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Estoy pintando.

Estoy pintando.

Por eso no les cuento nada. Cuando se pinta no se piensa, sólo se hace. Por eso en lenguaje popular se dice: “me voy a parar a pensar”, para explicar que hay que cavilar antes de actuar, pero que cuando se hace, cuando se trabaja,  cuando la mano va por delante de la cabeza hay que dejarle ir y sólo “se ha de estar en lo que se está” (como me decía  mi madre) solamente se ha de hacer lo cavilado con anterioridad y casi olvidado a base de tanto ejercitarlo.

Por aquí, por el pueblo en el que vivo, es fácil oir a algún jubilado decir: "me voy al huerto pa distraeme, en casa no hago más que matame la cabeza". Entendiéndo que cuándo no se hace, cuándo se está inactivo, es cuándo la cabeza aprovecha para darle vueltas a las cosas. Es cuándo el poeta se dicta el poema, el novelista se dicta la novela; pero cuándo se ponen a ello solo el oficio y sus automatismos haran legible el poema y la novela. Nadie quiere ser operado por un cirujano presa del frenesí de la ispiración, se suele preferir al eficaz, al que ejercita su trabajo con exacto desdén. Por decirlo como el viejo adagio: "las putas que se corren y los abogaos que se acaloran, no valen para sus oficios"

O por decirlo de un modo más pedante: “La reflexión sin acción conduce a la locura, la acción sin reflexión a la estupidez”.

Este es el mensaje del Quijote, esto son Sancho y el hidalgo. Esto es la praxis y la gnosis.

Adiós que me están haciendo pensar.

Matanza.

Matanza.

Matacía. El cerdo berrea desesperadamente mientras es arrastrado tirado por un gancho clavado en su cuello. El matarife afila su cuchillo. El cerdo es aupado entre seis hombres encima de la vacía puesta del revés a modo de altar. Los hombres se echan encima del animal para inmovilizarlo. La mujer está preparada con un balde al lado del cuello para recoger la sangre. El matarife antes de hincar su cuchillo en la yugular dice:

 

-Mira que son escandalosos estos bichos. A los corderos ni los sientes al matalos.

 

Le clava el cuchillo y la sangre sale a borbotones. La mujer se afana en recogerla con el balde mientras la agita con la mano para que no se coagule. La vida que anima al cerdo se va con cada borbotón de sangre. Si se está atento se le puede ver irse flotando por encima de la jauría de hombres que se afanan sobre el animal.

 

Un rato más tarde, ya colgado en canal y vaciado, el matarife va despedazando al cerdo.

Le corta la cabeza y le separa parte de la piel que cubre el cráneo en la que están insertadas las orejas. Echa el despojo junto con otros en un barreño. Un niño angelical de los varios que divertidos han presenciado la matanza se hace con el despojo de las orejas que aún desprende sangre y sebo y se lo pone en su cabecita a modo de sombrero y me dice sonriente:

 

- A que parezco Mickey Mouse.

De la razón y los mineros.

¡Dios mío!. ¡Necesito una razón!.

 

¡Sin “tener razón” no puedo comenzar a trabajar!

 

Pero lo complicado es que”la razón” que necesito ha de justificar la “sinrazón” de hacer garabatos en una tela tensada en un bastidor, como si este gesto a estas alturas de curso pudiese justificarse.

 

Por esto los mejores pintores son los que no piensan ni un instante en estas estupideces.

En palabras de una puta de Gijón que cuándo premiados por el arte joven, allá por los primeros ochenta, nos dijo a un grupo de zangolotinos artistillas que entramos en su bar para hacernos los malditos, disfrazados de perdedores románticos, cuando tan sólo hacía un par de años que nos había salido el vello púbico:

 

-Vosotros...Vosotros venís aquí a enredar. Aquí a follar, lo que se dice follar, vienen los mineros.

 

Pues eso, que pintar lo que se dice pintar, lo hacen los que no se hacen tantas pajas mentales.

