero, la última pandilla del pintor. Eran de los pocos que podían franquear sin problemas la puerta de la Califorinie.

Tras el fallecimiento de Picasso en 1973, Richardson siguió visitando a su viuda Jacqueline hasta su suicidio unos años más tarde. De aquellas visitas, en las que Jacqueline le dejaba rebuscar por toda la casa y por los sagrados estudios del pintor han salido los dos estupendos tomos de memorias que sobre Picasso lleva escritos Richardson.

En estas visitas en las que era tratado como lo que era: alguien de la familia, Jacqueline le contó que lo último que pintó Picasso no fue el cuadro “mujer desnuda acostada y cabeza” que se llevó tierno a la inminente exposición, que se celebró tras su muerte, en el palacio de los Papas de Avignón sino un gran lienzo en blanco de dos por dos metros en el que Picasso había estampado su firma.

Reproduzco el pasaje tal y como viene en el libro:

”Estuvimos mucho tiempo estudiando el último cuadro de Picasso,” Desnudo recostado y...”--una evocación apenas figurativa de él mismo y Jacqueline en una miasma de pintura blanca, con una misteriosa configuración, adornada con una cruz, a lo largo de la parte inferior del lienzo-, en el que había estado trabajando durante meses. Era un intento de reconciliarse con la muerte, con la muerte de ambos ,-¿Qué representa?Le pregunté a Jacqueline, aunque ya sabía la respuesta.-Un ataúd. Pablo sabía que iba a morir; yo también sé que voy a morir. Al lado de aquel lienzo había otro grande que estaba completamente en blanco, pero firmado; Picasso dejaba así abierta su obra”

Cinco días.

Viaje a París. El motivo de este viaje era cobrar los cuadros que se vendieron en  la exposición que hice en junio. Fred, mi galerista, me envió unos billetes de T.G.V.( el A.V.E. francés) para ir desde Pau a París para que el viaje fuese menos fatigoso para mí, que ya voy haciéndome mayor. Afortunadamente mi amigo Carlos Palacio me ha acompañado; hay pocas cosas que más deteste que viajar solo, que ya me ha tocado más de lo necesario para saber como se sentían los viajeros románticos. Los escritores de viajes no han hecho otra cosa que pasear su soledad por el mundo y aburrirse soberanamente en las magníficas ciudades que describen. Cuando se Vive, así con mayúsculas, no queda libre ni instante para escribir, que es el vicio onanista por excelencia.

Carlos venía conmigo en calidad de turista y acompañante, lo que me ha obligado a revisitar algunos museos y a pasear por las zonas que más me gustan de París, cosa que no hago jamás cuando voy solo. Además, como dejamos el coche en la estación de Pau, nos ha forzado a trasladarnos en metro, cosa que no hacía desde que llegué a París hace casi veinte años. Eso de que veinte años no son nada sólo lo dice el tango: las escaleras de los trasbordos son mucho más empinadas que antes, la pequeña mochila, imperativa para el transeúnte parisino, se va cargando de libros y catálogos y hace más penosa la marcha, los viejos camaradas ahora son señores respetables y profesores de universidad.

Hemos estado en el Museo de Arts et Metiers, en dónde se guarda el metro de platino iridiado y el péndulo de Focault. Antes me gustaba mucho porque tenía la suficiente cantidad de polvo y las maderas del suelo crujían a tu paso, pero al hacerse mundialmente famoso por el libro de Eco, el ayuntamiento de París se vio en la necesidad de remodelarlo y encargó a un arquitecto moderno que lo adecuase a los tiempos de museo espectáculo que vivimos. El arquitecto le ha realizado unas “peoras” posmodernas y ha acabado con toda la magia que tenía.

Hemos visitado otros museos y galerías de Arte del Marais y de la rue de Seine, y por supuesto las del Boulevard Haussman donde está la mía. En la mía he estado los tres días que he pasado en París. El primer día organizaba una exposición colectiva con la totalidad de artistas que representa para lo que le llevé cuatro cuadros pequeños. Lef, un abogado coleccionista, adquirió uno antes de colgarlos. Lef debe de tener ya diez o doce cuadros míos. Parece que me ha cogido cariño. El segundo día fui para pasar cuentas con mi galerista ya que el día de la inauguración no fue posible por razones obvias.  Y el tercer día me pagó, no la totalidad, por supuesto, no sea que me malacostumbre. Como en las novelas: presentación, nudo y desenlace.

