
|
De las aficiones y los trabajos.He de confesar un secreto. Últimamente he descubierto que lo que más me gusta es picar. Cuando digo “picar” no me refiero a tomar tapas con cañitas en los bares. No. Me refiero a picar con un pico o un azadón. Sé que puede extrañarles, a mí también me extraña, pero es así. Desde hace unos años paso la mayor parte de mi tiempo, al menos de mi tiempo libre, en una casa de campo en el pirineo francés. El terreno que rodea la casa es muy empinado y encargué hace años que me hiciesen unos caminos para hacer más fácil el merodear. Unos con pala excavadora y otros a mano. Al observar cómo los hacían reflexioné sobre que no hay nada más civilizado, más romanizado, que trazar caminos y ejecutarlos. Como los caminos están sin asfaltar, como es natural, han ido necesitando de un cierto mantenimiento que he ido acometiendo yo mismo. Lo que al principio me pareció un trabajo penoso y engorroso se fue convirtiendo, poco a poco, en una especie de adicción. Tanto es así que comencé a trazar y ejecutar nuevos caminos. El sonido del azadón al hincarse en la tierra, el modo tan especial con el que el tiempo se detiene mientras pico, mi corazón latiendo con fuerza, el sudor cayendo sobre mis ojos mientras mi perro me observa, o dormita, o juega, el transitar la primera vez por el tramo recién terminado me reconcilian con algo atávico e importante, o al menos eso creo. Se trata de hacer ejercicio, pero no baldío, como el de los gimnasios, o el del footing, sino construyendo. Un anciano agricultor me contó que no entendía porqué no había una dinamo en cada bicicleta estática de los gimnasios para aprovechar la energía. Y no le faltaba razón. Cansarse por construir, por generar algo, creo que es más sano que cansarse por cansarse, tal y como ocurre cuando se hace deporte. Además el ejercicio de mis ancestros no fue ni el golf, ni el tenis; fue arar, trillar, segar y entrecavar y creo notarlo mientras pico. Creo que mi cuerpo es el resultado de la información genética de mis predecesores, que los genes no previeron que uno de sus descendientes se dedicase a las artes y a la reflexión. Por eso los pobres tienen más tendencia a engordar que los ricos. Los pobres engordan porque han de guardar para los tiempos de escasez. Los ricos saben, genéticamente, que no les faltará y pueden dedicarse sin miedo al espacio de la teoría: a la artes y a las letras. Las siguientes dos semanas no podré ir a continuar picando mi camino, estaré en París y luego en Benasque, y créanme que lo echaré de menos. Algo está cambiando en mis prioridades o quizás me esté volviendo loco. Expongo en París![]() Las ciudades en las que se ha amado, sufrido, errado, vagado, embriagado; en definitiva: en las que ha sido joven, no pueden visitarse, tan sólo cabe recordarlas. Es lo que tiene la juventud: sólo puede recordarse. En nuestra época el botox, los tintes de pelo y las liposucciones, hacen que algunos ancianos intenten no parecerlo, intenten volver a ser jóvenes, pero no lo consiguen, solo consiguen ser unas patéticas caricaturas desdibujadas. Esto me ocurre a mí con París. Mañana he de ir a París, expongo el sábado. Voy en coche, mejor dicho en camioneta, con los cuadros en la baca. Hace treinta años cuando comencé a exponer por ahí suponía que a mi edad vendrían a buscar los cuadros unos señores, con bata y guantes blancos, y que con sumo cuidado los introducirían en unas cajas estancas. Pensaba en esto mientras me hacía miles de kilómetros con los cuadros atados a la baca haciendo un ruido infernal. Los señores con bata y guantes blancos han venido alguna vez en el pasado a mi estudio a coger los cuadros, pero siempre les ha pagado la administración porque la exposición la organizaba algún museo o institución. Jamás una galería privada les ha enviado, no puede pagarlos, ahora la administración