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pepe-cerda

Del saber y del sentir.

Una vez leí  no sé donde, seguramente en algún Selecciones del Reader´s Digest mientras convalecia de alguna gozosa gripe adolescente, esta rimbombante frase:

-“La sabiduría es un fuego que alumbra pero que no calienta, la pasión es un fuego que calienta pero que no alumbra”.

Y desde entonces, por la razón que sea, lleva dándome vueltas por la cabeza. Supongo que por el vicio adolescente de vivir la vida como una Epopeya supuse que sería de interés recordarla para su uso cuando fuese adulto, pero ahora que lo soy me parece una memez. Se supone que hay que elegir entre el frío análisis o la loca exaltación, que no cabe más alternativa. Yo como soy de provincias he venido eligiendo, casi siempre, el análisis que a nada que uno se descuida le lleva directamente a la parálisis, pero aún así es mucho más distinguido, no cabe comparación. La cara de severa gravedad  que saben poner los sabios ante las situaciones complejas es mucho más elegante que  el rubor de la congestionada cara del colérico ante las mismas. Pero dicho esto, la actitud del sabio ante los problemas no deja de ser esencialmente una pose para que no se le note el miedo o la confusión y así ganar tiempo y permitir que la decisión, la acción, la acometa el colérico.

Si la acción es acertada ya sabrá el sabio apuntársela como un logro propio y si es un fiasco ya se encargará de responsabilizar al impulsivo, que es un cabeza loca y actúa sin pensar. Sabiendo exclusivamente esto conozco a decenas de seudo- sabios que llevan décadas ocupando puestos en la administración y en la empresa, y a los que nadie les dice ni pío, no sea que interrumpan su docto análisis.

Del Arte y de su uso.

Me hace mucha gracia cuándo alguno de los próceres de la cultura apela al primigenio y sagrado origen del Arte para avalar su arbitraria gestión al frente del museo o administración cultural que le emplee.

La cosa no puede ser más tramposa y sin embargo suele dejar sin argumentos a quién quiera poner en cuestión su actuación. ¿Quién va estar en contra de quién vela para que el misterio de la obra de arte vuelva a producirse una vez más? ; ¿Quién va a ser tan sacrílego?. Nadie en su sano juicio, y menos alguien con aspiraciones políticas o artísticas, que son los únicos que pueden ponerle el cascabel al gato del estirado gestor cultural.

Enfrentarse a este neosacerdote en su críptico y resbaladizo terreno suele traer malas consecuencias. Y además, si hace medianamente bien su trabajo, no hay porqué. Ya que les llena a los políticos decenas de páginas de periódicos sobre lo bien que va la oferta cultural durante su mandato, y a un coste relativamente pequeño. Normalmente los periodistas se abstienen de calificar el asunto y se limitan a reseñar los éxitos, medidos por el número de visitantes de sus propuestas. Los fracasos los obian por su nulo interés informativo. El crítico del periódico, que sería al que le correspondería juzgar, como suele ser juez y parte, ya que suele hacer doblete, y trabajar a la vez para el museo como comisario y organizador de eventos,  y como crítico para el medio de comunicación en el que se autoreseña si le echa cara o le pide el favor a otro crítico amigo, si quiere hacer bien las cosas, se abstiene de complicarse la vida. Ya que además, si se porta bien y tiene suerte, mañana el director del museo puede ser él.

El ser los garantes del atávico misterio artístico los hace prácticamente intocables para pontificar sobre lo que estimen oportuno, que suele estar subordinado a sus intereses.

 

Dicho esto, vaya pues mi primera afirmación:

Lo que se llama arte hoy consiste en un conjunto de actuaciones y objetos que no tiene ninguna similitud con lo que se llamaba arte hace un siglo y medio. Esta afirmación puede ir repitiéndose hacia atrás variando ligeramente el periodo de tiempo. Por ejemplo: lo que se llamaba arte en el dieciocho no tenía nada que ver con lo que se llamaba dos siglos y medio antes, y así sucesivamente. Es más. Lo que se llama arte cambia con cada colectividad, con cada religión, con cada cultura, con cada clima... Por eso no sé a qué se refieren los gestores culturales cuando dicen defender los intereses del Arte, que parece ser uno e indivisible, que sólo ellos saben cual es y que los demás debemos  acatar si no queremos ser relegados a la categoría de incultos e insensibles paletos. Pero cuando, para que lo comprendan los poco formados políticos demócratas, comparan sus actuaciones pagadas con el dinero de todos con lo que hicieron con su dinero los Médicis en el Renacimiento la cosa es ya “pa mear y no echar gota”.