Al cuarto día nos volvimos en el tren hasta Pau, cogimos el coche, atravesamos los pirineos y otra vez en casa. Donde me esperaba la desagradable noticia de que me han quitado otros dos puntos del carnet de conducir por pasar por el puente de las fuentes (de tres carriles de ida, y otros tantos de vuelta) a setenta por hora en lugar de a cincuenta. La cosa es como una trampa para inadvertidos. Aunque entres a cincuenta por el puente como el primer tramo es en cuesta hay que acelerar ligeramente; a la mitad del puente comienza la segunda parte que es descendente por lo que el coche se acelera solo, si no se toca el freno (cosa absolutamente innecesaria en una vía desierta de tres carriles) se llega a la altura del radar situado a unos trescientos metros de la cumbre del puente, más o menos a setenta. Esto activa el radar te sacan una foto, por canelo, y a ponerlas, y a perder puntos. Sin haber puesto en peligro la vida de nadie, claro está, al contrario de lo que machaconamente nos dicen desde los medios de comunicación: que esto es por nuestro bien y tararí, tarará.

Juan, un amigo semiótico que esta trabajando en Francia con la población reclusa, me contó que el veinte por ciento de los presos lo estaban por cuestiones relacionadas con el automóvil. Y es que si te vas quedando sin puntos por cuestiones tan tontas como la que he descrito, en nada te quedas sin carné, y como lo habitual en nuestros tiempos es que el coche sea una herramienta más de trabajo, si se quiere seguir alimentando a la familia se ha de asumir el riesgo de seguir conduciendo, sin carné y sin seguro. Por lo que al mínimo percance que se tenga ya se comete un delito penal, y al truyo.

Lo que me sorprende es la falta de disidencia por algo tan serio. Cuando pienso que el motín de Esquilache fue por una ley que acortaba el tamaño de las capas en España y que eso hizo peligrar al mismísimo Godoy, creo que en este país hemos cambiado bastante.

Si hay alguna asociación que pretenda parar este abuso y acoso contra los ciudadanos conductores  yo soy el primero que se apunta. Queda dicho.

Cuando conté, algo parecido en otro blog de hace unos días, hubo un par de ciudadanos que me recomendaban ajo y agua, y que me jodiese por incivil, y que en el fondo se alegraban, por esa cosa tan española de alegrarse del mal ajeno. Les diré que ya hay bastantes apólogos en el gobierno y en los medios de comunicación sobre esta cuestión, y sobre la postura de que es “por nuestro bien”, como a los niños. Por lo que les rogaría que esgrimiesen posturas más originales, y veraces, haciéndose cargo de la gravedad del problema social que esto va a generar en muy poco tiempo.

Las cuatro últimas pinceladas.

Las cuatro últimas pinceladas.

El diecisiete de junio de 1920 un enfebrecido pintor se afanaba en el retrato de una bella dama, señora del escritor Pérez de Ayala. El pintor tiene cincuenta y siete años, está muy concentrado, pinta febrilmente la cambiante luz del jardín de su taller, tiene prisa, mucha prisa el tiempo apremia. El encargo de Nueva York está casi terminado, luego podrá descansar y ser feliz con su Clotilde y sus hijos. Pobre Clotilde, toda una vida aguantando sus cambios de carácter, sus infidelidades, su dedicación maniaca a la pintura, su aterradora huida de la orfandad y la pobreza. Tenía que ser el mejor, el más rápido, el más voraz, no, no había tiempo para otra cosa.

El retrato se está torciendo, no sabe si es un problema de dibujo o de color, en cualquier caso aún es pronto para saberlo, hasta que la totalidad del cuadro esté manchado no se sabe muy bien por dónde se va. ¡Si por lo menos se callara el pelmazo del marido que está a su espalda dándole conversación!. Al marido ya lo retrato por encargo del americano y fue un pedante que se negó a posarle con el impermeable y el paraguas, accedió a lo del impermeable, pero sentado, con el smoking debajo y sujetando un cigarro entre sus débiles y huesudas manos. No le venia nada bien aceptar el encargo del retrato de su mujer, pero no podía negarse, ya había pintado a las mujeres de otros escritores y éste podía tomárselo como algo personal. ¡No calla el jodido, así no hay manera!

