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Las cuatro últimas pinceladas.

Las cuatro últimas pinceladas.

El diecisiete de junio de 1920 un enfebrecido pintor se afanaba en el retrato de una bella dama, señora del escritor Pérez de Ayala. El pintor tiene cincuenta y siete años, está muy concentrado, pinta febrilmente la cambiante luz del jardín de su taller, tiene prisa, mucha prisa el tiempo apremia. El encargo de Nueva York está casi terminado, luego podrá descansar y ser feliz con su Clotilde y sus hijos. Pobre Clotilde, toda una vida aguantando sus cambios de carácter, sus infidelidades, su dedicación maniaca a la pintura, su aterradora huida de la orfandad y la pobreza. Tenía que ser el mejor, el más rápido, el más voraz, no, no había tiempo para otra cosa.

El retrato se está torciendo, no sabe si es un problema de dibujo o de color, en cualquier caso aún es pronto para saberlo, hasta que la totalidad del cuadro esté manchado no se sabe muy bien por dónde se va. ¡Si por lo menos se callara el pelmazo del marido que está a su espalda dándole conversación!. Al marido ya lo retrato por encargo del americano y fue un pedante que se negó a posarle con el impermeable y el paraguas, accedió a lo del impermeable, pero sentado, con el smoking debajo y sujetando un cigarro entre sus débiles y huesudas manos. No le venia nada bien aceptar el encargo del retrato de su mujer, pero no podía negarse, ya había pintado a las mujeres de otros escritores y éste podía tomárselo como algo personal. ¡No calla el jodido, así no hay manera!

El pintor se levanto para ir al estudio contiguo con la excusa de coger unos colores. Subiendo los cuatro peldaños, algo le fulminó, cayó al suelo, y acudieron en su socorro el escritor y su mujer. El pintor tenía paralizado medio cuerpo, la cara desencajada en una mueca. Rebelde con su fatalidad el pintor se obstinó en seguir pintando, la mano izquierda no podía sostener la paleta, la derecha, con el pincel mal cogido, apenas le obedecía. Dio cuatro pinceladas temblorosas, lentas, largas, vacilantes, desesperadas.

Cuatro alaridos mudos. Fueron las cuatro últimas pinceladas del pintor.

-No puedo, murmuro, con lágrimas en los ojos.

Quedo recogido en sí mismo, absorto en la vida, la suya, que pasaba como un relámpago por su mente y dijo:

-Que haya un imbécil más o menos... ¿qué importa al mundo?

El pintor se llamaba Joaquín Sorolla y el cuadro que pintaba es el que reproduzco arriba.

5 comentarios

Pepe Cerdá -

Mi querido io:
¿Que tal vas?.
La descripción de los últimos momentos de lucidez de Sorolla es de Pérez de Ayala que es el que estaba allí. Creí que era tan evidente que no hacía falta explicarlo. Todo lo demás lo he supuesto yo, como es también evidente, o al menos así me lo parece a mí. La literatura y la literalidad son dos cosas distintas.
Saludos.
Pepe.

Anónimo -

Bueno, de hecho ya sé que el marido de esta señora, Ramón Pérez de Ayala, nos dejó testimonio escrito de este hecho, pero, coño, que no parezca que lo has escrito tú.

Anónimo -

A pesar de la pésima calidad de la reproducción, más bien parece que se trata de un dibujo al pastel, que no es un "cuadro que se pinta". ¿Es apócrifo el origen de la anécdota biográfica o puedes especificar tus fuentes?.
Sorolla está sobrevalorado, en relación con coetáneos más auténticos y sin embargo ignorados fuera del cliché como, por ejemplo, Pradilla.
Y del topicazo sobre la sufrida mujer del artista que más se puede decir, bla, bla, bla,...

(io)

m ; ) -

El cuadro ya presagiaba la embolia

Fernando -

Un hermoso cuadro inacabado por un triste final...