Vaya mi segunda afirmación:

Lo que generalmente se entiende por arte y cultura en las tardodemocracias es dependiente de la ingerencia en el asunto del estado a través de los Ministerios de Cultura, y de sus derivados regionales y locales. Estas sacras instituciones son, tal y como hoy las conocemos, en esencia un invento de André Malraux que fue: novelista, arqueólogo, teórico del arte, activista político y funcionario público francés. Todo a la vez y sin despeinarse, por lo que pueden hacerse una idea de la confusión que albergaba su cabeza. Don José Pla, que lo conoció dice de él: “El crítico de arte más pedante, más vacío y enredador-más malo- que haya existido jamás es André Malraux” *. El arrogante de Malraux (discúlpeseme esta redundancia, la de referirme a un intelectual francés como arrogante) fue primero ministro del interior con De Gaulle y luego se inventó el de cultura en el que estuvo al frente del 1958 al 1969. Hay que entender, como dice Chomsky,  que si en Estados Unidos no hay Ministerio del Interior porque lo suple con creces el de Exteriores, en la Francia vencedora sin apenas mártires de la segunda Guerra Mundial, la representada por De Gaulle, era importantísimo el poder redentor y simbólico de la moda y la cultura francesa, especialmente para los verdaderos vencedores los Estados Unidos. El problema es que cincuenta años más tarde de todo esto, cuando ya no es eficaz, estrictamente por mimesis todos los gobiernos siguen repitiendo aquel modelo que genera una casta especial, la de los trabajadores de la cultura con sueldo y puesto fijo, que son, salvo metedura de pata o mano grave, prácticamente intocables, como las vacas en Bombay.

 

 

  *”Diccionario Pla de Literatura”. Valentí Puig. Editorial Destino, 2001. Página 360.  

Ideologías

Se supone que la ideología es un conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona.

Pero para esto habría debido antes que posicionarse en el mundo después, claro está, de haberlo observado con detenimiento y de haber leído no pocos volúmenes sobre el asunto. Uno nada es, si no lo es en relación a lo demás. Pero tras una somera observación a los que en nombre de su ideología se dan golpes en el pecho y la paliza a quién les escucha, a los que pegan carteles y vigilan mesas electorales, uno descubre que ni tienen ideas fundadas ni fundamentales, ni mucho menos han leído al respecto nada, ni siquiera a los fundadores del partido al que dicen pertenecer. Lo que hacen es repetir como loros las cuatro consignas que a bien tengan transmitirles los medios de comunicación afines.

Y eso que ahora, en tiempos de más o menos paz (salvo el terrorismo independentista), eso no es demasiado grave. Pero cuando uno piensa en las decenas de millones de personas asesinadas en el pasado siglo por este asunto, la cosa se vuelve trágica. Tras una mirada somera a los concienciados, constataremos que la inmensa mayoría de estas gentes (las que puntúan en democracia) las que dicen tener ideologías, en realidad lo que tienen es sencillamente: antipatías.

Y por estas simples antipatías murieron las decenas de millones de personas en el pasado siglo. Y mueren, y van a seguir muriendo en este que empezamos a manos de los ciudadanos concienciados del país y de la ideología o religión  que les toque. Antipatías y alguna opinión, suele ser el bagaje con el que se mueve en el mundo el hombre concienciado, y así no vamos a ningún sitio.

Además si se hurga en sus opiniones se descubre que están subordinadas a sus intereses, que son desde el Arcipreste de Hita (en el mejor de los casos): 

....o primero el mantenimiento. Y o secondo; el yuntamiento con hembra placentera.

(o la sublimada negación patológica de esto, en el peor. Ya saben: ayuno y abstinencia)

Y para esto tanta tontada... ¡Ay señor, señor... !

*Antonio Ansón, mi buen amigo y mejor escritor, me envía un mail dónde me recuerda de dónde he sacado lo de las antipatías. En mi caso de Rafael García Serrano, pero ya lo había olvidado. Pero él que es muy culto me lleva directamente a la fuente. Pego su mail tal cual:

"No tienen ideas, sólo antipatías", la frase es de Leo Longanesi, un
escritor filofascista y cínico, citado por Rafael García Serrano.