El pintor se levanto para ir al estudio contiguo con la excusa de coger unos colores. Subiendo los cuatro peldaños, algo le fulminó, cayó al suelo, y acudieron en su socorro el escritor y su mujer. El pintor tenía paralizado medio cuerpo, la cara desencajada en una mueca. Rebelde con su fatalidad el pintor se obstinó en seguir pintando, la mano izquierda no podía sostener la paleta, la derecha, con el pincel mal cogido, apenas le obedecía. Dio cuatro pinceladas temblorosas, lentas, largas, vacilantes, desesperadas.

Cuatro alaridos mudos. Fueron las cuatro últimas pinceladas del pintor.

-No puedo, murmuro, con lágrimas en los ojos.

Quedo recogido en sí mismo, absorto en la vida, la suya, que pasaba como un relámpago por su mente y dijo:

-Que haya un imbécil más o menos... ¿qué importa al mundo?

El pintor se llamaba Joaquín Sorolla y el cuadro que pintaba es el que reproduzco arriba.

Libro

Libro

 

Leer y escribir son dos acciones distintas y complementarias.

Escribir es lo que he venido haciendo en este blog durante un par de años, pero nunca me he leído. Escribo lo cuelgo, y en paz. Así lo hago y así lo he venido haciendo.

Les prometo que nunca tuve intención literaria alguna, sólo deseaba contar lo primero que se me pasase por la cabeza y me divertía, y me divierte, que ustedes comentasen lo que les pareciese.

Leer es lo que hago cada vez que me meto en la cama para conciliar el sueño, que cada vez tarda más en llegar; o lo que hago cuando la vida no es suficiente o cuando quiero que el tiempo se detenga.

Me gustan mucho los libros y me compro más de los que leo, por si me parto una pierna y tengo que estar en cama; o por si vienen, como han venido ya muchas veces, tiempos difíciles y tengo que atrincherarme en casa.

Hoy ha ocurrido una cosa extraña para mí: he pasado la tarde leyendo un libro del que se supone soy autor, mejor dicho coautor, ya que la correctora de estilo de tipolínea (la imprenta que lo ha impreso) es la que lo ha hecho legible y correcto, y me ha gustado.

Ya disculparan que sea tan inmodesto, pero es la verdad.

Ahora sólo espero que les guste a ustedes y que se agote la edición cuanto antes.

Acoso

Ya empiezo a estar hasta los huevos del estado tardosocialdemócrata que decide lo que me conviene y lo que me deja de convenir. Para después legislar y atizarme si hago lo que el estado ha decidido que no me conviene. ¡De la piel pa dentro mando yo!, a ver si se enteran y  si no, habrá que organizarse, que esto se esta pasando de la raya.

 

Si yo no me pongo el cinturón de conducir y me parto la crisma en un choque, es asunto mío y no del estado.

 

Si yo voy a ochenta por hora en una vía desierta de tres carriles no pongo en peligro a nadie. Si el listo representante del estado ha puesto una ilógica señal de prohibición que limita la velocidad a cincuenta y un radar pegadito para pillarme, meterme una multa y quitarme seis puntos del carné, esto es acoso. Acoso a los pobres que no se han comprado el chisme que detecta y avisa de los rádares. Acoso al trabajador al que dejaran sin carné de conducir, y que cómo estará obligado a mantener a su familia deberá de continuar conduciendo sin carné y sin seguro, para así cometer un delito mayor para que se le termine de caer el pelo.

 

Si; orillado en un semáforo me llaman por teléfono de la radio para entrar en un programa en directo y mientras contesto a las preguntas me toca en el cristal un representante de la benemérita que me pide el carné, y el seguro y la ficha técnica y me vuelve a meter otra multa y me quita tres puntos más (tal y como me pasó antesdeayer), para después aconsejarme que me instale un manos libres, esto además de ser acoso ya me toca los cojones.

 

En menos de veinticuatro horas el estado me ha sacado seiscientos euros, más la mañana que tengo que ir a hacer cola para pagarlos;  nueve de los doce puntos del carné, que a este paso perderé antes de que acabe la semana, y me condenarán a estar un año sin carné ( o lo que es lo mismo: sin poder exponer y llevar los cuadros a dónde sea, sin poder moverme de mi casa de Villamayor y sin libertad de movimientos. Sólo yo sé el perjuicio que me puede causar eso.). Luego tendré que volver a sacármelo, y pagar lo que me pidan.

