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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2007. Resumen
Estreno en el Liceo.Asistí antes de ayer al preestreno en el Teatro del Liceo de Barcelona de las óperas 'Diario de un desaparecido' y 'El castillo de Barbazul', de Leos Janacek y Béla Bartok respectivamente. Las puestas en escena son del grupo de teatro la Fura des Baus, que, aún a pesar de que ahora son sólo dos: Àlex Ollé y Carles Padrissa, intentan, y consiguen, mantener el fuego sagrado primigenio de la compañía que tan famosos les hizo en los primeros ochenta subcontratando y dirigiendo a otros actores para que continúen haciendo lo que ellos hicieron en su día. Y además les va muy bien y consiguen ganar dinero. Cosa que en otras latitudes y hablando de grupos de teatro resulta inaudita. Es sabido que los catalanes son capaces de hacer rentable cualquier cosa. Recuerden al del “chupa chups”, al del “cacaolat” y al del “cola-cao”. Sólo en Cataluña se puede tener fe en la empresa de ponerle un palo a un caramelo, o vender cacao en polvo, o embotellarlo una vez batido, y conseguir enriquecerse con ello. Si hace cincuenta años alguien en Aragón le va con el cuento a un banco de que quiere un crédito para fabricar caramelos con un palo le dan una patada en el culo que lo ponen en orbita. Y así nos va. Pero esto de que un grupo de teatro y animación, tan específico como este, siga existiendo cuándo ya ninguno de sus componentes está para dar botes, me sigue pareciendo meritorio. Viene a ser como si hubiese una marca “Tip y Coll” que siguiese haciendo gracia, mediante el uso de subalternos, después de la muerte de ambos. Son como el sello “Walt Disney”, pero de modernos.Cuentan para ello con la complicidad de Jaume Plensa que les viene haciendo las escenografías desde hace algún lustro, y de un equipo perfectamente consolidado desde hace tiempo. Tras el estreno, charlando con unos y otros en el ambigú, me enteré de que gran parte de este equipo está realizando contenidos para la expo de Zaragoza, especialmente el que se ocupa de los audiovisuales, que ahora no me acuerdo como se llama, pero que me dijo que tenía a cincuenta personas trabajando en el asunto. Es curioso, conocí a más gente que trabaja para la Expo 2008 en media hora en el Liceo de Barcelona que en cinco años en Zaragoza. De lo de antes y de lo de ahora.Hasta hace tres o cuatro lustros los críticos de arte (desde Baudelaire para acá) eran mayoritariamente historiadores, también había algún poeta como Octavio Paz o Guillaume Apollinaire, por citar a los más conocidos, que tuvieron gran influencia en la disciplina con sus obras “La apariencia desnuda” y “Les peintres cubistes”. Los poetas tuvieron una enorme autoridad en el modo de reflexionar sobre el hecho artístico, como es natural. Pero la mayoría de los críticos eran historiadores del arte.En lo fundamental ambos grupos, el de los poetas y el de los historiadores, coincidían en el modo de mirar el asunto artístico como un hecho independiente y misterioso en sí mismo. Su trabajo residía fundamentalmente en estar atentos y en reseñar lo que de nuevo aconteciese en el panorama artes plásticas y traducir ese hecho espontáneo y misterioso al román paladino para la comprensión de sus contemporáneos. Algunos se empeñaban en dar una explicación historicista de la cosa, otros intentaban mudar la emoción estética sentida ante la obra de arte a palabras, los más buscaban referencias cercanas para comparar la obra del artista de moda con otra de otro creador que hubiese llegado antes que el criticado a soluciones plásticas parecidas, para así denunciar un cierto plagio, etc. El asunto era bastante ingenuo en general y muy poco malintencionado. Su influencia entre sus contemporáneos siempre fue bastante discreta, dependiendo esta, más del medio de comunicación en el que escribían que de su sagacidad o buen juicio. Los mejores, con el tiempo, veían convertidas sus críticas en libros y tenían éxito como literatos ensayistas, como Robert Huges con su “A toda crítica” que venía a ser como su contemporáneo y genial, crítico taurino Joaquín Vidal, pero en lugar de soltar diatribas sobre morlacos las soltaba sobre Schnabel o Basquiat, para gran regocijo de los lectores de ambos. Un regla general de todos los críticos de antes era la no injerencia en el proceso artístico. Un poco como los antropólogos procuraban no contaminar lo que iban a juzgar, y lo hacían sólo cuando la obra ya existía y se exponía. Pero de pronto, allá por los ochenta, todo cambió. Los críticos de Arte dejaron, en un plis plas, de ser historiadores y de explicarse y explicar lo que fue o estaba siendo ( por lo menos en los medios de comunicación cool ) y se inauguró la época de los licenciados en estética que, al contrario que sus predecesores y por formación, lo que les legitimaba era su injerencia, o su intento, en el proceso creativo. Era obligatorio para ellos la formulación de lo que debía ser bello y sublime en su época y explicar porqué. El asunto como casi todos de este tipo