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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006. Resumen
Arte y comunicación![]() : Hace un tiempo me llamó un señor que había tenido una idea. El señor trabajaba en el Corte Inglés y la idea que había tenido era la de que una serie de artistas plásticos pintasen unos leones de poliéster, copia fidedigna de los que Francisco Rallo había modelado para adornar el Puente de Piedra de nuestra ciudad. Se trataba de festejar los veinticinco años del primer comercio que el Corte Inglés había abierto en Zaragoza. Los leones una vez decorados se expondrían en el Paseo de la Independencia. Hasta aquí nada que objetar, cada uno es libre de tener las ideas que le dé la gana. El problema es que después de contarme la cosa, me dijo que yo había sido seleccionado para pintar uno de ellos. Empezamos mal, pensé para mí, quien le habrá contado a este señor que yo soy susceptible de ser “seleccionado” por el Corte Inglés. La cosa continuó peor, me dijo que era muy interesante para mí por la promoción de mi obra y porque iban a editar un catálogo muy chulo. Deduje que de dinero no iba a hablar, así que me adelanté: - No sabe Usted lo bien que me viene su llamada. Resulta que tengo que remodelar mi cocina. Así que usted me manda a alguien del departamento de decoración para que tome medidas y me haga la obra. Así ustedes se pueden beneficiar de la promoción que les supone haber hecho la cocina de un artista. - Me parece que no nos vamos a entender. Me dijo él. - Creo que no. Le repliqué. Y así quedo la cosa. Una semana más tarde me volvió a llamar para anunciarme que había conseguido seiscientos euros (en cheques del Corte Inglés, eso sí) para pagarme en caso de que aceptase pintar el dichoso león. Amablemente decliné la invitación que me hacía, le expliqué que el precio de mi trabajo lo pongo yo, y que quizás no pensaba gastarme seiscientos euros en el Corte Inglés en las próximas fechas. Toda esta historia me hizo recordar una frase oída una y mil veces a mi padre cuando pintábamos aparatos de feria. Cuando estábamos terminando, casi siempre el feriante tenía que rotular algo en el camión o en la taquilla. La conversación discurría más o menos así: -Oiga Cerdá, a usted que no le cuesta nada, póngame el nombre y el teléfono en la puerta del camión. Mi padre con su habano entre los labios y poniendo la cara y la voz de tener mucha paciencia, cuando en realidad no tenía ninguna, le replicaba.
-Tiene usted razón. A mí no me cuesta nada. Pero a usted le va a costar cuatro mil duros. Estaba claro que no podía traicionar todas aquellas enseñanzas paternas para festejar los veinticinco años del Corte Inglés. Espero que me comprendan. Usufructo y propiedadAntes pensaba que sólo había dos momentos para enriquecerse con dignidad en una vida. Estos eran: cuando se nace y cuando se contrae matrimonio. Ahora acabo de descubrir otro, que consistía en haberle hecho caso a mi Madre cuando me decía machaconamente en mi juventud: -Hijo mío, da la entrada de un piso que luego lo pagas sin enterarte. Y yo venga a pagar alquileres por medio mundo. Y es que es mucho más caro ser pobre que ser rico. Por ejemplo: si mi padre hubiera tenido posibles cuando llegué a París me hubiera comprado por veinte millones de pesetas una casita con jardín al lado de la Porte d¨Italie, que hubiese vendido, cuando me fui, fácilmente por cien. En lugar de esto la alquilé, falsificando todas las referencias que me pidió el propietario, y pagué en concepto de renta más de doce millones de pesetas y como me fui sin pagar el último mes soy perseguido como un moroso para el resto de mis días. Vamos que si haciéndole caso a mi Madre me hubiese ido comprando, con hipotecas evidentemente, todas las casas en las que he vivido, hubiera ido multiplicando exponencialmente el dinero y ahora podría ser un ciudadano como dios manda, es decir con capacidad de crédito. Les cuento esto porqué últimamente ando preguntando