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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2008. Resumen
De la salud, del dinero y de la oratoria.He estado pensando sobre el verdadero origen de la “autoridad moral" que parece sustentar las afirmaciones que vertemos tan alegremente y con voz grave, gustándonos, escuchándonos, cuando en cualquier reunión o conversación expresamos nuestra opinión o postura sobre algún tema.
El verdadero origen de nuestras “reflexionadas” posturas ante cualquier cosa es esencialmente la antipatía que le tengamos al que defienda lo contrario. La “voz” con la que mantenemos nuestra argumentación será más o menos “audible” según nuestro “estatus” en la estructura de la reunión y generará las “antipatías” suficientes para que se establezca el discurso de los que quieran arrebatar el puesto de emisor de opiniones.
Esta autoridad “moral” para decir, que se basa mas, repito, en las antipatías que en las convicciones, necesita de unos vehículos imprescindibles que son: el dinero y la salud.
Cuando un mendigo emplea el mismo tono de voz que el presidente de gobierno, por ejemplo, y habla mirando a los ojos con firmeza inmediatamente suponemos que está loco, que ha perdido la razón. Cuando en una reunión toma la palabra la persona más adinerada la atención que provoca es máxima y se analiza con detenimiento lo que diga, aunque sólo pregunte la hora. La enfermedad también desautoriza automáticamente al emisor de discurso. Se entiende, de un modo general, que cuando alguien enferma todo lo que dice está mediatizado por su enfermedad y los demás, los sanos, tienen derecho a mentirle, a tratarle con condescendencia y a darle ordenes sobre las cuestiones más intimas y esenciales.
Nuestra autoridad para decir aumenta de un modo general con los años y nuestro estatus para luego disminuir con la edad hasta llegar a la senectud en la que todo el mundo se cree con derecho a mandar callar al abuelo.
-Calle, abuelo, calle. ¡Qué se sabrá usted.!
Bien entendido ha de quedar que esto sólo se producirá si el enfermo o el anciano no se ha enriquecido lo suficiente como para que su discurso resulte fascinante a sus cercanos. De los contratos vitalicios y del ímpetu juvenil.Es sabido que el deseo dura menos que el amor y el amor menos que el pacto y que el pacto dura menos que el compromiso. Por eso los banderines de enganche, los captadores de correligionarios políticos, la fe en la revolución y todas esas cuestiones son cosas de primerizos y henchidos corazones juveniles. Todos los buenos vendedores saben enaltecer el deseo de compra del cliente y procuran hacerle firmar el contrato en el momento álgido. El hierro se ha de golpear en caliente.
En mi pueblo había un viejo soltero que me decía:
-Eso del matrimonio es cosa muy seria. Hay que darle muchas vueltas y pensarlo muy bien y mucho rato. Y después dejarlo estar.
José Luis Cuerda dice hoy en una entrevista de la contraportada del diario El Mundo que el matrimonio habría que ilegalizarlo ya que cuando se firma ese leonino contrato de por vida se suele estar (sobre todo el varón) sufriendo una clara enajenación mental transitoria. De lo mismo de todos los años...Hoy es mi cumpleaños. ¿Ya hace un año del anterior?; ¿cómo puede ser?. Hizo un poco de frío. Luego un día de ni frío ni calor, que cayó en jueves y que en otros lugares dura un poco más y llaman primavera. Después el tórrido verano de la Expo que ha pasado en un plis plas. Y otra vez mi cumpleaños. Cuarenta y siete dicen que tengo, pero yo no tengo ninguna prueba ya que no los he contado. De la revolución de Damian Hirst.![]() La semana que viene uno de los hombres más ricos del Reino Unido, el artista de cuarenta y tres años Damián Hirst, pondrá a la venta sus obras en la sala de subastas Sotheby´s. Lo hará él directamente sin marchante, ni galerista, ni intermediario alguno.
Para los no introducidos en el mundo del arte el párrafo anterior les puede parecer lógico y banal. Sin embargo para los medianamente introducidos es una autentica revolución.