Abrazos.

Antonio.

Amigos

Amigos; cuanto os echo últimamente de menos.

Esta noche me faltáis, aunque sé que andáis por ahí, tan cerca que casi puedo rozaros con la yema de los dedos si extiendo los brazos.

Pero, me falta aquél dandy de provincias y abogado que gustaba de coches clásicos deportivos y que preguntó a un atónito cliente tras una noche sin dormir en las puertas del juzgado:

-¿Acusamos o defendemos?.

El mismo que defendió ante el juez a unos estafadores para los que pedía la libre absolución pues a su juicio: “...no eran otra cosa que burgueses impacientes”

Me falta el gordo faltón y tiernísimo amigo, de inteligencia y erudición sin par, que un  congreso de culturas periféricas afirmó que: “...la cultura o: es una, grande y libre, o no es”. Y que anda por Madrid y está contento.

Me faltan el afufandado y camisablanco semiótico que se busca al tiempo que se pierde y que anda por París buceando en la insoportable melancolía del ser, sin los mínimos y necesarios chantajes para subsistir. ¡Olé!, Y que se enzarza en incomprensibles e interminables discusiones con el catalán que olvido su castellano y que no hay manera de centrar.

Me falta el eterno buscador de señoritas que no sabe ya en cuantos países ha trabajado y que siempre está o recién llegao o a punto de marcharse.

Aquí no hay nada que ver...

Aquí no hay nada que ver...

Era el año 1995. Entonces vivía en una casa de Kremlin Bicêtre, cerca de la Plaza de Italia de París con Jorge Gay. A Jorge le gustaba mucho el fútbol, tanto es así que escuchaba los domingos por la tarde en una radio crarraspeante y apenas audible el programa: Carrusel Deportivo, en donde iban cantando los resultados tal y como se iban produciendo. Sintonizar la emisora le llevaba no poco tiempo y cualquier vibración hacía que se perdiese la señal o que entrase cualquier emisora francesa para monumental rabieta de Jorge.

El nueve de Mayo de 1995 Jorge estaba especialmente contento. Al día siguiente el Real Zaragoza jugaba contra el Arsenal la final de la recopa en el Parque de los Príncipes de París. La ciudad estaba tomada por los hinchas de ambos equipos. Las semanas anteriores habíamos estando haciendo recados y sacando entradas para los múltiples amigos que aquél día andaban por París. Habíamos quedado con unos debajo de la pirámide del Louvre, en el hall que distribuye a los visitantes a los diferentes pabellones. Allí estábamos casi en el centro para hacernos visibles a nuestros amigos. Como en el resto de París las pandillas de hinchas pertrechados con sus bufandas y banderas con los colores de sus equipos pululaban por el amplísimo hall.

En estas; vimos salir apresuradamente a una nutrida hinchada del Zaragoza de las salas de pintura del Louvre siguiendo cuan ovejas al cabecilla mientras con su voz cantante les decía:

 

 

-Vámonos a otro sitio; que aquí no hay nada que ver...

Dibujo y pintura.

 

Yo comencé a pintar y a dibujar en un entorno, en un tiempo y en un país en el que a la materia pictórica se le llamaba: zurrapa, al dripping: churrete y a la mancha aleatoria: chino. Y por supuesto que ninguna de las tres cosas se valía. Una porción de materia pictórica o de dripping en cualquiera de los rótulos o fondos de decorados que comencé a hacer en el oficio era causa de una buena reprimenda por parte de mi padre o de que, lo que era peor, el cliente rechazara el trabajo. Una mancha aleatoria en cualquiera de los dibujos (o marcas)publicitarios que realizábamos con tinta china y guache blanco, a plumilla, tiralíneas o primitivos rotring, era absolutamente inaceptable, tan inaceptable y vergonzante como un calzoncillo caído en el vestuario del gimnasio con el palomino visible.

Luego me enteré viendo exposiciones y leyendo que no sólo se valía sino que la buena pintura, de los buenos dibujantes y pintores de entonces, los que se llamaban artistas (informalistas o expresionistas abstractos primero, y transvarguandistas o neoexpresionistas después) lo eran, precisamente, a causa de las zurrapas, los churretes y los chinos. Además no se lavaban las manos para coger el papel caballo (que así se llamaba el bueno y caro entonces) y estaba sobao y lleno de huellas y hecho una pena. Estos eran los que hacían autentico arte, los demás éramos artesanos ilustradores o rotulistas. Y sí cuando intentábamos hacer algún trabajo de nuestra creación nos lavábamos las manos y no nos salíamos del dibujo con churretes, ni dejábamos zurrapas no nos seleccionaban en ningún concurso, o bienal por provincianos que fuesen.