tampoco. Pienso que eso de ir en coche con los cuadros en la baca es un poco como lo de la liposucción, no deja de ser revisitar la juventud, pero por obligación, del mismo modo que se maquillan las viejas prostitutas en un intento desesperado de competir con la lozanía de sus colegas. Pero no estoy triste, al contrario, me apetece volver a exponer allí y llevo los cuadros en la baca de mil amores, tan solo querría explicar la extraña y melancólica sensación de volver al sitio en el que se estuvo. Sensación absolutamente común a todos los mortales que tienen la suerte de cumplir años, por otra parte. Pintan bastos.¿Pero no habían superado los Bancos Españoles todos los exigentes test de stress?, ¿no estaba garantizada su solvencia y liquidez en el peor de los escenarios posibles?. ¿No están garantizados nuestros ahorros por el estado? ¿Por qué ahora necesitan urgentemente otros ochenta mil millones de euros? ¿Pero no era su majestad y su familia un modelo de compromiso con España y ejemplo de todas las familias españolas?. ¿Pero qué ha pasado en este mes? ¿Por qué se nos ha despertado tan súbitamente? Mi generación, la de Zapatero, la chiripitiflautica, ha vivido en el candor, en la creencia de que las cosas siempre han de ir a mejor. De que la bondad rige el mundo y la maldad siempre es vencida. En esto nos instruyeron nuestros mayores. Cuándo nos instruían, apenas habían pasado una veintena de años en que la guerra había devastado España y Europa. Nuestros instructores habían vivido los desastres de la guerra y querían formarnos como si nunca hubiese existido tal ignominia, tal vergüenza. Querían protegernos del odio, querían protegernos para que creciésemos en la felicidad. Tal y como se hace con los niños cuando se les instruye por medio de cuentos y se les hace creer en los reyes magos. El crecimiento económico interrumpido desde nuestro nacimiento, allá por los sesenta, hasta hace unos años, ayudó a nuestros padres a darnos más y más caprichos. Así se paso del burro al Seat seiscientos, del refajo al bikini, del puchero al duralex y del hambre a la dieta. Nuestros padres y nosotros volvíamos a los pueblos dónde aún vivían nuestros abuelos a hacer picnic, con nuestras sillas plegables y nuestras neveras portátiles. Nuestros abuelos, enjutos, agrietados y resecos, acompañados de sus mulos y burros miraban atónitos a la pandilla de veraneantes en que se habían convertido sus descendientes. Nuestros abuelos que habían estado en la guerra de África como soldados y los padres de nuestros abuelos en la de Cuba, y nuestros tíos en la de Ifni, no tenían ni un ápice de candor, pero les parecía bien nuestra felicidad, aunque les pareciésemos un poco ridículos, pero qué se sabrían ellos si eran prácticamente analfabetos. Pues ahora resulta que nuestros analfabetos y refajaos abuelos de los que nos reíamos porque no se fiaban de llevar el dinero al banco, porque no gastaban más de lo que tenían y porque procuraban autoabastecerse, resulta que no andaban tan desencaminaos. Resulta también que nuestros gobernantes jamás en la historia se habían encontrado con una población tan candorosa, tan dispuesta a comulgar con las ruedas de molino de la soberanía popular, la monarquía parlamentaria y de nuestro solvente sistema financiero. Pero para nuestra desgracia, y la de nuestros gobernantes, la realidad, que se nutre de acontecimientos y no de voluntades políticas tal y cómo les gustaría a nuestros próceres, se nos impone súbita e incontestable. Nuestros abuelos y padres tenían ya prevista la desgracia y por esto actuaban con cautela y no compraban sillas de camping ni acampaban en la era. Nosotros no teníamos prevista la desgracia, es más la considerábamos imposible. Ahora, como dirían nuestros abuelos, pintan bastos. Cuadernos del pirineo.![]() Cuaderno de Enrique Flores en el Hospital de Benasque.