precios de casas y no salgo de mi asombro. Hablan de cientos de millones sin temblarles la voz y por auténticas ruinas. Lo inaudito, es que el que da las cifras multimillonarias se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar por un salario más que justito, y lo va a seguir haciendo, ya que lo que quiere es comprar un par de pisos en el Actur para los chicos y se va a quedar como estaba. Vamos que es como el chiste de aquel que falsificaba billetes de seiscientas pesetas, y cuando salía a pasarlos siempre se los cambiaban por dos de trescientas. La cosa es que a estas alturas de la vida, errada ya la tercera vía para enriquecerme, la de mi Madre, no me veo con fuerzas para generar la burrada de dinero que piden por cualquier cosa, y deberé concienciarme de que el usufructo es más interesante que la propiedad. Teorías que no falten. Adicción![]() He de confesarles una oscura adicción. Creo que no soy el único, a juzgar por la tremebunda presencia con que este tipo de droga se nos ofrece. Soy adicto a las ferreterías y a consumir todo lo que allí se ofrezca. El problema es que ahora las herramientas electro portátiles están acechando también en los supermercados. Y claro, uno que no es de piedra, baja a por media docena de yogures y allí esta el taladro percutor, o la lijadora, o la caladora. Y uno se entretiene acariciándola, y mira el precio, y son treinta y cinco euros de nada, si total te tomas tres cañas con los amigos y cuesta más la ronda, y al carrito con los yogures que va la caladora. Y ya tengo tres, y taladros a batería ocho, y eléctricos cuatro, y lijadoras cinco, y compresores tres...Amás de todo tipo de tortillería y herramientas de mano, y ya no sé dónde guardarlas. Si me quedo en casa, haciendo un esfuerzo y luchando con la tentación ferretera. Abro el buzón, y ahí esta el catálogo del Makro, con todo tipo de ofertas de maquinetas. Por no hablar de las ofertas del Lidel de los jueves, que las echan hasta por la tele. Comprendo que los Chinos y los antiguos países del Este tengan que desarrollarse y que fabriquen este tipo de productos a precios tan baratos. Pero es que ofrecerles este tipo de juguetes a los hijos del tardofranquismo que nos hemos pasado la niñez pidiéndole el taladro al vecino, que a su vez lo había sacado de la fábrica, y con la nariz pegada a los escaparates de la Droga Alfonso, es abusar. No tenemos ninguna defensa contra semejante oferta de objetos tan largamente deseados. Si alguien conoce algún terapeuta especializado en este tipo de adicción, no dejen de darme sus señas.Abundando en el error![]() . Todos los artistas que en el mundo han sido han evolucionado hacía la síntesis. Que en el fondo es un modo, como otro, de ahorrarse trabajo, cosa muy necesaria para abastecer convenientemente a un mercado creciente. Normalmente, en el caso de los pintores, empiezan haciendo bodegones al natural, copian algún cuadro clásico, le hacen un retrato a su madre y luego a su novia, se autorretratan, con la cara de ser muy importante que se tiene a los veinte años, y a partir de aquí, a la síntesis, que es de lo que se trata. Sin son lo suficientemente cultos abandonan el “arte retiniano y olfativo”(como llamaba el “listo” de Duchamp a la pintura) para dedicarse a los modos correctos de hacer arte hoy: el videoarte, la nueva objetividad, la instalación, o cualesquiera ocurrencia que quede chula en los nuevos espacios que se diseñan y construyen para exponer en nuestros días. Pues yo al contrario. Empecé siendo un artista joven, enterao y prometedor. Por eso gané dos premios nacionales de arte joven, por eso me metieron en la muestra de arte joven en los ochenta, por eso me dieron la beca de la Casa de Velázquez, por que mi trabajo, aparentemente, caminaba inexorablemente hacía la síntesis conceptual y académica. Como debía ser. Ahora resulta, que veinte años más tarde, ando pintando paisajes de mi pueblo y de mi ciudad. Y que cada vez me cuestan más. Y que cada vez son menos