Entonces fue cuando a los míos, a los del oficio, se les empezó a escurrir la pintura y todo eso. Pero como antes ponían periódicos en el suelo para no manchar y se ensuciaban las manos adrede para dejar huellas se les notaba mucho que no eran de la pandilla de los artistas de verdad.

Era como cuando los pobres van de boda con el traje y la camisa requeteplanchaos, que aún parecen más pobres; o mejor, cuando por aquél entonces los chicos de barrio querían ser punkis o pijos y las rurales madres de ambos les cogían el doble de los pantalones, rotos y desgarraos en un caso; y Levis (que les planchaban siempre con raya) en el otro, por si crecían. Y claro, aún parecían más de barrio. Pero como eran los únicos que pagaban en las discotecas de moda después de hacer cola mientras entraban sin problemas y sin pagar los de los pantalones sin planchar terminaron por creerse que eran de la misma tribu urbana.

Lo mismo les ocurrió a los de los churretes medidos de mi época. Como les empezaron a admitir y seleccionar en los concursos para hacer bulto se lo terminaron creyendo y emprendieron su carrera de artistas, y como es natural, no se comieron ni una rosca.

Hasta aquí se les perdona por su juventud. Lo que ya no aguanto es a aquellos mismos, hoy cincuentones enseñándome aquel trabajo al tiempo que me dicen con falsa modestia:

-Mira, mira, lo que hacía yo a finales de los setenta...

 

Olvidada certeza.

Olvidada certeza.

Hoy he tenido íntima conciencia de una, de tan obvia, olvidada certeza; y es esta: hace casi cuarenta y seis años que estoy en el mundo.

Hoy, alrededor de las seis de la mañana, en un hotel de Urdós, en la Francia vecina, me ha despertado un sueño, el sueño de mi vida a cámara rápida. He abierto los ojos y me he sobrecogido con la imagen de la ladera arbolada a la luz de la luna que enmarcaba la ventana de enfrente de la cama. Sin ninguna razón para ello, me ha parecido una imagen terrible, aterradora, la imagen del implacable paso del tiempo. Lo he sentido en la carne y me he desvelado.

He pensado que hace ya más de dos años, casi tres que escribo en este estúpido blog, que hace ya diez que moría Lady Di en el puente del alma y yo dejaba París; que hace diecinueve que salí de la Casa de Velázquez de Madrid, que hace veinticinco que pintaba aparatos de feria en el polígono industrial Cobo Calleja, entre Pinto y Valdemoro, cerca de Madrid, que hace veintisiete que entraba aterrado en el cuartel de aviación para hacer la mili, que hace treinta y uno que me recomendaron no seguir en el colegio de los Escolapios de General Franco, que hace treinta y nueve que volvía con mi familia de Torremolinos y que hace unos cuarenta y tres de mis primeros recuerdos, que son paseos con mi abuela por los jardines del hospicio, hoy Diputación General de Aragón.

He pensado que dentro de muy poco me harán una inoportuna e impertinente fiesta sorpresa para festejar mis cincuenta y han pasado fugaces por mi mente todas las fiestas sorpresa para cincuentones a las que he asistido, que ya van siendo unas cuantas, y he sentido un pellizco en el alma.

Murga y comentario en una cena.

Murga.

 

Poner cara de avinagrao y de haber pasado calamidades para ser autentico no hace que la obra de un artista sea mejor. Es más, este tipo de estreñido moral suele hacer una obra deplorable, pero como sufre mucho y como lo hace por nosotros (la humanidad entera) se le debe un respeto y no hay que decírselo, que es muy sensible y puede ocurrir una desgracia.

El problema viene cuando este tipo de persona errada no se corta un pelo en juzgar e injuriar a los demás de su imaginario oficio, a los que lo ejercen de verdad, a los que son lo que él sueña y nunca será; que considera inferiores desde la fortaleza que le da su debilidad y les reprocha su falta de autenticidad.

