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De las basuras y de los tesoros.

Los contenedores y las basuras en general me han dado grandes alegrías. He encontrado a lo largo de mi vida muchísimos tesoros mobiliarios abandonados en las aceras. He amueblado varias casas con lo encontrado, con lo que los demás ya no querían, y no han sido ni más ni menos confortables que las otras. En París era estupendo, ya que había un día fijo, los lunes, para sacar los muebles y objetos a la basura y con darse una vuelta con un coche varios lunes el asunto de consguir lo imprescindible para un cierto confort quedaba resuelto. Alguno de los muebles encontrados aún me acompaña. Sin ir más lejos la mesa en la que escribo la encontré en un contenedor de la Rue D´ulm, al lado del Panteón de la Sorbona .

Luego me fui haciendo mayor, abrieron los Ikeas y dejé ese saludable deporte.

Recuerdo una noche, en Madrid, acompañado de Gregorio Millas, tan aficionado como yo al asunto de las basuras, en la que hallamos un tesoro. En la acera, al lado de un portal, vimos un sofá de piel negra perfectamente tapizado, dos sillones orejeros en muy buen estado, dos maletas, que al abrirlas vimos que contenían ropa de caballero, chaquetas de ante en muy buen uso, un sombrero que Gregorio se apresuró en encasquetar, un bastón con empuñadura de marfil que cogí inmediatamente, para hacerlo mío, así como una “chupa” de cuero un poco antigua pero muy chula. En esas estábamos, yo con la chupa y el bastón, Gregorio con el sombrero y a pata coja, y en calcetines, intentando probarse unas botas de piel cuando me percaté que una pareja de unos sesenta años nos miraban atónitos desde el portal. Yo les dije.

 

      -Buenas noches.

 

Ellos.

 

-¿Pero que están haciendo? ¿Se llevan las maletas?

 

Gregorio les contesta.

 

       -¡Pues claro!.  Para eso las hemos visto antes. No te jode...

   

 La señora sollozante.

 

- Pues déjeme las enaguas que son del ajuar..

 

El señor, al ver por nuestra actitud que no éramos muy peligrosos.

 

        -Ahora mismo llamo a la policía. ¡Sinvergüenzas!

 

Resultó que la pareja estaban esperando a una camioneta que les iba a llevar al pueblo. A ellos y a los sofás, y a las maletas. Y como hacía un poco de frío se habían resguardado en el portal desde el que vieron como dos energúmenos les abrían las maletas y se probaban su ropa.

Lo arreglamos como pudimos, les volvimos a meter la ropa en las maletas y nos fuimos lo más rápido posible.

Aún no he olvidado la mirada de la pobre señora. Tendré que contárselo a mi psicoanalista.

 

     

Historia de una figura.

Historia de una figura.

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El otro día, hojeando una guía del museo de Zaragoza me sorprendió ver la foto de la única figura egipcia que posee en su colección  Me sorprendió, aunque parezca paradójico, porque en realidad para mí no era una imagen desconocida, al contrario la conocía muy bien. Esa figura que estaba viendo en la guía, como algo distante, valioso e intocable, la había tenido en mis manos cientos de veces en mis frecuentes visitas al cochambroso taller de escultura en piedra (tan cochambroso como el de cualquiera de nosotros en aquella época) que Alberto Pagnusat tenía entonces en la calle broqueleros. Tenía la costumbre de manosearla  mientras charlaba y fumaba canutos con Alberto. Me gustaba tenerla entre las manos como esas pelotas blandas que venden ahora para calmar los nervios. Ahora desde el tiempo transcurrido, al verla reproducida en el libro, ese acto banal y automático me parece casi un sacrilegio. Como un acto irresponsable fruto de la inconsciencia juvenil, como cuando mi padre me contaba como echaban en su niñez las balas y las granadas que encontraban sin estallar en las trincheras de la guerra civil a la hoguera para que estallasen con gran regocijo de la chiquillería. Por otra parte, también experimente un cierto orgullo. Como cuando se ve a alguien cercano en la prensa. De alguna forma la tenía como algo también mío, como algo familiar. Al fin y al cabo yo había estado muy cerca de ella desde el primer momento de su recuperación de entre los escombros. Bueno, de su "segunda" recuperación, ya que en la guía del museo dice que se encontró en la margen izquierda en 1934, y no hace ninguna referencia, ni a su pérdida, ni esta "segunda" recuperación que voy a narrarles. Seguramente estaré metiendo la pata, y revelando algo sobre lo que hay un pacto de silencio para esconder alguna negligencia en su custodia, pero la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero.

Les cuento como fue la cosa:

 

La encontró un amigo, que ahora no me acuerdo como se llamaba, pero que era socio del lutier Pedro Sabirón (que en paz descanse) y ambos tenían un taller para construir instrumentos musicales. Aunque sería mejor decir: instrumento musical., ya que, en todo el tiempo que frecuenté su taller siempre ví el mismo clavecín en construcción sin apenas variación, y eso que además lo habían comprado como un kit  y sólo había que montarlo, como las maquetas de los aviones. Pero daba igual, ninguno de nostros era aún lo que tanto impostaba ser. Sólo nos lo creíamos para así pasar el tiempo sin ocuparnos en asuntos importantes para nuestro porvenir. ¡Cosas de la divina juventud!. Pero esta es otra historia. 

Decía, que mis amigos lutieres,  tenían el taller en la calle Predicadores a escasos cincuenta metros de dónde estaba el contenedor. Yo habitaba entonces un piso en la misma Plaza Santo Domingo, en el número 20-22, que estaba a la misma distancia del contenedor, en el que intentaba garabatear algún cuadro con escaso éxito. Y que por lo tanto eramos vecinos y equidistantes del contenedor.

 

El día del hallazgo era un día de invierno del ochenta y pocos. Yo salí, como cada noche, a tomar alguna copa en el bar “El alba” que estaba en la calle Predicadores. El piso no tenía calefacción y se estaba mejor en el bar.  En la esquina de la plaza me encontré a este amigo aprendiz de lutier rebuscando en un contenedor de las obras de remodelación del antiguo ayuntamiento. El rebuscar en los contenedores en busca de “tesoros” era una actividad común entre todos nosotros en aquella época. En su caso lo que buscaba era madera antigua que pudiese reciclar para los instrumentos, perdón el instrumento, que pretendían construir y en el mío cualquier cachivache susceptible de ser utilizado como mueble de mi desolado piso. Al pasar a su altura le saludé desde la acera de enfrente, él encaramado en lo alto de los escombros que colmaban el contenedor me respondió al saludo y me dijo que no hacía falta que me acercase, que no había nada que mereciese la pena. De un salto bajó, se dirigió hacia mí, se puso a mi lado y nos dirigimos juntos hacía el bar, como cada noche. Mientras caminábamos sacó de una bolsa y me mostró lo que yo pensé que era un pedazo de adoquín.

 

-            Échale un vistazo a esto.

 

Nos detuvimos debajo de una farola. Al observar el fragmento más detenidamente me di cuenta de que no era una adoquín. La piedra tenía formas reconocibles y pulidas. Reconocí a un pequeño faraón entre las manos de otra figura mayor de la que faltaba la mitad de arriba. Poniendo cara de entendido y tras una somera observación le dije.

 

-            Me parece que no tiene ningún valor. Creo que es una reproducción para turistas. Una especie de pisapapeles "recuerdo de el Cairo".

 

-            Sí claro, ¡qué va a hacer una escultura egipcia en un contenedor de Zaragoza!.

  

-            Pues eso.

 

      -      Esas cosas sólo le pasan a Indiana Jones.

Nos dirigimos juntos al bar. Allí, en la mesa del fondo, estaba como cada noche Alberto predicando a un grupo heterogéneo y heterodoxo. Pedimos algo y nos sentamos en la mesa.Unas horas después, al cierre, tras no pocas cervezas y unos cuantos canutos, salimos del bar. Fuimos a tomar la última copa al taller de Alberto, que estaba a la vuelta de la esquina. Mientras caminábamos le dije a mi amigo.

  -         Enséñale la piedra a Alberto.

 

Alberto la cogió, y la miro un momento, pero no eran horas de ver nada. Mi amigo le dijo.

 

-          Si te gusta, quédatela.

 

Entramos en el taller y subimos arriba, a la planta que hacía las veces de vivienda de Alberto. Era una especie de desván con una estufa de leña que soltaba brea por la junta de los tubos y que atufaba toda la estancia. Alberto preparó el último canuto. Dándole las primeras y profundas caladas al porro observó con detenimiento la escultura. La miró de frente y de perfil y le agradeció a mi amigo el regalo sin demasiado entusiasmo. Como ya era muy tarde y hacía frío nos fuimos pronto a casa.

 

Pasó el tiempo y nos seguimos viendo con frecuencia. Alberto comenzó a considerar la posibilidad de que la figura fuese auténtica ya que no era, según él, piedra artificial. Se la empezó a enseñar a entendidos locales pero casi todos le decían que estaba loco. Que ese tipo de pisapapeles los hacían a mano los niños egipcios para los turistas. Que allí era más barato hacer las cosas a mano que con moldes. Pero esto lejos de desanimarle le hizo empecinarse aún más. Y consiguió contactar con gentes de museos importantes que empezaron a darle la razón. En este proceso que duró unos cuantos años la escultura estuvo siempre en el mismo sitio dónde la dejamos el primer día, en el centro de una mesita baja delante de los sillones desvencijados en los que solíamos sentarnos. Al final, por inaudito que parezca, consiguió demostrar su autenticidad.