Voy a intentar explicar a los no introducidos en qué consiste esta revolución. Resulta que los artistas modernos, los de Baudelaire para acá, si querían existir como tales, o tener medianamente fama, debían de someterse a unas reglas tácitas de mercado controlado por los marchantes y galeristas. Poca gente sabe, menos los introducidos, claro está, que el porcentaje para el galerista es del cincuenta por ciento del precio ( Sí, sí, la mitad para ellos). Que por lo tanto una Galeria que represente a Tapiés, Basquiat, Barceló, etc, gana tanto como todos estos artistas juntos. Que la mansa docilidad en este aspecto de estos artistas supuestamente valientes rompedores en su quehacer es legendaria. Que ningún artista moderno y famoso, exceptuando a nuestro Salvador Dalí, ha tenido el coraje de coger el toro por los cuernos y decir: “hasta aquí hemos llegado” e ir por su cuenta. Que el secreto sobre esta cuestión del porcentaje ha sido sugerido por los galeristas a sus artistas como se sugiere en la mafia: susurrándolo al oído; como diciendo: "- tú sabrás lo que te conviene" Que ningún asalariado en otra actividad soportaría, y menos tan cobardemente, las condiciones laborales que soportan los supuestos modelos y aladides de la sociedad: los artistas. Que aún a pesar de su enorme porcentaje la mayoría de las galerias no pagan a sus artistas su cincuenta por ciento, sobre todo si son noveles. Y así estaría contando hasta que se cansasen. Pero no quiero cansarles.
Por esto el asunto de Damián Hirst es importante, muy importante, para el mundo del arte. Si no recibe su merecido y es destruido, como lo fue Dalí para el mundo del arte culto, significará que el sistema mafioso de los representantes está débil y la espantada de sus pupilos será generalizada. Estemos atentos a los próximos meses.
No sé qué decirles, francamente...No sé qué decirles, francamente, pero aún así me apetece contarles algo. Pero me parece una bobada sabida. No estoy muy ocurrente últimamente. De los amigos.Ya voy teniendo esa edad en la que algunos, afortunadamente no demasiados aún, de los amigos han muerto. Con los muertos se ha ido para siempre el mundo que entre ellos y yo habíamos diseñado y todo lo que habíamos compartido. Se han ido un montón de complicidades, de situaciones para ser recordadas entre risas o llantos. Ahora ya sólo quedo yo para recordar lo que fuimos. Así es, y si tengo la suerte de ser yo el que siga quedando en este mundo por un tiempo, así será.
Pepín Bello le cuenta lamentándose a Petón (el escritor José Antonio Martín Otín, autor del libro: “La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”; Pre-textos 2008) en el magnífico libro que acaba de publicar que hace más de treinta años que se le murió el último amigo de su generación. Pepín murió en enero de este año con ciento cuatro años de edad y ya nadie desde hacía mucho podía comentar con él las cosas de la Huesca de su niñez. Pepín estaba tremendamente solo. Un amigo, uno de los de verdad, ha debido compartir con uno los asuntos propios de la juventud. Los amigos que se hacen de mayor, son otra cosa: más mental, más pactada, más caballeresca y menos intensa. Son, repito, los amigos de toda la vida, los que almacenan y disculpan nuestros excesos y vergüenzas, los que más acompañan y los que más se echan de menos.
Hay un trance terrible que es la relación con los amigos a los que la enfermedad les ha conquistado y se ha instalado a vivir con ellos. Se ha de aceptar que en esta situación somos tres: el amigo, uno mismo y la enfermedad que es otra que siempre le acompaña, como una carabina. Es entonces cuando se hace más necesaria la presencia del amigo para el enfermo, y también cuando más dolorosamente incómodo se hace para el sano la relación. A un amigo no se le debe mentir ni tratar superficialmente tal y como se suele mentir y tratar a los enfermos habitualmente. Pero es difícil ser tan cruelmente sincero, o tan fuerte para serlo, como para hablar con franqueza con alguien a la que la muerte ya ha llamado o que la salud ha abandonado para siempre.
Yo no soy, ni he sido capaz, y hoy me avergüenzo de mi debilidad. De la que está cayendo...Desde mi corto entendimiento cavilo que parece ser que todo este follón financiero que llamamos crisis ha sido consecuencia de que los bancos han prestado dinero a espuertas sin garantías. Antes de seguir quiero hacer notar una perogrullada y es esta: no han prestado su dinero sino el nuestro y sin pedirnos permiso. Resulta que esos establecimientos a dónde llevamos nuestro dinero desde nuestra niñez para ingresar en las cartillas infantiles el fruto de nuestras primeras privaciones: las monedas de la hucha, y después, de mayores, el de nuestras segundas privaciones; van y luego se lo regalan (perdón, financian, no sé en qué estaría pensando) a cuatro amiguetes facinerosos ( perdón, empresarios promotores, que no se qué me pasa hoy), que cuando no lo pueden devolver se van de rositas (perdón: a fallidos les llaman ellos). Viene a ser como si la hormiga de la fábula le entregase el grano a la cigarra para que se lo guardase para el invierno.
