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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007. Resumen
Del gracejo y de los fabricantes de gracietas.Eso que se entiende en España por gracejo se da más en unas regiones que en otras. Se podría afirmar que gracejo es lo que tienen la práctica totalidad de los camareros sevillanos y una parte muy importante de los camareros madrileños. Me refiero al tipo de camarero que tiene una frase ocurrente para cada parroquiano y que le sale aparentemente de un modo natural, del mismo modo que pone cañas suelta gracias cambiantes y originales. Me refiero, claro está, a los camareros autóctonos, en vías, desgraciadamente, de extinción puesto que se van jubilando y sus puestos los suelen ocupar los nuevos españoles de orígenes muy diversos que no suelen tener esta habilidad. Pero los que ya tenemos una edad los hemos conocido perfectamente. Se podría afirmar, también, que a medida que se avanza hacia el norte en España el gracejo disminuye. Que ningún presidente autonómico se mosquee, pero es así, que le vamos a hacer. Sin embargo se da también la paradoja de que los que son capaces tradicionalmente de rentabilizar profesionalmente el humor, la ocurrencia, son los catalanes. Que, sin embrago, suelen andar escasísimos de gracejo, dicho sea con todo respeto. Exceptuando a Eugenio,que gracejo, lo que se dice gracejo no tenía ni una pizca, pero aún así parodiaba precisamente la falta de gracejo y la sosez común a los habitantes de esa comunidad autónoma y por eso precisamente conseguía hacer gracia en el resto de España, los demás han andado tradicionalmente muy justitos de duende cómico. No obstante: La trinca, el Tricicle, Buenafuente, Manel Fuentes, El Nen son los amos televisivos de convertir la “gracieta” en pasta, y no poca, ya sea dando la cara o poseyendo las productoras que producen los programas. Curioso y paradójico fenómeno. Ninguno de lo enumerados tienen ni han tenido nunca ocurrencias en directo como las tienen los camareros sevillanos, lo que hacen es repetir lo aprendido de memoria o lo que les cantan por el pinganillo. La prueba de esto es que cuando son entrevistados en otro programa que no sea el suyo se ponen serios y pedantes, y no hacen el más mínimo chiste, y hablan en serio del humor, lo cual es una barbaridad. Esto ocurre porque no son, solo actúan, sólo parecen. Al que más se le nota, y que cada vez tiene inexplicablemente para mí más presencia televisiva, y que se ha atrevido a sustituir al Gran Wyoming, ni más ni menos, es Manel Fuentes. Es inaudito que los espectadores no sean capaces de detectar el humor ultra congelado y guionizado del nuevo “caiga quien caiga”. Sería más gracioso si algún día se levantaran y dejasen sus pinganillos parlantes por los que les chivan las gracietas. Por no hablar de los supuestamente hilarantes monólogos de Buenafuente. Pasa un poco el mismo fenómeno que ocurrió en los ochenta con Madona que aún no pareciéndose en nada a Marilyn Monroe fue capaz de sacarle un montón de pasta al arquetipo de la suicidada. Podríamos convenir que el humor, el de verdad, el que sorprende en la boca del humorista como un vómito, surge de la desesperanza y como paliativo de la tristeza y del cansancio. Este tipo de humor gratuito y suicidiario de camarero y parroquiano madrileño es el que alimentaba a Tip, genio indiscutible del humor nacido de dentro y a pelo con la única ayuda de un buen cubata y un cigarro, y que llevaba de culo en el escenario a su compañero Coll que sí que se preparaba las actuaciones. Pienso también en el Gran Wyoming, en Pablo Carbonell... Pienso hasta en Pocholo como personaje surrealistoide y original. Ninguno de estos se ha aprendido un guión en su vida, o si lo han hecho lo han reinterpretado para que no se note. Estos tienen la gracia original, la de los camareros de Madrid. Y por supuesto cuando los entrevistan no se ponen tontorrones como Buenafuente y no enseñan su otro yo, sencillamente porque no lo tienen. Podríamos convenir que el humor es esencialmente riesgo, cómo mínimo el riesgo a no hacer gracia, el riesgo de ser un soso, y que sólo cuando se vence lo paradójico, lo sin sentido, y aparece ante el espectador la salida inesperada se produce la carcajada, y eso se nota, o por lo menos lo noto yo. Y nada de esto me pasa con estas empresas dedicadas a lo gracioso parido en laboratorio, para luego hacérselo repetir a sus locutores, ya me perdonaran. Ahora que lo pienso, ¿ igual han contratao a los camareros que me faltan en Madrid para sus laboratorios de ocurrencias?Del coste de que la sociedad dialogue consigo misma.![]() Los arquitectos Herzog y De Meuron han realizado un proyecto para la ampliación de la Tate Modern de Londres. A mí personalmente no me gusta ni un pelo, ni tampoco me gusta ni un pelo lo que proponen para el espacio Goya de Zaragoza, pero que a mí me guste o me deje de gustar es lo de menos, que sabré yo de esto si sólo soy un mono pintor. "El arte es una conversación de la sociedad consigo misma, por él descubrimos nuestra memoria y el significado de nuestras vidas" Da por supuesto que lo que hacen Herzog y Meuron es arte porque lo dice él. Que el edificio de estos es bueno para que la sociedad hable consigo misma y para que le encuentren significado a sus vidas los ciudadanos londinenses. ¡Y todo esto por cincuenta millones de libras de nada!. O lo que es lo mismo Setenta millones de euros, que son once mil seiscientos veinte millones de pesetas de los que el despacho de los arquitectos va a trincar una cifra cercana a los mil millones, de pesetas por aclararnos. De los mensajes sin dirección y de los receptores.Esctibir en este blog, a sabiendas que no soy ni Pepín Blanco, ni Pio Moa, ni Arcadí Espada que saben lo que hacen, para qué y