Ya me he vuelto a meter en otro lío. El último fin de semana de este mes andaré por Benasque impartiendo un curso de cuadernos junto a Enrique Flores y Alfredo. Lo que viene a ser como torear junto a José Tomás y Curro Romero. Ambos son maravillosos dibujantes y lo digo sin exagerar. Si quieren apuntarse punchen aquí. Saludos. De la imposibilidad de apretar las tuercas de los submarinos.El estado supone que hay una bolsa de dinero negro enorme en España y que hay que hacerla aflorar con planes antifraude y amnistías fiscales, vamos; los clásicos palo y zanahoria de toda la vida. Y se quedan la mar de satisfechos por la ocurrencia. Se atreven incluso a dar cifras de la economía oculta. ¿Pero si es “oculta” cómo la ven?. Son cosas de los aprobadores de oposiciones, que cuando se quieren enterar vía informe y análisis, ya es tarde. Lo que el estado no sabe, o no quiere saber, es que ya casi no queda dinero negro en España. Lo hubo, y mucho. Pero tras más de cinco años en crisis y sin ingresar ni una, las idas y venidas de los autónomos y pequeños empresarios a las cajas de seguridad de los bancos, a la baldosa suelta o al sobre con pasta en el libro hueco, han ido en aumento hasta agotar las negras reservas de billetes. Y los que tenían verdaderas fortunas en metálico hace ya muchísimo tiempo que no están aquí, ni ellos ni sus fortunas. Ahora mismo puedo contar por decenas los rumbosos empresarios con chalé, y moto Harley, que moran arruinados en la habitacioncita de soltero, con la guitarra y los banderines colgados de la pared, de la casa de sus ancianos padres, si tienen la suerte de que aún les vivan. Señores del estado: Hay tres cosas imposibles de ocultar: el dinero, la salud y los elefantes. El que no lo crea que le pregunte a nuestra majestad por lo de los elefantes. Por la negra pasta que les pregunten a los pocos restaurantes de lujo que quedan cuantas cuentas son pagadas en efectivo con billetes azules. Sé que pretenden hacer creer a los mercados y a la jefa germana que si se ponen serios los malos van a aflojar la pasta. Pero no se pueden apretar más las tuercas de los submarinos. Es imposible. El tiempo es vida y la vida es tiempoHace un par de días, cenando, una amiga escritora me recriminó el que no escribiera aquí. -Tienes muy abandonado tu blog. He entrado un montón de veces y no escribes nada. -No encuentro ni el tiempo, ni la razón, ni el qué decir. -Da igual. Tú escribe sin más. Además no se puede cerrar ni una mercería sin dar explicaciones. “Cerrado por defunción” o por “cese de negocio” es la mínima información que se les debe a los clientes aunque sea escrito de mala gana y en un cartón como la mayoría de las veces ocurre. Los que se largan sin dar explicaciones son los cobardes y los estafadores y tú tan sólo eres un vago. -Pues vas a tener razón. Pero ser un vago no es un defecto, al contrario es la pereza el espacio en dónde se desarrollan las teorías… -Tu no te enrolles y a escribir el cartón que has de colgar en la puerta de tu negocio. Tanto si lo vas a reabrir cómo si lo vas a cerrar. Y en estas me dejó. Y como tenía razón aquí me veo retecleando las teclas de mi ordenador de despacho sin saber muy bien qué decir. Si pienso en el porqué no escribo e intento ser sincero es a causa de que desde hace un par de meses tengo un iphone y una ipad, que son esos artilugios que valen para todo menos para escribir algo que tenga más de un par de frases. De ahí el éxito de twiter. Es desde estos aparatejos desde los que me relaciono con la red y con el mundo desde hace un tiempo y no desde mi ordenador de despacho con su gran teclado y confortable sillón. La inmensa mayoría de lo aquí escrito lo está hecho sin intención y sin ton ni son y como forma de escabullirme de lo que fuese a hacer en el ordenador. Ahora esta circunstancia