El dogma del ahorro es uno de los que más fuertemente ha calado en nuestra sociedad. El ahorro por sí mismo se ha considerado una virtud casi teologal. ¡Ahorra para el día de mañana!. Nos han dicho desde siempre nuestros mayores. Y nosotros dócilmente hemos ido llevando el dinero al banco. Entregándoselo a esos señores con corbata que nos dan un papel a cambio cuando lo ingresamos y nos cobran por guárdanoslo a “buen recaudo”. Y nosotros tan conformes. ¡Pero que gilipollas somos madre!. Segarra, el escritor catalán, le contaba a José Pla paseando por las Ramblas barcelonesas en los años treinta.
-¿Sabes lo que hacen los anarquistas de la C.N.T. con las cuotas de sus afiliados? - Pues, no se... -¡ Las ingresan en un banco!; ¡serán gilipollas!. Ja, ja, ja
Hoy nos desayunamos con la quiebra del Banco estadounidense Lehman Brothers que es el cuarto banco americano y fundado hace 158 años, ni más ni menos. Ahora, cuando escribo esto (nueve y media de la mañana) las bolsas se estarán desplomando con toda seguridad, y sin embargo seguro que cientos empleadas de hogar hacen cola en las sucursales de los bancos y las cajas para ingresar el dinero que le han arrancado a su salud y a su vida sin saber que será tirado inmediatamente a la pira de la crisis, que su presidente, el de su pais, sin darle demasiada importancia, llama crisis bancaria internacional que afecta a la desaceleración española sólo parcialmente. Vamos que no tiene de qué preocuparse, que nuestro gobierno vela por la seguridad de nuestros ahorros.
Pero no me hagan mucho caso que yo de esto no entiendo. De los chulazos y sus pupilas.Mientras el sistema crediticio mundial se hunde, Damian Hirst sale airoso del órdago que lanzó a los marchantes y galeristas de todo el mundo que le chuleaban y demuestra, de paso, que no tienen ni media hostia. A mi manera ya hace años que lo hago. Un galerista grandón ya me dijo hace un par de lustros que si vendía cuadros directamente se vería obligado a informar a la asociación de galeristas española y que me atuviese a las consecuencias. Yo, que soy un chico de barrio, le respondí preguntándole que si sabía hacer mamografías y en caso afirmativo le dije que me fuese haciendo una. Y hasta hoy. Que resulta que vivo de eso de los cuadros sin problemas y menos por parte del operativo galerístico. No tengo ningún problema en exponer con las galerías que me acepten tal y como soy y que les interese mi trabajo; y que a mí me guste como son ellas y su trayectoria expositiva, claro está. Pero de obligaciones cero pelotero.
De los parlanchines.Un parlanchín es alguien que da explicaciones a quién no se las ha pedido, o que cuenta algo gracioso a quién le mira soso, grave o distante. Un parlanchín es alguien que se sitúa de entrada un escalón más bajo que su interlocutor. Un parlanchín es alguien que necesita caerle bien a todo el mundo, es el niño que sonríe para provocar ternura y protegerse en ella. Un parlanchín es también un metepatas por definición. Por esto sus amigos no le dan toda la información, por miedo a su incontinencia verbal. Esto hace que el caldo de cultivo perfecto para lo fraterno: la complicidad, el compromiso en la custodia del secreto, no se produzca en su caso y que se le relegue a amigo de segundo orden. A alguien que cae simpático pero con el que no se cuenta para lo importante.
El parlanchín se automargina, paradójicamente, al hacer locuaces esfuerzos para caer bien al grupo. Se convierte en el pesao, en el palizas. Como en las arenas movedizas cuanto más se esfuerza en salir más se hunde. Yo más que un parlanchín soy un bocazas o "desbocarrao" como dicen por aquí. La diferencia entre el parlanchín y el bocazas es que el segundo tiene mala leche y no le importa tanto que le quieran como al primero. Antes, de joven, después de un tímido de cara enrojecida por el rubor, fui un locuaz parlanchín para curarme y después el desbocarrao que soy ahora. Pero todo esto fue hace ya mucho tiempo. Y además no importa. Del espejo en el que mirarse.Me pasa con frecuencia. Me cruzo con ellos a menudo. Algo en ellos me resulta familiar pero no sé qué. Esos andares, quizás. El porte, tal vez. El caso es que a esos cincuentones les conozco de algo. No me atrevo a saludarles por algo que me pasó en Madrid al poco de irme a vivir allí, allá por los ochenta y que me traumatizó.