en el siglo pasao venía de Francia con el desarrollo de la semiótica y el interés de sus nuevos filósofos y sociólogos en el arte contemporáneo. Jarauta, Brea, Jiménez, entre otros, fueron los pioneros en España. Yo me apresuré a comprar sus libros porqué uno por leer se leía entonces cualquier cosa, pero no hubo forma de meterles mano. Recuerdo el título de uno de Brea que echaba para atrás y que sin embargo compré: “Estudios Visuales. La epistemología de la visualidad en la era de la globalización” , otro: Transformaciones de la crítica de arte en las sociedades actuales. En los que había párrafos como este que reproduzco a modo de ejemplo de estilo: ...No me gustaría dejar de apuntar que hay un tercer signo de mayor importancia si cabe, que sin duda condiciona también los modos de experiencia de lo visual en las sociedades actuales, que es la propia emergencia de un paradigma de diversidad en la organización cultural de la experiencia, sometida a un proceso estallado de globalización geopolítica que es preciso administrar bajo la cautela de un paradigma poscolonial. Digamos que este nuevo paradigma afecta sin duda en profundidad a todos los procesos de construcción de subjetividad y por tanto de circulación de cualesquiera módulos de identificación social, "comunitaria", a través de los imaginarios visuales. En todo caso, y puesto que ello se refiere más directamente a las cuestiones de contenido que son responsabilidad específica de los creadores y productores culturales, dejaré esta cuestión a un lado, no sin reafirmarme antes en la convicción de que, por más que situemos los problemas "estructurales", es decir aquellos que se refieren a los mecanismos sociales de producción y distribución social del conocimiento artístico, estas cuestiones de contenido -que se refieren a la administración social de los imaginarios identitarios- prevalecerán siempre como las verdaderamente principales.... Párrafos como este me los leía un par de veces para enterarme al final de que, lo que pretendía decir es que en todos los sitios cuecen habas. Leí alguno en francés de Philipe Dagen o de Yves Michaud como ”La crise de lárt contemporain” o “La haine de lárt”, y mi complejo de paleto no paraba de crecer. Más tarde, como terapia, comencé a hacer como Oscar Wilde cuando decía que procuraba no leer los libros que criticaba para no tener prejuicios, y me dejé de preocupar por la cuestión. Empecé a pensar que si podía comprender con facilidad a Monaigne, o a Ortega y a muchos otros y no me enteraba de lo que me contaban mis contemporáneos quizás era porqué fuese un antiguo y no diese más de sí, o quizás porqué mis contemporáneos no se sabían explicar Hubo una excepción, recuerdo un libro que leí entonces y gustó mucho; uno de Jean Clair que se titulaba “La responsabilité de l´artiste” en el que apuntaba lo que se avecinaba precisamente por el proceso de dejación de responsabilidades y de compromisos de los artistas contemporáneos. Entonces no me di cuenta pero se estaba iniciando la popularización de la idea desobjetualizadora de la obra de arte. Vamos, la idea de que el arte, el nuevo, no necesitaba de objeto para manifestarse, para existir. Por lo tanto no necesitaba hacedor, o lo que es lo mismo: no necesitaba artista. Para conseguir ese arte sin artista, esa mayonesa sin huevo, comenzaron como los nacionalistas, por el principio: por las escuelas. Lo importante era el concepto: la mayonesa, que estuviese hecha con, o sin, huevo era lo de menos. Sólo era necesario que alguien convenciese a todos de que lo moderno, lo guay, y por el bien de todos (por lo de la salmonela) era ese nuevo producto que ,sin embargo, se seguía llamando como siempre. Primero, como en el colegio, empezaron con las definiciones de lo que iban a ser artes plásticas a partir de entonces y lo que no. Se dejó de hablar de pintura y escultura, y el que osará pronunciar esas palabras era considerado inmediatamente un cateto desinformado. Se debía hablar de “artes visuales”que englobaba a otras muchas manifestaciones como las instalaciones, el videoarte, la fotografía, etc. Así pintura o escultura tradicionales quedaban como un subgrupo y casi como una cosa residual. Pronto quedó obsoleta esta definición y Catherine Millet propuso la de “prácticas artísticas contemporáneas” que triunfó enseguida y que al englobar más modos de ser del arte marginaba más aún a la pintura y a la escultura por modernas que estas pretendiesen ser. La consigna era: si está hecho con brocha ya no vale. Conservo un catálogo de una exposición que se celebró en el Círculo de Bellas artes de Madrid, allá por el dos mil dos, que se titulaba “Desesculturas” y que comisariaba el inefable Miguel Cereceda como queda dicho en la totalidad de las páginas, sí, sí, como lo cuento: ¡en la totalidad!. A la derecha de cada reproducción de cada obra está en pequeñito y en vertical el nombre del artista y debajo de cada una de las obras reza: Exposición comisariada por Miguel Cereceda. Cuento esto, porque, aún a pesar de su zafiedad (normalmente los