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pepe-cerda

Originalidad

Pla decía con esa socarroneria destilada del Ampurdán: “Sólo leo novelas escritas antes de principio de siglo ( se refería al siglo veinte, claro está) cuando ,alguna vez , comienzo a leer alguna escrita posteriormente siempre tengo la impresión de que ya la he leido”.
Algo parecido me pasa a mí con las decenas de invitaciones y catálogos que recibo semanalmente. El “deja vu”, que dicen los franceses, y en pintura, no es demasiado grave si se es humilde. Todo recuerda a todo. Es más, hasta Baudelaire un cuadro era tanto más bueno cuanto más se pareciese al del maestro en cuestión que el artista quisiese imitar. Ribera camina tras los pasos de Caravaggio; Goya tras Velázquez. Si alguno de sus contemporáneos le hubiese dicho a Ribera: “-Sí, sí, está muy bien pero el claroscuro me recuerda a Caravaggio”. Seguro que nuestro Espáñoleto, lejos de cabraarse lo hubiese tomado como un halago.
La cosa de la originalidad como valor viene mucho más tarde; concretamente del nuevo modo de mirar que plantea Charles Baudelaire en su obra “El salón de 1846”. El problema es que llevamos más ciento cincuenta años siendo originales y que las combinaciones y permutaciones de los cuatro o cinco elementos que sustentan a eso que no sabemos lo que es pero que llamamos “arte”, son, desgraciadamente, finitas.
Viene a ser como si Robinsón Crusoe con los pecios de su galeón se hubiese entretenido en volver a montarlo y desmontarlo, una y otra vez, con la sola idea de construir otra cosa distinta, y original, cada vez. Seguro que, tarde o temprano, a base de componer y recomponer las mismas piezas, le saldría el mismo galeón, tal cual era, pero que él ya había olvidado, y seguro que, además, le parecía bello y que se sentía autor original de aquello.

2 comentarios

Anónimo -

La pequeña historia de la pintura mayormente al aceite del rincón occidental de nuestro minúsculo planeta no es sino un juego cómplice de espejos y miradas, pretexto para el vano intento de trascender a la parca, que discurre en un continuo indisociable de Giotto a Masaccio, de Caravaggio a Velázquez, de Goya a Manet y de éste a Picasso, etc.
El siglo pasado transcurrió bajo la égida del "impacto de lo nuevo" (pertinentemente descrito por Hughes), que tuvo su canto del cisne con lo que se vino en llamar "postmodernidad": brillantes parafraseadores, inteligentes epígonos, autorreferencialidad al movimiento moderno, MANIERISMO, al fin y al cabo. (Todo esto trufado con las recurrentes expediciones de certificados de defunción y renacimiento para la secular, cuando no milenaria si nos remontamos a Altamira o al mono-pintor, disciplina).
En cualquier caso, tal vez lo verdaderamente "original" hoy sea precisamente "enfocar y subrayar lo existente y hacerlo visible, abriendo la percepción a otra forma de mirar". Casi nada, Gatopardo. No otra cosa hicieron, por cierto, los antedichos referentes.

(io)

Gatopardo -

A veces me pregunto si anteponer la originalidad no es una moda que nos está costando demasiada creatividad para quienes jamás tendremos el mundo informe del primer día de la creación, y el poder de hacer la luz y separarla de las tinieblas.
Esa humildad que consiste en enfocar y subrayar lo existente y hacerlo visible, abriendo la percepción a otra forma de mirar, se suele sacrifica por conseguir ser originales.