sintéticos. Y mira que me advierten, sin ir más lejos en mi última exposición una crítica local ya me dio el aviso de que por ahí no van los tiros. Y yo erre que erre, abundando en mi error. Y ahora en mi estudio tengo quince cuadros, que expongo en París la semana que viene, que retratan mi ciudad, como en el siglo diecinueve, en lugar de retratar el momento Berlinés actual, que es lo que hacen mis colegas enteraos. Decididamente, lo mío no tiene remedio. Texto de Ismael Grasa![]() Este texto lo ha escrito Ismael Grasa para una exposición que haré en el Palacio de la Aljafería. VISTAS DE CIUDAD He estado con Pepe Cerdá en una cuantas ciudades: Zaragoza, París, Madrid, Burdeos, Poitiers, Edimburgo... En todas, salvo Edimburgo, hemos ido en coche. Buena parte del tiempo que he pasado en mi vida con Pepe Cerdá ha sido dentro de un coche. En los paisajes que pinta Cerdá aparecen a veces coches y gasolineras. Los paisajes nocturnos de ciudad, la perspectiva de la urbe iluminada en medio de la naturaleza oscura, suele ser una vista de coche. Y a veces una vista con connotaciones sexuales, porque es la vista de las parejas que se apartan para pasar un rato en el mullido de los asientos. Todas las ciudades, de noche, son un poco la Torre Eiffel iluminada. Son la afirmación de la vida frente a todos los toques de queda del mundo. Conocí a Pepe Cerdá en una fiesta, lo que no es casual en una persona como él. Pepe es un pintor clásico en el sentido de ser un pintor de mucha vida social, de tener una curiosidad incansable por las personas. Era una fiesta en Zaragoza, en casa de María José Bruned. Pepe estaba con su compañera, Ana Bendicho. En un momento de la noche, ya tarde, Pepe me ofreció su coche para volver a casa. Los tres teníamos en común que llevábamos poco tiempo reinstalándonos en Zaragoza. Pepe tenía entonces un coche del cual ya se ha desprendido, un Senator de segunda mano. Los asientos del vehículo era grandes y cómodos, aquello olía a escape de gasolina y a cuero. Realmente yo no estaba muy lejos de mi casa, pero Pepe entendía que debía llevarme en coche. Me puse cómodo en la parte de atrás, estuvimos comentando la fiesta y recuerdo que me fijé en que había manchas en el cuero y un desorden de objetos que me resultaba confortable. Era un coche de pintor, de alguien que está en contacto con las cosas. Aquella noche ese interior me pareció lujoso, pensé en otras formas de vida distintas de las que yo llevaba. A la vez había en ese desorden algo elemental que me resultaba atractivo. Cuando miro los paisajes nocturnos de Pepe me sigue viniendo a la cabeza aquella noche en el Senator. En cierto modo, Pepe está a medio camino de la ciudad y de otra parte. Sí, se le ve en las fiestas, en las inauguraciones; muchos de sus días consisten en salir de casa por la mañana y enlazar encuentros con amigos y conocidos con el aperitivo y luego la comida y la sobremesa, y con las copas de media tarde y poco después la cena en algún restaurante, para continuar luego durante la noche. En esas ocasiones, cuando me encuentro con él y le ofrezco un gin-tonic, utiliza una de sus frases: “No, gracias. Hoy ya me he emborrachado tres veces”. Aunque lo normal es que acepte la copa y siga alargando su jornada. Entonces dice otra de sus frases: “Soy un héroe”. Y, ciertamente, hace falta una resistencia física y una determinación grande para esto. Una madrugada, saliendo ya de día de casa del escritor Javier Barreiro, Pepe se ofreció para acercarme a casa y yo le pedí que me llevase directamente a Urgencias. De esto hace un par de años y desde entonces me he ido recuperando mientras Pepe ha pasado por una de sus etapas más brillantes y felices como pintor. Una felicidad y una madurez que tiene que ver con elegir el paisaje como asunto pictórico. Cada uno sabe el camino que ha de recorrer. En cierto sentido, Pepe Cerdá ha dado un rodeo muy largo para llegar a pintar un árbol. Un árbol que estaba ahí, junto a la gasolinera de Villamayor.
