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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007. Resumen
Último retrato![]() Goya se muere en Burdeos. Son las dos de la mañana del dieciséis de abril de 1828, Brugada (pintor de marinas valenciano, amigo de Goya y autor del inventario de la quinta del sordo), José Pío de Molina (alcalde de Madrid en 1820 y 1821, lo volvió a ser en 1823. Cayó en desgracia, por serlo en el trienio constitucional) y Leocadia Zorrilla (última compañera del pintor) están junto a él. Goya no tenía un verdadero estudio en Burdeos. El pequeño apartamento de la calle Fossés-de-l´Intendance número 39, apenas servía como vivienda para él, Leocadia y Rosario ( hija de Leocadia y casi con toda seguridad, suya). Aún así allí hacía las miniaturas sobre marfil, los pequeños cuadros de toros y los dibujos de lo que veía y le sorprendía, tanto en sueños como en sus fatigosos paseos. Un enorme tumor en el peroné dificultaba su marcha, pero no le detenía, su titánica voluntad había podido, hasta el momento, con todo. Imagino el desordenado cuarto en el que agoniza, iluminado por velas que producían un efecto fantasmagórico en los cachivaches que amueblaban la estancia. Imagino su última mirada alrededor desde el lecho. Su último inventario del desvencijado sitio desde el que se despedía del mundo. Él que había soñado tantas veces envejecer en su quinta, rodeado de frutales, y pájaros, y sirvientes; disfrutando de un más que merecido y apacible retiro, agonizaba ahora en otro país. En el caballete está el inacabado retrato de Pío de Molina. Es impresionante la maestría de este retrato, resumen de sus setenta años de oficio, aprendiendo hasta el último momento. Mide sesenta por cincuenta centímetros pero es una enorme lección de pintura. A los ochenta y dos años cuando escribir una carta le fatigaba enormemente, es sobrecogedor imaginar la energía necesaria para acometer el retrato de su amigo Pío. Por eso la economía de medios es total, no hay ni una pincelada de más, ni de menos. La estructura del cráneo se adivina perfectamente, representada como sólo los mejores la saben representar. Imagino la última mirada de Goya a su amigo que le sujetaba la cabeza aquella noche. Imagino como alternativamente le miro a él y al cuadro como cuando lo estaba pintando y como descubrió algunos pequeños detalles mejorables en el retrato. Y como supo de una vez por todas, que nunca podría retocarlo. Entonces cerró para siempre los ojos y se fue.El especialista y el diletante.Ayer, en una especie de fiesta que siguió a la inauguración de un pintor amigo, estuve charlando con un historiador de arte. Me dijo que me leía en este blog de vez en cuando y que le divertía. Pero que no estaba tan de acuerdo con las afirmaciones que suelto tan alegremente sobre las últimas obras de algunos maestros. Le pedí perdón por la intromisión, pero creo que se me notó mucho que mi arrepentimiento no era sincero. Le dije que no pretendo aportar nada a la historiografía del arte que los historiadores tan doctamente gestionan; que tan solo pretendía explicar lo que a mí me parecía. Le dije, también, que yo no soy historiador. Soy solamente un pintor que lleva muchos años intentando desentrañar el misterio de la obra de arte, con escasos resultados hasta el momento. Para eso he leído desordenadamente lo que ha ido cayendo en mis manos al respecto. Soy un obseso de los libros de técnicas pictóricas antiguas, de anatomía o de dibujo. También de cualesquiera libro que dé noticia de cualquier artista pretérito o contemporáneo. O de aquellos que reflexionan sobre el arte en general o en particular, siempre y cuando se expresen en castellano o francés legible y ameno para un bachiller medio, cosa que no siempre ocurre entre los especialistas que se ocupan de la cuestión, que a menudo emplean una jerga ininteligible. Pero todo esto lo leo sin orden ni concierto y sin la sistemática necesaria para hacer un trabajo serio al respecto. Tampoco lo pretendo, sólo quiero explicarme