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Enriquecerse

Los dos únicos modos lícitos y elegantes de enriquecerse son cuando naces o cuando te casas. Una vez errados estos dos momentos lo mejor es ni intentarlo.
Si un hombre nacido pobre tiene la vana ambición de morirse rico y lo intenta dentro del marco de la legalidad ha de hacer ricos a otros dos entes: a la banca y al estado, y eso ya es mucha tela. Me explico: A base de matarse de trabajar y tener suerte, habrá de ganar anualmente el suficiente dinero como para estar en el epígrafe más alto de nuestra hacienda pública, por tanto por cada millón que gane deberá aportar, prácticamente, otro al erario público. Además como ha partido de la nada se habrá financiado con créditos que deberá devolver, como saben, con creces. Por si esto fuera poco, alcanzará prono un nivel: el especulativo, en el que deberá competir con dinero prestado, es decir caro, con dinero recién sacado del cajón de casa, es decir barato, que es el que tienen desde siempre los ricos. Si aún así, milagrosamente, tiene éxito y alcanza el siguiente nivel: el social y político, tendrá que volver a competir con los que estaban allí desde siempre y que no tienen ganas de intimar con los recién llegados.
Si elige el camino de lo ilícito, que aunque moralmente punible, es el más aconsejable para el éxito de su en esencia lícita empresa de enriquecerse. Los riesgos serán enormes ya que fuera de todo marco legal, hay otra ley terrible y sin piedad, que con la que se organiza de un modo natural todo aquello donde no llega el estado. Si aún a pesar de todos los tremendos riesgos consigue su objetivo, siempre será un rico de segunda categoría, como el del camino legal, y serán mirados por encima del hombro en los pocos clubs donde sea admitidos. Puede que sus nietos consigan el estatus necesario como para no preguntar de donde ha venido la pasta, pero ellos desde luego no.
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11 comentarios

Pepe Cerdá -

Cuando uno anda perdido Morandi siempre tiene la respuesta. Simple y veraz como las cosas ciertas.

Aurora Criado -

Morandi, tan severo y sobrio él, fue amante de una tía mía. Lo recuerda como un esteta incluso en el sexo: un místico de la carne, la mirada más perversa que podía recibir cualquier ojo.

Me emociona el nivel de este blog. Creo que no lo abandonaré nunca; prefiero al Cerdá escritor que al pintor... Soy mujer y me pierden las bonitas palabras. Señor Cerdá, ¿está usted en edad de merecer?

Anónimo -

Lo de zapatero a tus zapatos es como una plaga. La absurda tecnificación y especialización de la sociedad contemporánea lleva a la compartimentalización de especialidades, llevadas hasta el absurdo. Los ejemplos abundan, y muchos los sufrimos en nuestra vida cotidiana. No encontraremos, por ejemplo, al médico que trate de manera integral a su paciente, sino que éste se verá zarandeado de un especialista a otro (hematólogo, virólogo, estomatólogo, traumatólogo, cardiólogo, psicólogo, psiquiatra y vuelta a empezar ). Occidente se derrumba paralizado en la hipertecnificación, mientras la concepción humanista de la existencia queda relegada a mero cliché, en el que sólo cabe Antonio Banderas como "artista del Renacimiento". No existen líderes capaces de tener una visión de futuro, no hay ciudadanía que se deje hacer soñar. Trasladado al mundo del arte, encontraríamos el paradigma de esta plaga en la dictadura ejercida por el crítico-especialista-curator, quien, en medio de la confusión de la turba iletrada, parece el único capaz de "entender" las bacaladas que nos quieren meter. Esta línea de pensamiento suele ser calificada por los tiranos de la hipereespecialización como reaccionaria.
En efecto, importa un pimiento lo que Morandi fuese en su vida particular, si gustaba de tomar o dar por culo, o si era tan aburrido como una mesa, tan sólo importa, como siempre, su mirada.

(io)

diógenes -

para moncho:
débrouillard : "desenvuelto, despabilado, que sabe buscarse la vida".

para zapatero anónimo:
en morandi, pongamos por caso, hay una lección sobre el arte de mirar, pero le aseguro que lo que pensase ese señor sobre, pongamos por caso, eso que llamamos pomposamente "la vida" me importa un pimiento. de hecho, lo malo de los zapateros que se limitan a sus zapatos, sin preocuparse de lo que pasa en el negociado de al lado es que suelen ser tan coñazo cuando hablan del oficio como en la barra de un bar (y esto último, estará usted de acuerdo, es imperdonable).

un saludo.