comisarios suelen ser mucho más finos) explica un poco el asunto. Los artistas no lo son por sí mismos o por sus obras, lo son por su comisario que les ha seleccionado y que es el que piensa, es él el que ha decidido el “como” y el “qué” los artistas sólo han sido su vehículo, y del mismo modo que montábamos los belenes de niños, es él el que monta exposiciones, escogiendo, o dictando, las obras a los hacedores Para que esto funcione hace falta un tipo de artista determinado, uno que se deje hacer y mandar, que sea espabilao para los recaos y que no tenga ni media bofetada por si se rebota, para que no cree muchos problemas. Que sea sumiso y bienmandao, si no, no les vale. Conozco alguno que trabaja en directa colaboración con algún crítico de moda y que queda a menudo con él para que le corrija la obra (él dice debatir sobre la obra). Y hasta publica en los catálogos las reprimendas verbales que recibe y reproduce las conversaciones enteras. Es por esto, también, que cuando hay que hacer una exposición en un sitio publico dónde haya “pasta larga” si no se quiere quedar como un antiguo, hay que presupuestar, y pagar, a un comisario para que elija por el artista las obras que ha de exponer. ¡Qué se sabrá el artista lo que le conviene, o lo que le explica!. Lo inaudito es que en todas las administraciones de este país ven perfectamente natural pagar al “comisario” lo que considere y al artista, ni una, que bastante tiene con la gloria. En definitiva lo que se ve en el horizonte es la idea de acabar con el modo de ser del arte desde el Renacimiento, desde que aparece la idea de artista como genio y médium, que crea, sin saber muy bien porqué; porque tiene un “don”, porque ha sido “el elegido”; para proponer una especie de vuelta a épocas mas antiguas dónde el arte no era subjetivo sino objetivo, fruto del consenso de toda una colectividad. Como el Románico, o el Gótico. Es el triunfo de la sociedad sobre el individuo. Es estalinismo cultural. Pero nadie parece darse cuenta. Historia de una figura.![]() . El otro día, hojeando una guía del museo de Zaragoza me sorprendió ver la foto de la única figura egipcia que posee en su colección Me sorprendió, aunque parezca paradójico, porque en realidad para mí no era una imagen desconocida, al contrario la conocía muy bien. Esa figura que estaba viendo en la guía, como algo distante, valioso e intocable, la había tenido en mis manos cientos de veces en mis frecuentes visitas al cochambroso taller de escultura en piedra (tan cochambroso como el de cualquiera de nosotros en aquella época) que Alberto Pagnusat tenía entonces en la calle broqueleros. Tenía la costumbre de manosearla mientras charlaba y fumaba canutos con Alberto. Me gustaba tenerla entre las manos como esas pelotas blandas que venden ahora para calmar los nervios. Ahora desde el tiempo transcurrido, al verla reproducida en el libro, ese acto banal y automático me parece casi un sacrilegio. Como un acto irresponsable fruto de la inconsciencia juvenil, como cuando mi padre me contaba como echaban en su niñez las balas y las granadas que encontraban sin estallar en las trincheras de la guerra civil a la hoguera para que estallasen con gran regocijo de la chiquillería. Por otra parte, también experimente un cierto orgullo. Como cuando se ve a alguien cercano en la prensa. De alguna forma la tenía como algo también mío, como algo familiar. Al fin y al cabo yo había estado muy cerca de ella desde el primer momento de su recuperación de entre los escombros. Bueno, de su "segunda" recuperación, ya que en la guía del museo dice que se encontró en la margen izquierda en 1934, y no hace ninguna referencia, ni a su pérdida, ni esta "segunda" recuperación que voy a narrarles. Seguramente estaré metiendo la pata, y revelando algo sobre lo que hay un pacto de silencio para esconder alguna negligencia en su custodia, pero la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero. Les cuento como fue la cosa:
La encontró un amigo, que ahora no me acuerdo como se llamaba, pero que era socio del lutier Pedro Sabirón (que en paz descanse) y ambos tenían un taller para construir instrumentos musicales. Aunque sería mejor decir: instrumento musical., ya que, en todo el tiempo que frecuenté su taller siempre ví el mismo clavecín en construcción sin apenas variación, y eso que además lo habían comprado como un kit y sólo había que montarlo, como las maquetas de los aviones. Pero daba igual, ninguno de nostros era aún lo que tanto impostaba ser. Sólo nos lo creíamos para así pasar el tiempo sin ocuparnos en asuntos importantes para nuestro porvenir. ¡Cosas de la divina juventud!. Pero esta es otra historia. Decía, que mis amigos lutieres, tenían el taller en la calle Predicadores a escasos cincuenta metros de dónde estaba el contenedor. Yo habitaba entonces un piso en la misma Plaza Santo Domingo, en el número 20-22, que estaba a la misma distancia del contenedor, en el que intentaba garabatear algún cuadro con escaso éxito. Y que por lo tanto eramos vecinos y equidistantes del contenedor.