a mí la cuestión, pero sin darle excesiva importancia, como un juego. Me replicó, que la historia del arte no es un juego, que no se puede decir nada que no pueda probarse fehacientemente y que tenía que aclarar en este blog, que lo que yo escribía era ficción y sólo ficción. Cómo ya me estaba empezando a cargar y no tenía ganas de reñir, le agradecí su interés y me largué. Yo confío en la inteligencia de los lectores para discernir entre los hechos objetivos y probados, y las especulaciones que yo pueda hacer. ¡Faltaría más!. Lo que no me termino de explicar como ellos pueden llegar a las conclusiones que llegan leyendo tan solo documentos, facturas, fichas policiales y partidas de bautismo. Cómo pueden pontificar sobre pintura sin haber dado un brochazo en su vida, sin saber de la dificultad que entraña traducir el mundo a grasa coloreada. Crísis de fe.Ayer como no tenía nada mejor que hacer( perdón, mejor dicho, tenía tanto que hacer que decidí no hacer nada de lo que urgentemente se me demandaba. En estas pequeñas cosas consiste la libertad, aunque luego se pague caro.) anduve hojeando un libro que me compré hace tiempo, cuando estaba en Madrid. Lo sé porque aún tiene la pegatina de la librería del antiguo museo de arte contemporáneo de la ciudad universitaria de Moncloa, en cuya cafetería contigua desayunaba casi todos los días. Recuerdo que entonces lo leí con vivísimo interés. No puse en duda nada de lo que allí se decía y creo que incluso lo leí un par de veces. El libro, que es magnífico, se trata de “Las vanguardias artísticas del siglo XX” de Mario De Micheli. En él se cuenta la historia oficial del arte del siglo XX y de las circunstancias que la produjeron en el siglo XIX: lo de la comuna de París, lo de Baudelaire, , el drama histórico de Van Goh, lo de hacerse salvajes, etc. En la segunda parte se reproducen íntegros los “Documentos”, es decir los manifiestos: del Dadaísmo, del Surrealismo, La pintura cubista, el Futurismo etc, etc Estuve entreteniéndome especialmente en el primer manifiesto surrealista del Doctor Bretón, y la verdad, no sé si porque me he hecho mayor, si porque ya no me creo nada, o porque que tengo las entendederas irritadas; pero se me caía de las manos. ¡Como es posible que aquel grupo de señoritos parisinos reunidos en la Closerie des Lilas pudieran protagonizar ese supuesto cambio radical en el modo de mirar el arte! Es inaudito que aún se siga enseñando la historia del arte equiparando “movimientos” como el “Dada”, o el “Surrealismo” a la misma altura que el Romanticismo o el Barroco. Esto es una barbaridad que no resiste el más mínimo análisis. Parece ser que antes de ser formulado por el Doctor Bretón, ningún artista de la historia de la humanidad había atendido al mundo de lo “no racional” y que a partir de ser formulado por este ingenioso galeno el modo en el que se debía ser “surrealista” sólo lo serían verdaderamente los admitidos en su grupo. Luego, incluso, se les expedía carné y lo que hiciese falta. Es en el fondo la idea cristiana de los elegidos, de los apóstoles. Pero tan descarada que no termino de comprender como pudo funcionar. Incluso uno de ellos (el hijo pródigo, el expulsado, nuestro Salvador Dalí ) se fue (como el apóstol Santiago hasta Finisterre, hacía dónde se pone el sol) a predicar al otro lado del Atlántico con notable éxito.De aquellas lluvias vinieron los lodos de ahora, pero creo que ya no hay quien enmiende esto. Hay demasiados libros de texto explicándolo. Si algún alumno de bachillerato pone en duda la importancia capital de este movimiento en un exámen de historia del arte, será suspendido y no podrá pasar curso, y no podrá ser ni ingeniero, ni médico. Es tan verdad como el metro de platino iridiado, diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre..Hay demasiadas salas de museo ordenadas de este modo lineal y absurdo, del modo con el que se explica la inexorable continuidad de las vanguardias artísticas.Demasiados ensayos y libros de divulgación, como para andar tocando