porqué, no deja de ser fruto de un complejo mezcla de superioridad e inferioridad que no tiene ningún sentido pero aún así lo sigo haciendo. Tiene algo de naufrago lanzando botellas al mar con mensajes dentro, de perro aullando a la luna, de telegrafista del Titanic lanzando mensajes cifrados al mundo mientras el barco se hunde, de gesto gratuito y sin sentido. Hay en el fondo un rescoldo de desesperanza, que como soy aragonés ni quiero ni puedo permitirme y la mudo en socarronería y mala leche, y me ahorro los antidepresivos de paso. Pero aún mitigada por el sarcasmo ahí esta punzante la melancolía de existir aguzada por el hecho de vivir en un pequeño pueblo de los Monegros dónde las gentes son tan bienintencionadas como rudas. Aún así les prefiero a los habitantes recién ricos de la ciudad cercana con los que he de lidiar a menudo por la cosa de mi oficio de pintamonas que como enanos sobre zancos miran el mundo en la equivocada certeza de que sólo su sagacidad e inteligencia es lo que les ha hecho ricos al tiempo que chupan cabezas de gambones y aspiran el humo de desproporcionados habanos. Ecribir en este blog es uno de los pocos gestos que tiene algún sentido, precisamente porque no lo tiene. Esta paradoja será tan evidente para el que la comprenda como estúpida para el que no la comprenda por lo que renuncio a explicarla. Por eso me alegran tanto los comentarios en el blog. Son la prueba de que alguien me escucha, de que alguien ha encontrado la botella con el mensaje en una playa lejana. A veces ese alguien no deja comentario y se llama Ignacio Ruiz Quintano. No deja comentario en el Blog pero lo hace desde su columna del ABCD desde la que ya me ha citado en varias ocasiones, incluso me dedicó en tiempos una columna en exclusiva reseñando mi libro. Y lo leen mis amigos de todos los lados y me mandan mensajes al móvil y se enteran de que aún estoy vivo , y todo tiene sentido por un rato y las piernas me llevan más alegres al bar de la plaza con el periódico bajo el brazo.. Yo no conozco de nada a Ignacio Ruiz Quintano y siempre pienso en cómo agradecérselo, a sabiendas de que no lo hace para que se lo agradezca, y temo defraudarle al tiempo que no quiero parecer desconsiderado. Y pasan los días y no hago nada. Y no sé como decirle que: muchas gracias.Del éxito.Vaya por delante una afirmación: el éxito es un asunto absolutamente relativo; ya que para medirlo, como para medir cualquier cosa, hace falta una unidad de medida, o una comparanza, qué al no estar normalizada como el metro, puede ser del tamaño que a uno le dé la gana. Por decirlo como lo hace el refranero: “el que no se consuela es porque no quiere”. Según se esté deprimido o exultante se mira uno a sí como lo mejor o lo peor. Lo normal es echar las culpas de los fracasos a las circunstancias y responsabilizarse de los éxitos. Esta actitud, aún siendo la más recomendable para la salud psíquica le convierte al que se la aplica inexorablemente en un cretino. Aún así, e inexplicablemente para mí, les suele ir bastante bien en la vida. La otra actitud, la de ponerse en duda todo el rato, la de procurar obrar y medirse con justicia, suele llevar a la parálisis y a la inacción. Lo que nos hace a los reflexivos ineficaces para la producción y los puestos de responsabilidad. Por lo que nos suele ir bastante mal. El tener o no éxito en este oficio mío, a estas alturas del campeonato y teniendo por íntimos amigos, y desde hace muchos años, a genios ahora indiscutibles de la plástica española e internacional, de los que salen en las enciclopedias y que si no se saben los alumnos de hoy de memoria su vida y su obra les suspenderán en la facultad, es un asunto de actitud (con C) y de aptitud (con P). Tengo, como es natural muchos más amigos a los que el éxito no les ha sonreído y que como todo el mundo van tirando. Lo que es muy difícil en este mundo de confort es fracasar absolutamente, es casi más difícil que tener éxito. Pero a lo que voy: lo que he observado en los artistas que conozco desde hace décadas y que les ha sonreído el éxito, ha sido más una determinada actitud ante su vida y su carrera que una aptitud como artistas sobresaliente. Han tenido una fe en sí mismos rayana a la locura o la cretinez; una actitud ante el mundo del arte absolutamente acrítica, el mundo del arte solamente era el amplificador natural de su obra sólo que este (el mundo del arte) aún no lo sabía, y el tiempo les ha dado la razón. He visto como aguantaban estoicos en las inauguraciones ajenas hasta que la persona de influencia les atendía. Su obra del principio fue consecuencia de ese viaje suicidiario que lleva al éxito o a la tumba, pero he de decir que no era especialmente buena en sí mima salvo por la intensidad que le imprimía el maniaco del autor. Luego cuando el éxito y el dinero ya vino espuertas, si que su obra sufrió un proceso de depuración y especialización, y se significó lo más que pudo de sus inmediatos competidores, como es natural, como lo hace cualquier empresa que fabrique cualquier producto. Como lo hace Yadró. En el fondo entre un estúpido y un genio no hay tantas diferencias. Como dijo Cortazar: “Para ser un genio sólo hacen falta dos cualidades: creérselo y acertar”De los aventaos o barrenaos.Hay otro modo de ser aragonés aparte del tópico por el que se nos conoce por ahí: lo de la tozudez y la nobleza y todo eso, que viene del encono con que se comportaron los zaragozanos en los sitios que sufrió Zaragoza en la invasión napoleónica. Aparte de este, digo, hay otro que es un modo de ser suicidiario, una especie de estética consistente en ir contra nuestro interés o incluso nuestra salud, que esconde una elevada moral y que está muy cerca del movimiento Punk de los ochenta. Este modo de ser es el que aquí llamamos: “aventao”.