apenas se da ya que como les digo veo el mundo desde mi ipad. Mundo que me espanta, como a ustedes, más cada día. Sólo hay una cosa que me espanta más que el mundo y son nuestros políticos y su subgrupo vocero: los tertulianos. Había pensado escribir sobre las mayores idioteces oídas en estos últimos meses. Incluso comencé a apuntar algunas como la de un tertuliano que dijo:”…pero quién legitima a los mercados, quién les ha votado”. Como si la realidad tuviese que someterse a plebiscito. ¡Ay señor! Pero he abandonado la idea porque ahora no se escuchan más que idioteces, en el mejor de los casos, o falsedades malintencionadas y partidistas en el peor. Por esto abandoné la idea y comencé a apuntar y a recordar las “sensateces”, cosa muchísimo mas escasa de oír en estos tiempos en dónde la confusión es total. En este sentido escuché una entrevista en la radio a Eleuterio Sánchez, el lute, que como Cervantes ha sido cocinero antes que fraile, que me gustó. Ambos han sido presos y soldados antes que intelectuales y lo que dicen lo suelen decir porque lo saben, porque les ha pasado, no porque lo hayan leído u oído como la mayoría de nosotros. Pues bien, en esa entrevista pronunció una frase que por simple y cierta me pareció genial. Dijo refiriéndose a la libertad, cuestión en la que tanto él como Cervantes son autoridades, que: “El tiempo es vida y la vida es tiempo”. Por lo tanto, como el tiempo no te lo puede arrebatar sino la gran señora: la muerte, mientras el tiempo fluya por tus venas se será libre. Redicho queda. De los noventa y los ahora.La agenda del año noventa me recordó aquella crisis económica provocada por la entrada de Sadam Huseim en Kuwait. Aquella crisis provocó un 24% de paro y tres devaluaciones casi consecutivas de la peseta. Yo llegué a París con el franco a unas 18 pesetas y en muy poco tiempo llegó a 26 pesetas. Como casi la totalidad del exiguo dinero con el que contaba en los primeros años era español mi pobreza se agravó con aquellas devaluaciones, del 8%, del 9% y del 6%, o sea que en total del 23%. Cerraron muchísimas empresas y el mercado del arte no fue una excepción. En Francia también se notó la crisis, la primera Galería en la que expuse en París; Catherine Fletcher, cerró nada mas terminar mi exposición, pero lo de España fue tremendo, cerraron decenas de galerías, y las que resistieron lo hicieron con economía de guerra. Nadie pagaba nada, nadie cobraba nada. El cheque pegado en mi agenda es un recuerdo de aquella situación. En las casas, nuestras madres, conocedoras de la escasez de la posguerra hacían acopio de comida. Esta crisis es distinta. Todas lo son. Pero los efectos son muy parecidos. Lo que es curioso es lo pronto que se nos olvidó aquella.Tampoco recuerdo muy bien cuándo fue la recuperación. Supongo que fue paulatina, como todas las recuperaciones. La fractura es súbita y la cura larga. Siempre es así. El origen de esta crisis de ahora fue que los bancos de todo el mundo prestaron dinero a espuertas a gente que no se lo podía devolver. Pero de esto hace ya cinco años. Los bancos, al menos en Europa, no han quebrado, la gente sí. Los países europeos en peor situación no pueden devaluar la moneda, tal y como lo hizo el ministro Solchaga, en tres ocasiones, que sería una solución, chapucera, pero solución. La gente, como entonces, sólo se enteraría de que era pobre si salía de España.Si no salían, no. Aquí seguirían cobrando lo mismo y tan contentos. No sé si estamos peor o mejor si comparamos. El paro para este año se fija en el 26.6 %, más de dos puntos superior al de entonces, lo que hace suponer que la recuperación será más larga que la de aquel tiempo. El problema es que ahora ya nos pilla mucho más mayores a los que nos pilló aquella en la veintena. Y eso de ser mayor y pobre es una putada.
