Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2006.

Resumen

Esto lo escribe hoy Lluís Uría en la Vanguardía, y lo suscribo.

París anda, desde hace un tiempo, cabizbaja y meditabunda. Los profetas del declive francés, un mal a ratos imaginario a ratos cierto, proclaman también el apagamiento lento e inexorable de la Ciudad Luz, a la que ven camino de fosilizarse y convertirse en una ciudad-museo, un escenario para turistas, una cáscara rutilante pero vacía. Una capital –sostienen con inusitado gusto por la autoflagelación- anquilosada, sin pulso, apenas algo más que un decorado de lo que llegó a ser, una ciudad-patrimonio que ofrece tan sólo el rastro de la historia, la sombra de glorias pasadas.

No deja de ser curioso que, en este debate, París haya tomado a Barcelona como referencia, como modelo incluso de ciudad dinámica, pujante y avanzada. ¡Qué poder el de las imágenes! La capital catalana logró en 1992, gracias a los Juegos Olímpicos, instalar en todo el mundo una imagen de marca inmejorable que, pese al tiempo y los avatares transcurridos desde entonces, está lejos de haber caducado. Expresión urbana de la atracción que genera hoy la España de Zapatero, París siente una enorme fascinación por Barcelona, aún cuando siguen sobrando motivos para que sea al revés.

Cierto, la brillante imagen de París en todo el mundo tiene, también, algo de falso. Mucho de leyenda. Subir hoy las empinadas cuestas de Montmartre, pasear por la bulliciosa plaza del Tertre, tiene muy poco que ver con el tiempo en que el joven Josep Pla –llegado en abril de 1920 como corresponsal de La Publicitat- deambulaba por sus calles en compañía de su amigo Joaquim Borralleras. Tampoco es ya lo que fue Montparnasse, el barrio que todavía en aquella época reunía a lo más granado de los artistas y pintores de todo el mundo, desde Mondrian a Chagall, de Calder a Giacometti (Picasso no, Picasso vivía en un barrio acomodado cerca de los grandes bulevares). Un barrio que atraía por igual a bohemios y vividores de toda ralea y condición, incluidas "las heces de Greenwich Village", como definía sin piedad a los norteamericanos que frecuentaben en aquella época el Café Rotonde el entonces corresponsal del Toronto Star Weekly en la capital francesa, Ernest Hemingway.

El mito de los grandes maestros del impresionismo sigue llevando por miles a los visitantes de París a la cima de Montmartre, donde se yergue el estrambótico templo del Sacré-Coeur –una "arquitectura de tumefacciones", en palabras de Pla-. Pero el halo de los Renoir, Monet, Cézanne, Degas y compañía se esfumó hace ya mucho tiempo. Su lugar lo ocupan hoy acuarelistas, autores de postales naïf para turistas y caricaturistas mediocres. Montmartre es un parque temático. ¿Y no lo es una buena parte de París?

París dejó de ser la capital mundial del arte, la cuna de las vanguardias pictóricas, en 1940, cuando la ocupación nazi forzó el exilio de la intelectualidad europea. Hitler acabó con una hegemonía de más de un siglo, que a partir de ese momento cruzó el Atlántico para instalarse en Nueva York. "Después de 1940 se acabó: París, provincializada ella misma a escala mundial, no es más que un problema de urbanismo y demografía", afirmaba en 1980 el escritor Julien Gracq, una opinión que comparte –amplificada, si cabe, por el tiempo- Patrice Higonnet en su libro "París, capital del mundo", publicado hace unos meses y donde repasa el papel histórico de la capital francesa: "París ya no es hoy la capital del arte. Pero ¿dónde está ese lugar? ¿En Nueva York todavía? Podría hablarse también de Los Angeles, Londres o simplemente internet. París no ha sido la capital del siglo XX y no será la capital del siglo XXI".

Y, sin embargo, la fuerza del mito es inmensa. Cada año, 75 millones de turistas visitan Francia y recalan en París, desafiando la fama de inhospitalarios de los franceses y la mala educación de los camareros, en busca de esa leyenda. Algunos acaban digiriendo mal la distancia entre lo imaginado y lo real. Y en especial los japoneses, que han empezado a sufrir un cuadro clínico conocido ya como Síndrome de París y que a diferencia del Síndrome de Stendhal –patentado por el escritor francés en Florencia- no es fruto de la saturación de belleza, sino de la desilusión y el choque con una cultura diferente. "Ven el Montparnasse de los años locos, Manet, Renoir, y parisinos vestidos como los grabados de moda. Una vez en el sitio, el decorado está allí, en parte, pero todo funciona a la francesa", afirmaba recientemente al respecto en las páginas de Le Figaro el presidente de la Sociedad Franco-japonesa de Medicina, Mario Renoux.