Entonces es cuando hay que contar hasta cien, pensar que no lo hace con mala intención, que ha sido un momento de ofuscación y no darse por enterao.

El artista errado suele confundir el silencio con la prueba de que ha dado en el blanco con sus diatribas, y se auto afirma, y se envalentona, y vuelve a dar la murga. Cree que los verdaderos culpables de su fracaso son todos sus contemporáneos que además han hecho trampas al no ir por el lado más salvaje de la vida como él.

Vuelta a contar hasta cien, a no darse por enterao, a ver si se le pasa.

 

Cena.

 

El otro día cené con unos destacados personajes de mi ciudad, uno de ellos me dijo que tenía un amigo que coleccionaba cuadros y  le había dicho que:

 

          -Los cuadros hay que comprarlos siempre en galerías porqué si no, no se revalorizan.

 

Y yo le pregunté.

 

-         ¿Y quien le ha dicho esa bobada?

 

Y él me contestó:

 

-         Un galerista

 

Iba a explicarle que: Picasso o Dalí no tuvieron jamás una galería y que no les fue mal. Que en nuestros días Jeff Koons o Kieffer tampoco la tienen en el sentido estricto del asunto. Que una cosa es tener representantes para que te dejen en paz y otra cosa es que los representantes tengan la clave de lo que vaya a pasar a la historia del arte y de lo que no.

Pero no lo hice.

Lo que me pareció inaudito es que personas significadas en sus distintos ámbitos profesionales, como las que compartían conmigo aquella cena, crean bobadas malintencionadas como esta y más cuando el que se las cuenta es el propio comerciante que obviamente lo único que pretende es que se compre en su tienda y no en otro sitio. Inaudito.

De la experiencia y la erudición.

De la experiencia y la erudición.

Le oigo esta frase a Rafael Azcona en el transcurso de una entrevista televisada con David Trueba:

-Me interesa mucho el cine que viene de la vida y  no me interesa nada el que viene del cine anterior, cosa que veo cada vez más frecuentemente.

¡Exacto!, esa es la cuestión; eso es lo que pasa con la inmensa mayoría de las producciones artistico-culturales de los últimos tiempos. El arte, cuando se nutre sólo del arte, viene a ser como el Barón de Munchausen que pretendía volar tirándose hacia arriba a sí mimo de sus orejas o como Don Quijote que todo lo que creía que le había ocurrido “sólo” lo había leído.

El cine habla del cine, la pintura de pintura, la literatura de literatura y “las prácticas artísticas contemporáneas” (por parafrasear a la inefable Catherine Millet) hablan de sí mismas sin que prácticamente nadie les haga puto caso, pero esto, lejos de preocupar a los hacedores, es precisamente la prueba irrefutable de su calidad y por lo que han de ser subvencionadas por los poderes públicos, como los osos pandas.

El problema fundamental de los nuevos cineastas, o escritores, o artistas es que confunden experiencia con erudición, que viene a ser como confundir el orgasmo simultáneo con el amor correspondido. No será lo mismo la mirada sobre la guerra de John Ford o Berlanga después de participar en la Guerra Civil Mejicana o la Campaña de Rusia respectivamente, que la de Tarantino o Amenabar que todo lo que saben de la guerra es porque han visto todas las películas de ese género y se saben de memoria el nombre de todos los directores y actores que las hicieron.

Los que hablan de cosas porque les “han pasao” no lo hacen ni de lejos como los que lo hacen porque lo “han leído”. Y yo, como mi admirado Azcona, prefiero a los primeros.

No consigo prestarle atención.

Soy incapaz de prestarle atención.

Su voz me suena como la de los escolares cantando la tabla de multiplicar,

como la máquina de coser a pedal de mi madre, como el átono canto del cura en la misa, como los partidos de fútbol oídos por la radio con la angustia de los deberes sin hacer el domingo por la tarde.

No puedo prestarle atención, y mira que lo intento. Le oigo, pero no consigo saber de qué me habla. Sólo le veo gesticular, mover los labios, como en las películas de cine mudo. Disimulo, pongo cara de interés, hago como que le escucho...

Pero no; no consigo prestarle atención.

Hoy como cada día lo volveré a ver, y como cada día me contará no sé qué y yo le atenderé sin enterarme, como cada día...