Pongo como ejemplo dos ciudadanos esperpénticos y por lo tanto esenciales : Manolo Cabeza Bolo y en Perico Fernández. Manolo Cabeza bolo, o Kabezabolo, se hizo famoso allá por los ochenta con unos delirantes conciertos que daba cuando le dejaban salir de psiquiátrico dónde estaba internado. Tiene letras de canciones delirantes como: “Cuando los punkis nos vamos de marcha Aún sigue siendo un ídolo entre los viejos punkis y sigue actuando. De Perico Fernández leí antes de ayer una entrevista en el Mundo en la que salía en calidad de pintor en la que decía que su pintor favorito era él y que dilapidó todo el dinero que ganó con el boxeo...¡por el bien de sus hijos!. Lo oí también una entrevista por la radio que le hacían con motivo de una exposición en Tarazona hace un año. El entrevistador le felicitaba porque le habían concedido la medalla al mérito en el deporte, o algo así, que le tenía que imponer el rey a los pocos días de la entrevista. Perico le responde: -No pienso ir a recogerla. -¿Y porqué? - Es muy bonito... Te dicen tal día en el palacio real. ¿Y quien paga el tren?; ¿y el traje?, ¿y los zapatos?. Y luego te ponen la medalla y para casa. Y ellos ya han cumplido. Nada que no pienso ir...¡Si me la diese Franco!, eso sería otra cosa, iría de rodillas. Ese sí que tenía dos cojones... Como ven no se puede ir más en contra de los tiempos, ni de sus intereses, ni ser más políticamente incorrecto. Este tipo de “aventao”, o “barrenao” se da más, creo, por estos lares que por otros. Conozco a decenas que se comportan de este modo kamikaze sin estar exactamente locos. Hay una especie de épica latente en nuestra sociedad, sobre todo en la adolescencia, que es cuando nos autoconstruimos, que hace que valoremos este tipo de actitudes anti- todo, incluso anti uno mismo. Los equivalentes madrileños podrían ser Pocholo o Kiko Matamoros, pero son otra cosa más refinada e intencionada. El barrenao, el de verdad, creo que es más de aquí. Quizás se pudiese estudiar una especie de denominación de origen como con el ternasco aragonés. Habría que estudiarlo. De mi juvenil expriencia monástica..Allá por el ochenta y dos, tras una situación sentimental transitoria que viví con la epopéyica estupidez de los veinte años recién cumplidos, pasé una pequeña temporada en el monasterio cisterciense de la Oliva, en el pueblo de Carcastillo, en Navarra. Me enchufó Antonio Ansón, hoy estupendo escritor, a través de un cura de su barrio, de aquellos progresistas con chaqueta obrera de cremallera, que llamó al Abad del monasterio, que se llamaba Mariano, que acepto que fuese para allí y que me alojase en la hospedería. Cogí un autobús de línea que creo que me llevó hasta Egea y luego otro que me dejó en Carcastillo. Allí me pasaría a buscar el Abad. Yo ya había leído la novela de Umberto Eco “El nombre de la rosa”, que había aparecido en España con un tremendo éxito aquél mismo año y tenía en mi cabeza un montón de ideas preconcebidas de lo que iban a ser el monasterio y su Abad, que necesariamente había de ser un Guillermo de Baskerville posmoderno. Estaba equivocado. El autobús me dejó a la vera de un camino polvoriento y se alejó dejándome solo. El silencio era total, sólo roto por un par de moscas que zumbaban a mi alrededor. Hacía calor. No sé cuanto tiempo transcurrió, pero al rato el silencio lo rompió el rugido de un motor que atenuaba una canción de los Chunguitos a toda caña. Al llegar a mi altura frenó bruscamente e identifiqué el coche: un SEAT 131, supermirafiori, que entonces era el preferido de los macarras. La puerta del copiloto se abrió y pude ver al conductor. Un orondo monje con el hábito cisterciense que portaba unas gafas “Rayban” y llevaba un Marlboro entre los labios. - Tú debes de ser Pepe, ¿No?. El padre Antonio me ha dicho que venías. Anda sube. Me