Para gustar, uno se ha de querer. Y hoy, Francia se quiere más bien poco. Una vaga depresión aqueja en este inicio de siglo a la sociedad francesa, inclinada como nunca a ver los cambios del mundo con los trazos gruesos y oscuros del pesimismo, a buscar desesperada e inútilmente refugio en el conservadurismo. El no es la nueva divisa. "Francia es un país paralizado por los funcionarios y por los que quieren serlo. Quieren seguridad toda la vida en un mundo que sólo avanza gracias a la incertidumbre", se lamentaba recientemente en La Vanguardia el octogenario Edgard Morin. La larga crisis del CPE, el fracasado contrato para jóvenes ideado por Dominique de Villepin, ilustra este estado de espíritu conservador que emponzoña todo lo que toca.

Pero la fuerza de la Ville Lumière sigue siendo inmensa. París no será ya la capital del mundo, no estará en uno de los mejores momentos de su historia, pero sigue exhibiendo –mal que les pese a los declinólogos- un dinamismo cultural envidiable y un constante afán por renovar su oferta. El año 2006 ha estado preñado de acontecimientos remarcables, desde la recuperación del museo de la Orangerie –ese pequeño templo del impresionismo- completamente remozado, hasta la reapertura del Museo de Bellas Artes y del auditorio Pleyel, pasando por la inauguración del nuevo puente peatonal Simone de Beauvoir –el 37º viaducto que atraviesa el Sena-, una estilizada pasarela suspendida sobre el río obra del arquitecto austríaco Dietrich Feichtinger, que une desde este verano la Biblioteca François Mitterrand y el parque de Bercy –sede, entre otras cosas, de la Filmoteca-, una zona que está experimentando una gran transformación.

La estrella del año, si no del decenio, ha sido indudablemente la apertura del Museo de las Artes Primeras –que no primitivas-, más conocido como museo del Quai Branly por su ubicación, junto a la torre Eiffel. Es el legado cultural que Jacques Chirac, como todo presidente de la República que se precie, de Pompidou a Mitterrand, ha querido dejar a la ciudad y al país. Obra artística en sí mismo, el complejo lleva la firma del arquitecto Jean Nouvel, que ha ideado un edificio sorprendente y original para albergar lo mejor del arte originario de las civilizaciones de África, América, Asia y Oceanía.

El proyecto, que ha tardado más de una década en materializarse, era una vieja aspiración personal de Jacques Chirac, un enamorado del arte no occidental desde su adolescencia, cuando fue introducido en los secretos de las civilizaciones antiguas por un viejo profesor ruso, monsieur Belanovitch, al que acudió inicialmente para tomar clases de ¡sánscrito! El presidente francés, convertido con los años en un experto en la materia y en un coleccionista apasionado, ve su museo como un altar de homenaje y reconocimiento a las civilizaciones no occidentales, en absoluto el museo neocolonialista que algunos críticos han querido ver en él.

Unos proyectos culminan y otros acaban de nacer. Otoño ha traído la magnífica noticia de la construcción de un nuevo centro de arte patrocinado por la Fundación Louis Vuitton para la creación, que abrirá sus puertas a finales del 2009 o principios del 2010 en el Bois de Boulogne. Un "regalo" –como lo ha calificado el alcalde de París, Bertrand Delanoë- que ha hecho a su ciudad el patrón del grupo del lujo LVHM, Bernard Arnault, el hombre más rico de Francia. A falta de conocer el contenido del nuevo centro -la calidad de su colección permanente y su papel como dinamizador de la creación artística-, basta el continente para levantar ya el entusiasmo. La sede de la fundación, un edificio totalmente de cristal con forma de nube, ideado por el arquitecto norteamericano Frank Gehry, promete ser en sí mismo una maravilla. Además de la última aportación de París –¡una más!- a los amantes del arte de todo el mundo.
05/10/2006 03:36. Autor: pepe-cerda. #. Hay 8 comentarios.