Neotratantes

Neotratantes

Ayer arreglé lo del cuadro sin negociar, (¿porqué le llamarán "negociar" a "regatear"?).
Cuando mi interlocutor vio que mi postura era real e intrínsecamente firme, que no pensaba ceder ni un ápice y que le mandaba el camión a recoger el cuadro, replegó velas y pagó.
Pero todo esto es muy desagradable, no hay nada más desagradable para mí que el regateo y sobre todo después de que las cosas estén claras, cuando ya no se vale. Es el: "si cuela, cuela"  del "jeta" de la pandilla, pero disfrazado con traje de Hugo Boss y "peluco" fardón.
Lo inaudito es que en nuestra cultura este tipo de personaje está socialmente bien visto, y muy valorado por las estructuras empresariales. Es lo que llamaba Airrortua (se acuerdan, aquél ingeniero vasco que se fue de la Opel a la Wolsvagen y la lió) reducción de costes. La cosa, el Master of Buissnes Administration, la gramática parda de la gestión consiste en cobrar pronto y muy caro lo que el ejecutivillo vende a sus clientes y no pagar nada que no sea requerido por la fuerza, o judicialmente por sus proveedores.
Eso es todo. Lo único que hace falta es que el mono sin pelo que esté dentro del traje de Hugo Boss, tenga el "cuajo" suficiente para ser déspota con el débil y servil con el poderoso ;y el "cuajo" de desdecirse las veces que haga falta de la palabra dada con solemnidad.
No cumplir la palabra dada en los tratos en tiempos de mi abuelo, descalificaba automáticamente al tratante. Desgraciadamente hoy ocurre lo contrario: es precisamente la cualidad de incumplir los tratos lo que hace valiosos para sus empresas a estos zangolotinos y anoréxicos neotratantes de hoy que se llaman a sí mismos hombres de negocios.

Negociación

Llamo a un ciudadano que tiene un cuadro mío en su empresa hace tiempo y, por una serie de circunstancias que les ahorro, no lo ha pagado, ni parece preocuparle.

Me dice por el teléfono:

-Pásate mañana por mi oficina y discutimos el precio.

Yo, me quedo atónito y mosqueao, y pienso, “cómo que discutimos el precio”, si el precio ya se lo di y no puso la más mínima objeción, ni cabe ponerla a estas alturas.

Me ha recordado un sucedido real ocurrido allá por los ochenta cuando le dejé la casa que ocupaba en la calle Prudencio a un amigo mientras yo vivía en Madrid. El piso era un tercero izquierda, qué sumándole el entresuelo y el principal se ponía en un quinto sin ascensor. Un día al amigo que le había dejado la casa le propusieron la venta de una cocina alemana de acero inoxidable y de última generación.

-Está apenas usada. Mis padres tienen que vender el piso y es una pena dejarla ahí.

Mi amigo le responde:

-Pues nada tráela mañana.

Al día siguiente el esforzado vendedor resoplaba con la cocina sobre su espalda mientras subía los interminables escalones de los cinco pisos sin ascensor. El corazón le palpitaba como si quisiese salírsele del pecho, el sudor empapaba su camisa y le escocía en los ojos. Con cadencia paquidérmica subía uno a uno, y trabajosamente, los ciento cinco pinos escalones que le llevaban hasta el comprador. Por fin en el rellano llama al timbre la puerta se abre, y mi amigo le dice al sudoroso vendedor.

-Instálala, no sea que no funcione.

El esforzado vendedor la lleva por el largo pasillo hasta la habitación dónde debía instalarse. Retira la vieja. Mi amigo le dice.

-¡Uy!,¡ Madre mía!. Que cantidad de inmundicias se acumulan debajo de las cocinas. ¡Claro cómo no se mueven nunca!. Anda pásale la fregona que para días se ve en otra.

El esforzado vendedor pasa la fregona antes de colocar la nueva cocina. La instala. Todo funciona correctamente.

Mi amigo le pregunta:

-¿Cuánto quieres por la cocina?

El esforzado:

-Dame veinte mil pesetas.

Mi amigo:

-Treinta mil te doy si te la llevas.

Y allí se quedó la cocina, y allí debe de seguir estando.

 

De la fatalidad y de la culpa.

De la fatalidad y de la culpa.

El otro día una médico experta en adicciones, y en especial en tabaquismo, me dijo:

 

-Tú ya has superado la dependencia física, ahora sólo te queda la psicológica.