 

Cómo es natural, el ayuntamiento y el museo de la ciudad contactaron con él para adquirirla. Entonces Alberto ya no vivía en Broqueleros. Había convencido a un grupo de personas, la mayoría chicas y bastante jóvenes, para alquilar una villa en las afueras de la ciudad dónde vivir en comunidad y dedicarse a la escultura. También había conseguido algún encargo público que ejecutaron entre todos. Entonces ya no le visitaba con tanta frecuencia, ya que vivía en Madrid, pero aún así le veía tres o cuatro veces al año.En estas visitas me tenía al tanto de sus originales investigaciones semánticas.

 

Según él Alejandro no era Magno. No; Alejandro Magno era en realidad Maño. La eñe española se traduce en otros idiomas como “gn” como es sabido. Por lo tanto todo lo maño es también magno. Siguiendo esta tesis continuaba explicándome lo de los tres reyes maños, por los tres reyes magos.  Lo del mañá como el alimento que recibían los primitivos judíos seguidores de Moisés, en lugar de el mana.

También encontró el verdadero emplazamiento de la tierra prometida. Ya qué:

-          ¿Quiénes eran Hebreos? ;¿De dónde habían salido? ¿No podían ser los primitivos habitantes del valle del... Ebro? :

 

-          ¡Ebro! ;¡Eúfrates!. ¡Huesca, Osca... Osaka!.

 

Recitaba abriendo mucho los ojos y enfatizando sus palabras. Ni que decir tiene que la ingesta de psicotrópicos cuando afirmaba esto era notable. Siguió con sus investigaciones semánticas hasta llegar a la conclusión (no me pregunten cómo) de que Aragón fue la tierra dónde se desarrolló la cultura egipcia. Recuerdo vagamente alguna de sus equivalencias semánticas al respecto.

 

-        ¡Faraón!

 

Cómo la efe es hache.

 

-        ¡Faraón, Haraón... Aragón!

 

Continuaba con sus deducciones significativas:

 

-         ¡Aragón; Argón....Aragonauta!

   

Estaba claro, aquí vinieron los argonautas a por el vellocino de oro. Las crecidas del Ebro permitieron cómo las del Nilo y las del Tigris y el Eúfrates el florecimiento de una primigenia civilización que dio origen a todas las demás. En el fondo lo que quería probar es que la escultura no había sido traída desde Egipto sino que era un resto de aquella civilización primigenia que habitó nuestra tierra. Tenía muchos más argumentos semánticos para probar esto. Por ejemplo:

 

-           Ra, es el dios sol egipcio. ¿No?. ¡A, Ra, Argón!. ¡Te das cuenta!. ¡La tierra del Sol! Aquí tiene que estar el primigenio templo del sol. El primero de todos.

 

Siguió dándole vueltas al asunto. En este periodo le encargaron una escultura para una plaza de la ciudad que consistió, como no podía ser de otra manera, en un obelisco de decenas de metros. Obelisco en el que colaboró abundantemente mi amigo el inefable Ignacio Mayayo del que ya les he contado algunas vivencias. Por aquél entonces, Mayayo me contó que el asunto de adquirirle la figura egipcia para el museo se estaba madurando seriamente. Por lo que fue convocado a una reunión para hablar del asunto. En ella se encontraban responsables del museo, responsables municipales y de las cajas de ahorros locales que financiarían la operación. Según Mayayo, Alberto se presentó y les dijo que algo tan valioso como aquella figura no podía ser vendido. Que aquello no era, ni podía ser, de nadie.

 

-                Se trata de algo muchísimo más valioso que todo lo que puedan ofrecer. Se trata del origen. Por lo tanto nada material quiero a cambio. Quiero que se sepa que aquí hubo una civilización primigenia y a eso sí que me pueden ustedes ayudar.

 

-                Usted nos dirá.

 

-                Quiero que se excave debajo del Templo del Pilar, más concretamente, debajo de la capilla de la virgen. Estoy seguro que se encontrará un templo egipcio en honor al sol y que el pilar que se venera, el que se besa, es en realidad la punta de un obelisco.

 

Imaginen la cara de estupor de los asistentes. Como pueden suponer no se aceptaron sus condiciones y no se derruyó el Templo del Pilar para excavar debajo.

 

Más o menos por entonces yo me fui a París y estuve unos nueve años y perdí prácticamente el contacto con Alberto. Después, a mi vuelta, le he visitado en alguna ocasión. Pero no le he preguntado por la figura egipcia, ya no me acordaba de ella. ¡Me alegro tando de verle y lo paso tan bien charlanado con él!. Es el hombre que más pensamientos originales por minuto puede verter en una conversación de todos los que conozco, y, creanme, no son pocos. Algunas de sus reflexiones pueden ser delirantes, otras imaginativas, algunas ingeniosísimas,otras cómicas, muchas muy graciosas y pocas, como es natural, geniales. Yo le tengo un sincero y viejo aprecio. La próxima vez que le vea ya le preguntaré como llegó la escultura al museo y les contaré.

 

Lo que parece claro, como ya he dicho, es que no aceptarón sus pretensiones. Ya que la escultura está en el museo y el templo del Pilar sigue en pie.

Aunque nunca se sabe lo que pasará, ya que como dijo el poeta:

"Hoy es aún siempre, todavía." 

      

De lo de antes y de lo de ahora.

Hasta hace tres o cuatro lustros los críticos de arte (desde Baudelaire para acá) eran mayoritariamente historiadores, también había algún poeta como Octavio Paz o Guillaume Apollinaire, por citar a los más conocidos, que tuvieron gran influencia en la disciplina con sus obras “La apariencia desnuda” y “Les peintres cubistes”. Los poetas tuvieron una enorme autoridad en el modo de reflexionar sobre el hecho artístico, como es natural. Pero la mayoría de los críticos eran historiadores del arte.En lo fundamental ambos grupos, el de los poetas y el de los historiadores, coincidían en el modo de mirar el asunto artístico como un hecho independiente y misterioso en sí mismo. Su trabajo residía fundamentalmente en estar atentos y en reseñar lo que de nuevo aconteciese en el panorama artes plásticas y traducir ese hecho espontáneo y misterioso al román paladino para la comprensión de sus contemporáneos. Algunos se empeñaban en dar una explicación historicista de la cosa, otros intentaban mudar la emoción estética sentida ante la obra de arte a palabras, los más buscaban referencias cercanas para comparar la obra del artista de moda con otra de otro creador que hubiese llegado antes que el criticado a soluciones plásticas parecidas, para así denunciar un cierto plagio, etc. El asunto era bastante ingenuo en general y muy poco malintencionado. Su influencia entre sus contemporáneos siempre fue bastante discreta, dependiendo esta, más del medio de comunicación en el que escribían que de su sagacidad o buen juicio. Los mejores, con el tiempo, veían convertidas sus críticas en libros y tenían éxito como literatos ensayistas, como Robert Huges con su “A toda crítica” que venía a ser como su contemporáneo y genial, crítico taurino Joaquín Vidal, pero en lugar de soltar diatribas sobre morlacos las soltaba sobre Schnabel o Basquiat, para gran regocijo de los lectores de ambos. Un regla general de todos los críticos de antes era la no injerencia en el proceso artístico. Un poco como los antropólogos procuraban no contaminar lo que iban a juzgar, y lo hacían sólo cuando la obra ya existía y se exponía.

Pero de pronto, allá por los ochenta, todo cambió. Los críticos de Arte dejaron, en un plis plas, de ser historiadores y de explicarse y explicar lo que fue o estaba siendo ( por lo menos en los medios de comunicación cool ) y se inauguró la época de los licenciados en estética que, al contrario que sus predecesores y por formación, lo que les legitimaba era su injerencia, o su intento, en el proceso creativo. Era obligatorio para ellos la formulación de lo que debía ser bello y sublime en su época y explicar porqué. El asunto como casi todos de este tipo en el siglo pasao venía de Francia con el desarrollo de la semiótica y el interés de sus nuevos filósofos y sociólogos en el arte contemporáneo. Jarauta, Brea, Jiménez, entre otros, fueron los pioneros en España. Yo me apresuré a comprar sus libros porqué uno por leer se leía entonces cualquier cosa, pero no hubo forma de meterles mano.

Recuerdo el título de uno de Brea que echaba para atrás y que sin embargo compré: “Estudios Visuales. La epistemología de la visualidad en la era de la globalización” , otro: Transformaciones de la crítica de arte en las sociedades actuales. En los que había párrafos como este que reproduzco a modo de ejemplo de estilo: ...No me gustaría dejar de apuntar que hay un tercer signo de mayor importancia si cabe, que sin duda condiciona también los modos de experiencia de lo visual en las sociedades actuales, que es la propia emergencia de un paradigma de diversidad en la organización cultural de la experiencia, sometida a un proceso estallado de globalización geopolítica que es preciso administrar bajo la cautela de un paradigma poscolonial. Digamos que este nuevo paradigma afecta sin duda en profundidad a todos los procesos de construcción de subjetividad y por tanto de circulación de cualesquiera módulos de identificación social, "comunitaria", a través de los imaginarios visuales. En todo caso, y puesto que ello se refiere más directamente a las cuestiones de contenido que son responsabilidad específica de los creadores y productores culturales, dejaré esta cuestión a un lado, no sin reafirmarme antes en la convicción de que, por más que situemos los problemas "estructurales", es decir aquellos que se refieren a los mecanismos sociales de producción y distribución social del conocimiento artístico, estas cuestiones de contenido -que se refieren a la administración social de los imaginarios identitarios- prevalecerán siempre como las verdaderamente principales....   