dijo. Nada más sentarme en el coche arrancó bruscamente dejando una gran polvareda tras el vehículo. En un plis plas estábamos en la puerta del monasterio y me presentó al hospedero: el hermano Rafael. Un poco más tarde mientras me acomodaba en mi celda me enteré, por un comentario del hospedero, de: que el que me había traído, el de las “Rayban”, era el Abad; que ningún monje fumaba pero cómo el Abad tenía que tratar con empresarios para vender los productos que se producían: un vino más que correcto, queso, chocolates, criaban cerdos y tenían un montón de hectáreas cultivadas, pues tenía que “alternar” y por eso fumaba. También era el único que tenía televisión y recibía periódicos, para estar al tanto del mundo y luego se lo contaba a la comunidad. Me dijo también, que el Abad había estado casado y que había tenido hijos, pero que perdió a toda su familia en un accidente y al quedarse solo le entró la vocación. El hermano Rafael era andaluz, creo recordar que de Cádiz y era muy parlanchín aún a pesar del supuesto voto de silencio. Me dijo que sólo hablaban lo imprescindible. Por lo que supuse que todo lo que me estaba contando era imprescindible. En la cena conocí al resto de los hospedados y, para mi sorpresa, había un par de mujeres. Una de ellas, acababa de separarse de Emilio Fiel que era una especie de Gurú de la época que había fundado una especie de secta llamada la “Comunidad del arco iris” en Lizaso, cerca de Pamplona, dónde se hacían cursillos de depuración de todo tipo, pero los que más éxito tenían eran los de tantra yoga. La cosa consistía básicamente en follar sin correrse, bueno mejor dicho correrse pero para dentro, según me explicó poco después la señora, mirándome con ojos entre idos y seductores. Estaban también un Yonki que como tenía una tía monja lo habían metido allí para quitarle el vicio pero se escapaba todas las noche y se ponía hasta el culo, tal y cómo supe unos días más tarde; ya que yo le acompañaba, junto al tercero en discordia, que era un argentino veterano de la recién terminada Guerra de las Malvinas y que estaba rematadamente loco. Pero mi preferido era un tipo de Toledo al que llamábamos el “furor”. Al “furor” le llamábamos el “furor” porque andaba todo el día salido persiguiendo a la del “Arco Iris” y cuando era rechazado, avergonzado y para hacerse perdonar por el altísimo, se metía entre las zarzas como San Benito a modo de penitencia. Volvía en perdición lleno de rasguños y nos hacía mucha gracia. A veces en la cena entraba en trance y con los ojos en blanco comenzaba a gritar: -¡Estoy en gracia de Dios!. ¡Me siento en Gracia de Dios!. Y se levantaba y elevaba los brazos al cielo. A lo que el hermano Rafael le replicaba: -¡ Quieres hacer el favor de callarte tontolaba!, ¡Si tú estas en gracia de Dios yo lo estoy más, que para eso soy monje, y no doy tanto por el culo! Y así transcurrían las cenas en el recogimiento natural de este tipo de instituciones tan antiguas. Luego después del rezo tras la cena, creo que se llamaba “completas”, nos fugábamos saltando la valla: el yonki, el argentino y un servidor, a los pueblos de la zona en dónde nos pasaba de todo y encontrábamos sin mucha dificultad todo tipo de piscotrópicos tan comunes en aquella época y llegábamos a “maitines” en carne mortal. No sé cuanto tiempo debí estar, puede que un mes más o menos, hasta que prácticamente nos echó el hospedero, al que no se la pegábamos. Nos dijo algo así. -Vosotros ni tenéis vocación, ni la vais a tener, y este coche sale en media hora para Pamplona y estos señores son tan amables que os llevan. Así que ya estáis haciendo las maletas. Y así terminó mi periodo místico y mi situación sentimental transitoria a la vez; tal y como había empezado; como empezaba y terminaba casi todo en aquel tiempo: en un autobús de línea.