El día del hallazgo era un día de invierno del ochenta y pocos. Yo salí, como cada noche, a tomar alguna copa en el bar “El alba” que estaba en la calle Predicadores. El piso no tenía calefacción y se estaba mejor en el bar. En la esquina de la plaza me encontré a este amigo aprendiz de lutier rebuscando en un contenedor de las obras de remodelación del antiguo ayuntamiento. El rebuscar en los contenedores en busca de “tesoros” era una actividad común entre todos nosotros en aquella época. En su caso lo que buscaba era madera antigua que pudiese reciclar para los instrumentos, perdón el instrumento, que pretendían construir y en el mío cualquier cachivache susceptible de ser utilizado como mueble de mi desolado piso. Al pasar a su altura le saludé desde la acera de enfrente, él encaramado en lo alto de los escombros que colmaban el contenedor me respondió al saludo y me dijo que no hacía falta que me acercase, que no había nada que mereciese la pena. De un salto bajó, se dirigió hacia mí, se puso a mi lado y nos dirigimos juntos hacía el bar, como cada noche. Mientras caminábamos sacó de una bolsa y me mostró lo que yo pensé que era un pedazo de adoquín. - Échale un vistazo a esto. Nos detuvimos debajo de una farola. Al observar el fragmento más detenidamente me di cuenta de que no era una adoquín. La piedra tenía formas reconocibles y pulidas. Reconocí a un pequeño faraón entre las manos de otra figura mayor de la que faltaba la mitad de arriba. Poniendo cara de entendido y tras una somera observación le dije. - Me parece que no tiene ningún valor. Creo que es una reproducción para turistas. Una especie de pisapapeles "recuerdo de el Cairo". - Sí claro, ¡qué va a hacer una escultura egipcia en un contenedor de Zaragoza!. - Pues eso. - Esas cosas sólo le pasan a Indiana Jones. Nos dirigimos juntos al bar. Allí, en la mesa del fondo, estaba como cada noche Alberto predicando a un grupo heterogéneo y heterodoxo. Pedimos algo y nos sentamos en la mesa.Unas horas después, al cierre, tras no pocas cervezas y unos cuantos canutos, salimos del bar. Fuimos a tomar la última copa al taller de Alberto, que estaba a la vuelta de la esquina. Mientras caminábamos le dije a mi amigo. - Enséñale la piedra a Alberto. Alberto la cogió, y la miro un momento, pero no eran horas de ver nada. Mi amigo le dijo. - Si te gusta, quédatela. Entramos en el taller y subimos arriba, a la planta que hacía las veces de vivienda de Alberto. Era una especie de desván con una estufa de leña que soltaba brea por la junta de los tubos y que atufaba toda la estancia. Alberto preparó el último canuto. Dándole las primeras y profundas caladas al porro observó con detenimiento la escultura. La miró de frente y de perfil y le agradeció a mi amigo el regalo sin demasiado entusiasmo. Como ya era muy tarde y hacía frío nos fuimos pronto a casa. Pasó el tiempo y nos seguimos viendo con frecuencia. Alberto comenzó a considerar la posibilidad de que la figura fuese auténtica ya que no era, según él, piedra artificial. Se la empezó a enseñar a entendidos locales pero casi todos le decían que estaba loco. Que ese tipo de pisapapeles los hacían a mano los niños egipcios para los turistas. Que allí era más barato hacer las cosas a mano que con moldes. Pero esto lejos de desanimarle le hizo empecinarse aún más. Y consiguió contactar con gentes de museos importantes que empezaron a darle la razón. En este proceso que duró unos cuantos años la escultura estuvo siempre en el mismo sitio dónde la dejamos el primer día, en el centro de una mesita baja delante de los sillones desvencijados en los que solíamos sentarnos. Al final, por inaudito que parezca, consiguió demostrar su autenticidad. Cómo es natural, el ayuntamiento y el museo de la ciudad contactaron con él para adquirirla. Entonces Alberto ya no vivía en Broqueleros. Había convencido a un grupo de personas, la mayoría chicas y bastante jóvenes, para alquilar una villa en las afueras de la ciudad dónde vivir en comunidad y dedicarse a la escultura. También había conseguido algún encargo público que ejecutaron entre todos. Entonces ya no le visitaba con tanta frecuencia, ya que vivía en Madrid, pero aún así le veía tres o cuatro veces al año.En estas visitas me tenía al tanto de sus originales