 

Y yo pensé: ¿Cómo que sólo me queda la psicológica?, ¿no está lo psicológico indefectible y fatalmente unido a lo físico?. Creo que:  lo que me vino a decir es que de lo físico yo no tenía culpa, que era una reacción automática;  pero, que sin embargo, de lo psicológico la tenía toda, que eso era una cosa de mí conmigo, que ella no se metía. Que eso que llamamos alma es el Yo superlativo, y que domesticarla era una cuestión esencialmente moral y personal. Vamos: que Dios me libre de los males del cuerpo que de los del alma ya me deberé ir librando yo.

Pero esa tan antigua creencia: la de diferenciar alma y cuerpo, no tiene ya ninguna base científica. Basta leer cualquier libro de divulgación reciente de neurofisiología (Por ejemplo: “Una teoría general del amor”, de Lewis, Amini y Lannon. R.B.A. editores) para saber que eso que llamamos alma, es poco más que un estado de ánimo perfectamente modificable por lesiones en determinadas zonas del cerebro, o por la ingesta de determinadas sustancias, drogas o fármacos(que son la misma cosa) o huevos fritos con chorizo, o cualesquiera cosa que nos metamos entre pecho y espalda. Que no es sólo una cuestión de fuerza de voluntad.

Pero no me hizo ni caso y aquí ando yo luchando contra los constantes deseos de fumar con mi maltrecha y cambiante fuerza de voluntad. No sé cuanto resistiremos (mi voluntad, mi cuerpo, mi psiquis y yo) esta lucha tan desigual.

Vuelta.

Vuelta de Grazalema.

He pasado a visitar por Tribaldos a Javier Baldeón, que casi tiene terminada su casa. Lleva tres años reinando entre escombros y aprendiendo y ejecutando todos los oficios necesarios para la construcción de una casa. Ahora es un experto: albañil, yesaire, fontanero, carpintero, electricista, estructurista, y lo que haga falta. También envejece vino en su bodega en unas barricas de roble, y sabe de eso todo lo que hay que saber, además de llevar adelante su tesis de la idea de “forma” en la historia. Le eché un vistazo a su biblioteca y me mareé leyendo los títulos de los textos que maneja para la redacción de su tesis. No sé de dónde saca tanta vitalidad, tantas ganas de seguir sabiendo. Es un grandísimo tipo. Ojalá hubiera miles cómo él.

En Grazalema he tenido ocasión de conocer un poco más a Quico Rivas. Allí tiene lo que quedó de su magnífica biblioteca quemada en su casa de la sierra de Madrid. He podido echarle un rápido vistazo a un sin fin de carpetas, o dosieres , dónde tiene organizado todo lo que le ha ido interesando a lo largo de su ajetreada vida. Ahora anda preparando una exposición sobre la pintura madrileña de los ochenta.

Grazalema

Estoy en Grazalema, el sitio donde guardan toda la luz del mundo. Esta tarde inauguro en la Neilson Gallery( http://neilsongallery.com ) una exposición, que ha quedado (aunque esté muy mal que yo lo diga) muy bien. Quico Rivas ha sido el “celestino” de esta muestra, les habló bien de mí a Maru y Jack (los dueños de la galería) y me propusieron exponer, y yo acepte, y esta tarde es el vernisage.

Resulta que Quico Rivas, viene a Grazalema desde niño, que sus padres se conocieron aquí y que él (que existía ya en la primera mirada de deseo de sus padres) es, en el sentido más amplio del término, de Grazalema.

Expongo, como hace ya un tiempo, cuadros de paisajes de mi entorno más cercano: los pinos de detrás de mi estudio, la carretera de Villamayor, cielos monegrinos, etc…Paradójicamente: cuanto más local y mas rancio es mi discurso pictórico más parece gustar por ahí. Desde que decidí dejar de intentar hacer eso que se llama tan tontamente carrera, desde que atiendo exclusivamente a lo que me apetece pintar, desde que no quiero ser otro, las cosas me van mejor.

10.51

10.51

Misión cumplida.

Cuadros terminados y enmarcados. Camioneta cargada.

Y yo destrozao que ya no soy un chaval.

Me voy pa Cádiz.

1.08.A.M.

1.08.A.M.

1.08. A.M.

 

Vuelvo a casa.

