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Historia de una figura.

Historia de una figura.

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El otro día, hojeando una guía del museo de Zaragoza me sorprendió ver la foto de la única figura egipcia que posee en su colección  Me sorprendió, aunque parezca paradójico, porque en realidad para mí no era una imagen desconocida, al contrario la conocía muy bien. Esa figura que estaba viendo en la guía, como algo distante, valioso e intocable, la había tenido en mis manos cientos de veces en mis frecuentes visitas al cochambroso taller de escultura en piedra (tan cochambroso como el de cualquiera de nosotros en aquella época) que Alberto Pagnusat tenía entonces en la calle broqueleros. Tenía la costumbre de manosearla  mientras charlaba y fumaba canutos con Alberto. Me gustaba tenerla entre las manos como esas pelotas blandas que venden ahora para calmar los nervios. Ahora desde el tiempo transcurrido, al verla reproducida en el libro, ese acto banal y automático me parece casi un sacrilegio. Como un acto irresponsable fruto de la inconsciencia juvenil, como cuando mi padre me contaba como echaban en su niñez las balas y las granadas que encontraban sin estallar en las trincheras de la guerra civil a la hoguera para que estallasen con gran regocijo de la chiquillería. Por otra parte, también experimente un cierto orgullo. Como cuando se ve a alguien cercano en la prensa. De alguna forma la tenía como algo también mío, como algo familiar. Al fin y al cabo yo había estado muy cerca de ella desde el primer momento de su recuperación de entre los escombros. Bueno, de su "segunda" recuperación, ya que en la guía del museo dice que se encontró en la margen izquierda en 1934, y no hace ninguna referencia, ni a su pérdida, ni esta "segunda" recuperación que voy a narrarles. Seguramente estaré metiendo la pata, y revelando algo sobre lo que hay un pacto de silencio para esconder alguna negligencia en su custodia, pero la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero.

Les cuento como fue la cosa:

 

La encontró un amigo, que ahora no me acuerdo como se llamaba, pero que era socio del lutier Pedro Sabirón (que en paz descanse) y ambos tenían un taller para construir instrumentos musicales. Aunque sería mejor decir: instrumento musical., ya que, en todo el tiempo que frecuenté su taller siempre ví el mismo clavecín en construcción sin apenas variación, y eso que además lo habían comprado como un kit  y sólo había que montarlo, como las maquetas de los aviones. Pero daba igual, ninguno de nostros era aún lo que tanto impostaba ser. Sólo nos lo creíamos para así pasar el tiempo sin ocuparnos en asuntos importantes para nuestro porvenir. ¡Cosas de la divina juventud!. Pero esta es otra historia. 

Decía, que mis amigos lutieres,  tenían el taller en la calle Predicadores a escasos cincuenta metros de dónde estaba el contenedor. Yo habitaba entonces un piso en la misma Plaza Santo Domingo, en el número 20-22, que estaba a la misma distancia del contenedor, en el que intentaba garabatear algún cuadro con escaso éxito. Y que por lo tanto eramos vecinos y equidistantes del contenedor.

 

El día del hallazgo era un día de invierno del ochenta y pocos. Yo salí, como cada noche, a tomar alguna copa en el bar “El alba” que estaba en la calle Predicadores. El piso no tenía calefacción y se estaba mejor en el bar.  En la esquina de la plaza me encontré a este amigo aprendiz de lutier rebuscando en un contenedor de las obras de remodelación del antiguo ayuntamiento. El rebuscar en los contenedores en busca de “tesoros” era una actividad común entre todos nosotros en aquella época. En su caso lo que buscaba era madera antigua que pudiese reciclar para los instrumentos, perdón el instrumento, que pretendían construir y en el mío cualquier cachivache susceptible de ser utilizado como mueble de mi desolado piso. Al pasar a su altura le saludé desde la acera de enfrente, él encaramado en lo alto de los escombros que colmaban el contenedor me respondió al saludo y me dijo que no hacía falta que me acercase, que no había nada que mereciese la pena. De un salto bajó, se dirigió hacia mí, se puso a mi lado y nos dirigimos juntos hacía el bar, como cada noche. Mientras caminábamos sacó de una bolsa y me mostró lo que yo pensé que era un pedazo de adoquín.