Párrafos como este me los leía un par de veces para enterarme al final de que, lo que pretendía decir es que en todos los sitios cuecen habas.  

Leí alguno en francés de Philipe Dagen o de Yves Michaud como ”La crise de lárt contemporain” o “La haine de lárt”, y mi complejo de paleto no paraba de crecer. Más tarde, como terapia, comencé a hacer como Oscar Wilde cuando decía que procuraba no leer los libros que criticaba para no tener prejuicios, y me dejé de preocupar por la cuestión. Empecé a pensar que si podía comprender con facilidad a Monaigne, o a Ortega y a muchos otros y no me enteraba  de lo que me contaban mis contemporáneos quizás era porqué fuese un antiguo y no diese más de sí, o quizás porqué mis contemporáneos no se sabían explicar Hubo una excepción, recuerdo un libro que leí entonces y gustó mucho; uno de Jean Clair que se titulaba “La responsabilité de l´artiste” en el que apuntaba lo que se avecinaba precisamente por el proceso de dejación de responsabilidades y de compromisos de los artistas contemporáneos.

 Entonces no me di cuenta pero se estaba iniciando la popularización de la idea desobjetualizadora de la obra de arte. Vamos, la idea de que el arte, el nuevo, no necesitaba de objeto para manifestarse, para existir. Por lo tanto no necesitaba hacedor, o lo que es lo mismo: no necesitaba artista. Para conseguir ese arte sin artista, esa mayonesa sin huevo, comenzaron como los nacionalistas, por el principio: por las escuelas. Lo importante era el concepto: la mayonesa, que estuviese hecha con, o sin, huevo era lo de menos. Sólo era necesario que alguien convenciese a todos de que lo moderno, lo guay, y por el bien de todos (por lo de la salmonela) era ese nuevo producto que ,sin embargo, se seguía llamando como siempre.   Primero, como en el colegio, empezaron con las definiciones de lo que iban a ser artes plásticas a partir de entonces y lo que no. Se dejó de hablar de pintura y escultura, y el que osará pronunciar esas palabras era considerado inmediatamente un cateto desinformado. Se debía hablar de “artes visuales”que englobaba a otras muchas manifestaciones como las instalaciones, el videoarte, la fotografía, etc. Así pintura o escultura tradicionales quedaban como un subgrupo y casi como una cosa residual. Pronto quedó obsoleta esta definición y Catherine Millet propuso la de “prácticas artísticas contemporáneas” que triunfó enseguida y que al englobar más modos de ser del arte marginaba más aún a la pintura y a la escultura por modernas que estas pretendiesen ser. La consigna era: si está hecho con brocha ya no vale. Conservo un catálogo de una exposición que se celebró en el Círculo de Bellas artes de Madrid, allá por el dos mil dos,  que se titulaba “Desesculturas” y que comisariaba el inefable  Miguel Cereceda como queda dicho en la totalidad de las páginas, sí, sí, como lo cuento: ¡en la totalidad!. A la derecha de cada reproducción de cada obra está en pequeñito y en vertical el nombre del artista y debajo de cada una de las obras reza: Exposición comisariada por Miguel Cereceda.  Cuento esto, porque, aún a pesar de su zafiedad (normalmente los comisarios suelen ser mucho más finos) explica un poco el asunto. Los artistas no lo son por sí mismos o por sus obras, lo son por su comisario que les ha seleccionado y que es el que piensa, es él el que ha decidido el “como” y el “qué” los artistas sólo han sido su vehículo, y  del mismo modo que montábamos los belenes de niños, es él el que monta exposiciones, escogiendo, o dictando, las obras a los hacedores

Para que esto funcione hace falta un tipo de artista determinado, uno que se deje hacer y mandar, que sea espabilao para los recaos y que no tenga ni media bofetada por si se rebota, para que no cree muchos problemas. Que sea sumiso y bienmandao, si no, no les vale. Conozco alguno que trabaja en directa colaboración con algún crítico de moda y que queda a menudo con él para que le corrija la obra (él dice debatir sobre la obra). Y hasta publica en los catálogos las reprimendas verbales que recibe y reproduce las conversaciones enteras. Es por esto, también, que cuando hay que hacer una exposición en un sitio publico dónde haya “pasta larga”  si no se quiere quedar como un antiguo, hay que presupuestar, y pagar, a un comisario para que elija por el artista las obras que ha de exponer. ¡Qué se sabrá el artista lo que le conviene, o lo que le explica!. Lo inaudito es que en todas las administraciones de este país ven perfectamente natural pagar al “comisario” lo que considere y al artista, ni una, que bastante tiene con la gloria. En definitiva lo que se ve en el horizonte es la idea de acabar con el modo de ser del arte desde el Renacimiento, desde que aparece la idea de artista como genio y médium, que crea, sin saber muy bien porqué; porque tiene un “don”, porque ha sido “el elegido”; para proponer una especie de vuelta a épocas mas antiguas dónde el arte no era subjetivo sino objetivo, fruto del consenso de toda una colectividad. Como el Románico, o el Gótico.  

Es el triunfo de la sociedad sobre el individuo.

 Es estalinismo cultural.

Pero nadie parece darse cuenta.    

Estreno en el Liceo.

Asistí antes de ayer al preestreno en el Teatro del Liceo de Barcelona de las óperas 'Diario de un desaparecido' y 'El castillo de Barbazul', de  Leos Janacek y Béla Bartok respectivamente. Las puestas en escena son  del grupo de teatro la Fura des Baus, que, aún a pesar de que ahora son sólo dos: Àlex Ollé y Carles Padrissa, intentan, y consiguen, mantener el fuego sagrado primigenio de la compañía que tan famosos les hizo en los primeros ochenta subcontratando  y dirigiendo a otros actores para que continúen haciendo lo que ellos hicieron en su día. Y además les va muy bien y consiguen ganar dinero. Cosa que en otras latitudes y hablando de grupos de teatro resulta inaudita. Es sabido que los catalanes son capaces de hacer rentable cualquier cosa. Recuerden al del “chupa chups”, al del “cacaolat” y al del “cola-cao”. Sólo en Cataluña se puede tener fe en la empresa de ponerle un palo a un caramelo, o vender cacao en polvo, o embotellarlo una vez batido, y conseguir enriquecerse con ello. Si hace cincuenta años alguien en Aragón le va con el cuento a un banco de que quiere un crédito para fabricar caramelos con un palo le dan una patada en el culo que lo ponen en orbita. Y así nos va. Pero esto de que un grupo de teatro y animación, tan específico como este, siga existiendo cuándo ya ninguno de sus componentes está para dar botes, me sigue pareciendo meritorio. Viene a ser como si hubiese una marca “Tip y Coll” que siguiese haciendo gracia, mediante el uso de subalternos, después de la muerte de ambos. Son como el sello  “Walt Disney”, pero de modernos.Cuentan para ello con la complicidad de Jaume Plensa que les viene haciendo las escenografías desde hace algún lustro, y de un equipo perfectamente consolidado desde hace tiempo. Tras el estreno, charlando con unos y otros en el ambigú, me enteré de que gran parte de este equipo está realizando contenidos para la expo de Zaragoza, especialmente el que se ocupa de los audiovisuales, que ahora no me acuerdo como se llama, pero que me dijo que tenía a cincuenta personas trabajando en el asunto. Es curioso, conocí a más gente que trabaja para la Expo 2008 en media hora en el Liceo de Barcelona que en cinco años en Zaragoza.

Comentario de io y declaraciones de Arroyo.

Como hay gente que entra en este blog y no lee los comentarios reproduzco seguidamente el de ayer de mi desconocido y amigo “io”. Que a su vez se hace eco de unas jugosas declaraciones de Eduardo Arroyo sobre el estado de la cuestión. Especial atención merecen las afirmaciones de la directora del F.R.A.C. de Lorraine: Béatrice Rose, cuando dice que los curators ponen las ideas y los artistas las obras. ¡Olé!.

Le cedo la palabra a “io” y a Eduardo Arroyo

  

SEPULTADOS POR LOS SNOBS DE LA MODERNIDAD QUEDARON LOS MAESTROS DEL XIX, QUE AHORA PARECEN QUERER RESUCITAR (EN EXPOSICIÓN SÓLO TEMPORAL, RECUERDA) AQUELLOS MISMOS, EN OPERACIÓN DE TRANSFUGUISMO PLÁSTICO, PARA RELLENAR EL NUEVO CUBO-PRADO DE MONEO. NO HAY PROGRESO Y NO HAY IDEOLOGÍAS POLÍTICAS EN PINTURA, SINO SÓLO PINTURA, BUENA Y MALA, Y CÓMO PINTABAN AQUÉLLOS...¿HAY ALGO SIQUIERA PARECIDO EN EL DESOLADOR PANORAMA ACTUAL? POR CIERTO QUE EL MEJOR DE TODOS ERA PRADILLA, QUE DE MANERA INEXPLICABLE CONTINÚA SIENDO PINTOR DESCONOCIDO FUERA DE SUS GRANDES COMPOSICIONES HISTORICISTAS.
DUDO QUE UNA REFLEXIÓN A LA CONTRA DE LA MODERNIDAD PASE A IMPERAR EN EL MUNDO DEL ARTE, COMO PARECES QUERER BARRUNTAR, SINO QUE PROSEGUIREMOS DESPEÑANDONOS POR EL ACANTILADO DE LA VACUA RETÓRICA DESOBJETUALIZADORA DEL CURATORISMO REINANTE, QUE HA CONSEGUIDO MATAR AL ARTISTA Y SUPLANTARLO CON SU DISCURSO ESTÉRIL.
EN CUANTO A ESTE ATERRADOR PANORAMA DEL VACÍO, QUERIDO PEPE, NO ME RESISTO A PEGAR ALGUNAS DE LAS ATROPELLADAS PERO LÚCIDAS REFLEXIONES DE E. ARROYO EN EL ÚLTIMO BABELIA, CON OCASIÓN DEL NUEVO ARCO:

  
"Según don Alberto Ruiz de Samaniego, el comisario del Pabellón de España de la actual Bienal de Venecia, "es evidente en la actualidad que el mercado corrompe pero también hay que pensar en que produce sus propios efectos, como la desmaterialización de los objetos en media, a-media, multimedia, red". Me pregunto qué comunidad autónoma le habrá nombrado. No, mi querido amigo, el mercado del arte no corrompe. Lo que de verdad corrompe es esta retahíla de tonterías, de corrupción, de cinismo, de ignorancia, de injusticia, de subvenciones en la que estamos metidos."