De los tiempos y de las costumbres.¡Hay que joderse lo que hemos cambiado!. Cuando niño, allá por los primeros setenta, cuando estudiaba en el colegio de los padres Escolapios de la calle General Franco de Zaragoza (había que precisar la calle puesto que había en Zaragoza dos Escuelas Pías más: la de la calle Sevilla y la de Cristo Rey en la carretera de Huesca) íbamos a hacer gimnasia a lo que se llamaban “los campos”, que era una finca lindante al Ebro, justo dónde ahora se construye el puente de la iraní para la expo 2008, en dónde se encontraban las instalaciones deportivas del colegio. Como estaba lejos nos llevaban en autobús y atravesábamos parte de la ciudad. El conductor del autobús que se llamaba Eulogio llevaba siempre una bota de vino colgada del asiento y aprovechaba las paradas en los semáforos para echarse unos larguísimos tragos, recuerdo perfectamente el sonido regurgitante de su gaznate. Después mientras se limpiaba la boca con la boca manga le decía, al tiempo que arrancaba, al cura que nos acompañaba. -Si gusta, échese un trago. Y el cura haciendo equilibrios por el traqueteo del autobús bebía largamente de la bota. Todo esto no nos extrañaba lo más mínimo. Ni a nosotros ni a los guardias urbanos del trayecto que ,como siempre era el mismo, ya los conocía y solía saludar. A veces de reojo y con una sola mano ya que con la otra sujetaba la bota mientras bebía. ¡Hay que joderse lo que hemos cambiado.!De las profecías.Las profecías por el mero hecho de enunciarlas tienden a cumplirse. Nótese que he dicho “tienden”,no he dicho que se “cumplan” automáticamente. Esto lo saben muy bien los sacerdotes de todas las religiones incluida la más actual: la de los analistas políticos o financieros. La fe de todos al unísono mueve montañas. Las profecías necesitan también de un cierto rito, de un cierto tono impostado y mesiánico, y a ser posible de un templo, o una gran roca a la que subirse, para que el profeta sea creíble; así como de un gran número de fieles que escuchen y que manifiesten su júbilo si la profecía es positiva; o su pánico y arrepentimiento si es negativa. Otra particularidad de la profecía es no describir muy exactamente el fenómeno predicho, así es más fácil que se cumpla, elevando así al charlatán a la categoría de profeta. Por ejemplo: -El dia en el que el sol mude de color el Templo del Pilar....(instantes de silencio, la teatralidad es muy importante en las aseveraciones proféticas) ¡Arderá!. Como seguro que tarde o temprano con tanta vela se produce un incendio en nuestro templo, pues ya está, ya tenemos al profeta. Claro está que esto en las civilizaciones más desarrolladas y entre gentes cultas ya no es posible. No puede ser que los más altos representantes de una región del mundo desarrollado crean las burdas profecías de las empresas de angloparlantes como los chiquillos creen en los Reyes Magos. No, eso es imposible. Eso era en los tiempos en los que Berlanga rodó "Bienvenido Mister Marsall". Recuerdan a Pepe Isbert entonando aquella canción: "Americanooos, les esperamos con alegría....". Pero ahora eso es imposible. ¡Anda que no hemos aprendido, con la democracia y el internet! Por esto ha de ser verdad necesariamente el proyecto Gran Scala que convertirá un trozo de desierto monegrino en la tierra prometida y el paraíso. Ha de ser serio aunque no se diga con claridad ni dónde, ni cómo, ni cuánto en la multitudinaria presentación. Ha de ser sensato, aunque se haya presentado en un templo (la iglesia del Pignatelli, ahora desacralizada en Salón del Reino) ante unos fieles atentos y cautivos, por los sumos sacerdotes de la comunidad y con la curia entera trufando a modo de clá a las fuerzas vivas económicas y sociales de la ciudad y alrededores. Que es un asunto mesurado y reflexionado salta a la vista para cualquiera que le eche un vistazo al proyecto técnico. ¡Vamos!, que hay que tener muy mala leche para confundir este proyecto serio con la profecía de un charlatán. Ahora es momento de ser un buen aragonés, cerrar filas y ponerse a favor. Será cómo se ha dicho, y en el desierto florecerá una ciudad que llenará de gozo nuestro tedio endémico y de alegría nuestros bolsillos. Ahora; todos conmigo: Habrá un día en que tooodos al leeevantar la viiiista veremos una tieeeerra que ponga Gran Scaaaaaala Amen. De las arengas y de la tropa.-¡Cojones, Silvestre!, ¡Cojones! Le dijo por telegrama desde Madrid su majestad Alfonso XIII a Manuel Fernández Silvestre en Julio de 1921. Fernández Silvestre le había prometido al monarca que conquistaría Alhucemas antes del día de Santiago de aquél año. -Olé los hombres. El 25 te espero. Era la frase final del telegrama. Firmado: Alfonso XIII, el Rey.
El General Fernández Silvestre era uno de los oficiales más estúpidos e incompetentes del ejército español en África. Aquel día iba a pasar a la historia por el hecho que se conoció a partir de entonces por "el desastre de Annual" en dónde murieron, además de él mismo, catorce mil muchachotes campesinos y analfabetos. Catorce mil jóvenes españoles en alpargatas que disfrazados de soldados pagaban cara su pobreza. Pagaban el que sus padres no tuvieran ni dinero, ni influencias para evitar que estuviésen allí. Allí perdió España veintiochomil brazos jóvenes. Pero todo era poco para satisfacer a su rey. Un capricho Real, es un capricho Real. -¡Cojones, soldados, cojones! Chillaba desgañitándose el brigada Carmona a las dos de la mañana del veintitrés de Febrero de 1982 a un acojonado grupo de tardoadolescentes ateridos de frío y miedo disfrazados de soldados del ejército del aire entre los que me encontraba. Constaté que el ejército español de entonces, a nada que se ponía en marcha se autodestruía. Antes de salir del cuartel en desvencijados camiones grises habíamos inutilizado el treinta por ciento de nuestros efectivos por “fuego amigo”, es decir chocando entre nosotros por los nervios. No sabíamos, y a día de hoy sigo sin saber, si salíamos a defender el golpe o a impedirlo. Creo que el brigada tampoco lo sabía. Pero daba igual. Ese mismo Brigada, que ahora profería todo tipo de blasfemias, había sido el responsable de que unos días antes nuestra escuadrilla hubiese sido mermada con un montón de bajas por el noble ejercico de defensa del honor patrio..Yo aún llevaba el brazo vendado.