Picasso y sus amigos

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Desde donde estoy escribiendo puedo ver los volúmenes que sobre Picasso hay en mi librería, puedo contar más de una treintena. Seguramente no son ni el 0´1 por ciento de los que sobre él se han editado. Podría decirse que es el ser humano mas estudiado e interpretado de la historia de la humanidad.(en 1975 en la Biblioteca Nacional de París ya había unas cincuenta mil fichas sobre Picasso y en los años sesenta Gaya Nuño, en su bibliografía antológica, ya recoge mil quinientos títulos sobre la obra del pintor). Gran parte de los estudios que se han hecho sobre él se han hecho mientras él estaba vivo y paradójicamente su mutismo ha sido legendario.

 

Extrañamente, en cuanto al material audiovisual, sólo se conserva un pedazo de una entrevista filmada en los años cuarenta y la película de Clouzot ( que no en vano se titula: El misterio Picasso) en la que dice exactamente: que le falta tinta y que no está cansado. Para un personaje de su importancia, que muere en el setenta y tres, no deja de ser extraño que no haya más material filmado. Sólo hay una explicación: y es que a él no le daba la gana ni conceder entrevistas, ni que le filmaran. Sabía que no le favorecía, como gran tímido que era, la cámara le asustaba.

 

Lo que sí que hay es bastantes fotografías de Capa, de Douglas Duncan y sobre todo de Roberto Otero, testigo de la cotidianidad de los Picasso en el último periodo de su vida. Estos fotógrafos pasaban a formar parte durante un periodo de tiempo de la familia picasiana y no le molestaba que deambularan por la casa tomando fotografías.

 

 Testimonios escritos hay a patadas (empezando por el de los propios fotógrafos, antes citados). Prácticamente cada uno de los que visitaron a Picasso a lo largo de su vida lo contó y lo escribió. En los testimonios escritos habría tres categorías: El del visitante ocasional; el del amigo y el de la amante.

 

De los de las amantes me faltaba un libro fundamental y apasionante que me regaló hace unos días Félix Romeo (sabedor de este vicio cotilla que tengo por Picasso). Lo había visto citado en multitud de biografías,( en especial en la mejor, que desgraciadamente sólo llega hasta 1917, aunque sé que se sigue trabajando en ella, la de Richardson).

 

Este libro era el escrito por su primera compañera Fernande Olivier y se titula: “Picasso y sus amigos”. El prólogo es ni más ni menos que de  Paul Leautaud que se descubre ante la eficaz y simple prosa de Fernande, que cuenta las cosas tal y como las recuerda, con una indiscreta ingenuidad que retrata exactamente la génesis de  la recua de artistas y escritores que inventaron lo que iba a ser bello, caro y correcto durante todo el siglo veinte.

 

Esta escrito con cortos artículos en los que se va de un asunto a otro, tal y como lo hacen los abuelos cuando cuentan batallitas, pero en los que no deja de describir las nimias cosas que jamás se les escapan a las mujeres que aman, y por las que son imposibles de engañar. Recrea exactamente el escenario donde todo se produjo. Recrea el estado de ánimo y las miserias, de los padres de la patria artística. Los recrea tan bien que Picasso le pagó una fortuna para que no siguiera contando, para que estuviese calladita. Impidió y secuestró la segunda parte de este libro tan inconveniente para la construcción del genio sobrenatural que ya estaba en el ideario de todo el mundo. Y es que los grandes hombres no deben manchar los calzoncillos con palominos, ni temblar y llorar de miedo cuando la policía les va a buscar a casa..Ni negar a su mejor amigo, Apollinaire, en la comisaria.

 

.Es radicalmente opuesto a los otros libros que de él han escrito sus amantes (tengo: el de Francoise Gillot, y el de Genevieve Laporte). Estas se quejan de que el genio no fue el personaje del que ellas se enamoraron, pero no descienden en ningún momento de la mistificación hagiográfica. El de Fernade, aún a pesar de no hablar mal de él en ningún momento, es mucho más dañino. Lo que hace es describir, sin apenas emitir juicios, lo que pasó. Es como cuando nuestra madre le cuenta a nuestros amigos como nos cagamos encima el primer día de colegio. Fernade es la única mujer de Picasso que estableció una relación de igual a igual con él, cuando ambos eran igual de pobres, igual de jóvenes.

 

Por eso sabía demasiado.

16/10/2006 12:45. Autor: pepe-cerda. #. Hay 7 comentarios.




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