investigaciones semánticas. Según él Alejandro no era Magno. No; Alejandro Magno era en realidad Maño. La eñe española se traduce en otros idiomas como “gn” como es sabido. Por lo tanto todo lo maño es también magno. Siguiendo esta tesis continuaba explicándome lo de los tres reyes maños, por los tres reyes magos. Lo del mañá como el alimento que recibían los primitivos judíos seguidores de Moisés, en lugar de el mana. También encontró el verdadero emplazamiento de la tierra prometida. Ya qué: - ¿Quiénes eran Hebreos? ;¿De dónde habían salido? ¿No podían ser los primitivos habitantes del valle del... Ebro? : - ¡Ebro! ;¡Eúfrates!. ¡Huesca, Osca... Osaka!. Recitaba abriendo mucho los ojos y enfatizando sus palabras. Ni que decir tiene que la ingesta de psicotrópicos cuando afirmaba esto era notable. Siguió con sus investigaciones semánticas hasta llegar a la conclusión (no me pregunten cómo) de que Aragón fue la tierra dónde se desarrolló la cultura egipcia. Recuerdo vagamente alguna de sus equivalencias semánticas al respecto. - ¡Faraón! Cómo la efe es hache. - ¡Faraón, Haraón... Aragón! Continuaba con sus deducciones significativas: - ¡Aragón; Argón....Aragonauta!
Estaba claro, aquí vinieron los argonautas a por el vellocino de oro. Las crecidas del Ebro permitieron cómo las del Nilo y las del Tigris y el Eúfrates el florecimiento de una primigenia civilización que dio origen a todas las demás. En el fondo lo que quería probar es que la escultura no había sido traída desde Egipto sino que era un resto de aquella civilización primigenia que habitó nuestra tierra. Tenía muchos más argumentos semánticos para probar esto. Por ejemplo: - Ra, es el dios sol egipcio. ¿No?. ¡A, Ra, Argón!. ¡Te das cuenta!. ¡La tierra del Sol! Aquí tiene que estar el primigenio templo del sol. El primero de todos. Siguió dándole vueltas al asunto. En este periodo le encargaron una escultura para una plaza de la ciudad que consistió, como no podía ser de otra manera, en un obelisco de decenas de metros. Obelisco en el que colaboró abundantemente mi amigo el inefable Ignacio Mayayo del que ya les he contado algunas vivencias. Por aquél entonces, Mayayo me contó que el asunto de adquirirle la figura egipcia para el museo se estaba madurando seriamente. Por lo que fue convocado a una reunión para hablar del asunto. En ella se encontraban responsables del museo, responsables municipales y de las cajas de ahorros locales que financiarían la operación. Según Mayayo, Alberto se presentó y les dijo que algo tan valioso como aquella figura no podía ser vendido. Que aquello no era, ni podía ser, de nadie. - Se trata de algo muchísimo más valioso que todo lo que puedan ofrecer. Se trata del origen. Por lo tanto nada material quiero a cambio. Quiero que se sepa que aquí hubo una civilización primigenia y a eso sí que me pueden ustedes ayudar. - Usted nos dirá. - Quiero que se excave debajo del Templo del Pilar, más concretamente, debajo de la capilla de la virgen. Estoy seguro que se encontrará un templo egipcio en honor al sol y que el pilar que se venera, el que se besa, es en realidad la punta de un obelisco. Imaginen la cara de estupor de los asistentes. Como pueden suponer no se aceptaron sus condiciones y no se derruyó el Templo del Pilar para excavar debajo.
Más o menos por entonces yo me fui a París y estuve unos nueve años y perdí prácticamente el contacto con Alberto. Después, a mi vuelta, le he visitado en alguna ocasión. Pero no le he preguntado por la figura egipcia, ya no me acordaba de ella. ¡Me alegro tando de verle y lo paso tan bien charlanado con él!. Es el hombre que más pensamientos originales por minuto puede verter en una conversación de todos los que conozco, y, creanme, no son pocos. Algunas de sus reflexiones pueden ser delirantes, otras imaginativas, algunas ingeniosísimas,otras cómicas, muchas muy graciosas y pocas, como es natural, geniales. Yo le tengo un sincero y viejo aprecio. La próxima vez que le vea ya le preguntaré como llegó la escultura al museo y les contaré.
Lo que parece claro, como ya he dicho, es que no aceptarón sus pretensiones. Ya que la escultura está en el museo y el templo del Pilar sigue en pie. Aunque nunca se sabe lo que pasará, ya que como dijo el poeta: "Hoy es aún siempre, todavía."