Pero decía que Pepe está también, a un mismo tiempo, fuera de la ciudad. Pepe es el salvaje que ve la ciudad. Sus retratos de la ciudad desde sus colinas, desde fuera de ella, son los retratos de un furtivo, a la vez que ama aquello que mira, esas luces nocturnas. Pepe habla a veces de los animales de granja, que reciben su ración de pienso diario, y de los jabalíes de monte. Se refiere a los que cobran un sueldo “sólo porque el sol se levante”, como él dice, y los que han de ingeniárselas para obtener el dinero antes de que caiga el sol. Esta imagen, el “jabalí de monte”, la utiliza Pepe para hablar de sí mismo. Hay que probar a ver los cuadros de esta exposición desde los ojos de un jabalí orgulloso y algo asustado, como no podría ser de otra manera. Ahora bien, es un jabalí que no puede vivir sin esa ciudad a la que mira. Y un jabalí que escribe y lee bien. Cerdá ha escrito magníficamente sobre la pintura, como lo hicieron Dalí, Solana o Ramón Gaya. A Pepe le gusta leer a Pla, a Chaves Nogales, a Montaigne... La novela le interesa menos. Dice que no entiende la poesía, lo que demuestra que es poeta. Pasa por temporadas en que compra libros compulsivamente. Entonces se encierra en su taller a construir estanterías para guardarlos y hace ruido y traslada tablas grandes de un sitio a otro. Vuelve de la librería y pone en marcha las sierras. A Pepe Cerdá se le nota mucho que está viviendo. Pensando en las vistas que pinta Pepe, se me ocurre que ha sido un pintor que ha tenido varias casas en altos, con perspectivas naturales a la ciudad. Vivió dos años en la casa de Velázquez de Madrid, que está en los altos de Moncloa y desde la que se tiene una vista de la urbe como paisaje. Ha sido un pintor más de casa que de piso. A Pepe le gusta vivir en casas, en propiedades con árboles, y a la vez estar en la ciudad. Esto, naturalmente, es un privilegio. Lo que parece evitar Pepe es la medianía, la conformidad. En París ha tenido una casa de dos plantas o bien una buhardilla tan minúscula que apenas alcanzaba para extender el sofá cama. En esa buhardilla acabé yo uno de mis libros. De noche apagaba las luces para mirar a las chicas de las ventanas de las casas de enfrente, como supongo que de vez en cuando haría Pepe. La casa donde vive Pepe Cerdá está en Villamayor, que se encuentra en un alto respecto a la ciudad de Zaragoza. Se trata de una linde, más allá de Villamayor ya se extienden las carreteras rectas de los secanos de los Monegros. Pepe, cuando tiene invitados extranjeros, les sube a su coche y les lleva a ver, a cinco minutos de su casa, toda esa nada del desierto, las sabinas solitarias. La verdad es que impresiona mucho. Y entonces da la vuelta al volante, aún con los ojos quemados por ese horizonte guerracivilista, y les lleva a alguna de las vistas que desde los alrededores de Villamayor se tienen de Zaragoza. En unos minutos de coche está todo, la vida, las fiestas y la nada. No da tiempo ni a fumar un cigarrillo. Buena parte de los paisajes que viene pintando están en esa síntesis espacial. Pepe, mirando la panorámica de Zaragoza desde los alrededores de Villamayor, explica que ahí se quedó Durruti con su columna, sin llegar a entrar en la ciudad. El perro que tienen Pepe y Ana se llama Durruti, y es un perro de la calle que aparece y desaparece según le va. A veces se ensucia con la pintura aún fresca de los cuadros, que Pepe retoca sobre la marcha. Algunas noches, cuando hay invitados en la cocina, Durruti golpea desde el corral los cristales de la puerta para que le dejen entrar. Está raspando sus uñas un buen rato y parece que fuera hubiese tormenta. Sólo llegué a ver desde fuera la casa de Pepe de París, la de varias