"Es desagradable truncar una cita y tengo que completar el párrafo donde don Alberto Ruiz de Samaniego evoca el mercado que corrompe y "los objetos en media, a-media, multimedia, red"; prosigue desde su seguridad filosófica afirmando que "la modificación del espacio objetual e intercambiable, sumado a la dificultad de controlar la velocidad y los derechos de reproducción, la democratización del acceso a la producción con el abaratamiento de la edición digital formularán muy pronto el cambio de relación entre creador, productor, actor, público y mercado. El arte del siglo XXI va a ser un arte sin objeto, desmaterializado. Debemos generar espacios simbólicos y productivos que favorezcan este tipo de flujos".

En 1959, cuando yo debuté en París como pintor detrás de un cuadro mío vivían tres personas: mi galerista, vendedor de la pintura, el negociante en materiales artísticos y yo. He olvidado el nombre de este simpático comerciante de la Rue du Dragon pero recuerdo que fiaba y cobraba poco a poco, pero de repente cuando yo percibía algo también se aprovechaba él. Hoy si se hicieran cálculos de la gente que vive detrás y gracias a la venta de un cuadro, se podría evaluar que serían más de cien, con la Agencia Tributaria a la cabeza. Me gustaría saber la identidad y la categoría de estos beneficiarios: conservadores, curators, organizadores de exposiciones, asesores, comisionistas, conseguidores, organizaciones varias, agentes de prensa, ayuntamientos, corporaciones, cajas, fotógrafos, restauradores, decididores... ¿para qué seguir?

Se está preparando la futura universidad internacional de curators. Parece ser que el curso académico no deberá exceder de siete u ocho meses (lenguas extranjeras serán bienvenidas). Los franceses, que en el tema de la cultura siempre están inventando algo, ya han creado en Grenoble L'École du Magasin. En esta escuela de carácter universitario se impartirán las siguientes asignaturas: critical curatorial cybermedia, curating and commissioning contemporary art, sin olvidar el curatorial training program. La directora Alice Vergara Bastiend afirma que "el curatorial es un campo de estudio que se distingue del de la obra de arte como objeto autónomo. Se entiende como una práctica interdisciplinaria y crítica". La directora del FRAC Lorraine, Béatrice Rose, no se queda a la zaga cuando nos recuerda que su papel es en principio poner ideas sobre la mesa y defenderlas con las producciones de los artistas."

"En el último Arco, distraído me confundí de puerta y ya casi entrando en el pabellón 7 me topé con un vídeo donde aparecía la extremidad de un hombre blandiendo una manguera de gran potencia, por lo que se adivinaba de la intensidad del chorro, que a tres metros de distancia regaba a una pobre desgraciada en pelotas."

"El miedo agarrota. Una galerista conocida me confesaba, y yo creía que se trataba de una broma pero iba en serio, que temía su exclusión porque había expuesto un botero. Hubiera sido lo mismo si hubiera colgado un arroyo. Además de ser insoportable es humillante."

"¿Una posible solución? Dividir los dos pabellones, con dos jurados diferentes. Los carrozas con los carrozas y los emergentes con los de la manguera. Una galería brasileña que está en el jurado y que lo que de verdad le gusta es la manguera, dudo si podrá juzgar a una galería que expone a Wifredo Lam, a Bram Vam Velde o a Sam Francis por la sencilla razón de que a lo mejor no sabe quiénes son exactamente."

(io)
    Posdata:El simpático comerciante de la rue Dragón del que Arroyo no recuerda el nombre era un asturiano, fallecido hace unos años, que se llamaba Antonio Marín. Para los franceses Antoin Marin.

De la antimodernidad y de pintar la historia.

De la antimodernidad y de pintar la historia.

Hace ya mucho tiempo que he venido defendiendo la tesis de que la idea de progreso no es aplicable a las artes ni a las cosas de “la piel pa dentro”, ni a nada humano en general. Ciorán ya lo decía: ”La idea de progreso deshonra la inteligencia”. Los que me conocen lo saben, los que no me conocen y me leen en este blog, también. Lo mismo ocurre con la defensa por mi parte, de la tan denostada por la modernidad pintura de historia o cuadros historicistas, que han sido prestados por media España, sin que les importase mucho a los responsables de la primera pinacoteca del país ni a las voces críticas de la modernidad, para decorar Gobiernos Civiles y Ayuntamientos de provincias, y que ahora están de vuelta en Madrid para inaugurar la ampliación del Museo del Prado y seguro que se van a inventar alguna treta para que no vuelvan.

Pues bien, ahora resulta que ambas posturas se han puesto súbitamente de moda. La primera idea es la tesis principal del libro de Antoine Compagnon titulado los antimodernos y editado en España por el Acantilado, editorial que no ha publicado ni un solo libro malo desde que existe, la segunda como consecuencia de la remodelación del Prado, obra de ese cura seglar que hace ostentación de su autoritarismo estético disfrazándolo de humildad y que goza del mayor consenso político en los últimos tiempos: Rafael Moneo. El nuevo Casón del buen retiro se abre esta semana y ya he leído una veintena de artículos pidiendo la revisión del modo de mirar la Pintura de Historia. Vamos, como se dice vulgarmente, perdonándoles la vida.

En los Antimodernos Compagnon nos habla de la “Revolución Contraria”, que aquí se llama involución, pero como suena muy feo evita la palabra; o de “Oligarquía de la inteligencia” por no hablar de elitismos. De la “sociedad contra el individuo” característica esencial de la modernidad, a mi juicio; y de la venta por los colosales medios de comunicación actuales de la “víctima como verdugo” y al revés. En líneas generales excelente libro.

 

Lo que más me fastidia es tener que aguantar la enorme pedantería con que me van a explicar lo que yo ya sé los listos de la pluma de mi oficio y asistir al cambio de chaqueta generalizado que se avecina. ¡Ay!, señor, señor...

Conexión espacio-temporal.

Conexión espacio-temporal.

Los teléfonos móviles pueden ser artilugios capaces de modificar la percepción del tiempo y el espacio que tengan dos interlocutores. Cosa que no es de extrañar ya que, al fin y al cabo, el tiempo y el espacio tan sólo son dos ilusiones humanas según dicen los últimos físicos teóricos. Yo, sin ir más lejos, hace un tiempo experimenté una extraña comunicación a través del móvil, con una alteración espacio temporal muy importante, que, como viene al caso para ilustrar eso de la relatividad, voy a pasar a narrarles.

Era el dos mil dos, por enero. Yo andaba exponiendo en Madrid en el Círculo de Bellas Artes y una enorme banderola con mi nombre anunciaba la exposición en la fachada del Círculo que da a la calle de Alcalá. Paseando por el barrio de Chueca me sonó el móvil:

       -   Tiriríng, tiririring; tito tito tiiiiii. Tiriring, tiriring; tito tito tiiiii…. 

      -    Dígame.

      -    Eres Pepe Cerdá.

-         Sí, sí, dígame.

-         ¿Pero... Pepe Cerdá de Zaragoza?

-         Sí, el mismo.

-         Ay, Dios mío... No te puedes ni imaginar quien soy..

 

Mi interlocutora tenía una voz femenina ronca, profunda, y sonora, como de fumadora de treinta y muchos...

 

-         Pues ahora mismo no caigo...

 

Balbucee yo poniendo en marcha el buscador de timbres de voz  del disco duro de mi cerebro. Ella poniendo esa voz que ponen ellas para pasar por debajo de las puertas y helarte el alma de paso me dijo.

 

-         Soy...

 

Dejó que transcurriesen unos interminables segundos que aumentaron extraordinariamente mi nerviosismo.

 

-         Soy..., ¡Teresa!.

 

Estaba claro que esperaba una reacción equivalente al énfasis con el que había pronunciado su nombre. Pero para eso tenía que saber con quien estaba hablando. Y yo en Babia. El buscador de mi cerebro iba a la máxima potencia, esta vez buscando un nombre y un timbre de voz que casara con el que estaba oyendo. Intenté ganar tiempo y conseguir alguna información más para conseguir identificarla.

 

-         Teresa que alegría... ¿Qué es de tu vida?.

 

Dije sin la convicción necesaria. Note que ella esperaba un desmayo por mi parte, o, como, mínimo una estupefacción que debería ser evidente por el tono de mi voz.

                   

-         Ya no sabes ni quien soy. Eres un cerdo, me has olvidado. Todos estos años en Estados Unidos mi vida tenia sentido por que sabía que algún día te volvería a ver. Pensaba en ti cada día, cada noche...Y ahora, noto que a ti te da igual...Que no soy nada para ti.