De las basuras y de los tesoros.Los contenedores y las basuras en general me han dado grandes alegrías. He encontrado a lo largo de mi vida muchísimos tesoros mobiliarios abandonados en las aceras. He amueblado varias casas con lo encontrado, con lo que los demás ya no querían, y no han sido ni más ni menos confortables que las otras. En París era estupendo, ya que había un día fijo, los lunes, para sacar los muebles y objetos a la basura y con darse una vuelta con un coche varios lunes el asunto de consguir lo imprescindible para un cierto confort quedaba resuelto. Alguno de los muebles encontrados aún me acompaña. Sin ir más lejos la mesa en la que escribo la encontré en un contenedor de la Rue D´ulm, al lado del Panteón de la Sorbona . Luego me fui haciendo mayor, abrieron los Ikeas y dejé ese saludable deporte. Recuerdo una noche, en Madrid, acompañado de Gregorio Millas, tan aficionado como yo al asunto de las basuras, en la que hallamos un tesoro. En la acera, al lado de un portal, vimos un sofá de piel negra perfectamente tapizado, dos sillones orejeros en muy buen estado, dos maletas, que al abrirlas vimos que contenían ropa de caballero, chaquetas de ante en muy buen uso, un sombrero que Gregorio se apresuró en encasquetar, un bastón con empuñadura de marfil que cogí inmediatamente, para hacerlo mío, así como una “chupa” de cuero un poco antigua pero muy chula. En esas estábamos, yo con la chupa y el bastón, Gregorio con el sombrero y a pata coja, y en calcetines, intentando probarse unas botas de piel cuando me percaté que una pareja de unos sesenta años nos miraban atónitos desde el portal. Yo les dije. -Buenas noches. Ellos. -¿Pero que están haciendo? ¿Se llevan las maletas? Gregorio les contesta. -¡Pues claro!. Para eso las hemos visto antes. No te jode...
La señora sollozante. - Pues déjeme las enaguas que son del ajuar.. El señor, al ver por nuestra actitud que no éramos muy peligrosos. -Ahora mismo llamo a la policía. ¡Sinvergüenzas! Resultó que la pareja estaban esperando a una camioneta que les iba a llevar al pueblo. A ellos y a los sofás, y a las maletas. Y como hacía un poco de frío se habían resguardado en el portal desde el que vieron como dos energúmenos les abrían las maletas y se probaban su ropa. Lo arreglamos como pudimos, les volvimos a meter la ropa en las maletas y nos fuimos lo más rápido posible. Aún no he olvidado la mirada de la pobre señora. Tendré que contárselo a mi psicoanalista.
Olé.![]() . Hago mía una frase genial de Cándido, seudónimo del periodista asturiano Carlos Luis Álvarez Álvarez, fallecido desgraciadamente el año pasado.Pienso que es digna de grabarla en su lápida como epitafio, pero eso es cosa de la familia. Lamentándose de su falta de erudición dijo: “Si al menos hubiese leído lo que he escrito...”
¡ Genial!. Es exactamente mi caso. ¡Olé! y ¡olé! . Trastorno bipolar.Tengo un problema que cada día que pasa se agudiza más y es este: detesto el mundo del Arte. Es algo ya casi físico. Cada vez que estoy en una manifestación cultural del tipo que sea: inauguración, estreno, jura de bandera o lectura poética y veo la cara de impostado interés, los peinaos y tintes de las amantes de lo cultural, los de los pendientes y rapaos, los seudo estudiosos del asunto con aire de importantes, los pelotas, el galerista de moda, el editor marginal, las chaquetas negras estilo Mao y abotonadas hasta arriba y el pelo canoso, tipo los dueños de Tous, y todo eso me pongo de mala leche. Ya sé que no debería, que eso es lo que le pasaba a Millán Astray en Salamanca, por eso digo que tengo un problema y que debo curarme. Es como un trastorno bipolar, como ser un sádico misericordioso, un militar pacifista, un ascensorista claustrofóbico, una puta que se corre, un abogao que se acalora. Ninguno de los enumerados valen para su oficio. Por eso no valgo yo, un pintor que detesta el mundo del arte. ¿Se dan cuenta del drama?. ¿conocen algún especialista capaz de tratarme esta fobia que va a acabar con mi maltrecha carrera? Tres años ya.Hace tres años que escribo en este blog. ¡Tres años!, que barbaridad. No sé porqué lo hago, precisamente por eso continúo, porque no tiene sentido, porque es una estupidez, porque no tiene ninguna rentabilidad. Sólo lo que no tiene aparentemente sentido, lo que escapa al análisis de la razón es verdaderamente importante. Lo demás, lo razonable, lo de labrarse un porvenir a costa del mayor de los delitos: el de no vivir la juventud porque se está preparando oposiciones, porque se le tiene pánico a la vida y al futuro, es en realidad lo accesorio y el