plantas. Pepe conducía su furgoneta una vez que entramos en París. Entonces se desvió y siguió la dirección a su antigua vivienda. Se paró en la acera y nos la señaló al escritor Félix Romeo y a mí, que éramos quienes le acompañábamos. Como nos pareció ver que había gente dentro, Pepe salió de la furgoneta y llamó al timbre. Estuvo un rato ahí, junto a esa valla. Luego volvió, ironizó sobre su propia nostalgia y luego pasamos horas circulando por París, porque ni Félix ni yo habíamos visto nunca esa ciudad desde un coche. En Edimburgo Pepe Cerdá no disponía de coche. Tuvo que hacer cola para subirse a un avión y para andar luego por una ciudad sin tener un vehículo propio, una ciudad en la que además no podía fumar en los restaurantes. Todas estas cosas le predisponían para el mal humor. Aparte de esto, Pepe Cerdá, que bromea sobre sí mismo diciendo que no tiene “afición” a pintar, no paró de comprar juegos de acuarelas, cuadernillos y pequeños utensilios de pintor. Visitamos varios museos y Pepe hablaba de pintura, de su idea de que en arte no hay progreso, ni tiene por qué ser mejor lo posterior que lo anterior. Pepe ha escrito y explicado estas ideas suficientemente, no las voy a repetir. Junto a Pepe creo haber aprendido unas cuantas cosas sobre pintura. Luego nos subimos a la azotea del centro comercial John Lewis, desde donde se tiene una panorámica de Edimburgo. Mientras nos íbamos sirviendo platos del autoservicio Pepe pintó algunas acuarelas en postales para enviar a los amigos. Utilizaba un pequeño estuche de pinturas que acababa de robar. ¿De qué trata la pintura de Pepe Cerdá? No sé, de lo que trata cualquier buen pintor: del mundo, de la pintura, del paso del tiempo. Un buen pintor, se supone, es aquel que hace cuadros buenos. Cuadros donde esté su tristeza, su ternura, su piedad por el mundo, su sexualidad. Y donde se produzca una correspondencia entre los trazos del unte de pintura y un resultado con cierta capacidad de conmover. Y entonces uno hace un cuadro y luego otro y luego otro, acercándose a algo que nunca se alcanza, etcétera. Y, mientras tanto, sucede todo este encender de luces de ciudad, estas perspectivas que Pepe Cerdá ha pintado esta vez. Ismael Grasa
El monte![]() Lo que aquí llaman “el monte”, o “el secano”, para diferenciarlo de “la huerta” (que es, evidentemente, lo que se riega) en el resto de España lo llaman: el desierto de los Monegros. La tierra es blanca y pedregosa. Cuando no se ara crecen matojos de tomillo, o de romero, o de esparto. De vez en cuando hay algún intento de reforestación con pinos que agónicamente resisten succionando la poca sustancia que del yeso, dónde penetran sus sedientas raíces, se puede sacar. Están plantados equidistantes, en formación, como en los ridículos implantes capilares, al estilo de pelo de muñeca. Alguna caseta derruida, viejas parideras construidas con la irregular piedra de yeso que en su versión más noble se llama alabastro. El viento arranca unos arbustos, que aquí llaman “capitanas” , que ruedan secos y en grupos, y que de lejos parecen manadas de bisontes. Hay trincheras, y algún bunker de hormigón, y cuevas para el refugio de los mozos de reemplazo del treinta y seis, y para los que vinieron a gastar su juventud y sus anhelos; y a regar con su mierda, su sangre y su orín una tierra tan baldía como la guerra en la que les habían metido. Se encuentran botellas, latas oxidadas y algún casquillo de bala, que dan fe de que allí se estuvo, y se paso miedo, y sueño, y frio, y calor, y se lloró, y se rió con la etílica e histérica risa de los que están desesperados, de los engañados, de los que no quieren que amanezca. El silencio es ensordecedor, insoportable, agónico. El