 

Dijo sollozante. El disco duro de mi cabeza iba a estallar, ahora buscaba desesperadamente las Teresas de Estados Unidos...

 

-         Pero Teresita, cariño mío, como te voy a olvidar...

 

Me oí decir, aterrado, sabiendo que me estaba metiendo en un jardín...Ella recuperando un poco la calma y por cambiar de tema me dijo.

 

-         ¿Aún haces chistes?

 

Y entonces se me abrió el cielo y comprendí súbitamente qué estaba pasando. Yo no había hecho un chiste en mi vida. El de los chistes, el que estuvo más de veinte años dibujando un chiste diario para los periódicos de la época,  era mi...¡padre!;  que se llama.., mejor dicho, que yo me llamo como él, bueno ya me entienden que me estoy haciendo un lio: Pepe Cerdá. ¡Resultó que estaba hablando con una presunta amante de mi padre...! ¿Cómo salía yo ahora del empandullo en el que andaba metido?. Pensé, que en las situaciones desesperadas, como esta, las acciones más arriesgadas, simples y directas, son las más aconsejables. Decidí ir directamente al grano, acabar con el equívoco cuanto antes y aclarar la situación.

 

-         Discúlpeme Usted, Señora. Pero creo que se equivoca. Usted cree que está hablando con José Cerdá Udina y no es así;  yo soy su hijo, José Cerdá Escar.

 

Larguísimo silencio. Temí que fuese a colgar. Pero al rato comenzó a explicarse balbuceante.

 

-         Hay hijo mío que vergüenza. ¿Aún vive tu Padre?

-         Sí señora.

-         ¿Podrás darle mi teléfono?. Me gustaría mucho saber de él.

-         Sí, claro. Ya me hago cargo...

 

Después me contó como tras el amor imposible vivido con mi progenitor y despechada se casó con un americano de la Base de Zaragoza, más por poner tierra de por medio que por otra cosa. Como, tras unos larguísimos e interminables lustros en un pueblo de Tejas había enviudado ( no me dijo que “por fin” pero se deducía por el tono) y que sin perder un minuto lo había vendido todo y se había vuelto a España. Se acababa de instalar provisionalmente en Madrid, cuando paseando por la Gran Vía, al llegar a la calle de Alcalá vio la enorme banderola con mi nombre, bueno para ella con el nombre de mi padre. Me contó, también, como entró, para cerciorarse, en la sala de exposiciones y preguntó si el pintor era de Zaragoza. “Si, señora, sí. Es maño” . “No hay duda, pensó, es él”. Volvió a preguntar al conserje “No tendrá su teléfono”. Y se lo dio.

 

Llamé a mi padre para prevenirle de la que se le venía encima...

   

-         ¡Coño!, Teresita...

-         Sí, esa.

-         ¿Y dices que le has dado mi teléfono..?

-         Pues sí.

 

Respondí temeroso de haberla fastidiao, pero su respuesta me sacó de dudas. Con voz de camarada me dijo:

 

       - Has hecho bien hijo mío.

De los otros.

Se ha de procurar no evaluar a las personas adultas por lo que dicen ser, ni por su relevancia social o económica, ni por su aspecto, sino por lo que desearon y no consiguieron. Esa es su esencia, la caldera que nunca se apaga.

Lo que modifica  realmente el modo de ser, lo que condiciona casi todas las acciones humanas es la frustración y el escarmiento. Es más, modifica hasta nuestro código genético. Los seres vivos han evolucionado y desarrollado unas extremidades u otras en función de la necesidad y del fracaso o éxito en su uso. Así durante milenios los toros han desarrollado cuernos para defenderse y nosotros hemos aprendido a caminar erguidos para tener más perspectiva y estar más atentos ante los peligros. Los especimenes que han ido sucumbiendo sin descendencia, y que por lo tanto no han servido a la mutación, son los no escarmentados, los que no pudieron transmitir la información de lo peligroso, de lo letal.

Por eso es importante beber alcohol, y salir por la noche, y fumar y consumir en compañía todos los lenitivos necesarios para la comunión con el otro. Para que el otro confiese en la confidencia que da la noche y los bares que nunca cierran, que es lo que quiso y no pudo.

Es entonces cuando la comunicación es posible, cuando se puede hablar de verdad.

Lo que ocurre es que casi nadie quiere hablar de verdad, sólo quieren presumir ante cualquiera de lo que no son.

Del último pícaro.

Tengo un amigo, que ahora roza los sesenta, del que puedo contar decenas de sucedidos que ustedes no se creerían por lo fantásticos e inauditos que son. No me los creería ni yo si me los contaran y no hubiese sido testigo directo de alguno de ellos. Mi amigo es un hombre de otra época, es uno de los últimos pícaros de los que abundaron en España en el siglo de oro y de los que han sobrevivido hasta hace unos lustros algunos buenos ejemplares. Son los que manejaban “el viejo y gracioso arte de soltar la prosa y guardar la mosca”tal y como nos contó Quevedo. Mi amigo, como es de ley, siempre va impecablemente vestido y nada de su aspecto puede hacer suponer que es prácticamente un indigente. Es zalamero con las damas, en su justa medida, y habilísimo conversador con los caballeros. Tiene una voz grave de la que se podría vivir. Cualquiera de las habilidades desarrolladas por mi amigo es en sí misma un oficio de alta cualificación, pero, no obstante, jamás ha tenido un trabajo, ni ha hecho nada para tenerlo y cuando se lo han ofrecido lo ha rechazado, no obstante siempre se las ha arreglado para vivir con cierto aparente desahogo. Es, en el sentido que lo dicen, aquí en Villamayor: un artista.

 

Una de sus mejores obras de arte, o performances como las llaman ahora, tuvo lugar en Madrid allá por los ochenta. Aquél día, andábamos él (que andaría entonces por la cuarentena), y yo (de veintitantos) sin un duro en la anochecida madrileña, cerca de Azka (el complejo de edificios de la Castellana que entonces se acababan de terminar). En los bajos de uno de los edificios mi amigo vio una marisquería que tenía toda la pinta, como todo lo demás, de estar recién inaugurada y en estas me preguntó:

 

-¿Tienes hambre?.

-Hombre pues sí.

-Vamos a entrar aquí.

-¿Aquí, en la marisquería?. Oye, que yo no llevo un duro.

-No te preocupes.

 

Y le seguí, como siempre le seguía, entre temeroso y expectante ante lo que seguro iba a ocurrir y no me quería perder: una de las suyas. Nos acomodamos en una mesa y una camarera solícita y vestida como de traje regional, sin región concreta, nos atiendió. Mi amigo comienza a pedir:

 

 -Nos vas a sacar unas almejas, mmmm...unas navajas...¿la gamba es de Huelva?, ¿sí?.      Pues entonces unas gambas, trescientos gramos de percebes, una docena de ostras y un par de troncos de merluza a la gallega y para beber: un Marques de Riscal blanco.

 

Nos empiezan a servir lo que hemos pedido. Primero las almejas y las ostras. Mi amigo se mete la primera almeja en la boca, la saborea y exclama dirigiéndose a la camarera.

 

-Señorita, por favor. Casi seguro que esta almeja ha sido pescada más allá de la raya del Cantábrico, puesto que su untuoso sabor la diferencia de la almeja más cercana a la costa y de aguas menos frías. ¿No es así?.

-Mire. No sé. Yo llevo sólo dos días trabajando aquí y no entiendo mucho...

-Permítame que me presente: Soy Luis Gutiérrez, mayorista de pescao de Merca Madrid y tengo por costumbre probar los nuevos establecimientos con mi representante...Por cierto ¿está el dueño?.

-Sí, Don Manuel, está en la caja registradora.

-Dígale que venga.

 

La señorita vestida de etiqueta de botella de anís se dirige hacia el dueño y le informa de quienes somos. Al rato viene el dueño a saludarnos. Mi amigo se levanta y repite la perolata:

 

 -Soy Luis Gutiérrez, mayorista de pescao de Merca Madrid mi empresa se llama Pescatrans. S.L. y tengo por costumbre probar los nuevos establecimientos restaurantes de nivel especializados en pescado que se montan en Madrid. Porque claro, una tasca de estas que montan ahora, de las que venden queso y jamón, la monta cualquiera. Pero una Marisquería...¡Eso son, palabras mayores!. Cada día hay que abrir con un millón de pesetas en género que si no se vende hay que tirarlo, y claro hay que saber comprar muy bien y hacerse con una buena clientela, cosa nada fácil.

 -Pues, muchas gracias...

 

Balbuceó , algo confundido, el dueño. Mi amigo dirigiéndose a mí dice:

 

-Dale una tarjeta de nuestra empresa a Don Manuel, que yo no llevo ninguna encima.

Ante mi cara de agobio, continua diciendo:

-¡No me jodas que no llevas ninguna!. Es que es la hostia. Vaya director comercial de habas. Mañana hablamos en la oficina.

 

Dirigiéndose al dueño:

 

-Disculpe, ya ve usted...En fin. ¿Puedo hablar por teléfono?

-Sí claro.

 

El dueño le pide a la del traje regional un teléfono de los inalámbricos que había entonces ( nadie tenía aún móvil). Al minuto aparece la camarera con un teléfono con forma de góndola. Mi amigo marca un número y comienza la siguiente conversación:

 

-Mari Pili, disculpe que le moleste a estas horas. ¿Cómo ha venido hoy el rodaballo?. Bien.

 

Tapando con una mano el auricular del teléfono le pregunta al dueño.

 

-¿Gasta usted rodaballo?

-Sí. Pero ya me lo sirve pescados Jomar. Gracias.