Resulta que yo entonces, como todos los de Huesca era muy saludador y más “mirao que un luto”. Eran los primeros días de mi estancia en la capital. Estaba en una cafetería del centro esperando a alguien. Enfrente de mí había un señor leyendo el periódico. Distraídamente comencé a observarlo y resultó que le conocía, y mucho pero no sabía de qué. Me esforzaba en hacer memoria pero no había manera de reconocerle. El caso es que me era muy familiar, como de verle todos los días, como si fuese el panadero, o el camarero de un bar que se frecuenta. Lo conocía quizás de Huesca, del verano. Me armé de valor y me dirigí hacía él y le dije:
-Buenos días. Soy Pepe Cerdá de Zaragoza. Estoy seguro de que nos conocemos pero ahora mismo no caigo de qué.
Él mirándome con gravedad pero con dulzura me respondió.
-Usted a mí es muy probable que me conozca. Soy el presentador del telediario.
Me sentí un auténtico paleto, que por otra parte es lo que era, y soy. Desde entonces procuro no saludar a los desconocidos aunque me suenen como estos que últimamente me cruzo por la calle en Zaragoza.
A estos de Zaragoza pasado un rato les reconozco y cuándo lo hago algo me muerde en el alma y siento el paso del tiempo de un modo absolutamente físico. Esos cincuentones con papada y tripa. Esos cincuentones medio calvos son mis compañeros de los varios colegios en los que estuve en mi niñez y adolescencia. Reconozco a Rodrigalvárez, a Casero, a García Peláez, a Modrego, a Galán, pero desdibujados, amplificados, deformados y cansados; muy cansados. Son el espejo dónde mirarme y constatar que el paso del tiempo no es ninguna broma. De ser algo para ser alguien.A medida que va pasando el tiempo creo saber más cosas por el mero hecho de haber vivido cuarenta y siete años. Pero estoy en un error. No sé, del verbo: tener íntima certidumbre, nada de nada. Lo que ocurre es que la soberbia sustentada por los ciento y pico kilos que peso me quiere hacer creer que tengo alguna experiencia, alguna autoridad. Me quiere hacer creer que soy algo; que soy alguien. Pero no es verdad. Solo soy un niño que no quería crecer. Que no le veía ningún interés a ser un hombre de provecho, tal y como se nos decía entonces. Que no quería ser soldado, ni patriota, ni padre de familia, ni ingeniero, ni sacerdote, ni funcionario, ni alguien respetable. Para no ser descubierto, aquél niño, ha aprendido a impostar la voz y hablar con seguridad de las cosas que ignora. Pero yo sé que no sabe nada de nada. De una carta inocente, impertinente e imprevista.Allá por el año 1993 expuse en una galería de París que se llamaba Catherine Fletcher y que estaba en la Rue Vieille du Temple. Mandé, como es natural, tarjetas de invitación para la inauguración, o vernissage, como se dice por allá. Les mandé a todos mis amigos de Paris incluyendo a mi amigo Alex Surrallés, antropólogo, que entonces andaba por Perú estudiando las relaciones de parentesco entre los Candoshi, una tribu jíbara de la amazonía peruana, y su entorno.
Se la envié, a las señas que él me dio, a un instituto franco-limeño sito en Lima, aún a sabiendas de que no iba a poder venir. Es algo que se hace habitualmente se trata más de notificar que de verdaderamente invitar.
Unos meses más tarde mi amigo Alex vino a París y me contó los problemas que le había ocasionado el dichoso tarjetón que anunciaba la exposición. Lo que me contó es una historia preciosa y real. Una historia de lo relativos que son nuestros mundos occidentales y nuestras verdades “inmutables”.