las narices. Y lo mío es peor, dedicándome a lo que me dedico, ya no consigo leer, sobre estos temas, con la sed y la fe que leía entonces, y es una pena, porque sólo con fe (fe en el amor, en el arte, en la vida) se disfruta verdaderamente. Sólo desde la fe uno se puede apasionar y por lo tanto vivir verdaderamente. Y servir para dar un paso decidido hacía adelante en la dirección marcada: en la de la fe en el progreso. Este hereje espíritu crítico que me contamina va a terminar conmigo. !Pero es que las ruedas de molino se me indigestan!, que le voy a hacer... Voy a intentar enmendarme y a dejar de poner en duda los dogmas que así no hay manera de hacer nada.Acuses de reciboMe van llegando algunas notas que acusan el recibo de mi libro: Pintor, pinta y calla (libro que refleja, más o menos, lo escrito en este blog). Casi todas son de escritores de los que me gustan, de los que escriben de un modo ameno y sin pedanteria. Todas son muy cariñosas y elogiosas (supongo que a los que les parece un bodrio no se van a tomar la molestia de decírmelo por escrito) y en todas hay alguna alusión al hecho de que les parece sorprendente que un pintor se dedique a reflexionar sobre cuestiones que no le atañen directamente. Supongo que comprenderían que un pintor escribiera sobre sí mismo, o sobre su obra, o de cómo se siente de la “piel pa dentro”, o que contase su vida de un modo surrealistoide, o que intentase establecer un nuevo manifiesto artístico para demostrar su originalidad y genialidad. Pero lo que parece ser no esperaban es que en el libro se hable del mundo, o por lo menos de cómo se ve el mundo desde el sitio desde el que yo lo miro. Parece ser que a un auténtico artista nada más que él mismo y su arte debe importarle. Que no ha de tener ni un instante libre, que ha de dedicar sus energías a su obra y a la promoción de sí mismo. Y tienen razón así son la mayoría de los libros escritos por artistas que yo tengo. Suelen ser memorias, en las que aprovechan para ajustar cuentas con unos y con otros; o pajas mentales sobre lo que debe ser el arte (que suele coincidir con lo que ellos hacen); o escritos poéticos de taller o (en el mejor de los casos) recetarios de técnicas artísticas. Pero hay uno que se desmarca de todos los libros que escritos por pintores tengo en mi biblioteca, y es este: “La España negra” de Don José Gutiérrez Solana. Es un libro sensacional, único, en el que cuenta lo que ve en algunos viajes que realiza por este país hace un siglo. Memorable su descripción de Calatayud. Y es que un pintor, y más Solana, a lo que está acostumbrado es a mirar, y a intentar traducir esa mirada a pintura o dibujo. Para lo cual es imprescindible ver su armazón invisible, la estructura de la realidad. Una vez visto este esqueleto es posible mudarlo a palabras. Eso es lo que hace Solana que escribe como si tallase con un hacha. Eficaz, directo y crudo. Y por supuesto no escribe ni un párrafo sobre sí mismo. Yo he procurado hacer lo propio. No escribo sobre mí por pudor, por elegancia, porque me desconozco y porque me importo un bledo. Por esto no sé, ni sabré lo que es la poesía.De la patria, la fe y la pintura.![]() Jacques-Louis David no fue solamente un pintor, fue fundamentalmente un patriota revolucionario, y por lo tanto un ingenuo con el ego desproporcionado. Un patriota es alguien que se ha creído lo que le han contado con respecto al país en el que vive y que está por definición agraviado permanentemente por la existencia de los ”enemigos de su patria”. Estos son cambiantes, en función de los pactos que hagan sus superiores con sus vecinos, o quienesquiera que les apetezca pactar o cabrearse, según les dé. Un patriota, también, es por definición hombre de tropa, alguien a quien hay que decirle lo que debe de hacer, por el bien de su patria, claro está. David sería, como artista, y como ciudadano, exactamente lo contrario de su contemporáneo Goya. Cosa que queda patente para un espectador medianamente sensible que observe la obra de uno y de otro. El