-Ya, pescados Jomar tiene muy buen pescado, pero el nuestro es otra cosa. Es solamente que me gustaría tener un detalle con usted, sin compromiso alguno por su parte, claro está. Además es una forma de apoyar su iniciativa de montar la marisquería. Déjeme usted que le regale un surtido de nuestros productos para que nos conozca.

Yo asistía entre atónito y muerto de miedo el espectáculo. Mi amigo vuelve a hablar por el teléfono con su supuesta secretaria que en realidad era la información horaria o algo similar.

 

 -Mari Pili, sí. Disculpe. Tome nota. Media docena de rodaballos..., sí..., eso...Gamba de Huelva, sí...Gambón, eso...Pero de los gordos, efectivamente...sí una caja. Eso, los mande a Capitán Haya 256, sí, en Azka, eso es...Marisquería la gamba viajera. Eso. Muchas gracias.

 

Cuelga el teléfono y continua charlando con el dueño.

 

-Ya está. Mañana lo tiene usted aquí al medio día.

 

El dueño un poco azorado se retira tras agradecerle el regalo. Continuamos la cena y a los postres mi amigo pide la cuenta. La del traje regional nos dice.

 

-Ha dicho don Manuel que están ustedes invitados.

 

Yo sentí un alivio indescriptible ya que la tensión de la situación apenas me había permitido engullir nada. Casi sin darme cuenta ya tenía el abrigo puesto y me dirigía a marchas forzadas hacía la puerta, quería salir de allí cuanto antes, al tiempo que le agradecía a Dios que todo hubiese salido bien. En estas estaba cuando oigo decir a mi amigo:

 

-De eso nada. No acepto su invitación. Insisto en pagar.

 

Yo ya tenía un pie en la calle y no podía creer lo que estaba oyendo. ¡Se estaba adornado, como los matadores de toros!

 

El dueño que se acerca y dice:

 

-Pero hombre por Dios que me va a deber. Permítame, por favor invitarles.

-Me siento incomodo. No he hecho el pedido para que nos invite...

-Es más. Si ustedes no tienen prisa me gustaría compartir una botella de Champagne.

-Esta bien Se la acepto.

 

Vuelta a la mesa. A quitarme el abrigo. A elegir un habano que nos sacó la del traje regional. Abrazos fraternales del dueño a nuestra partida con sendos habanos en la boca.

Y hasta hoy, que seguro que aún cuenta el pobre dueño del establecimiento cómo dos pícaros (mejor dicho uno, que yo no hice más que de pasmarote o don Tancredo) le hurtaron una cena de forma magistral.

 

       

De la pasión, la razón y la norma.

De la pasión, la razón y la norma.

Mi amigo Mayayo estudió aparejadores en Burgos en los años setenta. Su compañero de pupitre y delegado de curso era Sergio ( que más tarde se haría famoso como cantante con el grupo Mocedades y después a dúo con su señora Estíbaliz).

En aquél Burgos tardo franquista y gris Mayayo (al tiempo que rasgaba la guitarra con su amigo Sergio) aprendió a domesticar sus emociones. La pasión debía de ser controlada por la razón. Sólo así, como subordinada, podía aceptarse. Y por encima de la razón y la pasión lo único inviolable: la norma, la ley. El recto proceder era lo importante.

 

Esto, parece que marcó a Mayayo y a Sergio para siempre.

 

Sergio siguiendo esta doctrina consiguió triunfar cantando a coro con su propia familia. Y más tarde, cuando se separó del grupo,  triunfó con la persona más inaudita para conseguirlo, sobre todo por segunda vez: ¡con su propia mujer!.

 

A Mayayo las enseñanzas burgalesas le afloran sobre todo cuando se enamora. Mayayo se enamora como es debido, es decir: perdida e unilateralmente. Esto le ha causado no pocos problemas ya que como no sabe mentir, ni puede actuar de un modo torticero, su modus operandi no suele ser comprendido ni por la persona amada, ni por su entorno, ni por nadie, salvo por él y por los que le queremos. Por ejemplo: hace una década se solía enamorar de la alumna más guapa de la Escuela de Artes de la que era ( y es, pero ahora ya le pasa menos) profesor.

 

La original estrategia de actuación tenía tres pasos, que por insólitos no me resisto a contar:

 

El primero consistía en advertir al novio de la muchacha de sus sentimientos y decirle que lo sentía, pero que terminaría por comprenderlo. El segundo;  en hablar con el padre de la joven y sincerarse con él, y contarle que aún a pesar de la diferencia de edad su amor era sincero y que cosas más raras se habían visto. Y el tercero, y definitivo, era acercarse a la elegida y proponerle tomar un café. Pero, claro, la chica después de la bronca que había tenido con el novio y el disgusto morrocotudo que se habían llevado sus padres por el recto proceder de Mayayo, le decía que se metiera el café por la vena, o por dónde le cupiese, y le mandaba a freír espárragos, y de este modo tan abrupto terminaba la historia de amor. Pero por lo menos Mayayo se quedaba con la conciencia tranquila, ya que había actuado correctamente, como debe ser.

 

 Y es que esa técnica burgalesa de supeditarlo todo a la norma no sé si es muy aconsejable. Por muy bien que le haya ido a Sergio (el de Estíbaliz, claro).

De lo que fue y lo que és.

Nada de lo que fue existe. Sin embargo nuestro pasado condiciona todas las decisiones que creemos tomar en libertad. A esta cualidad humana suelen llamarla "experiencia" pero en realidad se trata de "escarmiento", que para nada sirve, pero por lo que pagan más cuando ofrecen un trabajo.

Imprescindible: experiencia, rezan los anuncios por palabras de los periódicos. Como si supieran lo que quieren, como si supieran lo que ofrecen.

Como en las reuniones de ex alumnos veinticinco años después en las que nadie és quien era. El que era sólo existe ya en nuestra memoria. Sólo la conmiseración hace posible que no se estalle en carcajadas al ver al guapo y cachas de la clase, al que se ligó a la mujer de tus sueños, convertido en el calvo, gordo y barrigón de hoy. Tantos años odiándole en secreto para esto, para tan poca cosa.

Como en la cultura libresca en la que todo lo que emociona ni siquiera ha pasado, sólo ha sido inventado por un pajillero de imaginación delirante para ser alguien conmoviendo a modistas.

Como si fuésemos algo parecido a lo que fuimos cuando aterrados por nuestro futuro vestíamos el ajustado traje de nuestro cuerpo de veinte años; cuando ellas nos desdeñaban por nuestra falta de experiencia y de dinero.

Durru.

Durru.

Mi perro ha muerto.

Ayer cuando volví de viaje encontré en el corral el agarrotado y acartonado cuerpo que animó hasta ayer por la mañana.

Era alguien muy especial.

Yo le quería con toda el alma.

Él a mí también.

Ahora vuelvo cansado de enterrarle en lo alto de una loma de los Monegros desde la que se divisa el mundo.

Soneto.

Soneto.

Parece ser que a Agustín de Foxá le puso los cuernos un señorito andaluz de su época, un Domecq para más señas, que le inspiró este singular soneto, en el que se queja de los nuevos ricos que “en lugar de escudo tienen una marca registrada”. Por extemporáneo y políticamente incorrecto, no me resisto a compartir con ustedes.

 

A los Domecq.

  

Horda del sur que ceceante y boba

 

llegasteis con pelo de la dehesa

 

a tutear estúpidas marquesas

 

que a cambio de banquetes os dan coba.

  

Monarcas del erupto y la tajada

 

representantes de la baja Andalucía

 

que presumís de genealogía

 

y es vuestro escudo una marca registrada.

  

Forman vuestro cortejo de adulones

 

chulillos, prostitutas, maricones,

 

el cuerpo diplomático y Cortés.

 

Símbolo de la España en pandereta

 

id con vuestro dinero a la puñeta

 

¡oh!, Borgias de los vinos de Jerez.

  

       

De la delicadeza.

La delicadeza es una impostura reservada sólo a determinadas clases sociales. Cuando los pobres la quieren ejercitar el resultado suele ser desastroso. En el “barrio del gancho”o mejor “parroquia del gancho”, el que los tardo socialdemócratas mas tarde llamarían “casco histórico” y los neoprogres “casco viejo”, la delicadeza era sustituida por un delicioso y bestia humor negro. Por ejemplo en el Bar Fede de la calle Bogiero, hace unos lustros,desayunaban todos los días el Bonito y el Filete Ruso.

Al Bonito le llamaban el Bonito no por lo guapo, sino por unas enormes escamas que le producía una soriasis que casi le tapaban la cara y que a veces, si se rascaba caían sobre el mostrador o el cortao que se estuviese tomando, sin que esto extrañase o produjese repugnancia alguna al resto de los parroquianos, al contrario se hacían chanzas al respecto, y algún parroquiano le podía pedir algún trozo de la gigantesca caspa para “echarle unas medias suelas a los zapatos”, para gran algarabía general.

 

Lo del Filete Ruso era, según se contaba, consecuencia de que de pequeño se cayo al brasero y al rato lo sacó un perro y terminó por darse vida. Esto, aparte de perder las piernas de las rodillas para abajo, le había dejado una textura en la piel que se parecía mucho a la de las hamburguesas, o filetes rusos como se llamaban entonces a las albóndigas aplastadas. No se sabe por qué razón las pestañas le habían crecido exageradamente y parecían postizas, lo que le daba un aspecto muy coqueto.

Mi amigo Pepe Usón, habitante del barrio desde siempre, cuando entraba en el bar después de saludarles los presentaba de un modo singular: Refiriéndose al Filete Ruso, por ejemplo, decía en voz alta de modo que fuese audible por todos los parroquianos incluido, claro está, el aludido.