 

Me voy a pintar.

 

Discúlpenme que les use como psicoanalistas.

 

Chao.

Probablemente, Dios existe, ¿o no?.

Debo de ser un desconfiado patológico. No me creo casi nada. No me creo la existencia del Dios de barba blanca y túnica que me inculcaron de pequeño, ni del que me habla el cura de pueblo desde el altar, como dijo Cioran “la idea que popularmente se tiene de Dios insulta a la inteligencia”.

Ahora bien; cuando los físicos teóricos, los matemáticos y los filósofos comienzan a hablar de una extraña y desconocida unidad que organiza todas las leyes del universo que se aproximaría a una idea abstracta de Dios, esto ya me suena mejor y entronca con aquello de que “Dios está en todas las cosas”. Entiendo que algo superior a nuestra torpe interpretación del mundo ha de ordenarlo, me parece lógico que nuestra “lógica” no pueda explicarlo todo.

Por esto me parece una tomadura de pelo lo de la “asociación de ateos” que ha pagado la campaña de los autobuses, esa que reza: “Probablemente, Dios no existe”. O en las próximas semanas aparece una marca de vaqueros diciendo que ellos sí existen y que son divinos o es sencillamente una provocación para establecer un debate que oculte los verdaderos problemas que nos acucian. Que los ateos se asocien ya me parece muy sospechoso, que paguen cuotas y que se gasten en esta bobada más aún. El empleo del termino: “probablemente” antes de la aseveración: “Dios no existe” parece un consejo de un abogadillo al creativo publicitario. Viene a ser como decir: “probablemente tu madre pudo ser una puta”, probablemente sí, o probablemente no.

Puede ser también una idea de un artista conceptual en busca de fama o una campaña nacida en algún laboratorio de ideas de algún partido de izquierdas que busca la reacción de la derecha. En cualquier caso  a mí me parece un asunto bastante burdo pero lo que a mí me parezca no tiene ninguna relevancia ni interés electoral, así que importa muy poco.

Frase memorable.

En nuestra economía el sector privado es aquel sector controlado por el Estado.

El sector público es aquel que no controla nadie.

Lucas Beltrán. 1911-1997. Economista español.

Ya van siendo decenas...

Ya van siendo decenas los conocidos que de súbito descubren que no tienen de nada. Son los autónomos y pequeños empresarios sin trabajo que hasta hace poco vivían confortablemente. No es que no tengan de nada, es que están hipotecaos por sumas a las que nunca podrán hacer frente y han visto como lo que ya tenían pagado, su inmutable "patrimonio", de lo que "tirarían" si venían "mal dadas" ha descendido de valor hasta cifras que nadie se atreve a augurar, por lo tanto nadie está dispuesto a comprarlo. Las sumas que parecían normales por un piso o un local hace tan sólo unos meses son ahora locuras exorbitadas.

Estos que no tienen nada ni siquiera salen en las estadísticas del paro, ni siquiera se manifiestan, no existen. No estan entre los tres millones de parados. No recibirán ningún tipo de subsidio de desempleo.

Esto hace todavía más escandaloso el estatuto del funcionario siempre quejoso por sus moscosos o sus agravios comparativos Diciéndole al que no tiene nada ni tendrá, tal y como oí el otro día en el bar en una discusión entre funcionarios y autónomos:

 

 -Habed estudiao.

 

Como si saberse la constitución como un lorito fuese razón suficiente como para no tener que preocuparse nunca por los nutrientes. Eso en el hipotético caso de que entrasen a la administración, a tener la plaza en propiedad, limpiamente, sin amañar nada.

Afirmación irrefutable.

Hoy, en la comida, mi amigo Pepe Bofarull dice:

 

-Uno de los logros indiscutibles del sistema capitalista es que, por primera vez en la historia de la humanidad, los pobres estén gordos y a los ricos les cueste esfuerzo, tiempo y dinero mantenerse flacos.

 

Nada que añadir.

