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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006. Resumen
AcosoYa empiezo a estar hasta los huevos del estado tardosocialdemócrata que decide lo que me conviene y lo que me deja de convenir. Para después legislar y atizarme si hago lo que el estado ha decidido que no me conviene. ¡De la piel pa dentro mando yo!, a ver si se enteran y si no, habrá que organizarse, que esto se esta pasando de la raya. Si yo no me pongo el cinturón de conducir y me parto la crisma en un choque, es asunto mío y no del estado. Si yo voy a ochenta por hora en una vía desierta de tres carriles no pongo en peligro a nadie. Si el listo representante del estado ha puesto una ilógica señal de prohibición que limita la velocidad a cincuenta y un radar pegadito para pillarme, meterme una multa y quitarme seis puntos del carné, esto es acoso. Acoso a los pobres que no se han comprado el chisme que detecta y avisa de los rádares. Acoso al trabajador al que dejaran sin carné de conducir, y que cómo estará obligado a mantener a su familia deberá de continuar conduciendo sin carné y sin seguro, para así cometer un delito mayor para que se le termine de caer el pelo. Si; orillado en un semáforo me llaman por teléfono de la radio para entrar en un programa en directo y mientras contesto a las preguntas me toca en el cristal un representante de la benemérita que me pide el carné, y el seguro y la ficha técnica y me vuelve a meter otra multa y me quita tres puntos más (tal y como me pasó antesdeayer), para después aconsejarme que me instale un manos libres, esto además de ser acoso ya me toca los cojones. En menos de veinticuatro horas el estado me ha sacado seiscientos euros, más la mañana que tengo que ir a hacer cola para pagarlos; nueve de los doce puntos del carné, que a este paso perderé antes de que acabe la semana, y me condenarán a estar un año sin carné ( o lo que es lo mismo: sin poder exponer y llevar los cuadros a dónde sea, sin poder moverme de mi casa de Villamayor y sin libertad de movimientos. Sólo yo sé el perjuicio que me puede causar eso.). Luego tendré que volver a sacármelo, y pagar lo que me pidan. Todo esto por haber cometido dos delitos terribles contra la sociedad: no haberme comprado ni un “manos libres”, ni un detector de rádares. Llamo desde aquí a la disidencia ciudadana, o a hacer cualesquiera cosa que les pare los pies a estos legisladores que parecen ser accionistas de las empresas que fabrican los artilugios para defenderse de ellosLibro Leer y escribir son dos acciones distintas y complementarias. Escribir es lo que he venido haciendo en este blog durante un par de años, pero nunca me he leído. Escribo lo cuelgo, y en paz. Así lo hago y así lo he venido haciendo. Les prometo que nunca tuve intención literaria alguna, sólo deseaba contar lo primero que se me pasase por la cabeza y me divertía, y me divierte, que ustedes comentasen lo que les pareciese. Leer es lo que hago cada vez que me meto en la cama para conciliar el sueño, que cada vez tarda más en llegar; o lo que hago cuando la vida no es suficiente o cuando quiero que el tiempo se detenga. Me gustan mucho los libros y me compro más de los que leo, por si me parto una pierna y tengo que estar en cama; o por si vienen, como han venido ya muchas veces, tiempos difíciles y tengo que atrincherarme en casa. Hoy ha ocurrido una cosa extraña para mí: he pasado la tarde leyendo un libro del que se supone soy autor, mejor dicho coautor, ya que la correctora de estilo de tipolínea (la imprenta que lo ha impreso) es la que lo ha hecho legible y correcto, y me ha gustado. Ya disculparan que sea tan inmodesto, pero es la verdad. Ahora sólo espero que les guste a ustedes y que se agote la edición cuanto antes.Las cuatro últimas pinceladas.![]() El diecisiete de junio de 1920 un enfebrecido pintor se afanaba en el retrato de una bella dama, señora del escritor Pérez de Ayala. El pintor tiene cincuenta y siete años, está muy concentrado, pinta febrilmente la cambiante luz del jardín de su taller, tiene prisa, mucha prisa el tiempo apremia. El encargo de Nueva York está casi terminado, luego podrá descansar y ser feliz con su Clotilde y sus hijos. Pobre Clotilde, toda una vida aguantando sus cambios de carácter, sus infidelidades, su dedicación maniaca a la pintura, su aterradora huida de la orfandad y la pobreza. Tenía que ser el mejor, el más rápido, el más voraz, no, no había tiempo para otra cosa. El retrato se está torciendo, no sabe