En la cena hemos estado hablando de Juan Manuel Albendea, flamante actual director de la Casa de Pilatos en Sevilla y del Hospital de Tavera en Toledo. Además de padre de un par de churumbeles. Hace tiempo que no le veo, desde su boda, que debe de hacer un lustro. Broto ha sabido de él porqué acaba de exponer en Sevilla y han hablado por teléfono.

Juan Manuel fue mi primer compañero de habitación en París. En el colegio de España, primero y después en la Casa de Argentina. Luego se fue a Oxford y después volvimos a vivir juntos en la Casa de Kremlin Bicetre. He pasado muchísimas horas con él, y le tengo aprecio, aunque nunca nos llamemos. Los dos sabemos que no hace falta.

Voy a subir al estudio a seguir trabajando, sé que tiene mucho peligro hacerlo y que corro el riesgo de cargarme algún cuadro ya que nos son horas y he bebido un poco, pero voy a subir.

Sólo en el riesgo está la esperanza”; Tácito.

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3.43. A.M.

 

He trabajado en todos los cuadros que en principio estaban terminados y ahora parece que son de varios pintores distintos. El modo de resolver el tono varía de unos a otros. Unos están pintados “a la primera” y otros con veladuras. Estos últimos están mejor, pero llevan muchísimo más trabajo. El sistema es pintar y repintar con tonos semitransparentes pero con cuerpo.

Mañana veré el desaguisado.

Estoy muy cansado, como grogui, me voy a la cama.

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8.30 A.M.

 

Me levanto. Ahora empiezo a ser pintor. A ser pintura. El problema es que este ritmo no puede mantenerse mucho tiempo, si uno quiere mantenerse sano claro está. Alguno de los cuadros está muy bien y de los que no lo están veo la solución con toda claridad.

Tengo sueño.

Tengo sueño.

1.30. A. M. 

 

Tengo sueño y mucho trabajo urgente.

Si duermo no hago el trabajo y si no duermo, es casi seguro, que haré una chapuza o que lo que haga no sirva de nada.

Yo pensaba que con los años estas cosas, lo de no dormir y hacerlo todo a última hora, iban a cambiar.

Pero no hay manera de que escarmiente.

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9.30. A.M.

 

Desayuno en el bar. Ayer el sueño me venció alrededor de las cuatro de la mañana, luego he dormido cinco horas, que no está mal.

Mientras leo el periódico una mano me agarra por el hombro. Noto inmediatamente, instintivamente, que no es de un amigo. Me vuelvo y una cara sonriente, que tardo en reconocer, me cuenta no sé que milonga aburrida e intrascendente. Me habla muy cerca de la cara, dándome ligeros apretones en el hombro.

 

Recuerdo una frase de mi abuelo:

 

“-Fulano, tiene un toque de espalda que jode a María Santísima”.

 

Yo me esfuerzo en ser relativamente amable con el que me está importunando. Cosas de ser de Huesca y más mirao que un luto. Pienso que la mayoría de los problemas que he tenido han sido consecuencia de mi falsa amabilidad, que se confunde con cercanía y sintonía, con el que en realidad detesto. Cuándo compraba en el Mercado Central y veía que me estaban metiendo fruta podrida en la bolsa me volvía para no violentar al verdulero estafador.

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21.55. P.M.

 

El estudio está lleno de cuadros y yo agotado.

Salgo zumbando a una cena con Broto y Sra.

El Sábado inauguro en Cádiz.

 

Desayuno en el bar.

Desayuno en el bar.

Esta mañana en el bar de la plaza de Villamayor, leo en el periódico: 

Ségolène Royal y François Hollande anuncian su separación 

-"Le pedí a François que dejara el domicilio y le deseé ser feliz", Declara Segolène. 

Pienso un instante en que, quizás, si hubiese ganado las elecciones no se hubiera separado, y eso que Francia es un país laico, pero las apariencias son las apariencias...En cualquier caso no es asunto mío.

 En estas se me acerca un parroquiano que me pregunta: 

-¿En los concursos de pintura que se da de premio?

 

-Normalmente dinero.

 

-¿Dinero?.

 

-Sí, ¿te extraña?.

 -Yo pensaba que daban alguna caja de pinturas para que no se perdiese la afición.

Está lloviendo.

Está lloviendo.

Me duele un poco la cabeza  

No he salido a la calle, ni mirado por la ventana, pero sé que está lloviendo.

Lo sé porque los coches al pasar hacen un ruido que recuerda vagamente al de las olas rompiendo contra la playa.