paso del tiempo se siente en la carne, todo lo que no es esencial no existe. Por el día no hay posibilidad de cobijo, ni de sombra, ni de saciar cualesquiera cosa que no sea la infinitud de la nada, o del vacío, o del silencio. La sed de lo verde, de lo pintoresco, de lo idílico, aquí es absoluta. Por eso no existen las “buenas maneras”, ni la elegancia ,ni lo educado...ni ninguna de las manifestaciones cosmopolitas de la enfermedad del alma que llamamos sensibilidad. Aquí se nota mucho que te estas muriendo todo el rato. Que todo es inútil, tan inútil como arar, como aran, cada año los irregulares e insensatos campos de sal y yeso, en dónde plantan trigo que crece ridículo y enclenque, y que casi nunca cosechan, y que paga Bruselas. Y cada año se vuelve a arañar el erial, y se dan vueltas, y vueltas con el polvoriento tractor sabiendo que no sirve, ni servirá de nada. Cuando anochece Zaragoza refulge al fondo, en lo hondo, y sirve, como la estrella polar a los marinos, como guía para volver a casa.
Cosmopolitas Recuerdo como admiraba en mi juventud a un muchacho algo mayor que yo que había pasado el verano entre Londres y Amsterdam. Volvió cargado de discos y libros. Trajo algo de hachis y fumábamos nuestros primeros porros escuchando embobados las descripciones de un mundo extraño y fantástico. Era alguien especial ya nunca más volvió a ser el de antes de irse. Vistió a partir de entonces a la manera Londinense y todas las chicas querían estar con él, y nosotros lo veíamos lógico, era el héroe recién llegado. Ahora resulta que todo el mundo está viajado. Mis sobrinos han estado ya en medio mundo y cogen aviones y cruzan el Atlántico con la misma naturalidad con que yo cogía los autobuses de la Oscense para ir a Huesca a ver a mis abuelos. Y claro, así no hay manera de tirase el pegote de venir de vuelta y de haber estado por lo largo y ancho de este mundo (como decía el Capitan Tan. Los menores de cuarenta y tantos que no saben quien es, que se fastidien por jóvenes). Resulta que antes te tirabas un par de meses en el “extranjero”, como se decía, genéricamente, entonces, y volvías con el marchamo suficiente para tirar toda una vida de hombre cosmopolita. Tápies, sin ir más lejos, se fue con una beca de tres meses a París, visitó a Picasso, se hizo una foto, y comprendió, y digirió, todo lo que el mundo del arte de entonces era susceptible de ser comprendido y digerido, volvió a practicarlo a Barcelona y hasta hoy. Era el año cincuenta de la España recién franquista de la que no salía nadie, y se comprende. Pero hoy, ya has podido aventurarte en ir al sitio mas recóndito, que el funcionario con el que tomas café ya ha estado con unos “moscosos” que le quedaban y con los puntos de la Travel. Y así no hay manera de volver y contar nada. ¡Si hasta en la cima del Everest se hace cola!, como contaba en una cena hace unos años un buen amigo montañero, ya fallecido, ante la incredulidad de los presentes. Y es que no puede ser, todos no podemos ser Marco Polo. Hay que organizarse: los unos a ser “paletos” y los otros, muchos menos, a ser “enteraos”, que si no la cosa no funciona. Como los herbívoros y los carnívoros en el reino animal, quinientas gacelas por león, que si no la cosa del equilibrio ecológico se va al garete. Qué hubieran contado hoy: Gil de Biedma de las Filipinas, o Gómez Carrillo del Cairo, o Chaves Nogales de Moscú, o Pla de Roma, o Camba de Berlín, si todo el mundo ha estado ya, y los que no las visitan con el Google Earth desde casa. Un par de cuentosCuento 1 De niño no jugaba al balón, ni a nada. Por eso construyó una caseta con cartones y palos, y se metió dentro, y allí esperó a hacerse mayor.