Aquella merma también empezó con la consabida frase: -¡Cojones, soldados, cojones! Nos decía, la semana anterior, mientras íbamos en una camioneta a toda hostia por un descampado de la base aérea de Zaragoza con los portones traseros abiertos de par en par. Resultaba que días antes nuestro brigada había visto como los de la base contigua, los americanos* practicaban “orden abierto". El ejercicio consistía para los americanos en tirarse de unos enormes todo terreno marca Hummer que circulaban a toda pastilla y aún a pesar de que iban pertrechados con todo su armamento ligero, se quedaban dispuestos en “orden de combate”. Es decir apuntando hacía el supuesto enemigo, equidistantes y sin partirse la crisma. Todo esto lo estaban haciendo a escasos cincuenta metros de la valla metálica que separaba ambas bases y ambos mundos. El brigada Carmona lo tomó como una provocación y mando a buscar nuestro parque móvil ligero: un par de camionetas Renaul 4L y otro par de Avias. Nuestros vehículos estaban pintados de un gris azul mate y con churretes y no se parecían en nada a los enormes y flamantes Hummer Americanos. Aún así esto no desanimó a nuestro brigada, nosotros íbamos a suplir nuestra falta de material con lo que siempre se había suplido en España. Con...: -¡Cojones, soldados, cojones! Nos dijo mientras nos daba nuestras vetustas ametralladoras Zeta descascarilladas y nos ordenada subir a los vehículos. Con la camioneta ya en marcha y traqueteante por la explanada nos continuo diciendo que si nos tirábamos con fe era como bajar un escalón y que no nos iba a pasar nada. Las cuestión era esprintar desde el fondo de la caja de la camioneta para neutralizar la velocidad del vehículo. De este modo se conseguía el efecto de que la furgoneta estuviese como parada. Con fe y a la carrera se tiró el Alfamén que era muy bruto y le tenía mucha admiración al brigada. Y con fe vimos como se calzaba un pedazo de hostia de impresión. Y con preocupación como la ametralladora después de rebotar contra una piedra a punto estuvo de pasar al lado americano con el peligro latente del incidente diplomático subsiguiente. -¡Cojones, soldados, cojones!. ¡Que salte el siguiente!. El siguiente era el Bardenas que después de ver la leche que se había pegado el Alfamen se tiró con bastante menos fe. Cosa que no le eximió del hostión correspondiente. Y así fueron saltando, y hostiándose, uno tras otro, hasta que me tocó a mí, que me andaba escabullendo en el fondo de la camioneta con la esperanza de que el Brigada desistiese después de ver el desastroso desenlace de la línea de defensa, que en teoría estaba creando y que, lejos de servir de ejemplo de pericia y valor, producía un gran recochineo a los americanos expectadores del otro lado de la valla metálica, que se estaban agolpando de manera notable. Rezaba para que se diése por vencido y desistiese del puto ejercicio de orden abierto que le habían inspirtado los americanos. Sólo quedábamos él y yo. La furgoneta había dejado a modo de rastro una docena de chavales malheridos formando un reguero que se lamentaban de sus contusiones. Las risotadas de los yankis se oían por encima del ruidoso motor de la camioneta. El honor patrio no podía estar más maltrecho. ¿Qué sentido tenía que yo saltase?. Mi inminente sacrificio no iba a hacer más que aumentar el escarnio. Yo miré alternativamente a él y a los lisiados, y arqueé significativamente las cejas con la esperanza de que me comprendiese. No tuve suerte. Él manteniéndome la mirada con firmeza marcial, me dijo grave: -¡Cojones, soldado, cojones!. Cerré los ojos. Apreté los dientes, corrí hacía el vacío y salté. Tras unos interminables segundos, que me parecieron lustros, en el aire, me pegué, como era natural, el hostión de mi vida. Me recuerdo dando volteretas por el pedregoso suelo. Como todos los demás, al primer contacto con el suelo, perdí mi arma reglamentaria. Por esto fuimos todos arrestados, en combate no se debe de soltar el arma por nada del mundo. Pero eso era lo de menos, lo de más era como parar de dar volteretas sin romperme nada más. Ya había oído crujir la muñeca al primer contacto con el suelo. Cuando por fin paré, pude oír el ruido de la camioneta alejándose y las risotadas de los soldados americanos a los que les estábamos alegrando la mañana. Aún tengo un bulto en la muñeca de la mano de pintar de la fractura de aquél día. *(La base aérea de Zaragoza se encontraba al lado de la americana, los más jóvenes consultar Wikipedia: Bases americanas en España o "punchar" aquí) De la vuelta a casa por Navidad.Algo ha fallado. Antes era yo el que venía del extranjero a casa por navidad y llamaba a los amigos y alguno me preguntaba alguna bobada memorable como: -¿Qué se está discutiendo en París?. En honor a la verdad el bobo que me preguntó esto no era muy amigo mío, en realidad no era nada amigo, sólo era un colega de otra generación y aún es muy, pero que