 

Todo esto por haber cometido dos delitos terribles contra la sociedad: no haberme comprado ni un “manos libres”, ni un detector de rádares.

 Llamo desde aquí a la disidencia ciudadana, o a hacer cualesquiera cosa que les pare los pies a estos legisladores que parecen ser accionistas de las empresas que fabrican los artilugios para defenderse de ellos

Resaca

Resaca

Puedo abstenerme; lo que no puedo es ser comedido. Eso de administrarme nunca ha sido lo mío. Ayer presente el libro y luego dimos una fiesta mi amigo José Luis “Bolé” y yo para celebrarlo. José Luis es un tipo sensacional que no para de ganar premios: a la mejor tapa, a la nariz de oro, o a cualesquiera cosa que se pueda premiar en una taberna. Además, contrariamente a sus colegas que dicen saber de vino, no es nada pesao y no se lo cree nada. Por si no lo habían deducido les diré que José Luis es, naturalmente, de Huesca. Su señora, que se llama Lucía, también vino, y eso que eran dos, ya que está embarazada y cumple esta semana.

Yo celebraba lo del libro, y José Luis y Lucía, y la niña por venir, celebraban que yo celebrara lo del libro. Y lo celebraron también un centenar de mis mejores amigotes, y nos cogimos una trompa al unísono para celebrar que yo celebrase, y José Luis celebraba que yo celebrara, y que Félix Romeo celebraba que el libro fuera chulo comiendo a bocados cantidades de escarola que no le cabían en la boca, y la alfombra roja se mojó porque llovió.

Y cinco de la mañana, vuelta a casa.

 Pero antes todo había ido razonablemente bien. Presentación muy cariñosa por parte de Román Alcalá y Eloy Fernández Clemente. Lugo Félix se desparramo en halagos y yo dije un par de tonterías para salir del paso e ir a celebrarlo que es de lo que se trataba.

De los ególatras y el poder.

Hay un tipo de egoísmo exacerbado que sin embargo es aplaudido y venerado por nuestra sociedad. Es el egoísmo de los artistas que han conquistado su puesto y el reconocimiento social.

Sus caprichos indefendibles e inexplicables, incluso para ellos mismos, se imponen y son aplaudidos por los gestores políticos y técnicos. Estos pondrán a disposición del capricho del artista todo su poder y conocimientos para erigir y hacer posible aquello que el artista soñó.

En Zaragoza a un año de la expo los ejemplos son numerosos: el puente que gira, las intervenciones en las riberas, etc...Los comités de selección escogieron simplemente nombres capaces de sacar a nuestra ciudad de la consideración de paleta y provinciana para colocarla entre las ciudades modernas y cool del mundo desarrollado. ¿Hay nombres capaces de hacer eso?, parece ser que sí a juzgar por el modo en el que las cosas se han ido desarrollando.

¿Pero dónde se obtiene la “titulación” para ser capaz de cambiar el ideario que de una ciudad en concreto se tiene?. La respuesta es esta: en el mundo del arte.

El mundo del arte esta conformado por numerosos actores dependientes los unos de los otros. Estos, a grandes rasgos son: el coleccionista, el director de museo, el crítico, el propietario de las editoriales que publican las revistas y los libros de arte, el curador (o comisario), el galerista y por último, la materia prima,: el artista.

En una feroz lucha, de todos los actores contra todos, que tiene por campo de batalla la totalidad del mundo desarrollado, y especialmente las capitales de este mundo (además de las sub-luchas nacionales, y provinciales), emerge periódicamente el artista elegido, o mejor dicho superviviente. Cuando ya no está a tiro para abatirlo, cuando ya se escapa a la capacidad de cada uno de los actores para destruirle, se produce el consenso generalizado y todos acuden prestos en socorro del vencedor. Es entonces cuando el nombre de este artista, además de acabar, o intentarlo, con los anteriores elegidos, sirve para prestigiar expos y lo que haga falta.

Viene a ser como lo de los espermatozoides, que sólo uno de entre miles llega a convertirse en persona.

Manual de estilo

Manual de estilo

Lo único que no me gusta de este libro es el no haberlo escrito yo. Es una genialidad. Narra al modo de los manuales de urbanidad españoles de los años cincuenta el modo con el que uno debe manejarse en el mundo del arte. Es tan veraz, y está escrito tan en serio que no para uno de desternillarse de risa.