Un acto de amor.

-La verdad es que aún no sé como demonios me dejé embrollar...

 

Me decía un atosigado amigo tras pasar un día difícil de olvidar. Resultó que mi amigo recién andaba ennoviao con una chica que le gustaba mucho. El padre de la chica estaba muy enfermo, se sabía en las últimas y nada le hacía más ilusión que ser enterrado en el cementerio de su pueblo a unos cincuenta kilómetros de Zaragoza y así se lo había hecho saber a su familia. Le habían trasladado de la clínica a su casa desahuciado y el final se esperaba de un momento a otro.

La novia de mi amigo le había contado que para ahorrarse papeleos y dinero estaban conchabados con una empresa de ambulancias cuyo dueño era amigo de la familia de tal modo que en el instante de que su padre falleciera una ambulancia iría a buscarle a su domicilio y lo trasladaría inmediatamente a su casa natal en un pueblo del Aragón profundo. El de la ambulancia certificaría que había fallecido por el camino y en el pueblo ya estaba todo dispuesto para el velatorio desde hacía semanas. El único problema y para lo que necesitaba la ayuda de su prometido era que su padre agonizaba en un edificio de nueve alturas y precisamente en el noveno C. El asunto era cómo bajarlo por el ascensor una vez fallecido. Su madre estaba muy débil y mayor, ella tampoco podía y su hermano, un hombretón de treintaitantos, solo tampoco iba a poder.

Si mi amigo se prestaba se podía hacer entre su hermano y él.

 

-Chica...No sé...Qué quieres que te diga. Yo no tengo ninguna experiencia en el traslado de cadáveres.

-Es muy importante para mi familia. Si me quisieras de verdad lo harías.

-Pero...es que no sé si voy a poder. No lo he hecho nunca.

- No tengo a nadie más a quien recurrir. Estoy desesperada...

 

Y comenzó a sollozar. Mi amigo la cogió y la apretó contra su pecho y se escuchó decir con asombro.

 

-No te preocupes en el momento que fallezca que me llamen y allí estaré.

 

 

Unos días más tarde.

 

-Tiroriii, tiroriii, tiroriroriiii....

 

Una llamada de su cuñao.

 

-Date prisa que mi padre acaba de fallecer.

 

Sin saber muy bien como se vio arrastrando al cadáver de su futuro suegro sentado en una silla por el pasillo de su casa. Les había dado tiempo a amortajarlo con un traje gris que olía a naftalina y le habían tapado los agujeros de la nariz con unos algodones. Aparte del olor a naftalina del traje el cuerpo emanaba un penetrante olor a “Hogar y plantas” su viuda le acababa de descargar dos aerosoles de este insecticida no se sabía muy bien con qué intención pero mi amigo no estaba para hacer preguntas quería que la cosa acabase cuanto antes.

En el rellano el ascensor no terminaba nunca de subir. Por fin la luz verde con el icono de la puerta abierta. En un plis plas metieron al muerto y el cuñao pulsó el botón de la planta baja. La silla con el finado ocupaba el centro del ascensor de cuatro plazas de pie por lo que a duras penas se metieron en el angosto espacio restante. Para mantener el equilibrio se veían obligados a apoyarse el uno en el otro. Como cuando se pisan uvas por parejas. Evitaban apoyarse en el muerto por respeto.

 

-No te preocupes la ambulancia ya está abajo.

 

Aún no había terminado la frase cuando un apagón paró en seco el ascensor.

¡Dios mío!. Esto no estaba previsto. A mi amigo el corazón se le salía de su pecho. Estuvo a punto de gritar pero estaba paralizado.

 

-Tranquilo esto pasa a menudo le dan al diferencial y ya está.