muy, bobo. Hasta aquí puedo leer, que me embalo y doy nombres... A lo que voy es que he pasado de ser el gualdrapas de la familia, el bohemio, el discolo; a ser el eje familiar. Y yo soy el que prepara la cena de nochebuena, y es a mí al que llaman hoy los del extranjero y me cuentan el momento Berlinés, o Neoyorquino, o Parisino; y me narran (mejor dicho se narran a sí mismos) lo bien que va su carrera, que han conocido a tal o cual, comisario que les va a incluir en no sé qué colectiva. Van vestidos con ropa que han comprado en las tiendas de segunda mano de las ciudades que habitan y desdeñan la provincia y vienen por sus padres que les hace ilusión. Yo sé que viven en pisos de mierda y que su carrera va de culo y que al comisario que les va a incluir en una colectiva sólo lo vieron de lejos en una inauguración en la que se colaron. Pero no lo digo porque me da igual y en un par de años están de vuelta empujando un carro de compra por el Carrefour con señora preñada, puesto de trabajo en instituto e hipoteca. Que ya son muchos años de recibir a protogenios... Recuerdo cuándo yo vine la primera navidad del extranjero. Compré un estupendo vino de Burdeos que me costó un huevo y lo aporté a la cena de nochebuena que aún preparaba mi madre en su casa. Estaba invitado mi tío Elías, casado con la hermana de mi madre, que se embaulaba unos litros de vino a diario desde siempre y que era albañil y mas bruto que un arao. Puse las botellas de mi carísimo vino de Burdeos en la mesa a lo que mi tío dijo. -Voy a gustalo, sólo por hacerte aprecio. Dijo mientras peleaba con el capuchón metálico de la botella. Al descubrir que llevaba corcho me explicó. -A los vinos cuándo les ponen corcho ya no valen pa tomar pol culo. Que pareces tonto. A él, gran conocedor por la desmesurada ingesta que le avalaba, le gustaban los vinos a granel o si estaban embotellaos los de tapón de plástico tipo: Arvin, o Monteviejo. Se sirvió un vaso palmero se lo bebió de un trago y exclamó -Ya te lo decía yo: flojo. Nunca dos botellas de Chateu Margeaux habían merecido una crítica tan breve. Se trapiñó las dos botellas en un plis plas : y sacó orgulloso la garrafa que había traído él. -Gusta este, gusta. Que vas a ver lo que es bueno. Si es que salís al extranjero y os agilipollais ... Y no le faltaba razón.De la simpatía y del índice de masa corporal.Hace ya diez meses que no fumo. He engordado diez kilos que sumados a los cien que pesaba hacen ciento diez. Como mido un metro ochenta y cuatro, si calculo mi índice de masa corporal (el de las modelos de la pasarela Cibeles para prevenir la anorexia) me da: 32,5, que yendo a la tabla de la Organización Mundial de la Salud se traduce en que padezco sobrepeso crónico u obesidad de grado dos. Por lo qué: por culpa de abandonar a mi viejo compañero: el tabaco; el que tanta compañía me ha hecho; al que le debo mis mejores cuadros y mis mejores ocurrencias; he pasado de ser un hombre con un poquito de sobrepeso, que se podría disfrazar de tiarrón del norte, a ser un obeso pre-mórbido de esos a los que se les aconseja un balón nasogástrico; tal y cómo me ocurrió en la última boda que asistí en la que me tocó al lado un cirujano que los implantaba y estaba empeñado en meterme una pelota desinflada por la nariz; una que le sobraba porque los del laboratorio se habían confundido y le habían mandado una de más. -Te vienes mañana al hospital y te la meto. Me decía con un puro entre los dientes y un gin tonic en la mano. Y yo humillado, aguantándome las ganas de fumar, que no se pasan nunca, y cortándome de beber para que ese tipo recién conocido no me metiese nada por la nariz, y menos un balón de reglamento. Además no me encuentro mejor. La supuesta recuperación de la capacidad respiratoria, y por lo tanto de vitalidad, se ha visto mermada por la mochila de diez kilos que me he echado encima. Se me dirá que me tengo que poner a dieta para recuperar el peso anterior e incluso bajar un poco. Y tendrá razón quién me lo diga. Pero si he empleado este año en dejar de fumar (sí cómo lo leen, esta ha sido mi principal ocupación que ha resentido notablemente el resto, especialmente la profesional) y tengo que emplear el que viene en adelgazar, y por lo tanto en estar de mala leche; y no poder comer ni beber con mis potenciales clientes y no ser simpático sino faltón; no me queda sino facilitarles mi número de cuenta para que me ingresen unos céntimos por lector para poder pagarme la lechuga y los filetes a la plancha de la dieta. Cuidarse es una ocupación a tiempo completo, que sólo se pueden permitir los que han sido listos y se han ganado, vía oposición, o matrimonio, u ordenación sacerdotal o método similar, un sitio estable en el mundo, dónde la preocupación por cómo conseguir el nutriente esté superada. Los que nos tenemos que tirar cada día a la calle para quitarle a otro congénere parte de su dinero por métodos no delictivos, no nos