Pablo Helguera es el autor, es artista visual y no tiene empacho en reconocer en la solapa del libro que: ...si ha llegado tan lejos, es gracias a que voluntariamente se sometió como conejillo de indias a los preceptos que él mismo perfeccionó para este manual. De 1998 al 2005 fue jefe de programación educativa del museo Guggenheim de Nueva York.

De “morro” no anda mal el muchacho.

Lo dicho: genial.

Del medio y el contenido.

Si cada uno de nosotros somos varios: uno el que piensa, otro el que habla, otro el que actúa, otro el que ven los demás, otro el que creemos ser..., también somos varios cuando escribimos por el mero hecho de con qué medio lo hagamos.

 

Me explico: una misma frase cambiará sustancialmente de significado si está escrita: a mano con letra redondilla, o a mano con letra de médico, o con spray en una pared, o con brocha y churretes. Si está impresa, el tipo de letra y el papel tendrán también capacidad de significar independientemente de lo escrito. Es algo que deben saber los grafistas, aunque veo muchos ejemplos por ahí que me indican lo contrario.

 

Lo mismo pasa en el ordenador, cuando leemos un blog por el mero hecho de como este dispuesta la página ya tenemos una idea de lo que vamos a leer. Un blog es el diario intimo de un exhibicionista, generalmente atravesando una situación sentimental transitoria (que a nada que se descuide se convierte en crónica), o el modo moderno de dirigirse al mundo, en el caso de Pepiño Blanco o Victoria Prego. Otra de las características de los blogs es que son permanentemente modificables o borrables a capricho del que los escribe, por lo que la “gravedad” de lo dicho es relativa.

 Por esto he sentido una extraña zozobra mientras corregía las pruebas del libro que sobre este blog se va a editar. Impreso y maquetado, acojona. Parece que lo impreso en papel y encuadernado ha de decir más verdad; y que lo que allí pone, allí quedará para siempre. Y eso de sentar cátedra nunca ha sido lo mío. Pero ya está liada..., que le vamos a hacer.

Camisa de once varas

 

Yo no soy un escritor, soy un pintor que como no se aclara tiene la necesidad de intentar explicarse a sí mismo el mundo por escrito.

 

Escribo, mejor dicho; me escribo a mí, como terapia, como herramienta de trabajo.

 

La cosa de escribirme surgió de la necesidad de recordar en el taller aquello que sentía en los museos delante de los mejores cuadros. El gozo de sentir la pintura lo experimento, casi siempre, viendo los cuadros de otros. En los museos, a menudo, lo veo todo claro, sé qué es lo que debo hacer, pero cuando llego al taller todo se me olvida. Es tan intenso el pánico que siento al principio de la jornada ante intentar hacer lo que no sé ni como, ni qué...; que casi me paraliza.

 

Para exorcizar a este parálisis matutino lo que suelo hacer es leer lo que tengo escrito en cualquiera de los numerosos cuadernos en los que he venido anotando lo que sentía y debía de hacer, cuando lo veía todo claro; es decir cuando viendo la pintura de otros se me despierta el deseo de pintar..

 

Así puedo recordar lo que quise hacer mientras veía la sala de Rubens del museo de Bruselas, o el retrato de Inocencio X en Roma, o a Goya en el Prado, o a cualesquiera pintor que me nutra y me devuelva la fe en el oficio. Lo que nunca supuse es que el contenido de estas libretas pudiese interesarle a alguien.

 

Un día de hace dos años Felix, mi amigo Felix Romeo, sabedor de este vicio mío de explicarme por escrito, me abrió este blog, y desde entonces parte del contenido de las libretas y otras muchas cosas que se me han ido pasando por la cabeza, han sido colgadas en la red. He recibido centenares de comentarios a los escritos, muchos de ellos  los he contestado estableciendo debates con desconocidos que han sido muy ilustrativos para mí. Pero no ha dejado de ser un juego banal, como los perros ladran en la noche, a todos y a nadie en particular.

 

Pero hoy resulta que acabo de corregir las pruebas de un libro que recoge una gran parte de estos dos años de blog. Un libro escrito en principio por mí, pero sin intención de hacerlo, y que sin embargo se debe estar imprimiendo ahora y se presentará a final de mes. Un libro que tendrá corporeidad, que pesará y que podrá leerse en una hamaca. No como esto que no son más que fotones rebotando en una pantalla.

 He de confesarles que me siento muy inquieto ante esto del libro, pero me  parece que ya no hay remedio.