error. Es justo al revés de lo que te cuentan tus aterrados padres sobre el futuro y la necesidad de estar preparado. Es justo al revés de lo que cuenta el cuento de la cigarra y la hormiga y del cuento que cuentan los empleados de banca sobre los planes de pensiones. Hay que vivir, luego errar y embriagarse, cuando se puede y se debe, que es evidentemente cuando lo pide el cuerpo de veinte años. Por eso son tan tremendamente tristes los carísimos cruceros con los que festejan los que se han labrado el porvenir sus veinticinco años de privaciones, o lo que es lo mismo sus bodas de plata, que es cuando pretenden vivir, con todo resuelto ya, la alocada aventura consistente en que les saquen un par de millones (de pesetas) en el Club mediterranee, o Club Med, como lo llaman ahora. Quieren vivir lo que no vivieron entonces ahora que se lo pueden permitir, con el porvenir ya resuelto. Lo que les pone tristes es que ahora el que no se lo permite es su cuerpo. Pero no es grave, la frustración es común a todo el mundo. En este oficio mío, tan vocacional, es muy difícil encontrar a colegas que no arrastren un alto grado de frustración. La razón de esta frustración es porque en realidad no tenían vocación de artistas, o pintores a secas; de lo que tenían vocación es de artistas célebres y ricos antes de los cuarenta y eso lo han conseguido sólo unos pocos, como es natural; que también están frustrados porque el éxito no es lo que creyeron. Sin embargo nunca en la historia de la humanidad habían vivido tanta cantidad de artistas y aledaños como hoy. Se podría decir que el fracaso, el absoluto, es casi tan difícil como el éxito, el absoluto también claro está.Ha muerto Fernando Fernán GómezHa muerto el hombre con más talento de España. Ha muerto el heredero directo de un modo de ser sabio genuinamente español: el que inaugura Francisco de Quevedo. Ha muerto el intelectual menos afrancesado, mejor dicho, nada afrancesado, mejor aún: ha sido lo contrario al impostado intelectual ,copia del francés, que tanto hemos sufrido en España. ¡Viva Fernando Fernán Gómez! De los artistas y de los pintores.Fue en mi generación cuando ocurrió. Fue en mi generación cuando a los pintores se les dejó de llamar pintores para ascenderles aparentemente de categoría. Fue entonces cuando se les comenzó a llamar artistas. Así directamente, no después de muertos, no cuando por su obra y su vida merecíesen ese apelativo, como había sido hasta entonces. No, se nos comenzó a llamar artistas desde que hicimos el primer garabato. Es entonces cuando se acuñó el oxímoron de: “artista joven”. A mí este asunto siempre me produjo un enorme sonrojo. Pero no le dí mayor importancia, pensé que era una especie de halago tontorrón. Aún así, por higiene, yo jamás empleé ese apelativo para referirme a mí mismo y si lo hacían mis colegas para referirse a sí mismos les quitaba cuatro puntos, dos más si llevaban coleta y no me ha ido mal, así me he ido ahorrando el tratar a un montón de memos Y lo que ya me producía alergia, era cuando en una reunión la empleaban en plural dándo por supuesto que contaban con mi tácita aprobación y complicidad. -Porque nosotros los artistas tal y cual..... O peor aún: -El colectivo de artistas opina.... O aquella tan bonita que le oí al memo de aquel actor y autor catalán, que en paz descanse, que aún pretendiendo ser lo mismo, era lo contrario a mí admirado Fernando Fernán Gómez. Sí esa fue antológica. En un programa de tertulia en el que estaban ambos dirigiéndose a don Fernando le preguntó. -¿Qué pensamos de esto nosotros, los intelectuales? Por la cara que le puso don Fernando supe que opinaba lo mismo que yo: que el calvo catalán era un memo. Pero a lo que iba, a la cosa de los artistas que tiene miga. Fue entonces cuando sacaron el epígrafe y la licencia fiscal que rezaba así, se lo juro: profesión: artista plástico. Y que curiosamente la mayoría de los que se les llena la boca pronunciando sílaba a sílaba la palabra refiriéndose a sí mismos no la poseen, pero eso es otro asunto. Cada uno se lo monta como puede y el tiempo que puede. Pero el problema era mucho más grave, era semántico y por lo tanto de calado irreversible. Perenne. Cuando los pintores dejaron de serlo para ser artistas entraron en un club más amplio en dónde había fotógrafos, instaladores, conceptuales, cineastas etc. Se trataba de no constreñir al artista en una sola disciplina. De darle más libertad. Y claro en democracia nadie puede estar en contra de la libertad. Más tarde se inventaron aquello de las artes visuales hasta que Catherine Millet después de