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pepe-cerda

De la necesidad de unificar pesos y medidas.

En París, con cierta frecuencia, iba a buscar a algún hotel a un compatriota que por las razones que fuere tenía mi teléfono y me llamaba, y solía cenar con él. Como fueron muchísimos ya había establecido, por entretenerme, como un juego, distintas categorías según fuesen vestidos. A los de Zaragoza se les notaba mucho por los zapatos: mocasines burdeos y relucientes, daba igual que fuesen de sport o de traje. Los catalanes de Toni Miró. Los de Madrid, pelo engominao y más desenfadaos; y así sucesivamente...Pero todas estas subcategorías conformaban dos grandes grupos: los que como estaban en París se adornaban con un foulard o un chapeau, es decir se disfrazaban con alguna prenda recién adquirida en la ciudad de la Luz; y los que se reafirmaban en su nacionalidad y se vestían como en España.

Un día había quedado con uno del primer grupo, era de Zaragoza, le delataban los Sebagos color burdeos, pero se había comprado unos pantalones de tubo mil rallas y una chaqueta a juego, y un enorme foulard que llevaba enrollado al cuello, bueno más bien: el foulard lo llevaba a él. Y por supuesto un sombrero negro.

El hotel estaba cerca de Ópera, en donde están casi todos los hoteles de los viajes organizaos. Fuimos a tomar algo a un bar.

 

-¿Qué quieres tomar?, le dije.

 

Él se había acomodado en la barra con el desmayo y el desdén de un cliente habitual.Como para que no se le notase que era de Zaragoza.

 

-Un güisqui; me respondió.

- S'il vous plaît,  un güisqui et une bière presión. Le dije al camarero.

 

A mi me pusierón mi caña y a él su güisqui, pero uno de esos güisquis ridículos que ponen por el extranjero. Cogió su vaso parsimoniosamente, hizo girar el contenido y después lo olió con  prosapia poniendo cara de gran entendido. Le dio un ligero sorbo y enjuago antes de tragarlo su boca con el. Después sacó aire por la nariz y aspiró ruidosamente con la lendua como un canutillo por la boca.

El camarero lo miraba atónito y sin disimulo. Yo empezaba a estar incomodo y un poco avergonzado. Cuando termino sus enjuagues. Me dijo:

 

-Está bueno. Dile que lo puede servir.

 

¡Casi me caigo de la banqueta!. El tipo pensó que en París eran tan finos que daban a probar el güisqui antes de servirlo para ver si estaba picao o sabía a corcho. Lo había deducido por la pequeñísima cantidad de güisqui que le habían servido. Esa no podía ser la dosis.

 

-Creo que ya te lo has tomao.

-No jodas, eso no puede ser, pregunta que seguro que sólo me lo han dao a probar.

-Que no, que yo sé como son aquí los güisquis, que ya está. Si quieres te pido otro.

-No. Pídeme mejor una caña.

1 comentario

LuisPi -

Seguro que Paris es mas divertido acompañado de amigos como ese. Por cierto ¿conoces l'Paradis Latin?