 

-A este hijo puta, lo que más le gusta es operarse. Si me dieran a mí la mitad de la pasta que se ha gastao la seguridad social en él pa dejarlo así me compraba un mercedes.

 

Para gran chanza general, incluido el aludido.

Y seguía diciendo.

 

-Anda con los muñones porque quiere, menudo par de piernas de duraluminio y plástico que tiene en casa, pero no se las pone porqué dice que le rozan. No es poco señorito.

 

Y así hasta el delirio de la barbaridad. Y así se pasaban las tardes tan ricamente.

Las clases mas distinguidas lo que hacen con sus tullidos es ingresarles en sitios dónde no se vean y alicatados hasta el techo con baldosines blancos e iluminados por la macilenta y blanca y gélida luz de los fluorescentes de residencia; y allí vegetan tristísimos hasta su muerte. Puestos a ser tullido es mejor el bar del Fede que la residencia, se lo aseguro. Aunque si lo que se prefiere es la delicadeza, nada como la de las enfermeras, que les han dicho que para empatizar con el enfermo es mejor tratarles de tú y darles conversación al tiempo que les practican una colonoscopia, o lo que es lo mismo: al tiempo que les meten una manguera por el culo.

 

- A ver José, aguanta un poco que ya terminamos. ¿De dónde me has dicho que eras?

 

Y el paciente con voz crispada, apretando los dientes y con los ojos inyectados en sangre responde.

 

-¡D¨Alfamén,  caguenlasostia!

 

Aunque, ahora que lo pienso, no estoy muy seguro que esto se trate de la verdadera delicadeza.

Triunfar en sociedad.

Debía de ser el otoño de 1984. Había quedado, como cada mañana desde hacía un par de semanas, con Ignacio Mayayo para ir al gimnasio de Ismael; el “Saunas Club”. Aún no se había popularizado eso de ir al gimnasio, es más, aún no iban ni los pijos, eso vendría unos años más tarde. Al gimnasio en aquella época iban los que entrenaban para ser culturistas, o boxeadores, o luchadoras de lucha libre femenina sobre barro a las tantas en discoteca (como “la ruda catalana” o “la peligrosa oriental” dos de nuestras amigas de gimnasio de aquella época), en definitiva: se iba para ser alguien distinto al que se era, para ser otro. Por ejemplo: si uno trabajaba de chico de los recaos iba al gimnasio para ser el campeón del mundo de los pesos ligeros; no como ahora que se va para ser el de siempre, para mantenerse “en forma”. En esa actitud, la de soñar con ser otro, se podía ver el daño que había hecho en los cerebros de mi generación la lectura compulsiva de tebeos de superhéroes de la Marvel, a los que casi todos nosotros queríamos imitar. El alfeñique convertido en forzudo en un plis plas.

Pero no era nuestro caso en aquél momento. Íbamos al gimnasio porque estábamos atravesando una situación sentimental transitoria; es decir: porque habíamos sido abandonados por sendas novias al unísono. La mía se había largado con un actorcillo de provincias con pretensiones que pretendía triunfar en Madrid y la suya... Bueno, lo de la suya era peor...

 

Mientras levantábamos pesas, en aquellos aparatos hechos por el herrero del barrio y pintados con Titanlux de colores chillones y llenos de churretes, solíamos intercambiar, entre gemido de esfuerzo y sonido gutural, frases como estas:

 

-Será mala zorra. Mira que largarse con el pringao de (piiiiiii)

 

Y él, mientras hacía bíceps.

 

-Calla, calla, que peor es lo mío. ¡Mira que largarse con un maricón!

 

En efecto; la novia de Mayayo en aquél entonces había reconvertido a un amigo homosexual a la heterosexualidad y se había largado con él. Y mientras la reconversión sentimental se producía Mayayo no sospechaba nada por la condición sexual del ciudadano. Es más, veía con toda naturalidad que se echasen la siesta en la misma cama mientras él dibujaba  las plumillas que le hicieron célebre en aquella época. Por eso andaba ahora, abandonado y en el “Saunas Club” a las nueve de la mañana, doblemente cabreao, por lo de la novia y por lo de no enterarse de nada, y casi alentar la relación.

 

Mayayo vestía una ropa de deporte de colores, de todos los colores. Camiseta violeta-amarillo-naranja-rosa. Pantalón verde plástico y marrón. Zapatillas amarillas... En fin un cuadro. Una mezcla entre el estilo de patio de cárcel y el de los que asustaban disfrazados de diablos en el tren de la bruja en las ferias. En fin un cuadro. A Mayayo se le daban muy mal entonces tres cosas: las plantas, los colores y las chicas. Las plantas porque leía todo lo que caía en sus manos sobre el cultivo de las plantas de interior, y las abonaba con todo lo que aconsejaban y estaba todo el día con el atomizador echándoles agua que dejaba reposar para que se le fuese el cloro, hasta que las mataba.

Los colores porque disponía en perfecto orden cromático todos los colores que vendían en el mercado y mezclaba un poquito de cada uno en la paleta hasta que conseguía un color mierdín tirando a rojo, o a azul, o a lo que tocase que aplicaba primorosamente en el lienzo. Lo de las chicas se puede deducir de lo explicado anteriormente.

 

Así iba vestido Mayayo aquél día del otoño de 1984. Iba vestido como siempre pero aquél día me di cuenta. Resulta que al salir del gimnasio al medio día le dije que me habían invitado a comer y él poniendo una cara mezcla de desolación y enfado me dijo:

-¿Y yo con quién como?

Me quedé un instante perplejo, como dándome cuenta de la descortesía que estaba cometiendo, no podía dejar comer solo a mi amigo en una situación de desamparo emocional como la que estábamos viviendo. Un instante más tarde me sorprendí diciéndole:

- Es verdad, vente conmigo.

Mientras nos dirigíamos al restaurante dónde había quedado para comer fui recordando quién y porqué me había invitado. Resulta que los suegros de mi hermana (sabedores de mí situación sentimental transitoria) celebraban algo así como su aniversario de boda, o algo parecido, en un restaurante principal de la ciudad y habían decidido invitarme. Invitarme a mí, no a Mayayo al que ni siquiera conocían. “Bueno, da igual”, pensé ya se lo presentaré.

Al llegar al restaurante, casi una hora tarde y con todos esperando, comprendí el alcance de la situación. Todos endomingaos con sus mejores galas, una mesa larga con vajilla de lujo, una silla vacía: la mía. Y yo de pie con Mayayo al lado, vestido como recién salido de la pista del Circo Price, con unos corronchos blanquinosos de sudor en el pecho y axilas. Mi Madre y hermana mirándome con cara de”pero cuando vas a dejar de dar la nota”. Mi padre y el suegro de mi hermana que se levantan y nos dan la bienvenida calurosamente y piden a los camareros que traigan otro cubierto. Mayayo se sienta y mi padre empieza a glosarle:

 

-Ignacio es un estupendo pintor y amigo de Pepito (aún me llaman Pepito), etc, etc.,

 

Da más explicaciones de las necesarias para intentar disolver la violencia del momento.

 

Mayayo no dice nada ni se siente violento en absoluto. Nunca ha estado muy atento, ni le han interesado lo más mínimo el resto de los seres humanos. Le sirven un consomé que engulle dando unos sonoros sorbos sin haber prácticamente saludado a los demás. Tenía apetito después de estar toda la mañana en el gimnasio. Yo empiezo a tomar conciencia de la preocupante situación. La señora de al lado, amiga catalana de los suegros de mi hermana le pregunta con un fuerte acento, más que nada por hablar de algo:

 

-¿No será Usted familia de los Mayayo de Cambrils, los fabricantes de tuberías, que da la casualidad tienen un estupendo velero atracado al lado del nuestro.?

 

Mayayo le responde.

 

-No señora, no.

 

-También tenemos otros amigos en el círculo ecuestre que descienden de Zaragoza y que también se llaman Mayayo.

 

Dirigiéndose a su marido.

 

-¡Jordi!. ¿Cómo se llaman de nombre de pila los Mayayo del club hípico?

 

-Creo que Jauma y Montse.

 

Mayayo dice.

 

-Pues no señora no les conozco.

 

-A mí es que me suena mucho su apellido.

 

Y entonces Mayayo se arrancó a dar explicaciones.

 

- Señora sabe de qué le va a sonar. De que reulta que soy primo hermano de Ángel Emilio Mayayo, al que acaban de acusar de matar y descuartizar a la mujer de Salomó.

 

Ciertamente era un tema de actualidad aquél año. No se hablaba de otra cosa por la radio y la televisión. Fue lo que se llamó el síndrome de aceite tóxico o el caso de la colza. Enrique Salomó, un almacenista de aceite, era el acusado en aquél momento de haber adulterado el aceite de colza que vendía y estaba en la cárcel. Su mujer, María Teresa Mestre, había sido asesinada, supuestamente por el primo de Mayayo.Otra cosa es que fuese un tema adecuado de conversación para una comida de ese tipo. La cara de estupefacción de la Señora era indescriptible. Estupefacción que Mayayo confundió con interés, así que siguió contándole, sin ahorrarle los detalles escabrosos, como le habían acusado a su primo de congelar el cadáver antes de cortarlo, como el veneno indetectable que había causado tantas victimas  había sido creado aparentemente por casualidad, como creía en la utilización de su primo por redes mafiosas y ocultas de las multinacionales etc, etc.. El incomodo silencio del resto de los comensales Mayayo lo volvió a confundir con expectación y siguió alargándose...Esta vez dirigiéndose al resto de la mesa y monopolizando la conversación.