podemos permitir el lujo de no ser parlanchines, ni simpáticos. Y mucho menos el rechazar la última copa en la que el potencial coleccionista te cuenta que él en lugar de ser empresario de éxito, o rico heredero, o notario, o lo que sea; de lo que de verdad tenía vocación era de poeta, o escritor, o actor, o saxofonista; y que no se le daba mal pero que su padre no le dejó y que luego por los niños y su mujer estaba obligao a garantizarse una seguridad. Y uno que no se garantizó ninguna seguridad tiene que aguantar paciente e ingiriendo lenitivos hiper-calóricos, hasta que se convenza de qué lo de comprar un cuadro es una buena cosa, y de qué, preferiblemente, sea de un servidor. Hacer esto sin tabaco es ya un acto heroico, ahora bien, hacerlo bebiendo aguas minerales, o cervezas sin alcohol, es sencillamente imposible, se lo aseguro, que sé lo que me digo. Ya ven cómo me veo por mi mala cabeza. Si ya me lo decía mi madre: -Hijo mío. Tú mete la cabeza en un banco o haz oposiciones y luego ya pintarás por las tardes. Si le hubiese hecho caso; ahora saldría los domingos por la mañana en bicicleta, estaría en forma, tendría un adosao, cuidaría mi dieta y no tendría la obligación de ser el simpático y desmedido personaje del que soy prisionero De las inocentadas. Me debo de estar volviendo loco. No puede ser que sea el único que lee lo referente a Gran Scala y que se entera de lo que pone, el equivocado he de ser yo. Ha de ser un claro signo de psicopatía. Si no estuviese loco, los demás leerían y entenderían lo que yo leo y entiendo. Y no es así.¿De dónde sacaran el entusiasmo con el que se lo toman el resto de mis vecinos de comunidad autónoma?; ¿qué informaciones habrán leído para sustentar su adhesión al proyecto?. Yo creo haber leído casi todo lo publicado y he rastreado el asunto en la red y , a mi escaso juicio, no hay por dónde cogerlo. La única esperanza es que nuestros gobernantes tengan algún documento secreto, que no nos pueden enseñar, en el que se explique mejor, porqué si la decisión de apoyar este asunto, de ese modo tan entusiasta y desvergonzado, se basa en lo publicado o están locos ellos o lo estoy yo. Siguiendo con el creciente estado de asombro que me produce todo este asunto, leo en el Periódico de Aragón de hoy una entrevista, que seguro que es la inocentada de este año, a Giancarlo Brunelli, máximo promotor de Gran Scala en los Monegros lo siguiente,( átense los machos que, como inocentada es muy buena, pero como he leido tantos despropósitos algo me hace dudar ¿y si no lo es?,.Juzguen ustedes, y mañana lo sabremos) Se le pregunta: -¿Qué conoce de Aragón? Y responde que: -Casi todo, conozco el Museo de juego de Campo Dice que los niños que nazcan en Aragón “no tendrán problema en el futuro ya que será como nacer en Arabia Saudí”; que los ecologistas no tienen por qué preocuparese ya que “todo el papel higiénico que se emplea en sus casinos y hoteles es ¡reciclado!; que incorporará como “gran novedad” juegos autóctonos aragoneses, porqué “España no es América y aquí se mira mucho la cultura”; dice qué “Hemos logrado mejorar el guiñote”; y ahora ya se desparrama; continua diciendo que: “...habrá una taba electrónica, el canuto de chapas virtual. ¡una sala especial para el juego de: ¡churro, media manga, manga entera!, que se jugará sobre un ¡toro mecánico!, además incorporaremos otros juegos españoles como el Parchís y el Dominó”. Continuo leyendo a duras penas, pienso que hoy es el veintiocho de Diciembre que ojalá sea la inocentada de este año, y en ese caso este blog será la prueba de lo tonto que soy. Como colofón reproduzco entera la última respuesta: -Dicen que el juego está asociado a la Mafia, y perdone la alusión... -¡Es todo mentira!. Observe una cosa: el juego está realmente asociado a la infancia, a los niños. Por eso crearemos un espacio de máquinas tragaperras para ellos, en las que se apostará con monedas de chocolate. No nos pueden acusar de todos los males del mundo. ¡Por favor!. ¡Sólo vendemos un poco de felicidad! El periódico se me cae de las manos. Rezo para que sea la inocentada de este año, pero quizás no, el Periódico de Aragón no juega con las cosas de comer, pero ojalá me equivoque. Este Señor pretende incitar al juego a los niños haciéndoles apostar con monedas de chocolate...Tiene que ser una inocentada. Es ecologista porque emplea papel higiénico reciclao. Seguro que es una inocentada. El juego esta asociado a la infancia... Es una inocentada, tiene que serlo... Si mañana resulta que no lo es, pasao voy a ver a un psiquiatra ya que el loco debo de ser yo. Pero; como seguro que es la inocentada de este año, he de felicitar a mi amigo Joaquín Carbonell que es el autor de la burla. En cualquier caso ¿será también una inocentada el video promocional?, ¿no?
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pepe-cerdaPINTOR; !PINTA Y CALLA!
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