contarnos como se había tirao a medio París se inventó lo de prácticas artísticas contemporáneas. Y ustedes dirán. ¿Y a ti que más te da como llamen a eso que tú intentas hacer?. Pues sí que me da. Y ahora explico porqué. Se ha obrado como cuando un socio capitalista entra en una sociedad y a base de ampliar capital consigue quedarse con la misma. Se ha obrado como cuando en mi generación comenzaron a llamar “calcetos” cuatro pijos de Madrid a los calcetines blancos y hoy nadie osa usarlos para no ser un cateto. Así a lo de ser pintor ha quedado como una opción dentro del gran grupo, pero el que la elige como medio, o como oficio es porque es un poco paleto y lleva calcetines blancos. Lo guay, es optar por cualquiera de las otras opciones. Pero claro si la cabeza no le da más de sí que le vamos a hacer. Como no se piensa con el cerebro sino con la boca esta idea ha calado profundamente en nuestros días. Al que aún pinta, o aún le gusta la pintura se le mira con misericordia pero desde arriba por los próceres de las artes, es un síntoma de ser un poco antiguo y fachón. Por esto últimamente cuando algún colega zangolotino en una mesa pronuncia la palabra artista mientras me mira cómplice ya no me sonrojo como antes y he de hacer un gran esfuerzo para mantener la calma. Sin más. Se despide. Pepe Cerdá. PINTOR.Fragmento de una carta.Einstein mantuvo una ininterrumpida correspondencia con la reina Elizabeth de Bélgica desde que la conoció en 1927 hasta la muerte del físico en 1955. La lectura de estas cartas evidencia la complicidad e inteligencia de ambos. La de Einstein es ya sabida, pero la de la reina ha sido, al menos para mí, toda una sorpresa. Reproduzco un fragmento de una carta de Einstein fechada el veinte de noviembre de 1933 y escrita en Princeton, la pequeña ciudad estadounidense dónde se acaba de instalar huyendo de la convulsa Alemania de la época:
"...Princeton es un pequeño lugar maravilloso, un curioso y ceremonioso pueblo de insignificantes semidioses sobre zancos. Sin embargo, ignorando ciertas reglas sociales, he sido capaz de crearme una atmósfera libre de distracciones y que invita al estudio. Aquí, la gente que constituye lo que se llama "la sociedad" disfruta de menos libertad que sus análogos en Europa. Sin embargo, parecen no darse cuenta de esta restricción puesto que su forma de vida tiende a inhibir desde la infancia el desarrollo de la personalidad. Si la civilización se colapsara en Europa como lo hizo en Grecia para dar paso a la romanización del mundo, la desolación intelectual a que daría lugar sería tan profunda como lo fue entonces. Es irónico que esa misma fuente del encanto único y del valor de la civilización europea –la propia afirmación del individuo y de los distintos grupos nacionalistas- pueda conducir también a la discordia y a la decadencia"
¡ Y esto lo dijo en 1933! Que diría ahora, que se ha cumplido su profecía y la romanización de Europa por los Estados Unidos es total. Que diría de lo del tabaco, de lo del carné por puntos, de lo del pensamiento políticamente correcto, de lo del pensamiento único socialdemócrata, de lo del cupo zapateril... En definitiva de la inmensa y creciente cantidad de cosas que el estado hace por nuestro bien, para protegernos de nosotros mismos, que siempre estamos pensando en lo mismo...¿Qué sería de nosotros, abandonados a las bajas pasiones del pensamiento original e individual sin el recorte de libertades de la profilaxis socialdemócrata?. ¡Libertinos! Eso es lo que seríamos. Demos gracias al papa estado para que sigua velando por nosotros. Amen. En el pasillo del hospital.Sentado en una silla de ruedas abandonado en un pasillo por el que empujan camas con ruedas frenénticas y fornidas enfermeras me miras a los ojos como hace años. Yo, recordando quién fui, me miro en ti entre cama y cama. -Vigílele el gotero. Me dice autoritaria una enorme enfermera. -Paciencia. A ver si se desocupa pronto una cama. Es que no puede ser. Este hospital necesita una ampliación urgente. Me dice una más flaca. Despues dirigiéndose a todos los que a tu lado están semivendados y a todos los que a mi lado están vigilando goteros mientras coge una cama con uno de los quejumbrosos y se va. Dice otra vez. -Paciencia, paciencia. Y yo pienso y suplico a no sé quién: que esto no termine aquí. No en este sitio. No en este pasillo. Pero no es asunto mío. Es asunto del servicio regional de salud que no tiene ni cara, ni ojos, ni oidos, ni se puede morir en un pasillo como tu. |
pepe-cerdaPINTOR; !PINTA Y CALLA!
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