 

Tras un par de minutos que parecieron siglos el ascensor volvió a arrancar. Arrancó porque le había llamado una vecina del tercero que iba a la compra con su madre. Las puertas se abrieron automáticamente y el espectáculo fue mutuamente dantesco: la madre y la hija vieron al finado con su cara afilada y los algodones en la nariz y a dos pasmarotes grandones que se abrazaban por encima de él. Mi amigo jamás podrá olvidar la mueca mezcla de asombro, asco y estupefacción de la madre y la hija mientras soltaban al unísono sendos bolsos.

 

-Perdón.

 

Acertó a decir el cuñao, mientras pulsaba otra vez la planta baja y las puertas metálicas se cerraban en las narices de la madre y la hija que mantenían la mueca cómo si estuviesen petrificadas.

 

El ascensor por fin llega a su destino, a la planta baja, y los de la ambulancia se hicieron cargo con mucha profesionalidad del finado.

 

-Muchas gracias hijo mío.

 

Le dijo la recién viuda mientras vaciaba lo que quedaba en su último spray “Hogar y plantas” sobre su hasta hace poco marido.

 

-Ves como o era para tanto.

 

Le dijo el cuñao dándole una sonora palmada en la espalda.

 

Y se largaron todos para enterrarle en el pueblo. La novia de mi amigo se había adelantado y ya estaba en el pueblo organizando el velatorio.

 

Mi amigo me llamó entonces y me dijo:

 

-Necesito tomarme un café con alguien normal.

 

Antes de comenzar a contarme me dijo:

 

-Prométeme que nunca se lo contarás a nadie.

 

Pero no me he podido resistir. Además esto ocurrió hace ya veinte años y supongo que habrá prescrito la promesa.

 

 

 

 

De la importancia de la muerte.

La muerte es un suceso absolutamente natural, por lo tanto banal y de escasísima importancia, al menos en términos relativos.

 

Los seres humanos hemos sobredimensionado este asunto hasta límites tragicómicos. Tendemos a explicarnos nuestra vida y nuestro final en términos epopéyicos cuando en realidad no es para tanto. Se ha de aceptar con naturalidad el infortunio y la enfermedad, sólo así podremos ser verdaderamente libres mientras estemos sanos. La religión católica no nos ha ayudado en este sentido. Se nos ha inculcado el pecado original y la culpa de todo lo que nos acontece, sea bueno o malo, cuando en realidad somos responsables o culpables de poquísimas cosas.

 

Tan sólo somos animales climáticos y circunstanciales.

 

Cómo dijo Vicente Pascual Rodrigo, que en paz descanse.

 

Cuando venga la muerte me dirá:

-Ya está.

Y  le diré:

-¿Ya está?

Y me dirá.

-Ya está.

 

Creo que es uno de los mejores poemas de esta última década.

¿Se me estará agriando el carácter?

El otro día en una inauguración un bobo grandón con voz impostada, como de entendido, me dijo para comenzar la conversación:

 

-Me interesa su obra pero la encuentro tremendamente irregular.

 

Normalmente sólo lo pienso pero aquél día lo solté:

 

-Es que los que son regulares son los Donuts y esos artistas tan limitados que se autocopian y que son tan rentables porque hasta los tontos como usted  reconocen sus obras.

 

Se volvió y dio por terminada la conversación.

¿Se me estará agriando el carácter?.

De la actividad profesional.

Si se pudiera sacar una licencia fiscal de comensal sería la que yo, en justicia, debería de tener. Me he dedicado profesionalmente a comer con unos y con otros desde hace décadas. Ha sido en los miles de ágapes de hermanamiento donde se ha desarrollado en verdad mi profesión. Discúlpeseme el ser tan sincero, sé que puede molestar pero ya es hora de decir la verdad: del mismo modo que los adultos saben que los reyes magos no existen han de saber que el trabajo artístico consiste fundamentalmente en tejer una buena red de relaciones susceptible de sustentar al artista (sustentar en todos los sentidos, se entiende) y esta red de relaciones se consigue básicamente de dos modos: o dando mucha pena, cómo la Madre Teresa de Calcuta, cómo la legión de alfeñiques atormentaos que pueblan mi oficio, o dando mucha risa, es decir haciendo gracia. Para hacer gracia de verdad es imprescindible ingerir lenitivos hipercalóricos , cuantos más se ingieren, más gracia hacen las cosas.