si es un problema de dibujo o de color, en cualquier caso aún es pronto para saberlo, hasta que la totalidad del cuadro esté manchado no se sabe muy bien por dónde se va. ¡Si por lo menos se callara el pelmazo del marido que está a su espalda dándole conversación!. Al marido ya lo retrato por encargo del americano y fue un pedante que se negó a posarle con el impermeable y el paraguas, accedió a lo del impermeable, pero sentado, con el smoking debajo y sujetando un cigarro entre sus débiles y huesudas manos. No le venia nada bien aceptar el encargo del retrato de su mujer, pero no podía negarse, ya había pintado a las mujeres de otros escritores y éste podía tomárselo como algo personal. ¡No calla el jodido, así no hay manera! El pintor se levanto para ir al estudio contiguo con la excusa de coger unos colores. Subiendo los cuatro peldaños, algo le fulminó, cayó al suelo, y acudieron en su socorro el escritor y su mujer. El pintor tenía paralizado medio cuerpo, la cara desencajada en una mueca. Rebelde con su fatalidad el pintor se obstinó en seguir pintando, la mano izquierda no podía sostener la paleta, la derecha, con el pincel mal cogido, apenas le obedecía. Dio cuatro pinceladas temblorosas, lentas, largas, vacilantes, desesperadas. Cuatro alaridos mudos. Fueron las cuatro últimas pinceladas del pintor. -No puedo, murmuro, con lágrimas en los ojos. Quedo recogido en sí mismo, absorto en la vida, la suya, que pasaba como un relámpago por su mente y dijo: -Que haya un imbécil más o menos... ¿qué importa al mundo? El pintor se llamaba Joaquín Sorolla y el cuadro que pintaba es el que reproduzco arriba.Cinco días.Viaje a París. El motivo de este viaje era cobrar los cuadros que se vendieron en la exposición que hice en junio. Fred, mi galerista, me envió unos billetes de T.G.V.( el A.V.E. francés) para ir desde Pau a París para que el viaje fuese menos fatigoso para mí, que ya voy haciéndome mayor. Afortunadamente mi amigo Carlos Palacio me ha acompañado; hay pocas cosas que más deteste que viajar solo, que ya me ha tocado más de lo necesario para saber como se sentían los viajeros románticos. Los escritores de viajes no han hecho otra cosa que pasear su soledad por el mundo y aburrirse soberanamente en las magníficas ciudades que describen. Cuando se Vive, así con mayúsculas, no queda libre ni instante para escribir, que es el vicio onanista por excelencia. Carlos venía conmigo en calidad de turista y acompañante, lo que me ha obligado a revisitar algunos museos y a pasear por las zonas que más me gustan de París, cosa que no hago jamás cuando voy solo. Además, como dejamos el coche en la estación de Pau, nos ha forzado a trasladarnos en metro, cosa que no hacía desde que llegué a París hace casi veinte años. Eso de que veinte años no son nada sólo lo dice el tango: las escaleras de los trasbordos son mucho más empinadas que antes, la pequeña mochila, imperativa para el transeúnte parisino, se va cargando de libros y catálogos y hace más penosa la marcha, los viejos camaradas ahora son señores respetables y profesores de universidad. Hemos estado en el Museo de Arts et Metiers, en dónde se guarda el metro de platino iridiado y el péndulo de Focault. Antes me gustaba mucho porque tenía la suficiente cantidad de polvo y las maderas del suelo crujían a tu paso, pero al hacerse mundialmente famoso por el libro de Eco, el ayuntamiento de París se vio en la necesidad de remodelarlo y encargó a un arquitecto moderno que lo adecuase a los tiempos de museo espectáculo que vivimos. El arquitecto le ha realizado unas “peoras” posmodernas y ha acabado con toda la magia que tenía. Hemos visitado otros museos y galerías de Arte del Marais y de la rue de Seine, y por supuesto las del Boulevard Haussman donde está la mía. En la mía he estado los tres días que he pasado en París. El primer día organizaba una exposición colectiva con la totalidad de artistas que representa para lo que le llevé cuatro cuadros pequeños. Lef, un abogado coleccionista, adquirió uno antes de colgarlos. Lef debe de tener ya diez o doce cuadros míos. Parece que me ha cogido cariño. El segundo día fui para pasar cuentas con mi galerista ya que el día de la inauguración no fue posible por razones obvias. Y el tercer día me pagó, no la totalidad, por supuesto, no sea que me malacostumbre. Como en las novelas: presentación, nudo y desenlace. Al cuarto día nos volvimos en el tren hasta Pau, cogimos el coche, atravesamos los pirineos y otra vez en casa. Donde me esperaba la