AgendaAyer, entre los miles de libros, catálogos, revistas, carpetas y cajas vacías que en completo desorden conforman mi biblioteca, encontré mi agenda del año 1990. Es una agenda grande y negra, tipo dietario. Con tan solo acariciar la cubierta, bastante sobada por el uso, me trasladé a aquél año. Mi último año de la Casa de Velázquez en Madrid y el primero de mi estancia en París. Aquél año cumplí veintinueve años y me recuerdo sintiéndome ya muy viejo, demasiado como para empezar una carrera artística, con la sensación de llegar tarde ya a todo. Ahora, desde mis cincuenta, me parece ridícula aquella sensación, pero entonces era algo que me atormentaba verdaderamente. Aquél año expuse en Almagro, en la galería Fúcares, en Utrecht, en la casa de España (ahora Instituto Cervantes), en Venecia, en la Iglesia de San Bartolomeo y en Zaragoza, en el Palacio de Sástago. Sólo la exposición de Almagro fue individual, el resto fueron colectivas. En la página de la agenda que reseña y recuerda la exposición de Almagro aún hay pegado con celo un cheque a mi nombre de ciento cincuenta mil pesetas firmado por el propietario de la galería Fúcares: Norberto Dotor que nunca tuvo fondos. Me recuerdo llamándole desde una cabina de teléfonos de París para rogarle que me pagara ya que necesitaba el dinero con urgencia. Nunca lo hizo. Aquél año, tal y cómo rezan las citas anotadas, pedí varias becas que no me fueron concedidas: la de la cité International des Arts, que me obligó a desplazarme a París y presentarme ante una tal Madame Bruneau, la del Ministerio de Exteriores y alguna más. Aquél año conseguí una habitación en el Colegio de España de París y un pequeño estudio en la Cité International Universitaire, en el boulevard Jourdán. Aquél año conocí a Fernando Latorre que me llevó en su coche a París, a mí y a mis trastos, y que financió mis primeros meses. Luego montó su galería, primero en Zaragoza y después en Madrid; pero entonces no era sino un amigo que vendía cuadros y que se puso de mi parte vendiendo los míos. En la agenda que ayer encontré no hay ni un solo día en el que no haya varios propósitos, ni un solo día en el que la zozobra de la vida por vivir no se note. Desde ahora hasta entonces hay una línea imaginaria de veintidós años. Veintidós años vividos en la dirección marcada por las decisiones tomadas en aquél año. Ayer devolví la agenda al montón de libros desordenados que conforman mi biblioteca, tal vez nunca más la vuelva a encontrar.
De quién fui y aún me acuerdo.La mayoría de la gente tiene una idea muy equivocada de mí. No me extraña; yo mismo tengo una idea equivocadísima de mí. Si intento desenmascararme un poco ante el espejo aún puedo ver en mí al adolescente que tímido y aterrado veía al mundo como una constante amenaza. Adolescente que era delatado en los momentos más inoportunos por el rubor incandescente de su cara para chanza y mofa de sus congéneres, y lo que era más terrible: de sus “cogéneras”. Construí, entonces, una serie de discursos aprendidos para salir del paso cuando el nudo en la garganta me bloqueaba. Aparenté ser dicharachero y ocurrente, cuando no había ocurrencias más precocinadas que las mías, ni locuacidad más forzada. Aprendí a impedir que mi sangre subiese a las mejillas por su cuenta y sin permiso. Disfracé mi cobardía por medio de una suerte de temeridad suicida, que me hizo tomar el camino menos aconsejable solamente para demostrarme a mí y a los demás más cercanos que era cualquier cosa menos un cobarde aterrado, que es lo que en realidad era y soy. La dicharachería forzada que empleo cuándo me siento amenazado, sobre todo con los recién conocidos, me ha hecho, y me hace, meter la pata constantemente. No sé si después de treinta años largos de interpretar un personaje uno puede volver a ser el que se era. Pero me gustaría. Me gustaría poder callar y mantenerme en calma. Me gustaría dejar de temer. Aunque nada a mi alrededor lo aconseje.
De los demás y de su edadDesde la edad que me adorna la mayoría de los adultos me parecen unos niños. Esta es la señal inequívoca de que ya soy mayor. La mayoría de los ciudadanos en activo son menores que yo. Es una pura cuestión estadística. Ahora que las fuerzas empiezan a fallar, que el tiempo se acelera, que se revisa la vida, la de hace cuatro días, cuando, como los niños adultos de ahora, me tomaba en serio. Ahora, digo, que los niños no saben que lo son y que no hay nada más serio para ellos que el juego. Ahora en un mundo gobernado por niños que se creen importantísimos y que sólo respetan a los de mi edad si han triunfado absoluta e incontestablemente. Ahora no se ni quien soy, ni qué quise ser de mayor, ni qué |
pepe-cerdaPINTOR; !PINTA Y CALLA!
TemasArchivos
Enlaces
TodosOtros
|
Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras