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pepe-cerda

No pienso. Trabajo.

Ayer llegué de París, en coche y de un tirón. Expuse en una colectiva de celebración del veinte aniversario de la galería. Me venía fatal ir, pero no me arrepiento, París estaba más bella que nunca. Reencuentro con mis viejos amigos y, de algún modo, conmigo mismo.

Hoy comienzo un enorme mural que deberá estar terminado antes de final de mes. No pienso, sólo trabajo. Cuando vuelva a pensar ustedes serán los primeros en saberlo.

Gracias por su atención.

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2 comentarios

chime -

Qué curioso que pienses en París en femenino ! Yo hubiese dicho ¨bello¨. Y ahora toca pintar. Que disfrutes mucho y sufras lo justo. Hasta pronto !
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Carlos Miragaya -

El cocinero del príncipe Hui estaba descuartizando un buy. Cada gole de su cuchillo, cada esfuerzo de sus hombros, cada paso de sus pies, cada 'huich' de carne desgarrada, cada 'chic' de su cuchilla estaba en perfecta armonía -rítmicos como la Danza sel Soto de los Morales, simultáneos como los acordes de Ching Shou.

-!Bravo! -exclamó el Príncipe-. !Grande es tu habilidad!
-Señor -contestó el cocinero-, siempre me he consagrado al *. Es mejor que la habilidad. Cuando empecé a descuartizar bueyes, sólo veía ante mí bueyes enteros. Después de tres años de práctica ya no vi animales enteros. Y ahora trabajo con * y no con los ojos. Cuando mis sentidos me mandan detenerme, pero * me insta a que continúe, me apoyo en principios eternos. Sigo las aberturas o cavidades que pueda haber, según la natural constitución del animal. No intento cortar las articulaciones y aun menos los huesos. Un buen cocinero cambia su cuchilla una vez al año, porque corta. Un cocinero ordinario, una vez al mes, porque taja. Pero yo he tenido esta cuchilla diecinueve años, y aunque he cortado muchos millares de bueyes, su filo está como recién pasado por la amoladera. Pues en las articulaciones siempre hay intersticios, sólo hace falta introducir la punta de la cuchilla en tales intersticios. De este modo el intersticio se ensancha, y la hoja encuentra sitio de sobra. Así he conservado mi cuchilla durante diecinueve años, como recién pasada por la amoladera. Con todo, cuando me encuentro con una parte dura, en que la hoja encuentra dificultad, soy todo cautela. Fijo mi vista en ella. Detengo mi mano y aplico la hoja nuevamente, hasta que con un 'juah' la parte cede como tierra que cae desmenuzada. Entonces retiro la hoja, me enderezo y miro en torno; y por fin limpio mi cuchilla y la guardo cuiddosamente.
-!Bravo! - esclamó el Príncipe-. De las palabras de este cocinero aprendo yo a cuidar de mi vida.
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