desagradable noticia de que me han quitado otros dos puntos del carnet de conducir por pasar por el puente de las fuentes (de tres carriles de ida, y otros tantos de vuelta) a setenta por hora en lugar de a cincuenta. La cosa es como una trampa para inadvertidos. Aunque entres a cincuenta por el puente como el primer tramo es en cuesta hay que acelerar ligeramente; a la mitad del puente comienza la segunda parte que es descendente por lo que el coche se acelera solo, si no se toca el freno (cosa absolutamente innecesaria en una vía desierta de tres carriles) se llega a la altura del radar situado a unos trescientos metros de la cumbre del puente, más o menos a setenta. Esto activa el radar te sacan una foto, por canelo, y a ponerlas, y a perder puntos. Sin haber puesto en peligro la vida de nadie, claro está, al contrario de lo que machaconamente nos dicen desde los medios de comunicación: que esto es por nuestro bien y tararí, tarará. Juan, un amigo semiótico que esta trabajando en Francia con la población reclusa, me contó que el veinte por ciento de los presos lo estaban por cuestiones relacionadas con el automóvil. Y es que si te vas quedando sin puntos por cuestiones tan tontas como la que he descrito, en nada te quedas sin carné, y como lo habitual en nuestros tiempos es que el coche sea una herramienta más de trabajo, si se quiere seguir alimentando a la familia se ha de asumir el riesgo de seguir conduciendo, sin carné y sin seguro. Por lo que al mínimo percance que se tenga ya se comete un delito penal, y al truyo. Lo que me sorprende es la falta de disidencia por algo tan serio. Cuando pienso que el motín de Esquilache fue por una ley que acortaba el tamaño de las capas en España y que eso hizo peligrar al mismísimo Godoy, creo que en este país hemos cambiado bastante. Si hay alguna asociación que pretenda parar este abuso y acoso contra los ciudadanos conductores yo soy el primero que se apunta. Queda dicho. Cuando conté, algo parecido en otro blog de hace unos días, hubo un par de ciudadanos que me recomendaban ajo y agua, y que me jodiese por incivil, y que en el fondo se alegraban, por esa cosa tan española de alegrarse del mal ajeno. Les diré que ya hay bastantes apólogos en el gobierno y en los medios de comunicación sobre esta cuestión, y sobre la postura de que es “por nuestro bien”, como a los niños. Por lo que les rogaría que esgrimiesen posturas más originales, y veraces, haciéndose cargo de la gravedad del problema social que esto va a generar en muy poco tiempo. Último cuadro![]() Leo en el libro de John Richardson titulado “El aprendiz de brujo” (Alianza Editorial, 2001) una cosa muy interesante. John Richardson era la pareja de Douglas Cooper, coleccionista y experto en el periodo cubista de Picasso. Ambos eran vecinos de los Picasso, tenían una casa cerca de la última villa del pintor en el sur de Francia, y se visitaban con frecuencia. Formaban, como Albertí, Max Jacob, Dominguín u Otero, la última pandilla del pintor. Eran de los pocos que podían franquear sin problemas la puerta de la Califorinie. Tras el fallecimiento de Picasso en 1973, Richardson siguió visitando a su viuda Jacqueline hasta su suicidio unos años más tarde. De aquellas visitas, en las que Jacqueline le dejaba rebuscar por toda la casa y por los sagrados estudios del pintor han salido los dos estupendos tomos de memorias que sobre Picasso lleva escritos Richardson. En estas visitas en las que era tratado como lo que era: alguien de la familia, Jacqueline le contó que lo último que pintó Picasso no fue el cuadro “mujer desnuda acostada y cabeza” que se llevó tierno a la inminente exposición, que se celebró tras su muerte, en el palacio de los Papas de Avignón sino un gran lienzo en blanco de dos por dos metros en el que Picasso había estampado su firma. Reproduzco el pasaje tal y como viene en el libro: ”Estuvimos mucho tiempo estudiando el último cuadro de Picasso,” Desnudo recostado y...”--una evocación apenas figurativa de él mismo y Jacqueline en una miasma de pintura blanca, con una misteriosa configuración, adornada con una cruz, a lo largo de la parte inferior del lienzo-, en el que había estado trabajando durante meses. Era un intento de reconciliarse con la muerte, con la muerte de ambos ,-¿Qué representa?Le pregunté a Jacqueline, aunque ya sabía la respuesta.