que le empezó a decir a David lo que debía pensar y hacer fue su amigo Robespiere que le nombró diputado de la Convención. Como diputado votó la muerte del rey y de la reina, de esta última se conserva un apunte del natural de su mano mientras era llevada a la guillotina. En este periodo, henchido de halagos, patriotismo y cargado de razón, pintó su mejor obra: el asesinato de Marat. Tras la caída, y condena a muerte, de Robespiere es encarcelado hasta 1795. A la salida de la cárcel abre un taller y se reconcilia con su señora, a la que había abandonado para ocuparse mejor de sus tareas revolucionarias (esto es prueba de que había vuelto a ser un hombre vulgar). Vive unos años asqueado y humillado por ser solamente un pintor. Pinta, excelentes, retratos de burgueses, como el de su cuñado Sériziat y su hermana con su sobrina. En 1797 conoce a Napoleón y su espíritu patriótico resurge con el ahínco con el que resurge el ego de los humillados. Vuelve a tener un señor del que recibir instrucciones de lo que se debe hacer, que es, ni más ni menos, que la imagen del imperio y de su emperador. Napoleón le encarga enormes telas, tan enormes como su imperio, y él se empecina en el trabajo con la desesperada fe de los elegidos. Pinta, entre otros, el cuadro de la coronación del emperador. El retrato de cómo un hombre simple, un militar corso, se erige a sí mismo en emperador, en presencia del mismísimo Papa. El cuadro, colosal (seis metros y medio por casi diez) viene a ser el paradigma del nuevo régimen y su factura es tan complicada para la época como una superproducción de Holliwood hoy. Después de la caída de Napoleón huye a Bruselas dónde pasa los últimos años de su vida. Allí ejecuta una copia de la coronación de Napoleón al mismo tamaño que el original, encargo de unos hombres de negocios americanos, para ser enseñada ciudad por ciudad previo pago de entrada, un poco como anticipo de lo que luego va a ser la industria cinematográfica ( tras su vuelta de Estados Unidos en 1832 como consecuencia de la compra del cuadro por el estado francés a la sociedad americana que era propietaria se conservó, hasta hoy, en el palacio de Versailles). Imagino la humillación que tuvo que sentir el vencido pintor al repetir el cuadro paradigmatico del imperio para ser enseñado pueblo por pueblo como una barraca de feria. En Bruselas pinta también su última gran obra, la única de grandes dimensiones que hace en su vida sin encargo previo. A la edad de setenta y seis años acomete una pintura de dos metros y medio por tres que representa a Marte desarmado por Venus y las Gracias. Tarda tres años en concluirla y moriría inmediatamente después. Es por lo tanto su último cuadro. Un cuadro malo y hortera, que seguro agrió sus últimos años. Supongo que se doblegó a lo que él entendía que era el gusto burgués de la época para que fuese fácilmente vendido tras su finalización y dejar algo de dinero a sus descendientes. El dinero es lo que más preocupa, y con razón, a los ancianos, sean estos artistas o no. Afortunadamente para él falleció el veintinueve de Diciembre de 1825 y se ahorro el disgusto de ver como no era vendido en la subasta de Abril del veintiséis en París. Y como era comprado por la irrisoria cifra de 6000 francos por la baronesa Meunier. Y es que David, como buen patriota, como los perros de caza, necesitaba recibir pautas de comportamiento (u órdenes, o si se prefiere, que és más revolucionario: consignas). Las necesitaba en la vida y en la pintura. Su Arte sólo podía florecer al lado del poder, al tiempo que sólo él era capaz de encarnar, de traducir a pintura , la magneficiencia del poder cercano para él, en el caso de Robespiere o Napoleón, y creído a pies juntillas por él cómo lo mejor para la patria.. Nunca hubo tan buen vasallo sirviendo tan sinceramente a tan noble empresa, pero duró lo que duró, y pintó su último cuadro sin cliente, y sin saber a quien servir, en Bruselas. |
pepe-cerdaPINTOR; !PINTA Y CALLA!
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