 

-            Échale un vistazo a esto.

 

Nos detuvimos debajo de una farola. Al observar el fragmento más detenidamente me di cuenta de que no era una adoquín. La piedra tenía formas reconocibles y pulidas. Reconocí a un pequeño faraón entre las manos de otra figura mayor de la que faltaba la mitad de arriba. Poniendo cara de entendido y tras una somera observación le dije.

 

-            Me parece que no tiene ningún valor. Creo que es una reproducción para turistas. Una especie de pisapapeles "recuerdo de el Cairo".

 

-            Sí claro, ¡qué va a hacer una escultura egipcia en un contenedor de Zaragoza!.

  

-            Pues eso.

 

      -      Esas cosas sólo le pasan a Indiana Jones.

Nos dirigimos juntos al bar. Allí, en la mesa del fondo, estaba como cada noche Alberto predicando a un grupo heterogéneo y heterodoxo. Pedimos algo y nos sentamos en la mesa.Unas horas después, al cierre, tras no pocas cervezas y unos cuantos canutos, salimos del bar. Fuimos a tomar la última copa al taller de Alberto, que estaba a la vuelta de la esquina. Mientras caminábamos le dije a mi amigo.

  -         Enséñale la piedra a Alberto.

 

Alberto la cogió, y la miro un momento, pero no eran horas de ver nada. Mi amigo le dijo.

 

-          Si te gusta, quédatela.

 

Entramos en el taller y subimos arriba, a la planta que hacía las veces de vivienda de Alberto. Era una especie de desván con una estufa de leña que soltaba brea por la junta de los tubos y que atufaba toda la estancia. Alberto preparó el último canuto. Dándole las primeras y profundas caladas al porro observó con detenimiento la escultura. La miró de frente y de perfil y le agradeció a mi amigo el regalo sin demasiado entusiasmo. Como ya era muy tarde y hacía frío nos fuimos pronto a casa.

 

Pasó el tiempo y nos seguimos viendo con frecuencia. Alberto comenzó a considerar la posibilidad de que la figura fuese auténtica ya que no era, según él, piedra artificial. Se la empezó a enseñar a entendidos locales pero casi todos le decían que estaba loco. Que ese tipo de pisapapeles los hacían a mano los niños egipcios para los turistas. Que allí era más barato hacer las cosas a mano que con moldes. Pero esto lejos de desanimarle le hizo empecinarse aún más. Y consiguió contactar con gentes de museos importantes que empezaron a darle la razón. En este proceso que duró unos cuantos años la escultura estuvo siempre en el mismo sitio dónde la dejamos el primer día, en el centro de una mesita baja delante de los sillones desvencijados en los que solíamos sentarnos. Al final, por inaudito que parezca, consiguió demostrar su autenticidad.

 

Cómo es natural, el ayuntamiento y el museo de la ciudad contactaron con él para adquirirla. Entonces Alberto ya no vivía en Broqueleros. Había convencido a un grupo de personas, la mayoría chicas y bastante jóvenes, para alquilar una villa en las afueras de la ciudad dónde vivir en comunidad y dedicarse a la escultura. También había conseguido algún encargo público que ejecutaron entre todos. Entonces ya no le visitaba con tanta frecuencia, ya que vivía en Madrid, pero aún así le veía tres o cuatro veces al año.En estas visitas me tenía al tanto de sus originales investigaciones semánticas.

 

Según él Alejandro no era Magno. No; Alejandro Magno era en realidad Maño. La eñe española se traduce en otros idiomas como “gn” como es sabido. Por lo tanto todo lo maño es también magno. Siguiendo esta tesis continuaba explicándome lo de los tres reyes maños, por los tres reyes magos.  Lo del mañá como el alimento que recibían los primitivos judíos seguidores de Moisés, en lugar de el mana.

También encontró el verdadero emplazamiento de la tierra prometida. Ya qué:

-          ¿Quiénes eran Hebreos? ;¿De dónde habían salido? ¿No podían ser los primitivos habitantes del valle del... Ebro? :

 

-          ¡Ebro! ;¡Eúfrates!. ¡Huesca, Osca... Osaka!.