 

Llevo años intentando explicar a mi médico y a mi gestor que mi sobrepeso, mi nivel de glucosa, de transaminasas y de colesterol son claramente los síntomas de una enfermedad profesional. Y se ríen, porque creen que es un chiste. Ellos ya aprobaron su oposición y el dinero les viene vía salario por el mero hecho de estar vivos e ir unas horas a un sitio dónde ya saben lo que tienen que hacer.

 

Yo no tengo ni puta idea de qué hacer para que por métodos no delictivos conseguir el dinero suficiente para pagarme el vicio de hacer cuadros. Por eso almuerzo y vuelvo a almorzar con fulano y con zutano, que me presentan a mengano, que a su vez quiere pintar un enorme mural en su fábrica pero duda entre el modosito pintor que le da mucha pena, sobre todo a su mujer y un servidor, al que ve grande y desaforado. Al final casi siempre elige al que le da pena  pero yo le suelo caer mucho más simpático, porque soy más como él y necesito menos ayuda que el que le da pena, al que encuentra mucho más desvalido, y entonces  yo me empeño en pagar la comida y las copas, que para esto chulo soy un rato,  y vuelvo a casa a las tantas y veo una luz que porta un hombre con gorra y vestido de verde que me ordena parar el coche en el arcén y me dice:

 

 - Buenas noches. Sople por el canutillo hasta que yo le diga.

 

De la piel de los objetos.

Los objetos que llevan ya un tiempo en el mundo adquieren una patina inimitable. Es el aspecto de la “piel” de las antigüedades. Es ese bello tono que adquiere la madera o el metal mil veces resobao de las viejas herramientas. He comprado centenares de objetos de todo tipo en los rastros de medio mundo solamente por poseer esta especial patina a la que he sido muy sensible. Cuándo se sabe reconocer el verdadero efecto del paso del tiempo sobre los objetos es extremadamente difícil que se le dé “gato por liebre” a un comprador. Sólo el apresurado turista, el “enteraó”, el que aprende por correspondencia o el que se fía más de lo que oye o lee que de lo que ve con el corazón, es susceptible de ser timado al adquir un objeto antiguo. Los objetos verdaderamente antiguos irradian una energía inconfundible.

Últimamente me ocurre que descubro esa especial patina, ese tono inconfundible de las cosas con solera no en objetos de almoneda o anticuario sino en objetos que yo mismo adquirí nuevos. Que adquirí hace ya el tiempo suficiente como para que alcancen el grado de objetos con vida vivida. Objetos que yo mismo compraría en el rastro y que acariciaría imaginando como fue el que los estrenó al que supondría muerto y enterrado. Entonces, cuándo me recuerdo a mí mismo cuando niño abriendo ilusionado la navaja por primera vez, esa misma navaja que ahora me mira desde el fondo de un cajón, con su latón oxidado y su acero ennegrecido y sus cachas de hueso... entonces, digo, siento de súbito que el paso del tiempo no es ninguna broma.

Una miajeta de paralís

En un bar del barrio del Gancho mientras tomo un café veo entrar a un parroquiano con medio cuerpo paralizado. Por el modo y por los comentarios con los que es recibido por el resto de los habituales sé que acaba de salir del hospital tras pasar un largo periodo de tiempo. Deduzco que por una hemiplejia.

 

-¿Qué te pongo Aurelio?

 

 Con la voz gangosa por tener medio labio paralizado Aurelio le responde:

-Lo de siempre. Un par de huevos con chulla, un palmero de vino rancio y luego el cararjillo y la “faria”

 

- ¿Pero Aurelio...?. ¡Qué te acaba de dar un patatús!. No te ha dicho el médico que nada de grasas, ni alcohol, ni tabaco.

 

- No querrás que me acojone por una miajeta de paralís...

 

De decir

Cuando se intenta decir “Verdad” (digo “Verdad” no confundir con “opinión” ni con otras majaderías demócratas) cuanto más se dice, más se destruye.

Para decir “Verdad” no hace falta hablar y mucho menos escribir.

Aunque dudo de que alguien esté verdaderamente interesado en saber la “Verdad”.

Del recuerdo del futuro.

Recuerdo perfectamente el futuro.

Lo que no puedo vaticinar es el pasado.

Nada de lo que fue es.

Sin embargo los fantasmas almacenados en los pliegues del cerebro,

tal y como los ácaros se refugian en los pliegues de las cosas, pretenden visitarme cada día.

Esos fantasmas que no son sino serotonina. Esos fantasmas vencibles con otro simple fármaco quieren apoderarse de mí y de mi conducta.

Sólo las cosas son si serán.

Sólo el anhelo es posible.

Vete a la mierda pasado mío.

Dicho sea con todos mis respetos.

De un bobo o de muchos bobos.

Nuestro presidente de gobierno nos trata y se dirige a nosotros, su pueblo, como si fuésemos niños. Cree que ser feliz consiste en negar el infortunio, en negar la desesperanza. Cree que así nos protege. Es por nuestro bien por lo que nos oculta la gravedad de la situación. Quiere tranquilizarnos. Sólo mientras nosotros estemos tranquilos él y los suyos seguirán siendo nuestros jefes.

Por eso dice que no va a dejar a nadie a su suerte. ¿Pero como se atreve a decir esas bobadas?.¿Cómo va a impedir que a cada uno nos toque nuestra “suerte”?. ¿Con qué dinero va a pagar nuestra ruina?.

 

Recuerden, no obstante, aquello de Tácito:

 

“Sólo en el riesgo está la esperanza”

 

Si nada importante se puede decir...

Si nada importante se puede decir que no sepa ya todo el mundo,

¿por qué algunos nos empeñamos en decir y decir, y volver a decir.?

Si es porque ignoramos lo que los demás ya saben: somos unos necios.

Si es porque creemos saber más que los demás: somos unos estúpidos

Si es porque nos gusta que los demás nos lean: somos unos fatuos.

Si es porque no lo podemos remediar: somos unos adictos

Si es porque creemos tener algo importante que decir: somos unos engreídos.

Si es porque nos pagan: somos unos embaucadores.

Sin más que añadir se despide, el necio, estúpido,adicto, fatuo, engreído y aprendiz de embaucador, Pepe Cerdá.

Pérez Reverte hace diez años ya lo dijo.

"Pego" un blog de Julio Tejedor que a su vez hace referencia a un artículo de Pérez Reverte de hace diez años:

Como ya sabéis suelo leer todo lo que cae en mis manos de Arturo Pérez Reverte. A veces, las más, gusta, otras no. Pero para eso se lee. Entre esas lecturas acostumbroa incluir la más ligera (por la extensión) de XLSemanal que en alguna ocasión, además, he comentado aquí.

Ésta que literalmente transcribo a continuación no sé si la leí, desde luego yo no la recordaba. Circula como pólvora por la bloggosfera por lo que no cito a nadie en concreto. Nos hablaba el buen Arturo de "Los amos del mundo" haya por el 15 de noviembre de 1998, en El Semanal. Escribió lo siguiente:
"Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla antro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero
son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro. Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo. Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro. Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados. Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja. Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda... Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida. Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena. Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza".

Jo, lo que es la historia...

 

Del último tabú.

Con todo este asunto de la cúpula de Barceló que hoy se inaugura he podido constatar el profundo respeto que le tienen los periodistas al mundo del arte. Es como sí en las guías de estilo de todos los medios de comunicación estuviese reflejada la prohibición expresa de no tocar el asunto artístico. Este asunto lo dejan para las inextricables reseñas que de los eventos artísticos hacen los críticos de arte. Es casi una cuestión dogmática, casi como una nueva religión, como una nueva fe en la que el artista una vez conseguido el estatus suficiente oficiará de sumo sacerdote o médium entre lo sagrado y lo humano.