Cuento 2 Le dijo que le dejaba porque no le hacía feliz. En el descansillo, abrazado a ella, como abraza un púgil cansado a su contrincante, sabiendo que cuando se retire, ya no tendrá fuerzas para mantenerse erguido. Él le susurro: -¿Te importaría bajar la basura? Jean Luc Olivier y ParísHoy salgo para París. Expongo el miércoles después de haber retrasado la inauguración tres veces, mi galerista es un santo, ¿o un demonio?, no lo sé muy bien y me da igual. Me ha llamado Jen Luc Olivier, uno de los poetas más exactos en su desmesura que he conocido jamás, y he quedado con él en París el martes. Dice que ha escrito un gran libro y que esta vez si que lo va a publicar. Jan Luc es un Macedonio Fernández, pero en madrileño-parisino-bonaerense. Lo que mejor hace, como todos los grandes poetas, es hablar mientras va viviendo, que es de lo que se trata. Colgaré a mi vuelta alguno de sus poemas. Bueno, me voy que me queda mucho viaje.Tres textos.![]() Inauguración en París. 138 del Boulevard Haussmman. Como la temperatura lo permite se monta la mesa con las bebidas y el picoteo en el soberbio patio interior del edificio, justo delante del local que hace de almacén de la galería. Cuando ya está todo preparado el portero nos dice que “no tenemos derecho” a usar el patio para la inauguración. ( Vous n'avez pas de droit, tal y como dicen tan a menudo los ciudadanos franceses, sabedores de que son ellos y la República misma, quienes lo dicen al unísono) Ya me había olvidado de lo que manda un portero en París. Los porteros esos grandes delatores, tan usados por los nazis en la segunda guerra mundial para localizar a los judíos escondidos. Con una propina se resuelve, se le olvida de lo del derecho y permite el ágape. Empiezan a aparecer parte de la fauna que suele poblar las inauguraciones: los comedores compulsos de canapés; los sensibles enteraos que se empeñan en establecer relaciones entre el trabajo de uno y el cine de David Lynch, o la poesía de no sé quien.; jóvenes abogados, con espléndidas novias, como no podía ser de otra manera, que visten trajes pespunteados y zapatos interminables; señoritas en trance de dejar de serlo y prejubilados de todo el arco de la administración francesa. También, afortunadamente, los clientes de la Galería (ellos prefieren que se les llame coleccionistas, y así se hace; al fin y al cabo, no cuesta nada y ellos se sienten mejor). Frederic, mi galerista, vende seis cuadros en un pis pas. Tres de ellos por teléfono. Cada día me deja más perplejo. Al día siguiente, para celebrarlo, nos vamos a comer al restaurante del Museo Jacquemart André, a escasos cien metros de la galería, en la misma cera. He de confesar que yo no lo concía y mi sorpresa es mayúscula al constatar que vamos a comer bajo un magnífico fresco de Tiépolo. Increíble. La cosa no puede pintar mejor. Frederic lleva dos años sin beber porque ya se lo ha bebido todo y tiene muy buena cara con respecto, a las veces anteriores que he comido con él, en las que indefectiblente se ha cogido una trompa como un piano y ha montado una bronca en el restaurante, como sólo las sabe montar él. Fred es una especie de genio de la supervivencia, ha comprado en el rastro varios cuadros a diez euros que luego ha vendido a decenas de miles, previa expertización, claro esta. Esta especialmente locuaz, me cuenta que es el único marchante que tiene crédito en el sector de ladrones de las pulgas de Montreuil. Parece estar especialmente orgulloso de esta circunstancia, que es singular, como su galería. Fred es un