Resultó que la carta con el tarjetón que le envié a Lima se recibió en el instituto de Lima dónde él tenía su base de operaciones, aunque la mayor parte del tiempo lo pasaba en las tribus remotas que estudiaba. En realidad sólo estaba en Lima a su llegada unas semanas y un tiempo antes de volver a Europa. Un poco a modo de cámara de descompresión. Un sacerdote misionero que estaba más o menos por la región dónde operaba mi amigo, aproximadamente del tamaño de la provincia de Huesca, recogió la carta en un viaje que hizo a Lima ya que Alex pasaba de vez en cuando por la misión del sacerdote en San Lorenzo de Yurimaguas, a orillas del Amazonas. Unos días más tarde el sacerdote tuvo que viajar en canoa a la zona dónde se suponía que estaba mi amigo Alex y por la improbablisísima posibilidad de verle cogió la carta para dársela. El azar quiso que la canoa del cura se cruzase con la canoa de mi amigo Alex que viajaba con unos jefes de tribu Candoshi a los que después de ímprobos esfuerzos les había convencido de dos cosas casi imposibles: de la propiedad privada y de la necesidad de medir las tierras que a partir de la firma de un papel les iban a pertenecer. Esto para un pueblo que entiende que la selva es ilimitada y de nadie había sido bastante complicado de hacérselo comprender. Pero Alex se había ganado la confianza de los jefes y le dejaban hacer; al tiempo que lo vigilaban de cerca. Los Jefes iban armados con sus retrocargas, cuchillos, lanzas y cerbatanas, como es costumbre por ahí. La necesidad de medir y hacerles propietarios de las tierras que ocupaban desde hacía milenios se justificaba como medida legal para defenderles de las petroleras que compraban miles de hectáreas al gobierno Peruano y que luego, con el título de propiedad en la mano, echaban a sus atávicos moradores de sus recién adquiridas tierras cargados de justa razón. Los jefes Jíbaros sabían que esa terrible notificación, la de despojarles de todo y, a menudo, exterminarles venía siempre en un sobre blanco. Tan blanco como el que blandía el sacerdote en su mano desde su canoa mientras se acercaba a la canoa de Alex y los Jíbaros.
_¡Alex tengo una carta para ti!.
Gritaba el sacerdote, entre el cansino ruido del motor fuera borda, casi al ralentí.
Mi amigo Alex aseguraba, y asegura, que a los Jíbaros, y menos a los jefes, no se les puede mentir, porque te lo notan y te matan.
La canoa del cura y la de mi amigo se pusieron a la par y el cura por fin entregó la carta a Alex. Una vez en las manos del destinatario este comprobó que era una bobada. Es decir una invitación a una exposición en París que en aquél entorno no tenía ningún sentido. Al alzar la vista vio los inquirientes ojos de los seis jefes jíbaros clavados en los suyos. Su semblante era de máxima preocupación. Suponían malas noticias, terribles noticias. Le preguntaron que de qué se trataba. Necesitaban una respuesta, sincera, clara y urgente. Alex se dio cuenta de la gravedad y complejidad de la respuesta y temió por su vida. No les podía mentir. Les tenía que explicar lo que era una inauguración en París a unos que no sabían lo que era una pared, y mucho menos un cuadro. A unos tipos que suponían que el resto del mundo debían de ser más o menos unas dos mil personas y que todas se conocían entre sí ya que todos los que les iban a visitar venían de parte del anterior. Lo deducían porque los antropólogos se iban sucediendo y todos venían del instituto de las ciencias del hombre de París.
Alex empezó a soltar aterrado un discurso sobre las costumbres de su pueblo en materia de arte. Les intentó contar los eventos sociales que se producen cuándo se presenta algún trabajo artístico. Etc. Cuanto más intentaba aclararlo más lo liaba. Los Jefes supusieron que se había vuelto medio loco y al final lo dejaron en paz por la confianza que habían depositado en él. Pero me dijo muy severamente que en otras circunstancias hubiese tenido problemas serios.
Ya ven lo grave que puede resultar un acto tan banal en nuestra cultura como enviar una tarjeta a alguien, si se modifican las circunstancias y deja de significar lo que significa.
Vicente Pascual ha muerto.He pasado unos días fuera de Aragón. A mi vuelta leo en un periódico atrasado una noticia que se refiere a la muerte de Vicente Pascual Rodrigo, maestro pintor, poeta y amigo. En esta noticia, a toda página, una foto de Vicente mira inquiriente al espectador. En este caso a mí. Recuerdo uno de sus mejores poemas; el mejor que he leído en la última década. Lo reproduje aquí hace tiempo. Es este:
Cuando venga la muerte me dirá: Ya está. Y le diré: ¿Ya está?. Y me dirá: Ya está. |
pepe-cerdaPINTOR; !PINTA Y CALLA!
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