Picasso y sus amigos

Picasso y sus amigos

Desde donde estoy escribiendo puedo ver los volúmenes que sobre Picasso hay en mi librería, puedo contar más de una treintena. Seguramente no son ni el 0´1 por ciento de los que sobre él se han editado. Podría decirse que es el ser humano mas estudiado e interpretado de la historia de la humanidad.(en 1975 en la Biblioteca Nacional de París ya había unas cincuenta mil fichas sobre Picasso y en los años sesenta Gaya Nuño, en su bibliografía antológica, ya recoge mil quinientos títulos sobre la obra del pintor). Gran parte de los estudios que se han hecho sobre él se han hecho mientras él estaba vivo y paradójicamente su mutismo ha sido legendario.

 

Extrañamente, en cuanto al material audiovisual, sólo se conserva un pedazo de una entrevista filmada en los años cuarenta y la película de Clouzot ( que no en vano se titula: El misterio Picasso) en la que dice exactamente: que le falta tinta y que no está cansado. Para un personaje de su importancia, que muere en el setenta y tres, no deja de ser extraño que no haya más material filmado. Sólo hay una explicación: y es que a él no le daba la gana ni conceder entrevistas, ni que le filmaran. Sabía que no le favorecía, como gran tímido que era, la cámara le asustaba.

 

Lo que sí que hay es bastantes fotografías de Capa, de Douglas Duncan y sobre todo de Roberto Otero, testigo de la cotidianidad de los Picasso en el último periodo de su vida. Estos fotógrafos pasaban a formar parte durante un periodo de tiempo de la familia picasiana y no le molestaba que deambularan por la casa tomando fotografías.

 

 Testimonios escritos hay a patadas (empezando por el de los propios fotógrafos, antes citados). Prácticamente cada uno de los que visitaron a Picasso a lo largo de su vida lo contó y lo escribió. En los testimonios escritos habría tres categorías: El del visitante ocasional; el del amigo y el de la amante.

 

De los de las amantes me faltaba un libro fundamental y apasionante que me regaló hace unos días Félix Romeo (sabedor de este vicio cotilla que tengo por Picasso). Lo había visto citado en multitud de biografías,( en especial en la mejor, que desgraciadamente sólo llega hasta 1917, aunque sé que se sigue trabajando en ella, la de Richardson).

 

Este libro era el escrito por su primera compañera Fernande Olivier y se titula: “Picasso y sus amigos”. El prólogo es ni más ni menos que de  Paul Leautaud que se descubre ante la eficaz y simple prosa de Fernande, que cuenta las cosas tal y como las recuerda, con una indiscreta ingenuidad que retrata exactamente la génesis de  la recua de artistas y escritores que inventaron lo que iba a ser bello, caro y correcto durante todo el siglo veinte.

 

Esta escrito con cortos artículos en los que se va de un asunto a otro, tal y como lo hacen los abuelos cuando cuentan batallitas, pero en los que no deja de describir las nimias cosas que jamás se les escapan a las mujeres que aman, y por las que son imposibles de engañar. Recrea exactamente el escenario donde todo se produjo. Recrea el estado de ánimo y las miserias, de los padres de la patria artística. Los recrea tan bien que Picasso le pagó una fortuna para que no siguiera contando, para que estuviese calladita. Impidió y secuestró la segunda parte de este libro tan inconveniente para la construcción del genio sobrenatural que ya estaba en el ideario de todo el mundo. Y es que los grandes hombres no deben manchar los calzoncillos con palominos, ni temblar y llorar de miedo cuando la policía les va a buscar a casa..Ni negar a su mejor amigo, Apollinaire, en la comisaria.

 

.Es radicalmente opuesto a los otros libros que de él han escrito sus amantes (tengo: el de Francoise Gillot, y el de Genevieve Laporte). Estas se quejan de que el genio no fue el personaje del que ellas se enamoraron, pero no descienden en ningún momento de la mistificación hagiográfica. El de Fernade, aún a pesar de no hablar mal de él en ningún momento, es mucho más dañino. Lo que hace es describir, sin apenas emitir juicios, lo que pasó. Es como cuando nuestra madre le cuenta a nuestros amigos como nos cagamos encima el primer día de colegio. Fernade es la única mujer de Picasso que estableció una relación de igual a igual con él, cuando ambos eran igual de pobres, igual de jóvenes.

 

Por eso sabía demasiado.