Anónimo -

sí, zapatero a tus zapatos.
la falta de hondura... si volvieras a hablar de pintura te saldría la vena lírica y tu sabiduría, aunque no compartamos muchas de tus propuestas te leemos a gusto y aprendemos, consigues emocionar.victimismos, no.
esfuezate más, coño... que tú vales¡
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Anónimo -

zapatero a tus zapatos

moncho -

Diógenes, mis conocimientos de la lengua francesa son limitados; aplicándoselo incluso a usted mismo, entiendo que utiliza el término débrouillard como sinónimo de listo, y no de jeta tal y como también se podría interpretar. Un saludo cordial Pepe

Nicolás -

Yo, como nunca he conocido a nadie que fuera rico, ni que se hubiera hecho rico, no puedo comentar nada...
sólo me pregunto si, al igual que hay modos lícitos y elegantes de hacerse rico y otros que no, hay alguna manera lícita y elegante de hacerse pobre (¿pintando, por ejemplo?) y otras que no...

Teresa -

jo, pero siempre nos quedará la primitiva...

Pepe Cerdá -

Estimado Diógenes:
La única razón por la que mantengo el blog es para encontrarme con comentarios como el suyo, que encuentro magnífico.
La razón de la falta de hondura es que últimamente me limito a “pegar” en el blog una serie de artículos que he publicado en el Diario de Teruel en las últimas semanas, bajo el título de “Fuera del tiesto”. El director de dicha publicación me invitó a colaborar en su periódico una vez a la semana, concretamente los miércoles, y cómo es algo que no había hecho nunca y no puedo resistirme a las invitaciones para hacer algo para lo que no soy competente pues acepté. Acepté también la sugerencia de que fueran en un tono pseudo humorístico y esto es lo que salió. Y como ando un poco vago últimamente, tiro de “archivo”.
En cualquier caso, la breve historia de su familia que ha tenido a bien relatar, es sensacional a la vez que relativamente común. Lo que no es tan común es la gracia, ni la sabia distancia con la que usted la expresa.
Muchísimas gracias por la aportación, a este su blog.
Suyo.
Pepe Cerdá.

diógenes -

Constato que está usted atravesando una etapa delicada y, como suele suceder, eso repercute en la calidad de sus escritos, que ganan en sabor lo que pierden en hondura. Claro, la pregunta es: ¿a quién coño le importa la hondura? Por pura simpatía (DRAE: “relación entre dos cuerpos o sistemas por la que la acción de uno induce el mismo comportamiento en el otro”), voy a abundar en lo dicho so pretexto de ricos (nuevos y viejos), y a riesgo de abundar también en el paralogismo al que se ha lanzado usted.

Estoy de acuerdo: “lo mejor es ni intentarlo”.
Y es que además de cosa de pobres, eso de querer llegar a rico sólo puede ser cosa de tontos. Me explico: el deseo de ser rico, pero de serlo ya, resulta de lo más comprensible, pero el otro, el de querer llegar a serlo, es temerario (entre otras cosas por las razones que ha explicado usted). No voy a recurrir a ciertos pensadores griegos, o a los moralistas franceses, para justificar esta afirmación que alguien podría tildar de acomodaticia. Lo que haré, dado que empezó usted, será tirar de biografía. Mi abuelo materno (que en gloria esté), además de pobre era uno de esos tontos que se pasan la vida matándose a trabajar y se despiden con un “si lo hubiera sabido” que dejan aterrada a la asistencia. Claro, se forró. Vamos, si eres lo suficientemente tonto como pasarte la vida intentando forrarte y no lo consigues, es que eres doblemente tonto, y tampoco hay que pasarse con el ancestro. Mi padre, que no tiene ni un pelo de ídem, se quedó con la copla, y lo que hizo fue fundirse la herencia metódica e implacablemente (y ante la mirada perpleja de mi madre, que descubrió algo tarde sus intenciones). Aunque, en términos económicos, no tengo nada que agradecerle, reconozco que comprendo mejor su actitud que la del abuelo. Ahora no tiene un duro (de hecho, su prole más que preguntarse de dónde ha venido la pasta, se pregunta a dónde coño se fue), pero eso no parece preocuparle lo más mínimo y, desde luego, nunca le he oído hablar de ordinarieces como la que nos ocupa. Sigo. Uno de mis hermanos recurrió al segundo método que usted menciona (quel coup de maître, parbleu !) y, créame, es digno hijo de su padre. El otro recurrió al “camino de lo ilícito”, pero tuvo que desistir en plein élan debido a ciertos inconvenientes intrínsecos al mismo que no detallaré por razones que a nadie le escapan. Y llegamos al que suscribe, que, como usted, ha conocido vacas flacas y gordas y, a base de lidiar con unas y otras, ha desarrollado una forma de talento que usted (todo un débrouillard) conoce mejor que nadie y, llegado a un punto en que las cosas ruedan por sí mismas (modestamente), contempla anonadado la mala vida que se dan los tontos en cuestión y, discúlpeme usted, las calenturas (“hay una cosa que me exaspera”) que se coge vuesa merced con ellos. Máxime cuando, que yo sepa, tiene usted abiertas las puertas de los clubes a los que se refiere y de los otros, donde espero encontrarle cualquier día.

Un saludo.
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