En fin, un desastre.

 

Desde entonces cada vez que quiero triunfar en sociedad procuro ir con mi amigo, maestro y sin embargo profesor: Ignacio Mayayo y casi nunca defrauda.

  

Soy tonto.

Soy tonto.

Está claro, esa es la única explicación para mi vacía charlatanería, sin objeto ni intención  y que lejos de favorecerme me perjudica claramente. Cuando miro a mi alrededor veo que los demás suelen estar callados y expectantes a que algo que les pueda favorecer ocurra o a que puedan influir para que ocurra. Sólo entonces comenzarán a decir o a actuar. Pelotearan obscenamente al poderoso, cómo si los otros no estuviésemos presentes, o harán ostentación de sus opiniones absolutamente subordinadas a sus intereses o a lo que su interlocutor quiere oír para congraciarse con él. Yo suelo hacer lo contrario, supongo que por estética, o por no haber matado a mi padre a tiempo o porque soy tonto.

Lo soy porqué no me lo pregunto cada mañana y actúo como si no lo fuera que como no sé que lo soy, lo soy todo el rato.

Poesía.

Por fin alguien me explica con difusa exactitud (como se han de explicar las cosas importantes y complejas) que es eso de la poesía. Se trata de José Moreno Villa en su autobiografía titulada “La vida en claro”. Leo en la página 56:

 

“Las musas detestan a los que se creen poetas por haber llegado con jadeos y suma fatiga a escribir un soneto o unas décimas. Todas las explicaciones serán pocas para convencer a ese desdichado de que la poesía, o secreción de las musas, es cosa mucho más fina, sutil y deliciosa que todo eso. Es algo que viene a uno  como el efluvio del espíritu santo, no que sale de la retórica, los preceptos y las formas consagradas.

 

 La poesía es saber, sí, pero saber enlazar, relacionar, fundir con lo que se llama gracia-gracia espiritual- lo que jamás se había conectado. Es llevar a la conciencia ajena el vislumbre de una realidad no constatada por otro camino que el de las afinidades profundas. Es poder sostener en vilo, mediante ese modo de caminar pensando, el alma ajena incapaz de expresarse cumplidamente. Por eso es ante todo, verbo. Verbo feliz, acierto verbal. Lo cual no tiene nada que ver con las bellas palabras. Con las más bellas palabras de Rubén Darío, un sujeto incapaz haría un poema calamitoso.”

 Después de leer esto yo añadiría una afirmación y es esta: me atrevo a afirmar que el humor, el de verdad, es un hermano menor y un poco díscolo de la poesía. Pero no me hagan mucho caso que yo por afirmar afirmo cualquier cosa.

Otro año más.

Hoy es mi cumpleaños. Tal día como hoy hace cuarenta y seis años dicen que nací en un pueblo de Huesca llamado Buñales.Parce ser que llegué al mundo allí por casualidad ya que ví la primera luz con sólo siete meses de gestación y , lógicamente, pillé a mi madre desprevenida que estaba pasando unos días con la suya, mi abuela, que vivía en ese pueblo con mis tíos.

Tengo la impresión de no haber hecho gran cosa en esta vida, al tiempo que, cuando paso revista a las cosas que me han pasado, constato que la tengo bastante completita, que no hay huecos de tedio significativos. El problema es que de mí vida me acuerdo, pero no sé dónde está, ni me vale ahora de gran cosa.

Lo dicho, que hoy es mi cumpleaños.

De la calle escopetería, del amar y del fumar.

El taller de serigrafía Pepe Bofarull está en la calle Escopetería. Ahora es una calle más o menos tranquila, pero hace unos años era la que elegían los yonkis para pincharse la heroína que compraban al lado o las putas de la calle del caballo para aliviar a sus clientes en sus vehículos si los tenían o a pie si no los tenían. Pepe soportaba todo aquello con relativo buen humor y con un estoicismo admirable. El taller de Pepe es, y era, la única casa habitada de la calle que, aún a pesar de estar a escasos cien metros del Gobierno de Aragón, hasta hace bien poco estaba sin asfaltar y con restos de un bonito empedrado de cantos rodados. En el escalón de la puerta del taller de Pepe era el único sitio dónde sentarse y frecuentemente te encontrabas con alguien con una jeringuilla chorreante en el brazo, o la pierna, o el cuello, o bajo las tetas si era chica. Pepe ha retirado varios muertos en estos años. Pero ha seguido ahí y ahora está bastante tranquilo. Aún a pesar de soportar todo esto durante décadas Pepe pagaba un alto impuesto de actividades económicas por estar en una calle céntrica. Ironías de los no sometidos al dulce y seguro orden funcionarial.

 

Los que frecuentábamos aquél taller ya estábamos hechos al macabro espectáculo que se veía de vez en cuando si nos asomábamos a la ventana y procurábamos tomárnoslo con el humor necesario para soportarlo y no deprimirnos, y largarnos de ahí, que es lo que apetecía. Si Pepe resistía, nosotros también. Tuvo algún problema con señoras de la buena sociedad Zaragozana que hacían sus pinitos como artistas estampando allí  y que llegaban pisando con sus botas de Prada las jeringuillas y condones usados que alfombraban la calle. Pero por lo general lo que hicimos para exorcizar el ambiente, Pepe en especial, fue desarrollar un humor macabro sobre el asunto.

 

Un día, mientras imprimía, me contó esta historia de amor:

 

-Lo de ayer ya fue la hostía. Mientras esperaba a que se secarán unas pantallas me asomé a la ventana para fumarme un cigarro y en estas: veo a una profesional del amor apoyada en la pared con las manos y ofreciendo su culo en pompa al cliente cincuentón y barrigón que, con los pantalones puestos y la bragueta bajada, ensartaba a la señorita que tenía la falda remangada. Ël la asía por las caderas y se meneaba ritmicamente  sin demasiado entusiasmo, mientras le iba dando caladas a un cigarro faria que sujetaba entre los dientes. En estas, se le apaga y saca un mechero del bolsillo para encenderse la faria mientras sigue culeando.La imagen era la hostia, no me la puedo quitar de la cabeza.¡El tío dándole al mete saca e intentando encenderse la pava de la faria a la vez!. Atinar con el mechero en la punta del cigarro sin parar de cabalgar tiene su dificultad. Al final se la enciende y con el trajín le cae una brasa en el trasero de la chica que comienza a chillar e insultar al cliente, con toda razón, no deja de ser una falta de respeto. O se fuma, o se folla.

 

Amor filial.

Bar Millán. Calle Pignatelli. Mil novecientos ochenta y cuatro. Pepe Bofarull y yo tomábamos café en un descanso del trabajo. Pepe Bofarull es maestro serígrafo y tiene el taller al lado. Pepe imprime series de serigrafías a partir de originales que, tras ser numeradas y firmadas,  se intentan vender por ahí. En el bar, a nuestro lado, un hombre de mediana edad apuraba un carajillo. Dejó unas monedas en la barra y se marchó. El dueño del bar nos dijo:

 

-¡Menudo pájaro!

 

Nosotros no le respondimos, pero por la expresión interrogativa de nuestros rostros continuó contándonos.

 

-Resulta que vivía con su madre aquí al lado y un día al llegar de trabajar, porque eso sí trabajador y cumplidor como él no hay otro en el barrio, su madre le había preparado unas lentejas con chorizo para cenar. Mientras el cenaba viendo la televisión su madre se sintió mal.

 

-¡Ay!, hijo mío que mal me encuentro. Voy a sentarme un poco en el sofá a ver si se me pasa.

 

El continuó engullendo las lentejas. Después se sentó en otro sillón y se quedó un rato adormilado. Cuando se levantó para irse a la cama se percató que su madre estaba inmóvil con los ojos y la boca muy abiertos. Al tocarla descubrió por la temperatura que había fallecido. Se fue a dormir y a primera hora, antes de ir al trabajo, llamó por teléfono al ayuntamiento.

 

-Ya harán el favor de venir a buscar a mi madre que se ha muerto.

  

A la noche siguiente, aun a pesar de que había dejado la puerta abierta para facilitar el trabajo a los del ayuntamiento, su madre seguía dónde la había dejado.

 

-¡Vaya servicio...!.

 

Aún quedaban lentejas del día anterior. Son más ricas de un día para otro. Cenó viendo la televisión y se fue a dormir. Al día siguiente volvió a llamar al ayuntamiento. No le habían hecho caso porque el que habló con él pensó que se trataba de una broma.

 

-Oiga. Mire llamé ayer para decirles que viniesen a buscar a mi madre que había muerto y ahí sigue en el sofá tal y como se quedó. Ahora hágame caso que va en serio:

o vienen a buscar a mi madre o esta noche la saco a la basura.

 

El del ayuntamiento al ver que iba en serio le dijo que le mandaba a los de la sangre de cristo a recogerla, pero que tenía que haber alguien en casa, que si no, no podían entrar.

Que tenía que ir un forense, etc, etc.

 

-Si pa perder horas de trabajar estoy. De eso nada. Yo ya le digo o esta noche se la han llevao o la sacaré a la basura.

 

El del ayuntamiento cada vez más preocupado por la imagen de la abuela en el cubo de la basura, llego al siguiente acuerdo con el.

 

-Mire nosotros como no podemos entrar en su casa sin que esté usted le dejamos el ataúd en el rellano. Usted la mete dentro y lo vuelve a dejar dónde estaba y nosotros ya nos haremos cargo.

 

Y así se hizo y no perdió horas de trabajar.