-Un ataúd. Pablo sabía que iba a morir; yo también sé que voy a morir. Al lado de aquel lienzo había otro grande que estaba completamente en blanco, pero firmado; Picasso dejaba así abierta su obra”Penúltimo cuadro![]() Se supone que el último cuadro de Dalí es el titulado “La cola de la golondrina” pintado según rezan los libros en mayo de 1983, pero yo no me lo creo. Las temblorosas manos del maestro por aquellas fechas no le permitían trazar líneas tan seguras como las que se muestran en el cuadro. Me parece más bien obra de un escenográfo o rotulista, como lo era Isidor Bea su fiel ayudante. Otra prueba, a mi parecer, es que él se fotografío, ( o mejor dicho: le hicieron fotografiarse) delante de él, con su barretina y los bigotes blancos y pochos,; como cuando se hace fotografiar pintando el techo del museo de Figueras con su tiento y una ridícula paleta de pintor, absolutamente inútil para una obra de tales dimensiones que además no está pintada con óleo. Se podría convenir una regla general: cada vez que Dalí se fotografía pintando una de sus obras es que no la ha pintado él, sobre todo en la última época. Son cosas del marketing Daliniano Pero no me hagan caso que yo no tengo ni idea de pintura, y doctores tiene la iglesia para pontificar al respecto. Además seguro que alguien lo ha comprao por una pasta y termina demandándome. El que me parece a mí que es el último cuadro de Dalí es uno muy poco daliniano, tan poco que no puede ser de mano de su ayudante, y que a mi humilde parecer sólo puede ser de su mano, la única capaz de saltarse sus propias reglas paranoicocríticas. Este cuadro es una representación naturalista de un camión de mudanzas desde el interior. Vamos a la impresión de un testigo directo. Ignacio Goméz de Liaño en su diario titulado “El camino de Dalí” (Siruela, 2004) cuenta como el domingo 20 de febrero de 1983 visitó al pintor en su estudio-comedor del castillo de Pubol y como le mostró sus últimos cuadros. Cito textualmente: “ Pero lo importante es el cuadro que me ponen delante, pues Dalí quiere que identifique lo que se ve en él. Por Antonio (Pixot) sabía que se trataba probablemente del interior de un camión de mudanzas, lo que me trajo a la memoría aquello de André Breton en Secretos del arte mágico del surrealismo . -Exijo que me lleven al cementerio en un camión de mudanzas. Miré el cuadro y, en efecto, me pareció que podía ser un camión de mudanzas, pintado de una manera rembrandtiana, pero con pinceladas más ligeras y con menos materia. Los tres personajes que distinguí en seguida, me hicieron pensar en esos camiones de la gente del circo o la farándula...” Ignacio Gómez de Liaño prosigue un rato con su interpretación del cuadro hasta que el propio Dalí, ya con bigotes canos y un tubo por la nariz por el que se alimenta, le replica pausadamente: “-Usted ha hecho una interpretación romántica, al ver el cuadro como una camión de teatro. De hecho, representa algo más a ras de tierra, algo que hay que buscar en la pura cotidianidad. Lo que se ve en ese interior no es mas que una escena cotidiana de un camión de mudanzas, en el que se mezclan los objetos más triviales con otros lujosos....”
Creo que lo que Dalí le quiere explicar al joven e inteligente ( y por lo tanto pedante) Liaño es que la vida es en esencia cotidianidad. Esto es lo que tiene más claro el anciano que se niega a alimentarse desde la muerte de su compañera Gala, que ha decidido dejarse morir, que ya no quiere ser el personaje impostado que le había arrebatado la vida, la suya.. Y que desde esa posición, la de hombre corriente, le dice al inteligente y ambicioso jovenzuelo, que no se haga pajas mentales, que no relacione su obra con las tonterías dichas por el Doctor Bretón al que ya mando a freír espárragos hace décadas. Que desde la muerte inminente se ve la vida de otro modo, que vivir no es otra cosa que aburrirse plácidamente y en actividad. Como lo hacen los repartidores de los camiones de mudanzas que ven el mundo enmarcado por la oscuridad de la caja de su camión, con la cadencia monótona con la que viven las cosas todas. Día a día, paso a paso, respiración y expiración, tic, tac. Como si en un cine proyectasen siempre, con nimias variaciones, la misma película.. La factura del cuadro denota que está hecho de un tirón, como algo que se apunta para no olvidar. No tiene ni un solo tic surrealista. Ya le importa un bledo su personaje, ya no quiere alimentarlo. Solo quiere anotar antes de irse cómo unos brochazos pueden convertirse en imagen, y cómo esta puede representar un hecho banal, trivial, cotidiano e importantísimo. |
pepe-cerdaPINTOR; !PINTA Y CALLA!
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