Se podría convenir que el arte escapa a la necesidad de explicación obligatoria que desde Descartes viene siendo práctica común en nuestra cultura. Esta idea está mucho más asentada en nuestra cultura que la religiosa que pierde vigencia a cada década.

Pues bien: resulta que yo no le tengo ningún respeto al mundo del arte. No se lo tengo porque hace décadas que lo conozco desde dentro y no salgo de mi asombro al ver el respeto generalizado que se le tiene desde fuera. Ninguno de mis colegas, más sensatos que uno, osará decir lo que yo digo, pero como ya estoy más que acostumbrado a decir solo, como los locos, pues lo digo y en paz.

Ocurre un poco lo mismo con el casposo y ahumado mundo del toro, en el que los aficionados no ven ni el tongo, ni la sangre, ni las manipulaciones. Sólo ven la media verónica de Curro. Lo demás da igual, la media verónica justificará o hará perdonable todo lo demás, todo lo necesario para que el gesto estético se produzca.

Sin embargo un servidor que es tan aficionado como el que más al hecho estético en general; sea en forma de media verónica, de cuadro, de película o de lo que sea; no está dispuesto asumir la tácita prohibición que para los actores de este sainete que es el mundo del arte parece estar impuesta. La prohibición de contar a los de fuera cómo es por dentro.

Llevo haciéndolo, en mayor o menor medida ,desde que comencé a escribir en este blog y continuaré haciéndolo.

Esperad, esperad, malditos.

“Danzad, danzad, malditos*”, es el título de la famosa película de Syney Pollak que retrata la gran depresión americana.

En la gran depresión se montaban espectáculos que consistían en hacer bailar parejas de forma continua, día y noche, con sólo pequeñas pausas. La pareja que más tiempo resistía era la ganadora y recibía un premio en dinero. Gloria (Jane Fonda) y Robert (Michael Sarrazin) se conocen en ese lugar y deciden formar pareja. Están desesperados porque no tienen de qué comer. Mientras bailan al menos reciben comida, y si ganan podrán sobrevivir con el dinero del premio. Los que hemos visto la película recordamos la tremenda angustia de los protagonistas que continúan bailando hasta la extenuación.

Pues bien, ya hace unos años que otra versión de este espectáculo cruel puede verse en la mayoría de las ciudades españolas. En definitiva se trata de ver lo que estan dispuestos a hacer los pobres por algo que necesitan. Me refiero a las ignominiosas colas en las que ciudadanos esperan días y noches para conseguir pisos baratos. Si se hiciese una película del inicio de la desaceleración de Zapatero (o la desaceleración de Mendizábal por su magnitud) la crisis española bien podría titularse:” Esperad, esperad, malditos” y el argumento sería las penurias sufridas por unos jóvenes que para comprar un piso pasan semanas en una cola en la calle. Pues bien: así ha sido desde hace algún lustro el democrático y justo sistema  empleado por nuestras administraciones para seleccionar a los que más se lo merecían. Pero bueno, qué le vamos a hacer, desde Larra la cola es inherente a los administrados españoles.

Ahora bien lo que ya me ha tocado los huevos es que el promotor privado llamado por los medios de comunicación: El pocero bueno haya empleado el mismo método para que miles de parejas jóvenes le den ciento cincuenta euros contra la promesa de darles un piso cuándo encuentre un terreno que le regalen y lo construya. La desesperación de mis contemporáneos es tal para acceder a su derecho constitucional de poseer una vivienda digna que tragan con ruedas de molino y lo que haga falta. Obsceno es lo que ha hecho este señor, pero infinitamente más obsceno es lo que han hecho los medios de comunicación al difundir esta hipotética y muy discutible noticia. Además difundiéndola como “buena noticia”. ¡Tócate los huevos Manolin¡