hombre hecho a sí mismo, cosa que en Estados Unidos sería casi como un título, pero que en Francia no se perdona. Aún así resiste y resistirá, y a mí me cae simpático, aunque no debiera ya que las relaciones con los galeristas siempre acaban fatal, y si les coges cariño es peor. *** A veces (muy a menudo) cuando enseño mi trabajo pictórico a algún colega o crítico, me suelen decir: -Claro, es que tú tienes mucha mano…; o – es que tú tienes mucha técnica…. Les aseguro que no sé muy bien a que se refieren cuando dicen una cosa o la otra pero desde luego es algo peyorativo. Además están equivocados, sólo yo sé lo que me cuesta esa aparente facilidad, que a mí me parece torpeza si la comparo con los verdaderos maestros. Lo que sí que queda claro, por la entonación de la frase que eso de “tener mano” o “técnica” es como hacer trampas. Un verdadero artísta ha de luchar denodadamente con su obra y con su incapacidad para ejecutarla, sólo a sí se puede mascar la tensión, la lucha desigual entre el encargo divino y la humana torpeza para acometer las cosas de los dioses. Por eso si sale con aparente facilidad sólo puede significar engaño o fraude en esta época cainita que vivimos. Una colega, en mí última ex.posición de París me dijo. -Se nota que son postales hechas con mala gana pero quedan muy bien. Y yo venga a darle vueltas a la cabeza…¿Cómo que son postales?. Serán cuadros que representan paisajes y en tanto en cuanto a “la mala gana”¿ no será que están hechos eficazmente y con economía de medios?, vamos, digo yo. Pero que sabré yo de pintura si sólo soy un mono pintor, ya dirán lo que tengan que decir los que saben *** El actual director del Instituto Cervantes de París dijo, nada más tomar posesión en una entrevista que tengo recortada, que en la sala de exposiciones del mismo se iba a dejar de exponer artistas españoles para que el Instituto dejara de ser provinciano, cómo al parecer lo era hasta su llegada. Como todo el mundo sabe las salas de los Institutos Cervantes se crearon para difundir el arte de otros paises, que el nuestro ya se difunde solo, menudos estamos hechos.... Nada más llegar, siguiendo este criterio, se cargó una exposición, ya programada, de Aragoneses en París, en la que estaban representados Buñuel, Saura, González Bernal, Condoy, etc. No quería ninguna mancha en su programación. En cualquier caso después de un par de años de su exquisita gestión creo que todavía no le han hecho ningún reportaje ni en la cadena Arte, ni en ninguna de las revistas en las que debería salir para volver a España como un gestor cultural de categoría europea. Vamos a ver si tiene suerte. Allí trabaja desde hace años Raquél, ahora ascendida a jefa. Raquél es una Zaragozana menuda y desnvuelta que vive en París desde hace cinco años. Yo la conocí recién llegada y viviendo en un colegio de señoritas de la isla de Saint Louis. Si no llegaban al colegio antes de las doce de la noche, hora en que se cerraban las puertas, se veían obligadas a vagar por París, cuan cenicientas , hasta las seis de la mañana. ¡Parece que fue ayer! y ya han pasado cinco años…El caso es que vino a mi exposición y le he cogido un sincero aprecio. Forma parte ya por méritos propios de la colonia de españoles en París. Como Juan, Alex y Gloria, los amigos de mi “generación” que se quedaron y que aún se acuerdan e quien era yo Cosa que les agradezco, ya que uno ya lo ha olvidado. De la vida..., ni me acuerdo, ni sé dónde está. |
pepe-cerdaPINTOR; !PINTA Y CALLA!
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