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pepe-cerda

De la gran señora.

La muerte, esa gran señora, es sólo visible en los demás. Los vivos no podemos sino especular sobre ella porque cuando ella se nos presente nosotros ya no estaremos. Es, por lo tanto, un asunto del que no tenemos ninguna experiencia.

La muerte, que por definición, siempre es algo que les ocurre a los otros, nos afecta de modo muy distinto según quién sea el finado. Nos llega noticia del fallecimiento de muchas personas al año pero los grados de afectación varían. Los demás, los otros, sólo pueden ser de estas dos categorías: desconocidos o conocidos. Y dentro de los conocidos serán, amigos, saludados o familiares. En general nos apena la muerte de los otros pero no nos afecta esencialmente. Sólo afecta en el extremo de convertirnos en otro la muerte de la pareja, la muerte de los padres y la muerte de los hijos. Estas muertes sí son capaces de transformar al que las experimenta.

La muerte de los amigos de la infancia, los que nos llevan acompañando toda la vida, por enfermedad, por la ley de le leyes: por la natural, nos evidencia que el tiempo que nos queda es incierto y finito. Que igual que cuando niños en el colegio: cuándo nos preguntaba el profesor lo que igorábamos, cuándo rezábamos para que no nos preguntase a nosotros, cuándo nos aliviaba que le tocase a otro sabiendo  que nos podía tocar a nosotros en el instante siguiente. Sabiendo de un modo físico, sintiéndolo en la carne, que nuestro reloj biológico se puede parar en cualquier momento. Que el siguiente puede ser uno.

 

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1 comentario

cano -

Muchas gracias, amiguico. Y que la gran señora nos espere sentada.
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