 

Recitaba abriendo mucho los ojos y enfatizando sus palabras. Ni que decir tiene que la ingesta de psicotrópicos cuando afirmaba esto era notable. Siguió con sus investigaciones semánticas hasta llegar a la conclusión (no me pregunten cómo) de que Aragón fue la tierra dónde se desarrolló la cultura egipcia. Recuerdo vagamente alguna de sus equivalencias semánticas al respecto.

 

-        ¡Faraón!

 

Cómo la efe es hache.

 

-        ¡Faraón, Haraón... Aragón!

 

Continuaba con sus deducciones significativas:

 

-         ¡Aragón; Argón....Aragonauta!

   

Estaba claro, aquí vinieron los argonautas a por el vellocino de oro. Las crecidas del Ebro permitieron cómo las del Nilo y las del Tigris y el Eúfrates el florecimiento de una primigenia civilización que dio origen a todas las demás. En el fondo lo que quería probar es que la escultura no había sido traída desde Egipto sino que era un resto de aquella civilización primigenia que habitó nuestra tierra. Tenía muchos más argumentos semánticos para probar esto. Por ejemplo:

 

-           Ra, es el dios sol egipcio. ¿No?. ¡A, Ra, Argón!. ¡Te das cuenta!. ¡La tierra del Sol! Aquí tiene que estar el primigenio templo del sol. El primero de todos.

 

Siguió dándole vueltas al asunto. En este periodo le encargaron una escultura para una plaza de la ciudad que consistió, como no podía ser de otra manera, en un obelisco de decenas de metros. Obelisco en el que colaboró abundantemente mi amigo el inefable Ignacio Mayayo del que ya les he contado algunas vivencias. Por aquél entonces, Mayayo me contó que el asunto de adquirirle la figura egipcia para el museo se estaba madurando seriamente. Por lo que fue convocado a una reunión para hablar del asunto. En ella se encontraban responsables del museo, responsables municipales y de las cajas de ahorros locales que financiarían la operación. Según Mayayo, Alberto se presentó y les dijo que algo tan valioso como aquella figura no podía ser vendido. Que aquello no era, ni podía ser, de nadie.

 

-                Se trata de algo muchísimo más valioso que todo lo que puedan ofrecer. Se trata del origen. Por lo tanto nada material quiero a cambio. Quiero que se sepa que aquí hubo una civilización primigenia y a eso sí que me pueden ustedes ayudar.

 

-                Usted nos dirá.

 

-                Quiero que se excave debajo del Templo del Pilar, más concretamente, debajo de la capilla de la virgen. Estoy seguro que se encontrará un templo egipcio en honor al sol y que el pilar que se venera, el que se besa, es en realidad la punta de un obelisco.

 

Imaginen la cara de estupor de los asistentes. Como pueden suponer no se aceptaron sus condiciones y no se derruyó el Templo del Pilar para excavar debajo.

 

Más o menos por entonces yo me fui a París y estuve unos nueve años y perdí prácticamente el contacto con Alberto. Después, a mi vuelta, le he visitado en alguna ocasión. Pero no le he preguntado por la figura egipcia, ya no me acordaba de ella. ¡Me alegro tando de verle y lo paso tan bien charlanado con él!. Es el hombre que más pensamientos originales por minuto puede verter en una conversación de todos los que conozco, y, creanme, no son pocos. Algunas de sus reflexiones pueden ser delirantes, otras imaginativas, algunas ingeniosísimas,otras cómicas, muchas muy graciosas y pocas, como es natural, geniales. Yo le tengo un sincero y viejo aprecio. La próxima vez que le vea ya le preguntaré como llegó la escultura al museo y les contaré.

 

Lo que parece claro, como ya he dicho, es que no aceptarón sus pretensiones. Ya que la escultura está en el museo y el templo del Pilar sigue en pie.

Aunque nunca se sabe lo que pasará, ya que como dijo el poeta:

"Hoy es aún siempre, todavía." 

      
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